El pasado 8 de marzo vimos a los principales rostros del Pacto Histórico celebrando los resultados electorales y proclamándose como la «fuerza política más grande de Colombia»: habían obtenido más curules que en años anteriores y, como coalición, son más grandes que cualquier otro partido presente en el Congreso. Sin embargo, hay una pregunta que antecede a cualquier lectura de resultados electorales y que los partidos en el poder suelen evitar:¿qué significa, exactamente, ganar unas elecciones legislativas? Dependiendo del criterio que se adopte; mayoría de votos, mayoría de escaños, o capacidad real de gobernar con ese Congreso, el mismo resultado puede leerse como victoria o como derrota. El Pacto Histórico eligió el criterio más favorable para hacerlo.
Sus argumentos son fuertes: fue el partido individualmente más votado, con 4,4 millones de votos —se debe tener en cuenta la ventaja que tuvieron al presentar lista cerrada, que facilita la concentración del voto—, su número de senadores pasó de 20 a 25, y sus representantes en Cámara pasaron de 26 a 37. Pero ser el más votado con el 22% en un Congreso de doce fuerzas no es lo mismo que tener mayoría, simplemente los demás están divididos en varios partidos. Lo que sí revela el resultado del Congreso es que el Pacto no logró construir las mayorías que necesitaba para gobernar. Partidos como el Liberal, el Conservador, La U y la Alianza Verde no apoyaron del todo las reformas de este gobierno durante estos cuatro años, ni tampoco actuaron como una oposición organizada —en eso el oficialismo tiene razón— sino como fuerzas que negociaron reforma por reforma.

Donde el argumento de la victoria se derrumba con más claridad es en las consultas presidenciales que se celebraron el mismo día. La Gran Consulta por Colombia, que representó a los sectores de derecha y centro-derecha, movilizó por sí sola 5,8 millones de votos, más que el Pacto en las legislativas. Además, su ganadora, la senadora uribista Paloma Valencia, obtuvo individualmente 3,2 millones, más del doble de los 1,54 millones de votos que Iván Cepeda, candidato del Pacto, había reunido en su consulta interna en octubre de 2025. Esa es la comparación que el oficialismo no puede rechazar: la candidata de la derecha duplicó al candidato de la izquierda en Consultas.
Lo que sigue después de estas consultas, es un escenario en el que las elecciones presidenciales son la verdadera prueba. Paloma Valencia, tratando de unificar dos orillas políticas distintas, eligió como fórmula vicepresidencial a Juan Daniel Oviedo, figura de centro abiertamente homosexual, lo que está generando tensiones en los sectores más conservadores de Colombia. Frente a ella, Iván Cepeda, quien lidera las encuestas, eligió como fórmula a Aida Quilcué, lideresa indígena, reafirmando así su identidad de izquierda y su característica representación popular. Por otro lado, en la radicalidad, aparece Abelardo de la Espriella —quien fue abogado de Alex Saab— señalado como testaferro de Nicolás Maduro-, el outsider de estas elecciones que, en sus propias palabras, toma “la línea económica de Milei y la línea de seguridad de Bukele”. Más lejos orbitan Claudia López del centro, cuya consulta fue decepcionante, y Sergio Fajardo, el eterno candidato del centro que esta vez decidió ir directamente a primera vuelta sin consultar. Entre ellos dos no suman más del 8% en las encuestas más recientes.
El 8 de marzo, no fue, entonces, una victoria del Pacto. Ganar siendo el partido más votado cuando la derecha moviliza más ciudadanos en una sola consulta presidencial que el propio partido en legislativas, es una forma peculiar de victoria: tiene 25 senadores, un candidato que carga el peso de cuatro años de gobierno cuestionable, y en contra, una derecha que aunque dividida, demostró el 8 de marzo que todavía, y a pesar de los esfuerzos de este gobierno por posicionarse como fuerza principal, sigue siendo poderosa. Proclamarse ganador antes del 31 de mayo y después de los resultados de la Gran consulta, recuerda a esas batallas en las que el comandante anuncia que tomó la colina mientras el enemigo avanza por el valle.
Lo que sí sugieren los resultados del 8 de marzo es que el 31 de mayo será una prueba distinta. Por primera vez, la derecha llegará con una coalición que incluye al centro, el espectro político que, durante varios ciclos electorales, venía acumulando gran cantidad de votos importantes, pero no lograba traducirlos en poder real. La alianza entre Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo ya tiene efectos concretos: según la última encuesta del Centro Nacional de Consultoría, Paloma logró desbancar a De la Espriella del segundo lugar —lugar que ocupó durante varios meses— y por primera vez el escenario de segunda vuelta contra Cepeda arrojaría un empate técnico, algo que no ocurría frente a ningún otro candidato en encuestas anteriores. Entretanto, Cepeda mantiene su 34,5%. La elección de Aida Quilcué, lideresa indígena, reafirmó su base petrista pero no abrió nuevos electorados. Ese porcentaje parece representar su piso y también su techo. El panorama, entonces, empieza a dibujarse, si la coalición de centro-derecha se sostiene, el Pacto Histórico enfrentará algo que no ha tenido que enfrentar antes: una coalición de centro y derecha con capacidad real de disputar la segunda vuelta. Pero aún falta tiempo, y en Colombia, como en cualquier proceso electoral vivo, dos meses son una eternidad.







