Para comenzar, quisiera compartirles una antigua fábula romana atribuida a Higinio. Cuenta la historia que, al contemplar el barro a la orilla de un río, Cura decidió tomarlo entre sus manos. Lo moldeó con paciencia, con dedicación, hasta darle forma de ser humano. Después pidió a Júpiter que le diera aliento y vida, y él, complacido, aceptó. Pero enseguida surgió una disputa: Cura reclamaba el derecho de quedarse con la criatura porque había sido obra de sus manos; Júpiter afirmaba que le pertenecía por haberle otorgado el soplo vital; y Tellus, la diosa de la tierra, sostenía que era suya, pues había sido formada con el barro que brotaba de su dominio. Ante el conflicto, Saturno intervino y emitió un veredicto: durante su vida, dijo, la criatura pertenecería a Cura, porque el cuidado la había creado. Al morir, su alma regresaría a Júpiter y su cuerpo a Tellus. Su nombre sería —humano porque nació del humus de la tierra —y quedaría unido para siempre al cuidado, la cura, como parte esencial de su existencia.
La fábula nos dice, en su lenguaje antiguo, algo profundamente vigente: que la humanidad es cuidado. Que vivir es, inevitablemente, ser vulnerables. Todos y todas necesitamos, en algún momento, que alguien nos cuide; y todos, sin excepción, cuidaremos alguna vez de alguien o de algo. Cuidar y ser cuidados no es una excepción: es la condición misma de nuestra vida en común.
Por eso, nuestras sociedades se sostienen en el cuidado; en esa forma “invisible” pero decisiva en la que una persona realiza acciones para que otra —ya sea por dependencia, por cercanía o simplemente por convivencia— pueda vivir, crecer, trabajar, descansar, estar. El cuidado es la trama silenciosa que permite que la comunidad exista; el gesto que habilita que otros hagan, que otros sean.
El tiempo de la hormiga, de Stephanie Brewster —que tan amablemente me invitaron a comentar— muestra con enorme claridad cómo ese trabajo que, por cotidiano, parece invisible, es en realidad el que permite organizar nuestras sociedades. Organizar significa poner en orden; y ordenar, a su vez, implica colocar cada cosa en su lugar. Por lo tanto, como se aprecia en el documental, el cuidado es la forma primordial del orden social: la tarea que posibilita que todo lo demás funcione, que todo encaje, que todo ocurra donde y cuando debe ocurrir.
La obra nos permite observar que el cuidado, aunque universal, se realiza de manera profundamente desigual. Las protagonistas son mujeres, no porque los hombres sean incapaces de cuidar, sino porque —históricamente y de manera injusta— los trabajos de cuidado han recaído sobre ellas. Es una distribución que no solo persiste, sino que estructura silenciosamente la vida cotidiana.
Algunos datos lo ilustran con contundencia. De acuerdo con el INEGI, nueve de cada diez niñas y niños menores de cinco años son cuidados principalmente por sus madres. Y cuando hablamos de personas adultas mayores, el peso del cuidado recae, mayoritariamente, en esposas, parejas, hijas o nietas.
Entre esas mujeres cuidadoras, cuatro de cada diez declaran vivir exhaustas, y tres de cada diez han sacrificado horas de sueño para atender a quienes dependen de ellas. Y, sin embargo, todo ese trabajo —no remunerado, pero indispensable— equivale a 7.2 billones de pesos: el 24.3% del PIB.
Ahora bien, el documental también nos muestra que cuidar no es solo un trabajo: es una forma de habitar, una manera de relacionarnos con el mundo. El cuidado no se dirige únicamente a las personas; también alcanza a los espacios —como la casa— y a otros seres —como las plantas. El entorno se mantiene, vive y respira porque hay alguien que se ocupa de él; y esa ocupación se traduce, justamente, en prácticas de cuidado.
A lo largo de toda la obra vemos que, pese al peso del cuidado —pese a lo arduo que puede resultar— aparecen constantemente dos dimensiones. La primera es una consideración moral: el entendimiento de que cuidar es una acción necesaria, incluso superior, para que las cosas avancen, para que la vida siga su curso en los distintos contextos. La segunda es una consideración emocional: el cuidado está atravesado por afectos, por ternuras y vínculos, pero también por sensaciones de fatiga, de hartazgo, de cansancio que a veces rebasa.
Esto es importante porque, aunque históricamente —e injustamente— se han utilizado las emociones para construir una explicación esencialista del “ser” de las mujeres y, por ende, justificar por qué deberían ser ellas quienes cuiden —como se muestra en el documental, en ese impulso de la madre que debe dejarlo todo si el niño llora—, también es cierto que los afectos forman parte del cuidado. El amor por los hijos, la atención a las plantas, el cariño por las hermanas, la dedicación al cuarto, la presencia hacia una mismo: todo ello es cuidado. No define el “ser” de las mujeres, pero sí ilumina la riqueza emocional que sostiene ese acto fundamental.
Y esto me lleva a un último punto que quisiera destacar. En última instancia, cuidar implica una responsabilidad: hacerse cargo de las tareas que permiten que otra persona viva mejor. Cuando alguien no cuida —pensemos, por ejemplo, en los hombres que abandonan a sus hijos— no significa que el cuidado desaparezca. Lo que ocurre es que esa responsabilidad se desplaza, recae sobre alguien más. El cuidado siempre se hace; la pregunta es quién lo hace y en qué condiciones.
Por eso, cuando hablamos de redistribuir las tareas de cuidado, no estamos diciendo que el cuidado pueda eliminarse —eso sería desconocer nuestra propia condición humana—, sino que debe realizarse en condiciones de igualdad y de equidad. Entre hombres y mujeres, sí; pero también con la presencia del Estado. Es decir: que el Estado, mediante su gobierno, avance hacia tres tareas fundamentales. Primera: generar condiciones de calidad para que los cuidados puedan realizarse sin precariedad ni sacrificios extremos. Segunda: ofrecer servicios de cuidado que acompañen y sostengan a las familias. Y tercera: promover una cultura y una educación del cuidado que transforme nuestras prácticas y nuestras expectativas. Solo así podremos caminar hacia una sociedad más justa, pero también hacia una sociedad que pueda vivir mejor.
El documental es muy claro al mostrar, por un lado, lo inevitables y necesarios que son los cuidados; y por el otro, en las vidas que presenta, lo indispensable que es redistribuir esa responsabilidad. Cuidar, al ser lo fundamental de nuestra condición humana, no puede ser un acto individual ni puede recaer injustamente en un solo sector de la población. El cuidado debe realizarse en conjunto y de manera articulada.
Porque, como recuerda la fábula de Higinio, a final de cuentas, en vida somos —y seguiremos siendo— cuidado.







