Messi, Trump: idolatría y analfabetismo político

Por César Martínez

La forma en que la industria del ocio y el entretenimiento promociona a grandes futbolistas presentando su imagen como si fueran modelos ideales de conducta, es decir como ídolos o deidades, debe ser cuestionada tras el polémico episodio de analfabetismo político exhibido por Lionel Messi al aplaudir en la Casa Blanca a Donald Trump, mientras este presumía su intención de seguir bombardeando Medio Oriente.

Las multitudinarias críticas —o «funa» a nivel global— contra el capitán de la selección de Argentina, que disputaráel Mundial de la FIFA 2026 como campeón vigente, hacen eco de la falta de empatía hacia quienes, siendo menores de edad, son seguidores de Messi en países golpeados por guerras y conflictos con injerencia del ejército de Estados Unidos. Una de las caricaturas más contundentes que lo cuestionan muestra a Messi lisonjeando a Trump al mismo tiempo que desdeña a una joven o niña vestida a la usanza árabe:  “¿Qué mirás, boba?”, reza el cartón del artista gráficoAndrés Edery.

Pese a que los defensores de Messi, detrás de cámaras y micrófonos de la prensa corporativa, esgrimen que “deporte y política no se mezclan” o que “a un deportista no se le debe exigir lo que a un presidente”, lo cierto es que se trata de otro escándalo en el que la imagen impoluta de Messi choca con la realidad: siendo embajador de UNICEF, en 2015 fue criticado por cobrar millones de dólares por disputar un partido financiado por el dictador de Gabón; y dos años después fue hallado culpable de cometer delitos contra el fisco en España, tras utilizar paraísos fiscales para ocultar sus cuantiosos ingresos publicitarios.

Un hombre de mimbre dentro del cual se sacrifican personas. Wellcome Collection.

El tema de fondo no es un debate futbolístico en el que las pifias de Messi son celebradas por sus detractores, seguidores del portugués Cristiano Ronaldo o del Real Madrid, sino lo señalado en el primer párrafo de estas líneas: la narrativa de fanatismo e idolatría hacia personalidades deportivas, musicales o artísticas, que esconde las agendas de grandes poderes comerciales y políticos. Aquello que el psicoanalista Erich Fromm llamaba “la enajenación del ocio y del entretenimiento, por la cual las personas pierden de vista su responsabilidad individual en el proceso social”, se resume en la expresión clásica: “Pan y circo”.

Se puede comprender el fenómeno moderno de la idolatría tanto desde la psicología como desde la filosofía. Así, por ejemplo, al examinar las grandezas y limitaciones del pensamiento de Sigmund Freud, innovador del psicoanálisis, Erich Fromm hallaba entre los aciertos indiscutibles del austriaco el concepto de transferencia. Al estudiar casos clínicos de narcisismo, Freud descubrió que el desinterés hacia el mundo exterior —la gente y las cosas— por parte de varios de sus pacientes era “transferido” como interés hacia la propia persona (libido o catexis narcisista) o hacia figuras de autoridad o prestigio (padres, madres, maestros, doctores, líderes, etc.), a las que se atribuyen cualidades o virtudes sin que estas estén plenamente justificadas. En la transferencia positiva se trata de “una mezcla de amor, admiración y apego”; en lo que se denomina transferencia negativa, en cambio, se trata de una amalgama de odio, oposición y agresión[1]

Filosóficamente, la idolatría encontró su crítica más difundida cuando, en la Alemania del siglo XIX, discípulos de Hegel como Ludwig Feuerbach y Karl Marx expandieron el concepto de enajenación. Desde la filosofía existencialista, según la cual el drama de la humanidad consiste en la fractura entre esencia y existencia y en la pérdida de la libertad, una conciencia enajenada es aquella desconectada de realidades sociales e históricas concretas. Mientras que para Feuerbach la expresión máxima de enajenación era la religión, y para Marx el sistema productivo en el que las personas cuentan según su posición económica —el “fetichismo de la mercancía”—, en Hegel se trata más bien de una conciencia egoísta “que no busca la unidad absoluta sino su propia particularidad”[2]

Pero, volviendo a la narrativa ciertamente idolátrica que ha envuelto a ese hombre de carne y hueso llamado Lionel Andrés Messi Cutticcini —sin que quizá él mismo tenga plena conciencia de este fenómeno—, cabe decir con Freud que se producen transferencias positivas y negativas de manera simultánea. Se construye así un relato maniqueo de buenos contra malos, de ángeles contra demonios, en el que al Messi celestial se le contrapone un anti-Messi infernal, presentado con cuernos, bigotes, cola y patas de cabra: el finado Diego Armando Maradona.

Y es que, junto a ese modesto pequeñín de clase media que debió abandonar su natal Rosario rumbo a Europa, acompañado de su padre y su hermano, para convertirse en símbolo del tiki-taka y de la UEFA Champions League, aparece también la figura de ese niño-hombre surgido de la periferia pobre de Buenos Aires. Si Messi logró sobreponerse a graves problemas médicos relacionados con la hormona de crecimiento —según cuenta un conocido spot de la marca de las tres bandas—, Maradona vivió en sus entrañas la lucha entre dios y el diablo en la forma de excesos y adicciones. El verso popular del artista “El Potro” Rodrigo canta al mito que envolvió a Diego en La Mano de Dios: “La fama le presentó a una blanca mujer de misterioso sabor y prohibido placer”.

Borracho, bocón, mujeriego, irresponsable, sostenía el escritor uruguayo Eduardo Galeano acerca de Maradona, “se trata, sin embargo, del más humano de los dioses porque se nos parece.” Y en efecto no hay fallas en su lógica: aquel Maradona aborrecido hizo del vicio de la fama la virtud de la transparencia, exhibiéndose como un hombre humanamente frágil, contradictorio y polémico, pero cercano en el pecado a nosotros, simples mortales. Inversamente, es esa lejanía artificial (resultado del ejército de mercadólogos, especialistas de marketing e imagen y jerarcas del fútbol rodeando a Messi), lo más perturbador de la bochornosa escena de “La Pulga” rindiéndose en aplausos ante Trump.

En conclusión, debemos ver ese endiosamiento e idolatría de futbolistas como un fenómeno cuestionable que, sin embargo, dice más sobre nosotros mismos que sobre tal o cual jugador o equipo de fútbol. Decía Fromm que “una sociedad cuyos miembros estén indefensos necesita ídolos […] necesidad que solo puede superarse en la medida en que el hombre esté plenamente consciente de la realidad y de sus propias fuerzas.” Al Messi que se le aplaude por sus goles y sus asistencias hoy por hoy no se le pide actuar como un dios al margen del bien y del mal, sino demostrar una conciencia humana, capaz de estar en el sentimiento con quienes sufren la violencia en países donde él es seguido y admirado. Si algún día Messi sale de la burbuja idolátrica en que le han confinado, el exhorto es a no temer al pecado: a atreverse a expresarse política y humanamente.

Un sátiro sobre un pedestal lanza una patada contra un mago. Wellcome Collection.

[1] Erich Fromm, Grandeza y Limitaciones del Pensamiento de Freud, Siglo XXI, Ciudad de México, 1979, p.54..

[2] Citado en Mario de la Cueva, La Idea del Estado, Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad Universitaria, 1980. p. 266.

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