El martes 16 de junio de 2026, las sirenas de decenas de patrullas resonaron sobre la avenida López Mateos, justo a la altura de la calle Venecia, en la colonia Providencia, donde más de un centenar de personas llevaba varias horas de espera con evidente ansiedad. Junto con la caravana de vehículos de seguridad, apareció el autobús de la selección nacional mexicana, cuyos integrantes habían llegado apenas unos minutos antes a la Perla Tapatía.
La cita era en el hotel Hilton Guadalajara Midtown, ubicado dentro de la plaza comercial Midtown Jalisco. Ahí, entre música, fuegos artificiales y vítores, cientos de personas aguardaban con entusiasmo la llegada de los futbolistas mexicanos. Entre la multitud había personas de todas las edades y de distintos estratos sociales. Se encontraban vendedores ambulantes, trabajadores de la plaza comercial y vecinos de la zona. Algunos habían atravesado la ciudad y otros habían salido temprano de sus trabajos. Todos compartían un mismo propósito: ver de cerca a sus ídolos deportivos y alentarlos, aunque fuera por unos instantes.
El autobús se abrió paso entre la gente y, uno a uno, comenzaron a descender los futbolistas que se reúnen en el lobby del hotel sin dar crédito de lo que está ocurriendo. Aún no era siquiera el día del partido y la gente ya está entregada a ellos, haciéndolos sentir en casa, transmitiéndoles esa energía y pasión que se necesita previo a un duelo tan importante.
De pronto, un pequeño grupo comenzó a corear el nombre de Julián Quiñones. El grito de “¡Quiñones, Quiñones!” pronto se extendió entre toda la multitud. Poco después, la ovación cambió por un “¡Hormiga, Hormiga!”, en referencia a Armando González, delantero de Chivas, y terminó con un sonoro “¡Ochoa, Ochoa!”, dedicado al histórico guardameta de la selección mexicana. Los dos primeros gozaban de un cariño especial en Guadalajara por su vínculo con Atlas y Chivas, mientras que el último se había convertido desde hacía años en uno de los grandes referentes del futbol nacional. Jugadores y aficionados acababan de compartir una noche de entusiasmo y júbilo, la víspera de una jornada que prometía quedar inscrita en la historia.
***
El jueves 18 de junio, a las 12:50 horas en el centro histórico de la ciudad y a falta de poco más de 6 horas para que sonara el silbatazo inicial del partido, el ayuntamiento de Guadalajara decretó semáforo rojo para el Fan Fest. Con el que se confirmó que el aforo de 18 mil aficionados estaba a tope. Sin embargo, no fueron los únicos que se dieron cita para ver el juego en las inmediaciones de la Plaza de la Liberación, ya que se pudo apreciar otra cantidad semejante a los alrededores de la zona amurallada con vallas de la FIFA y del gobierno. Entre tanta gente, se alcanzó a apreciar aficionados de todo tipo, desde los que están con algo de duda, sin saber hacia donde caminar, o buscando desde donde se verá mejor. Los que buscan subirse a los árboles, postes de luz o hasta a los quioscos de la plaza. Los que más llaman la atención son los de atuendos típicos mexicanos, que nos identifican más que con la misma playera de la selección. Estaban el Chavo del Ocho, la Chilindrina, un Miguel Hidalgo y hasta una quinceañera que se estaba haciendo su sesión de fotos entre los miles de apasionados seguidores de la selección.

Por su parte en la plaza de las Américas, frente a la Basílica de Zapopan, El Fan Fest de este municipio tampoco permitía un alma más. Y aunque si bien, casi en su totalidad son aficionados locales, se podía apreciar a uno que otro ciudadano coreano que no pudo asistir al estadio, pero que orgullosos de su patria, portan playeras y banderas de su país.
A estos mismos, se les acercó la gente a pedirles fotos y poco falta para que les pidan autógrafos, como si ellos fueran los protagonistas de un K-drama famoso. Aunque debo decir que merecían el trato que se les dio, ya que han sido cómplices para que la camaradería reine en el festival. Han sido amables y se muestran sonrientes en todo momento. No faltó el coreano al que agarraron entre varios tapatíos y lo lanzaron por los aires un par de veces. O el grupo de gente que se mantenía al pie de la calle esperando un semáforo rojo para correr hacia el vehículo más vulnerable para comenzar a balancearlo de un lado a otro. ¿Lo más sorprendente? Que quienes van dentro de los automóviles, generalmente lo toman con alegría y responden de manera positiva, contrario a lo que sucedería si no estuviéramos organizando un mundial en casa.
Aproximadamente las 18:00 horas en el centro histórico de Guadalajara y la cifra de aficionados ya superaba a los 60 mil. Se notaba a leguas que Guadalajara era una fiesta y no era para menos, pues aunque no era la primera vez que la Selección jugaba un partido oficial en tierras tapatías, ni la primera en ser sede de una justa mundialista, sí era la primera vez en la historia que Guadalajara recibía un juego de la Selección Mexicana dentro del mundial.
Y por esa misma razón es que la gente estuvo tan ilusionada y tan comprometida con apoyar a nuestra selección. Hablo de la gente que disfruta este deporte y que desgraciadamente fue suprimida de poder vivir el sueño de estar en el estadio presenciando en primera fila algo histórico. Gente que no tiene los $40 mil pesos para gastar en un boleto de la sección más económica. Ya ni se diga pensar en la zona más exclusiva que tenía un costo de alrededor del millón de pesos. Gente que con sacrificio compró la versión más reciente de la playera de nuestra selección, aunque haya sido “pirata”. Esa misma gente, que quizá jamás volvería a tener la oportunidad de vivir algo así y que creyó que durante dos horas todos sus problemas desaparecerían, se convenció de que México era el mejor país del mundo para vencer a Corea.
Y es que de alguna manera todos queremos soñar. Soñar que, al menos durante todo un mes, lo único que importa es el fútbol. Que la delincuencia, la economía y el crimen organizado, entre otras tantas cosas que nos aquejan como sociedad, son en realidad una pesadilla y no el pan de cada día. Y más que solo soñar, poder volver a nuestra esencia de personas alegres, unidas y leales a nuestra cultura y que con el pretexto del fútbol nos unimos como país.
***
Por fin comenzó el himno nacional en el inmueble ubicado a un costado de Periférico Poniente. Se ponía la piel de gallina y las lágrimas brotaban de los ojos de millones de mexicanos. El sonoro rugir de los 45,522 asistentes al estadio Guadalajara se hizo escuchar a través de las pantallas.
Fue un partido ríspido, trabado y poco vistoso. Algo que ya se presupuestaba pero que la grada no dejó pasar inadvertido cuando al medio tiempo se escucharon abucheos tras el 0-0 momentáneo.
El segundo tiempo no fue muy diferente, sin embargo, para fortuna de los nuestros, el gol que tanto esperábamos apareció al minuto 50′ tras un error del guardameta Coreano y que Luis Romo se aseguró de aprovechar mandando el balón al fondo de la red.
Por poco y la fiesta se vió arruinada cuando al minuto 88′ luego de un remate de cabeza coreano, el arquero nacional Raúl Rangel se estiró en dos ocasiones evitando de manera espectacular el gol del empate.
Luego de 97 minutos de juego, el árbitro hizo sonar su ocarina para cerrar así la victoria del seleccionado nacional y hacer oficial el liderato del grupo A.
“El objetivo se cumplió” fue la frase que más se repitió entre los aficionados después del juego. Como si todos fueran una misma mente. Así, la gente se dirigió hacia la Glorieta de la Minerva a continuar con el festejo de lo que fue una noche histórica.
Apenas hacía un día que todas las calles aledañas a este monumento se habían visto abarrotadas para el concierto gratuito de la banda de Rock Maná, y hoy de nuevo se ve congregada la afición, pero ahora cantando “El Rey” de Vicente Fernández, el “Sí se pudo” y el famoso “Cielito lindo”.
Guadalajara no durmió, fue una noche de fiesta y de alegría. Ahora toca esperar el último juego, ojalá sigamos demostrando por qué México debió ser la única sede mundialista.






