Zarpar de Juan Esmerio

Por Ricardo Arredondo Yucupicio

Los puertos son universales. Durante siglos, antes de que el ser humano emprendiera el vuelo, los puertos eran los polos del saber, de la industria, de la cultura. En ellos nació la globalización. A través de ellos se llegaba al mundo, y el Mundo empezaba justo donde terminaba el mar. Parafraseando aquella frase famosa, todos “venimos de los barcos”.

Ese mundo es el que reconstruye Juan Esmerio en Zarpar, editado por la Universidad Autónoma de Sinaloa. La colección de breves relatos es una evocación de la imbricación del autor con el puerto de Mazatlán. Que no engañe la bellísima portada, que lleva la ilustración de un escarabajo. Lo que se deja ver en esta obra es la sal sobre las espinillas. Como invitación al libro, acá unas brevísimas notas que hice al tiempo que acompañaba su lectura

Juan Esmerio, Zarpar, Sinalia: UAS, 2025.

Para el pescador el sonido del mar es el canto de sirena. Añora el navegar; vivir en un puerto es su martirio. “El faro es una luz que no deseamos” dice. Hombres acuáticos, la tierra los ahoga. “En mi barco no se habla de cosas tristes” dice el capitán cuando alguien hace mención sobre la vuelta a tierra firme. Es la melancolía de la navegación, el mar como refugio. Son extranjeros en la tierra, en todas las tierras. La evocación del puerto: la tierra y el mar invierten papeles, y los hombres navegan en la tierra ansiando llegar al mar.

El horizonte se ve lleno de embarcaciones. El mar y los barcos con sus nombres: el Mazatl, el Queen Helen, el Ninfa. También se degusta la gastronomía mazatleca, salada.

El trópico es des-civilización. Decía José C. Valadés, mazatleco universal, que el calor impedía el pensamiento racional: “El jardín bajo techo en la casa de mis abuelos era la imagen de la belleza admirativa del trópico. Y digo admirativa; porque para corresponder al círculo de la esfera celeste, el de Cáncer dio tanto brillo a su obra que con ésta eclipsó la del ser racional. Por lo mismo cuando la naturaleza en magna en fragancia y color, adorno y copia, pureza y magia, el hombre resulta débil; y si no sucumbe ante los poderes del sol, de la maleza, de las aguas, de las descargas eléctricas y de las alimañas se debe a que donde el fuego calcina las tierras y el agua se lleva la sal, crece el espíritu prodigioso.[1]

Tal vez, pero impulsa otros elementos en el cerebro humano. Algo de eso hay en Zarpar: el amor, la violencia, la celeridad, la curiosidad. También hay balas. ¿De eso también es culpable el calor? ¿El último relato del libro, donde Flora Carrasco hace arte con balas, sucede en el mismo escenario de su poema Velar el fuego?

Flora Carrasco hace bonsáis con casquillos. Hoy, en Sinaloa, podríamos hacer bosques.

Zarpar delinea la ronda generacional, esa que hace que la vida en el mar se desvanezca. ¿Quiere ser marinero el niño? ¿O ahora le temen al mar? En la modernidad, puedes vivir en un puerto y pasar meses sin ver el mar. “El verbo zarpar me gusta mucho porque implica movimiento. Hay gente que disfruta ver el atardecer; a mí me gusta ver cómo un barco se aleja. Ahí empieza otra historia”, dice Juan Esmerio en una entrevista.[2]

Zarpar dibuja toda la geografía que compone el estado. De la Sierra Madre al Mar de Cortés, de las quebradas, pasando por los valles tecnificados, hasta llegar a las olas saladas mazatlecas. Aparecen hombres del aire y del mar. La sierra, escenario de una crisis moral durante la Operación Cóndor; el mar, entrañable espacio indefinible pero necesario (como el opio) para el navegante.

Zarpar nombra al Mar de Cortés, reminiscencia histórica (de esa le sobra al autor). El mar del conquistador, de ese que hemos estado hablando, de cuya memoria quieren expurgarse esos que son sus hijos. Olvidan que California también es un nombre colonial. El Mar de Cortés, “un espejo luminoso cuya belleza es para quien lo bucea”. ¿Vamos a rebautizar al Mar de Cortés? Propongo Mar de Cuauhtémoc, Make Tenochtitlan Great Again.

“No puedo decir que camino dando la espalda a la mar porque la tengo enfrente”. Esto lo dice Juan Esmerio a través de sus personajes.

Mazatlán, 1933, AGN.

[1] José C. Valadés, Mis Confesiones (Vida de un huérfano), México, Editores Mexicanos Unidos, 1966, p. 9.

[2] Azucena Manjarrez: https://riodoce.mx/2025/10/29/zarpar-nuevo-libro-de-juan-esmerio-navarro/

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