‘La persona enajenada experimenta
al mundo y a sí misma pasivamente:
como una separación mecánica entre el sujeto y el objeto’
Erich From
La conducta de copiar e imitar a otras personas, conocida en criminología como copycat, acabó de forma trágica en el caso del atacante de Teotihuacán, al cobrar la vida de una turista inocente. La hipótesis del fiscal que investiga el caso, quien sostiene que el agresor actuó al repetir el estilo de homicidas famosos, resulta particularmente sugerente porque remite a una dinámica que se reproduce cotidianamente en México. En 2024, la mujer conocida como Marilyn Cote escandalizó al hacerse pasar por “doctora en neurociencia”, al fabricar una identidad basada en la imitación y la simulación para lucrar con pacientes que padecen depresión y ansiedad.
Aunque parecerían casos diferentes por su repercusión nacional e internacional, los videos del joven agresor menor de 30 años de edad y de Cote tienen similitudes que permiten sugerir aquello que el psicoanalista Erich Fromm denominaba narcisismo y sadismo: él y ella adoptan una forma de hablar extravagante, notoria por transmitir una falta de espontaneidad y naturalidad que exhibe la búsqueda de atención mediante una imagen prefabricada de autoridad ante otras personas. Se habla de narcisismo sádico porque el “yo” se plantea denigrando a los demás a la condición de simples objetos de uso, dominio, interés, cálculo o destrucción.
Pero más que las extravagancias, en el habla del copycat de Teotihuacán y de Cote, el rasgo de un carácter sádico es el uso asiduo del modo verbal imperativo para dar órdenes, comandos, o incluso ruegos o elogios (cuando el sadismo deviene en su reverso masoquista).
Mientras en el primer caso aún resuenan las expresiones “Muévete… levántate… corta… vete por allá… diles… lárgate”, registradas en el video que un turista grabó en la Pirámide de la Luna, los testimonios de pacientes de Cote en la ciudad de Puebla relatan años de sometimiento a regímenes de medicamentos controlados, prescritos con una cédula profesional inexistente. Un antiguo trabajador de Cote declaró a la prensa un ‘consejo’ dado por la falsa doctora: “A las personas debes verlas tal cual, tiradas en el piso y tú encima de ellas, con un pie en el cuello, porque es la única forma en la que les vas a ganar”. Asimismo, una nota de El País registra que a sus pacientes mujeres las tachaba de “necias” y les auguraba el suicidio en caso de no obedecerla.

Brillante y simple, Fromm definió, en El Miedo a la Libertad, al sadismo como una conducta compulsiva que consiste en “pretender reducir a otra persona a un objeto sin voluntad, un instrumento en manos del sádico.” Quebrantar, inhibir o negar eso que jurídicamente se conoce como “libre desarrollo de la personalidad” es la esencia del carácter sádico, también llamado autoritario por Fromm (quien escribía en el contexto del brote del fascismo y el racismo en el siglo XX). Él distinguió tres tendencias sádicas entrelazadas: “la primera es hacer que otra persona dependa completamente del sádico, otra es adquirir control con fines de sacar provecho, explotar, robar e incluso plagiar atributos o rasgos de personalidad del otro. Finalmente, la tercera es hacer sufrir o ver sufrir por vía del daño físico o mental, humillando y pisoteando la dignidad.”[1]
La tendencia a plagiar atributos o rasgos de personalidad nos lleva del sadismo al narcisismo, que no se refiere a una vanidad desmesurada o “auto-infatuación”, sino a una forma oportunista de relacionarse con los demás buscando beneficio particular: el narcisista reconoce superficialmente el bien deleitable o rasgo positivo, que sin embargo copia, imita, simula, plagia o falsifica, pues de lo contrario habría de tener conciencia del desperdicio de su propia voluntad y experimentaría remordimiento. En contraste, un criminólogo ítalo-argentino, José Ingenieros, invocaba el término emular como el antónimo de copiar, ya que se emula aquello que se distingue como superior desde una postura objetiva de humildad, practicando virtudes o buenos hábitos como el esfuerzo, la paciencia, la concentración, la imaginación, la fe, la esperanza y el amor.
Contrario de la imitación, en la emulación la separación entre sujeto y objeto no es mecánica o inercial (es decir, regida por la alevosía y la ventaja), sino dinámica: consciente de la dignidad del otro en su devenir libre. Copiar, en la lógica de Fromm, es una reacción compulsiva surgida de un sentimiento de inferioridad ante un mundo vivido como ajeno y hostil; mientras que emular, crear o ser original parte del reconocimiento de límites objetivos sobre la conducta propia como el derecho ajeno: solamente sobre un pie de igualdad con los demás, perfeccionar el carácter es obra consciente del sujeto quien en la praxis transforma su propia espontaneidad. El carácter es así, nos dice Fromm, “segunda naturaleza.”
De ahí que las extravagancias y excentricidades a menudo luzcan como imposturas, farsas o incongruencias cuando se observa el cuadro completo del carácter narcisista. En esa lógica, la voluntad de dominar, explotar, humillar y destruir al otro, de carácter compulsivo y no racional, reprime la consciencia de sí misma mediante lo que técnicamente se denomina una “formación reactiva”, un mecanismo que compensa la culpa. La persona narcisista tiende a ocultar su propia voluntad, de forma sutil o incluso cobarde, mediante justificaciones que escamotean su toma de decisión. Hasta ahora se sabe que el atacante de Teotihuacán apeló a una supuesta autoridad superior al exigir sacrificios y holocaustos. En el caso de Cote, los testimonios apuntan a una serie de chantajes formulados “por el propio bien” de sus pacientes.
Así, en Anatomía de la destructividad humana, Fromm vincula sadismo y narcisismo como la huída compulsiva ante el desafío que cada persona encara desde su niñez para trascender la separación objetiva con el mundo y con los demás sin renunciar al “yo” ni a la libertad: “hallar nuevos lazos con los semejantes es cuestión de salud mental… [pero] optar por encerrarse en sí y hacer del mundo y de los demás apéndices de uno mismo mezcla al narcisismo con el sadismo y puede llevar a la locura… Narcisismo extremo es querer destruir a los demás y destruir al mundo para dejar de sentirse abrumado.”[2]
Sin embargo, superar/trascender/sobreponerse y otros verbos usados por Fromm para describir el esfuerzo arduo por relacionarse humanamente con el prójimo y con la realidad exhibe la terrible conclusión de que la autoestima verdadera y necesaria para sostener ese esfuerzo surge de abrazar verdades que superan, trascienden y están encima (esto es, que no dependen) de las relaciones personales y del estatus social. Estas son las verdades de la moral universal, que por su carácter impersonal están lejos de quienes solo miran superficialmente y copian o simulan tener virtudes ajenas con el propósito de medrar. En otras palabras, resulta complicado distinguir directamente entre el bien y el mal para quien basa su autoestima en criterios indirectos como la opinión de terceros.
Finalmente, de los estudios criminológicos de José Ingenieros deriva una idea profética en los casos del copycat de Teotihuacán y de la ‘doctora’ Cote: signos alarmantes de falta de autoestima, de iniciativa, de creatividad o de imaginación, son también signos de incapacidad para captar la norma detrás de la cultura o el derecho. Para Ingenieros, sencillamente estar en la mediocridad es vivir “a un paso de la comisión del delito.”[3] Por eso en el México violento donde las relaciones personales se caracterizan por el maltrato, el abuso, el ventajismo y el interés, lo sucedido en la Pirámide de la Luna y el escándalo viral de Cote en 2024 no son casos aislados. Todo lo contrario, en la vida cotidiana uno tiende a sentir que no son pocas las personas salidas del mismo molde.

[1] Erich Fromm, Escape from Freedom, Holte, Rinehart & Winston, Nueva York, 1941, p.144.
[2] The Anatomy of Human Destructiveness, 1974, p. 233.
[3] José Ingenieros, El Hombre Mediocre, Porrúa, Ciudad de México, 2017. Introducción de Raúl Carrancá y Rivas, p. xiii.







