El fútbol moderno es un fenómeno de masas, de naturaleza espectacular, que surge de una ruptura con la concepción clásica del deporte y de la política, y que por ende, posee una serie de características que obstaculizan la consecución de los objetivos de unión y fraternidad bajo los cuales se fundó la FIFA.1 Es sólo así que puede entenderse por qué Uruguay 1930 —evitando la cortesía de llamar “mundial” a aquél suceso deportivo que, en todo caso, se asemejó más a una copa euroamericana— es la consecuencia más temprana y visible de un mundo atravesado por una contradicción insoluble: la de pretender los ideales del pasado, sin contar con los elementos necesarios para ello, siendo el más notable, la existencia de comunidad.
Lo primero que se debe entender es que el fútbol discrepa del deporte clásico en su naturaleza grupal. El deporte clásico nace como una exaltación de la individualidad. En Grecia, el atletismo tenía dos propósitos: i) poner a prueba las capacidades físicas a fin de sobresalir individualmente; de conseguir honor (timē) mediante la victoria;2 y, ii) de preparar para la guerra y el combate mediante el entrenamiento físico.3 El honor era de naturaleza individual, se depositaba en una persona concreta y no así en un grupo.4 De igual modo, el entrenamiento físico únicamente podía alcanzarse mediante el desarrollo individual del cuerpo, pues los deportes grupales, como sabían los griegos, benefician sólo a quienes son naturalmente aptos en ellos.5

Es el caso que en el fútbol no existe este tipo de igualdad, pues cada jugador posee un rol distinto del otro, y no obstante, existe una marcada interdependencia entre cada uno, haciendo que la afirmación: “El delantero X es mejor que el portero Y”, por ejemplo, parezca un tanto arbitraria a pesar de que ambos juegan el mismo juego.
Este énfasis en la individualidad hacía que el deporte y política helenos tuvieran una similitud sobresaliente,6 una consecuencia clara del profundo espíritu agonal que caracterizaba a ambas actividades, en donde uno competía para sobresalir frente a sus pares (homoioi), pues sólo puede haber competencia ahí donde hay igualdad.7 Es el caso que en el fútbol no existe este tipo de igualdad, pues cada jugador posee un rol distinto del otro, y no obstante, existe una marcada interdependencia entre cada uno, haciendo que la afirmación: “El delantero X es mejor que el portero Y”, por ejemplo, parezca un tanto arbitraria a pesar de que ambos juegan el mismo juego.
Aun cuando existía esta similitud, el atletismo griego jamás gozó de la misma carga política que tuvieron los ludi (juegos) en Roma. A diferencia de Grecia, los ludi eran un simple espectáculo, de naturaleza grupal, llevado a cabo por esclavos y gente de clases bajas,8 por lo cual su finalidad no era la virtud (aretḗ). Los ludi existían: primero, para mantener el orden y la pax deorum,9 lo cual les dotaba ya de inherentes vínculos políticos; y luego, en época republicana e imperial, para entretener y agasajar a la plebe romana. El poder político de los ludi era tal que Cicerón promulgó la lex Tullia de ambitus con el fin de regular el ofrecimiento de munera (juegos gladiatorios) y Augusto, luego, los volvería un cuasimonopolio imperial.10
Así, el fútbol moderno busca antes entretener que incitar a la excelencia, convirtiéndolo en un medio —para la proyección de cuantos mensajes o ideologías se pretenda— antes que un fin.
El fútbol moderno, como un espectáculo de masas de naturaleza grupal, se asemeja más a los ludi romanos que al deporte griego. Al punto que resulta sobresaliente cómo hoy en día se habla de “jugar fútbol” y, en cambio, resulta un tanto bizarro hablar de “jugar natación” o de un “jugador de carreras”. Esto se explica debido a que los ludi no eran un deporte en sentido estricto, sino un instrumento político-religioso indiferente al honor o la virtud. Así, el fútbol moderno busca antes entretener que incitar a la excelencia, convirtiéndolo en un medio —para la proyección de cuantos mensajes o ideologías se pretenda— antes que un fin.

A su vez, el deporte clásico surge como una actividad aristocrática, que luego se reservó únicamente a los ciudadanos libres, a diferencia de los ludi o el fútbol moderno. Los esclavos y clases bajas tenían preocupaciones más apremiantes antes que la competición por el honor o la virtud (atletismo griego), o el simple ocio recreativo de las élites inglesas (fútbol primigenio). Esto conducía a que tanto el atletismo como el fútbol inglés tuvieran una inherente oposición al profesionalismo. Para los griegos, la nobleza del deporte radicaba en que, al igual que la política, era una actividad práctica (praktikē enérgeia), y por ende, un fin en sí mismo. Los atletas no competían por sueldo o fama; lo hacían, tan sólo, por una corona de olivo salvaje.11
Sólo cuando política y deporte se abrieron al grueso de la población, empezaron a surgir personas que, por necesidad o avaricia, buscaron recibir una paga; se empezó a competir para vivir versus el tradicional vivir para competir. La profesionalización era un mal que los griegos buscaban eliminar precisamente por la pasividad a la que inducía.12 El deporte deja de ser una actividad para volverse un espectáculo, en donde quien controla la narrativa son los actores y organizadores del mismo. No hay mayor mal para una comunidad política, especialmente una democrática, que la pasividad. Por eso las póleis antiguas se caracterizaban por su constante necesidad de participación pública.
La pasividad e indolencia son propias de una sociedad de masas tendientes a autoritarismos. No en vano las magistraturas en Atenas así como en la Roma republicana eran honorarias, i.e., sin derecho a sueldo, siendo el honor la única recompensa. Buscaban evitar la gestación de una clase política cuya preocupación principal fuese vivir y lucrar del Estado, antes que poseer un ánimo desinteresado en beneficio del mismo.13 Todos debían participar, todos podían competir, sea en política o en deporte. Así, la profesionalización produjo deportes de masas incapaces de generar unión como consecuencia de la pasividad a la que inducían, pues tanto unión como libertad sólo pueden experimentarse cuando existe agencia; o sea, en el ejercicio de una actividad práctica (praxis).14
La unión sólo puede existir cuando hay de base una comunidad, o sea, el reconocimiento de un deber cívico; de una deuda con el Estado, los dioses y los ancestros.15 Los deportes de masas no generan comunidad; son simples eventos: es decir, poseen una naturaleza accidental y sin fuerza vinculante;16 son algo que se consume, buscando entretenimiento rápido, en vez de algo que se experimenta, generando gradualmente unión. Es aquí donde los ludi discrepan del fútbol: los juegos fortalecían la comunidad romana; remitían siempre a los orígenes y esencia de Roma; eran siempre el producto de un deber cívico y religioso, por eso munus aludía también a «juegos gladiatorios», los cuales se ofrecían como una ofrenda a los difuntos, los dioses y el Estado romano.
La FIFA es producto de semejante corporativismo que necesitaba regular un deporte que había sufrido una mutación —de ser un simple juego aristocrático a una profesión ad hoc— al nuevo orden sociopolítico de masas.
Las sociedades actuales desconocen de la noción de comunidad. Baste con decir que esto es consecuencia de un largo proceso, iniciado en el siglo XVII, por el cual un rompimiento con la tradición occidental, herencia directa de la antigüedad clásica, se ha venido gestando.17 Las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX representaron la consumación de dicho proceso, materializándose en las sociedades de masas, los nacionalismos y el ímpetu corporativista que buscaba regular y canalizar a los distintos sectores de estas nuevas sociedades. La FIFA es producto de semejante corporativismo que necesitaba regular un deporte que había sufrido una mutación —de ser un simple juego aristocrático a una profesión ad hoc— al nuevo orden sociopolítico de masas.
Uruguay 1930, o sea, la completa incapacidad de lograr un evento mundial que fuera propicio a la unión y fraternidad a través del fútbol, no es sino consecuencia de una contradicción inherente a los orígenes de la FIFA como cuerpo creado para regular algo de suyo masivo, carente por completo de sentido comunitario. Sería, para mayor ejemplo, como si una empresa transnacional aspirase de origen a «promover el comercio local y sustentable». Es así que este evento futbolístico, que discurrió en los años treinta del siglo pasado, es el hijo destacado de una época caracterizada por la pérdida de sentido y alienación, producto del rompimiento con el pasado, y que condujo en instancias últimas al surgimiento del totalitarismo y la muerte de la comunidad.
Todos los artículos de Jacob Weiner en Revista Presente.
- Artículo 1°, inciso a), así como artículos 4° y 5° de los Estatutos de la FIFA, entre otros. Cf. FIFA, Legal Handbook, septiembre de 2025, pp. 12-13. ↩︎
- E. Norman Gardiner, Athletics of the Ancient World, Oxford University Press, Oxford, 1930, p. 2. ↩︎
- Ibid., p. 28. Al punto que, cuando dejó de ser útil para el entrenamiento físico y militar consecuencia de la profesionalización, como se verá más adelante, el atletismo entró en descrédito para buena parte de las élites griegas: cf. ibid., pp. 102 in fine. ↩︎
- M.I. Finley, The World of Oddysseus, Penguin Books, 1978, p. 118. ↩︎
- Gardiner, 1930, p. 28. ↩︎
- Ibid., pp. 2-3. ↩︎
- Margalit Finkelberg, “Timē and Aretē in Homer”, The Classical Quarterly, vol. 48, nº. 1, 1998, pp. 14-15. Disponible en http://www.jstor.org/stable/639748. ↩︎
- Gardiner, 1930, p. 119. ↩︎
- J. Garrido, “El Elemento Sagrado en los Ludi y su Importancia en la Romanización del Occidente Romano”, Iberia. Revista de la Antigüedad, vol. 3, 2000, pp. 54, 56-57. Disponible en https://tinyurl.com/3fkvtfdp. ↩︎
- Georges Ville, La gladiature en Occident des origines à la mort de Domitien, École française de Rome, 1981, pp. 82-83, 97, pp. 121-124. Disponible en https://doi.org/10.3406/befar.1981.1209. ↩︎
- Gardiner, 1930, pp. 35 in fine. ↩︎
- Pues el ciudadano promedio: “reticente a dedicar todo su tiempo y energía al deporte, y sintiendo el competir como algo inútil, fue gradualmente perdiendo interés en el atletismo y se complació con el rol de espectador” (Gardiner, 1930, p. 101; traducción propia). ↩︎
- Es cierto que en Atenas Pericles luego reformará el sistema de cargos honorarios que había establecido años atrás su tío, Clístenes, fundador de la democracia, en beneficio de un sistema de cargos públicos remunerados. No obstante, se mantuvieron un par de mecanismos que de facto prevenían la gestación de esta “clase política”: como por ejemplo, la asignación de cargos mediante insaculación o los períodos breves de tiempo en dichos cargos. ↩︎
- Siguiendo aquí tanto a Aristóteles como a Hannah Arendt. ↩︎
- «Communitas»: Con– (enteramente) + munus (i. tarea, función o deber; ii. deuda cívica; iii. tributo debido <a los dioses o muertos>; iv. juego de gladiadores). cf. G.M. Lee, et al. (eds.), Oxford Latin Dictionary, Oxford University Press, Oxford, 1968, pp. 370, 1145-1146. ↩︎
- Byung Chul-Han, The disappearance of rituals, Polity Press, 2020, pp. 42 in fine. ↩︎
- Para mayor profundidad en el tema, ciertamente interesante pero imposible en el presente trabajo, cf. Hannah Arendt, Between past and future, Penguin Books, 2006. ↩︎






