La teoría según la cual la vida política
debe ser obra consciente de las voluntades atacada por las ciencias sociales
Passerin d’Entrèves
Provoca una sincera sorpresa leer frases escritas por Andrés Manuel López Obrador en su libro Grandeza, en las que minimiza el abuso de poder y la desconexión entre las élites gobernantes y las masas del México prehispánico. La sorpresa resulta mayor al provenir de quien, durante décadas, criticó los “fueros y privilegios” y sostuvo que “la política no es asunto de los políticos, sino asunto de todos”. Embelesado ante el lujo señorial representado en los murales de Bonampak, el expresidente escribe en la página 574 que “las escenas de humillación del pueblo sometido proyectan imágenes de lo más realista y mágico que pueda concebirse.”
Tras repasar las más de seiscientas páginas —incluidas las notas bibliográficas—, el exhorto es a no leer el penúltimo libro de López Obrador como un texto de arqueología, para evitar discusiones bizantinas sobre si los aztecas extirpaban o no corazones humanos en Tlatelolco. En lo sustancial, la tesis del expresidente no articula un mensaje sobre nuestro pasado, sino más bien sobre nuestro presente y nuestro futuro: la idea de que los usos y costumbres de la vida cotidiana —esa sensibilidad o inconsciente colectivo mexicano— constituyen la verdadera base de nuestra unidad, más allá de que las élites gobiernen bien o mal. De ahí que el hombre de Palenque recurra a la conocida afirmación del antropólogo francés Claude Lévi-Strauss sobre la cultura como “la ciencia de lo práctico”, para sugerir que la vasta reserva de valores culturales del México profundo nos ha permitido salir adelante frente a terremotos, diluvios, calamidades y gobiernos corruptos.

Grandeza, en otras palabras, elabora la singular filosofía de la historia con que López Obrador siempre se desmarcó de vanguardias de izquierda desacreditadas y minoritarias como los comunistas o socialistas. Cuestionado sobre su postura ante el capitalismo, él siempre demostraba su férrea disciplina usando el mismo discurso en Palacio Nacional: “En la UNAM nos enseñaban que el capitalista explota al trabajador quitándole la plusvalía, pero en México la explotación se dio más bien por vía de la corrupción.” Es decir que, para el tabasqueño, política y economía están enraizadas en lo cultural, pero como esto involucraría reconocer que nuestra cultura adolece de graves vicios como la avaricia y el interminable recurso a la violencia, la solución para él consiste en sostener que “lo malo nos llegó de fuera”. Para no quedarnos en la superficie diciendo que “AMLO le echa la culpa a España”, vale apuntar que entre líneas y en los primeros capítulos se lee algo aún más grave: cierto menosprecio a los valores filosóficos legados por Grecia y Roma como los del derecho, la autonomía, la justicia y la virtud.
No obstante lo anterior, la fortaleza del libro reside en las —ciertamente demasiado prolongadas— citas bibliográficas de antropólogos, arqueólogos, novelistas, poetas y personajes históricos, que hacen de Grandeza una creación intelectual capaz de cobrar vida propia, incluso hasta el punto de contradecir las tesis de López Obrador. Así, por ejemplo, si el expresidente sostiene que “en nuestras civilizaciones milenarias no existía la codicia”, en la página 188 aparece un párrafo demoledor en el que el arqueólogo Richard D. Hansen afirma que el asentamiento maya de Cuenca Mirador-Calakmul entró en decadencia a raíz del “consumo conspicuo” y de “una mentalidad descuidada de riqueza y poder”, manifiesta en la construcción de pirámides y monumentos de cal y estuco a costa del suelo agrícola y de la alimentación de la población gobernada, casi mil años antes del desembarco de Hernán Cortés desde Cuba.
Es, justamente, la bibliografía de Grandeza la que preserva al libro de López Obrador de caer en la categoría de mera propaganda, como desearían los detractores más acérrimos del tabasqueño para poder —metafóricamente— quemarlo en leña verde sin haberlo leído primero.
Mención honorífica merece la brillante cita que inicia en la página 176 a Michael Coe, quien entre 1966 y 1968 desenterró cabezas olmecas con signos de daño intencionado y otras piezas invaluables en San Lorenzo Tenochtitlan, Veracruz. Coe no asume que la arqueología “descubre” sino que induce el carácter de la sociedad del pasado partiendo de los problemas sociales presentes: «una forma evidente de estudiar la ecología antigua es observar a los pueblos actuales que viven en la misma zona que la población anterior». Hallando que en esos años sesenta del siglo XX las peores tierras de cultivo en la zona pertenecían a un ejido, mientras que las mejores estaban en manos de privados, el estadounidense induce una sociedad olmeca donde la élite comandaba la labor y la vida de miles. Si el basalto extraído de la zona de San Andrés Tuxtla hace tres mil años pesaba 40 toneladas por cabeza olmeca, (a ser trasladadas más de 100 kilómetros por tierra y agua), calcula Coe, entonces el señorío olmeca ejercía poder de dominación sobre más de diez mil personas. “Un derroche excesivo”, escribe en su bitácora, que ayudaría a comprender “la cantidad de odio y furia contenida”, intentando destruir las cabezas colosales, monumentos de la misma casta política, ya sea por revuelta interna o por ataque externo ( aunque el finado investigador de la Universidad de Yale se decantaba por lo primero: la tensión social, desbordada).
Con el correr de las páginas, López Obrador sospecha que su propia bibliografía lo contradice citando, en la página 204, a quien en 1948 alcanzó y rescató la tumba del noble Pakal en el Templo de las Inscripciones de Palenque, Chiapas: Alberto Ruz Lhuillier. Además de asentar la similitud de “la actitud psicológica ante la muerte” entre mayas y egipcios frente a lo que en efecto es un mausoleo monumental, Ruz nos habla de “un fantástico derroche de esfuerzos colectivos para beneficio de un ser privilegiado…”. Nuevamente, Obrador se topa con civilizaciones prehispánicas que desmienten su utopía, lastradas fatalmente por el tonelaje de élites colmadas de fueros y privilegios. Así, él no puede sino repetir la cita de Ruz al antropólogo español Pedro Armillas sobre “el ocaso propiamente cultural” (donde la palabra superestructura se define como el desequilibrio entre gobernantes y gobernados): “Las probabilidades de que culturas de este tipo de enormes superestructuras sobre fundamentos tecnológico-económicos insuficientes sobrevivan a crisis socioeconómicas graves, parecen ser muy pocas.” (p. 246)
Echada por tierra una cara de la moneda obradorista según la cual “en el México antiguo no había codicia”, toca revisar la otra cara: que antes de la Conquista como norma cultural nuestros ancestros eran libres. Así lo redacta con sus propias palabras, López Obrador en la página 518: “Por lo general la estructura política de dominación se sustentaba en medidas coercitivas, pero también en creencias y consensos entre la clase gobernante, compuesta por caciques, sacerdotes, guerreros, comerciantes; y el pueblo llano, el cual podía vivir en libertad siempre y cuando cumpliera el pago del tributo asignado por quienes detentaban el poder.” [cursivas mías]
En contraste con la filosofía greco-latina, cuya versión última sostiene que la vida política es obra consciente de la voluntad, y que la libertad se instituye por medio del ejercicio comprometido de derechos personales como la libre expresión, López Obrador finca la libertad y la autonomía en la propiedad comunal de la tierra. Se trata de su crítica a la propiedad privada de los recursos naturales: “La comunidad resistía la presión defendiendo su tierra y mediante la protección derivada de sus instituciones de ayuda mutua, es decir, el trabajo colectivo [tequio] y la seguridad social. La tierra tenía para el indígena una doble función: era el principal medio de subsistencia y, a la vez, el elemento que permitía la autonomía en relación con el trabajo servil de la hacienda.” (p. 519)
Llegamos al punto inevitable de concluir que en Grandeza el expresidente nos sugiere una cruda realidad: que históricamente, (hace más de dos mil años, hace 500, hace diez o incluso en la actualidad), nuestra vida nacional no se sostiene como obra consciente de la voluntad, sino como resultado de un inconsciente colectivo, mezcla de fuerza, coerción, usos, costumbres y tradiciones practicadas diariamente en la familia, la comunidad, la escuela, el trabajo, el gremio y el círculo social. Sosteniendo que a partir de nuestras prácticas culturales, (es decir de instituciones informales o implícitas que como tales no se consensúan), se deriva nuestra manera profunda de gobierno, AMLO nos recuerda un apasionado debate entre juristas franceses del siglo XIX: sociedad política (la polis en griego, o res pública/civitas en latín) sólo es aquella donde la norma implícita se vuelve explícita mediante el consentimiento deliberado de las personas involucradas; mientras que comunidad natural es aquella donde sus miembros adoptan sin deliberar, mecánicamente, patrones de conducta heredados, ya sea por necesidad material y/o por búsqueda de identidad y de sentido de pertenencia.
Así las cosas: ¿quién con dos dedos de frente puede refutarle a López Obrador que nuestro país en su cotidianidad jamás funciona como sociedad política y siempre como una colosal comunidad natural compuesta de comunidades naturales más pequeñas? En esta lógica sin fallas, cobra sentido la cita de la página 216 al norteamericano Sylvanus Morley, explorador en Chichén Itzá, quien definía civilización “como el grado de obediencia a aquello que no se puede exigir.” La expresión original en inglés es unenforceable, cuya traducción más correcta sería que “la civilización se mide por la obediencia a aquello que no prescribe la ley.” Es decir que la sociedad mexicana, ya sea en su etapa mesoamericana, novohispana o contemporánea, se gobierna como comunidad natural de reglas no escritas.
Ahora bien, sobre los pros y contras de una comunidad natural, vale citar una fuente que no está en Grandeza: es el maestro jurista Mario de la Cueva, autor de La Idea del Estado, acaso el mejor libro de historia de las ideas políticas occidentales nunca escrito por un mexicano.
El maestro señalaba que si bien el régimen de usos y costumbres tiene rigor científico, pues parte de un análisis objetivo de la realidad social o estilo de vida de la gente; también ignora o descuida que en una práctica cultural subyace encubierta una relación de poder, en tanto una o más personas imponen su voluntad sobre una o más personas que permiten o no pueden resistir la voluntad impuesta. Es el miedo usado como técnica social que López Obrador examina sin darse cuenta al citar los mecanismos de “prestigio”, “presión social”, “descrédito” y “burla” expuestos en la cita de la página 515 a la obra del sociólogo Guillermo Bonfil Batalla. Deducimos de esto que en una comunidad natural, de reglas no escritas o extralegales, la comunidad misma impone castigos más crueles y humillantes: es la atmósfera cultural que (con pruebas duras o sin ellas) permitió que por igual frailes “reaccionarios” como Toribio Motolinía y frailes “progresistas” como Bartolomé de las Casas hicieran constar por escrito la crueldad y la idolatría en el territorio conquistado. De nuevo, para López Obrador pasa inadvertido el terrible significado de una de sus propias citas, esta vez perteneciente a Enrique Semo, página 456: “las instituciones nativas permanecen y los españoles las utilizan para introducir en ellas sus propias reformas.”
El problema con derivar de lo cultural, de aquello que las ciencias sociales demuestran positivamente como conducta real de los grupos humanos, sugería De la Cueva en su crítica al jurista León Duguit, es dar por buena sin cuestionar la división entre gobernantes y gobernados, lo cual en derecho es inaceptable para la dignidad humana.[1]
A pesar de que, extasiado ante el ornamento espléndido de Pakal, López Obrador defienda en la página 200 la “armonía que lograron los gobernantes con su pueblo”, así como el logro de “paz y justicia por mucho tiempo”, el relato de Cortés incluido en incontables páginas de Grandeza genera la duda razonable de que, si bien el México prehispánico brilló en ciencia, arquitectura, gastronomía, ingeniería civil, matemáticas, astronomía y demás aplicaciones técnicas, lejos estuvo de constituir bienes genuinamente humanos como la libertad, la igualdad y la fraternidad: eso que, parafraseando a Morley, es en verdad unenforceable. Peor aún, para quien sinceramente reivindica y reconoce el valor de nuestros pueblos originarios y su legado universal, resulta por demás desgarradora esa línea de la carta de Cortés al emperador Carlos V plasmando la dolorosa derrota moral de los mexicas durante la quema y destrucción de Tenochtitlán, página 356: “… lo que sentirían los de Temixtitan en ver venir contra ellos a los que ellos tenían por vasallos y por amigos, y por parientes y hermanos, y aun padres e hijos.” Obligado por la evidencia, AMLO coincide con Cortés en una única frase: Omne regnum in se ipsum divisum desolabitur/Todo pueblo dividido contra sí mismo será devastado.
Si como punto final debiéramos decir con sencillez que Grandeza no logra plasmar la definición clásica de justicia, la de 1789 (cuando un pueblo europeo derrocó a su propio régimen de usos y costumbres), según la cual el fin de toda institución política y cultural son los derechos de las personas, habríamos de repetir la profética cita que López Obrador hace de su gran mentor y maestro, el poeta Carlos Pellicer: “los malos gobiernos precipitan a los pueblos a la esclavitud”. A reserva de que el expresidente rectifique en su último libro, Gloria, el error de sugerir que la separación entre gobernantes y gobernados se legitima mecánicamente por vía de la idiosincrasia popular o del inconsciente colectivo, sostenemos aquí que el único tipo de vida política válido para la dignidad humana es y debe ser obra consciente de la voluntad.

[1] Mario de la Cueva, La Idea del Estado, Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad Universitaria, 1980. p. 170.







