Pessoas de Pessoa, Pessoas de cada quien

Por Ronaldo González

Cuando pasaba las páginas de El hombre multitudinario (UNAM, México, 2025), antología preparada, traducida y prologada por el poeta Mario Bojórquez, me resultó ineludible la mirada retrospectiva: no hemos sido pocos los que empezamos a leer a Fernando Pessoa con El libro del desasosiego de Bernardo Soares (aunque su autoría primera fue del pesaroso Vicente Guedes, lo que prueba que en el universo pessoano no hay hurto ni plagio, pues lo importante es la capacidad de expresión de cada uno de los autores que lo conforman)[1]. Y entonces aprendimos de memoria aquellas sentencias que nos hicieron sentir la irremediable saudade: “Nunca nos realizamos. Somos dos abismos —un pozo mirando fijamente al cielo”.

Más pocos somos quienes hemos porfiado en la lectura de Pessoa y sus heterónimos, quienes acompañamos ese viaje interior como experiencia única en cada caso. Como dice Rodolfo Alonso, a Pessoa se le lee de uno a uno. Es así como ha ganado, sí, a sus porfiados lectores. La obra de Pessoa conquista al lector dispuesto a bajar sus defensas y a salir de las convenciones ordinarias de la literatura circulante en los escaparates de las librerías y en los escaparates del mundo. No es una guerra tumultuaria: es una conquista. A veces una suerte de hechizo, otras una persuasión y casi siempre un pasmo. La guerra editorial se libra frecuentemente en la mercadotecnia; la conquista literaria, en cambio, es personalísima, es una autoconquista, no exenta de violencia sobre uno mismo, llevada a cabo por el verdadero lector, paradójico promotor de aquello que lo conquista.

Fernando Pessoa, El hombre multitudinario. Antología. Selección, traducción, prólogo y notas de Mario Bojórquez, México: UNAM, 2025.

He dicho que uno lee a Pessoa y sus heterónimos, es decir, he utilizado la ye o i griega como conjunción, porque es cierto que, a diferencia de otros autores, como lo deja bien claro Mario Bojórquez en su prólogo,  las figuraciones de Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos (para mencionar a los tres principales) le permiten escribir lo que no hubiera escrito pensándose sólo en su vida propia y su imaginación; ellos son “aquellas personalidades demarcadas por una visión particular de la vida, un estilo literario propio y una historia de vida independiente”. Bojórquez refiere a Pessoa cuando, en una carta, dice que esas personalidades le son “míamente ajenas”. En esos poemas, a cuyos autores se les ofrece una biografía, diría Octavio Paz, Pessoa se descubre, o lo que es lo mismo, se desconoce.[2] De ahí la conclusión de Harold Bloom al pensar el papel de Caeiro, Reis y Álvaro de Campos: Pessoa —dice Bloom— “escribió volúmenes enteros de poemas para ellos, o mejor dicho, como ellos”.

Quizá a Pessoa le hubiera tenido sin cuidado su paso a la posteridad como “clásico”; además, es difícil decidir sobre esto, tratándose de un autor tan discutiblemente canónico, con todo y que Harold Bloom le dedicó seis páginas en El canon occidental (exagerando, según me parece, la indudable influencia de Walt Whitman). Como sea, el tiempo le ha otorgado uno de los atributos de lo que Italo Calvino define como “clásico”: se le sigue leyendo y, sobre todo, sigue diciendo algo a las sucesivas generaciones. Suscribamos la apreciación de Rodolfo Alonso: “Poco habría importado a Pessoa que sus inquietudes cambiaran de sentido en el contexto de otras épocas. ¿Cómo iba a imaginarse lineal, definitivo, quien vio hacerse en sí mismo a diversos creadores, de personalidades y obras diferentes? ¿Cómo iba a resultar explícito el mosaico de una personalidad celosamente oculta detrás de fantasmas fascinantes: ‘Eras muchos, eras todos, / y nunca eras nadie’”?

La generación de Pessoa redescubrió la contigüidad. Dicho interés —y esta no es más que una conjetura que sólo se puede apuntar aquí— pudiera ser común a escritores, aunque contemporáneos, muy diferentes entre sí.  A principios del siglo XX, Heidegger se embarcó en la empresa filosófica de buscar al ser transido de temporalidad, al ser situado en la contigüidad, al olvidado ser ahí. Ni Kafka ni Pessoa conocieron, que yo sepa, la filosofía de Heidegger. Con toda seguridad, les hubiera parecido desmesurada y hasta ilegible (a Celan, en cambio, le atraía el idiolecto heideggeriano), además de que su desapego de la ética les habría, sobre todo a Kafka, incomodado mucho (ambos, Pessoa y Kafka, estaban lejos de la gran abstracción y la convocatoria que animó, durante la guerra, al “Maestro de Alemania”). Sin embargo, tal vez el influjo de una específica fenomenología (detenerse en la “cotidianidad de término medio” del ser ubicado en esa ontología), hubiera llamado su atención. Por este rumbo, desde mis primeras lecturas, me ha parecido reveladora esa búsqueda y ese peculiar hallazgo de, o mejor, ese literal encuentro con la contigüidad —ni racional ni absurda, simplemente contigüidad sentida— en la obra de Pessoa. Más allá del sensacionismo (o junto con el sensacionismo), y desde luego del futurismo y las vanguardias de su tiempo, me pasa esto, por ejemplo, con El guardador de rebaños de Caeiro:

¿El misterio de las cosas? ¡Qué sé yo lo que es el misterio!
El único misterio es que haya alguien que piense en el
Misterio.
Quien está al sol y cierra los ojos,
Comienza a no saber lo que es el sol
Y a pensar muchas cosas acerca del calor.
Pero si abre los ojos y ve el sol,
Y ya no puede pensar en nada,
Es porque la luz del sol vale más que los pensamientos
De todos los filósofos y de todos los poetas.
La luz del sol no sabe lo que hace
Y por eso no se equivoca y es común y buena.

Es por lo mismo que cuando escucho hablar de aquellos turbadores textos que forman El libro del desasosiego, descritos como pura negatividad anímica (aunque “genial”), casi como propedéutica para sentirse melancólico, recuerdo, en mi lectura, digamos, sintomática, a los demasiados lectores compartiendo con García Márquez el asombro de descubrir cómo en la literatura se puede hacer que un hombre despierte de un sueño convertido en un gigantesco insecto. ¡Pero si Kafka es mucho más que esto! Habría que entender que el recurso a lo fantástico en Kafka es eso: un recurso, pues, claramente, cuando hace que un hombre se convierta en insecto, sigue hablando del hombre (del hombre-insecto que ya era Gregor Samsa antes de su transformación)[3]. Tendríamos que leer también, sin más, a Pessoa en Álvaro de Campos y su Lisboa revisitada:

¡Vuélvete parte carnal de la tierra y de las cosas!
Dispérsate, sistema físico-químico
De células nocturnamente conscientes
Por la nocturna conciencia de la inconciencia de los
cuerpos,
Por el gran cobertor no-cubriendo-nada de las
Apariencias,
Por el pasto y la hierba de la profileración de los seres,
Por la niebla atómica de las cosas,
Por las paredes turbulentas
Del vacío atómico del mundo.

O en el poema “Tabaquería”, otra vez de Álvaro de Campos, pulidor de la “pureza natural” de su maestro Alberto Caeiro:

Estoy ahora perplejo como quien pensó y halló y olvidó.
Estoy ahora dividido entre la lealtad que debo
A la tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real
por fuera,
Y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real
por dentro.

Real por fuera y real por dentro, esto es, contigüidad del mundo y contigüidad de la imaginación, o más precisamente, de la sensación: encuentro con la contigüidad, paraíso e infierno, tedio y fascinación sentidos en el ahí del mundo y la conciencia y trasladados al allí de la literatura.

Ya que estas notas han sido suscitadas por la lectura de la nueva antología de Pessoa publicada por la UNAM, debo dejar espacio para hablar del prologuista, traductor y responsable de la selección. Conozco a Mario Bojórquez desde hace más de cuarenta años. Fuimos compañeros de aquellas últimas fajinas estudiantiles sinaloenses. Lo recuerdo en casa de unas amigas, después de un día de fatigar calles, pasillos y aulas universitarias, haciendo enojar a un profesor argentino (Nardeli, creo que se apellidaba) al especular (él y otro poeta dado a los heterónimos, Jean Turpy): ¿parecía esa boina del Che Guevara una gorra de cholo? Lo veo todavía en 1985, ataviado de hechicero cósmico, con Botellita de Jerez, el grupo de rock mexicano, animando el concierto organizado por un tal Movimiento Rosalino en la plazuela Rosales de Culiacán. Lo recuerdo muy joven, estrenándose como autor publicado, en la revista Tinta Fresca (junio de 1986), con su poema “El llanto de la mandrágora”, cuyas primeras líneas dicen: La sombra de mi mano/ oculta lo que escribo/ la sombra de lo escrito/ oculta lo que sueño (entonces, creo, en tiempos pre-Pessoa, se firmaba como Mario de la Cruz Bogüer, un frustrado protoheterónimo suyo). Y no digo más, sólo que quiero mucho a Mario, lo re-conozco en sus transformaciones como escritor y editor, lo aprecio y lo admiro y le agradezco su poesía que es suya y, como la de Pessoa, es también nuestra, es también de cada quien.

Lisboa.- Estacion de Santa Polonia. Procede del periódico la Ilustración Española y Americana

Nota del editor: Texto leído en la presentación de El hombre multitudinario. Antología de Fernando Pessoa, el 13 de noviembre de 2025, en la Feria Internacional del Libro de Culiacán.


[1] Entre otros, puede verse el breve texto de Mario Bojórquez https://circulodepoesia.com/2016/06/vicente-guedes-primer-autor-del-libro-del-desasosiego/

[2] En el conocido ensayo “El desconocido de sí mismo” que sirve de prólogo a la Antología de Fernando Pessoa, seleccionada y traducida por el propio Octavio Paz (México, UNAM, 1962).

[3] El propio Lukács, criticándolo desde su “realismo crítico” hegeliano-marxista, escribe que, en Kafka, “hasta la vida se vuelve fantasmagórica sin que intervenga ningún fantasma”. Cfr. “¿Franz Kafka o Thomas Mann?”, en Kafka, compilación de ensayos de Paul-Louis Landberg, George Lukács y D. S. Savage, publicado en español por editorial Los Insurgentes, México, 1961, con la traducción de Ulalume González de León.

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