Pocos conceptos han tenido la relevancia histórica en el léxico político mexicano como el de Revolución. En el siglo XX mexicano el concepto de Revolución fue central, generador de sentidos amplios, contradictorios, reivindicadores, convirtiéndolo en un vehículo para la transformación política, o para el mantenimiento de un régimen pétreo.
El concepto Revolución tiene una historia de larga data. Su expansión vino a través de la ciencia, pues Revolución es, antes que todo, un concepto de la física, especialmente de la astronomía. Su viaje hacia el lenguaje político vino a finales de la Edad Media, pero toma sus rasgos característicos una vez sentido el impacto de la Revolución francesa en 1789. Su cambio es notable pues, “tras haber designado fenómenos astronómicos, se politiza intensamente y se sitúa en el centro de importantes tensiones que recorren más de un siglo”.[1] No significa que antes de los sucesos de Francia el concepto Revolución no se entendiera como uno que significa un cambio político importante, pero, como hace notar Koselleck: “En sentido estricto, el concepto tal y como se entiende y utiliza actualmente solo se generaliza a partir de la Revolución francesa”.[2]. Si bien el concepto toma centralidad en el lenguaje político del siglo XIX, se fue transformando hasta adquirir las características que, ya para el siglo XX, lo van a convertir en un concepto de acción.
Como lo demuestra Guillermo Zermeño, la llegada del concepto “Revolución” a la Nueva España vino con el doble sentido: tanto el físico como el político. Revolución significaba tanto la vuelta de la Tierra sobre sí misma, como también hacía referencia “para designar un tumulto o una revuelta, sin que se alterara sustancialmente el orden establecido”.[3] Esto último va a caracterizar al concepto de Revolución en México a lo largo del siglo XIX. Revolución va a designar a los constantes levantamientos armados, cuartelazos y derrocamientos que serán endémicos en el país.

La crisis de legitimidad provocada por la invasión napoleónica a España, que va a desencadenar los movimientos autonómicos e independentistas en el continente americano, van a resignificar el concepto de Revolución, especialmente vinculándolo con la experiencia francesa. Aun cuando Miguel Hidalgo rechazaba el vínculo filosófico con la Revolución francesa, el levantamiento armado iniciado en 1810 va a estar vinculado con los acontecimientos en Francia, aunque no de manera causal.[4] Va a ser hasta los primeros años del México independiente cuando el concepto Revolución cambie sus referentes, y por lo tanto su sentido.
Como da cuenta Gloria Maritza Gómez Revuelta, siguiendo los postulados de Guillermo Zermeño, el concepto Revolución en México va a sufrir un proceso de transformación en distintos niveles. En un primer momento se relacionó a Revolución y revolucionario con los múltiples levantamientos armados que buscaban tomar el poder por la fuerza, sin importar el espectro político (liberal o conservador). En otro nivel, empero, la historiografía de mediados del siglo XIX le dio un sentido filosófico universal al concepto, desatándolo de la realidad para traerlo a la filosofía de la historia.[5] Aun así, el concepto no pudo deshacerse de una connotación claramente negativa, donde Revolución era vinculada con la violencia política, misma que traía inestabilidad y muerte, así como la incapacidad de construcción de la nación.[6]
La transformación más importante del concepto Revolución vino cuando dejó el plano meramente político para convertirse en un concepto de cambio social. Y eso solo se logró hasta después de 1910, cuando el movimiento iniciado por Francisco Madero trascendió al propio Madero, para dar rienda suelta a una espiral de violencia y de ruptura con el Antiguo Régimen.
Durante el gobierno de Porfirio Díaz, iniciado con una Revolución de estilo decimonónico, es decir, a través de un levantamiento armado para derrocar un gobierno establecido, el concepto Revolución seguía haciendo referencia justo a eso. Sin embargo, el concepto había perdido la connotación negativa, para convertirse en uno sin carga moral. Es decir, la Revolución es un medio, y son los fines de la Revolución los que van a determinar si esta es una buena o una mala Revolución. Conforme el régimen de Díaz se fue estableciendo, el concepto recibe una carga negativa, pues se desdeña a todo levantamiento y oposición al régimen como nociva para el correcto desarrollo de la nación, en su camino de Orden y Progreso.[7]
Para Díaz, no hay distinción entre Revolución y rebelión o revuelta. Como lo menciona Enrique Krauze: “era la palabra mágica utilizada en México por todo movimiento político que recurría a las armas contra un gobierno que consideraba autoritario o ilegítimo. No revuelta, no rebelión: Revolución”.[8] Esto no es del todo cierto; la verdad era que había una indistinción entre esas tres palabras; rebelión, revuelta y revolución hacían referencia al mismo fenómeno. Díaz colocaba todo tipo de rebeliones (políticas, agrarias, religiosas) bajo la palabra revolución porque lo que está enunciando son levantamientos armados y nada más. Así lo vemos en un extracto de un discurso de Díaz en 1885 que nos brinda Gómez Revuelta:
Los pequeños trastornos causados por partidas de las tribus Yaqui y Mayo en el Estado de Sonora, lo mismo que los que han tenido lugar en los de Guerrero y Nuevo León y en el Territorio de Tepic, todos pronta y eficazmente reprimidos, dan testimonio de que el país protesta de la manera más enérgica contra toda tentativa revolucionaria, con la convicción de que la práctica sincera de nuestras instituciones y el respeto a la ley son los principales elementos de la paz, del bienestar y del adelanto de la República
La indistinción entre Revolución y rebelión o revuelta va a romperse hasta después de 1910. El camino entre Tuxtepec y Ciudad Juárez es el de la transformación semántica, que deviene de una lucha política que toma el camino de la Revolución social. El levantamiento iniciado por Francisco Madero va a convertirse en una Revolución social; el concepto se va a transformar, pero, además, iniciará una guerra semántica por la hegemonía del concepto. El factor social se apropiará del concepto, eliminando la indistinción. Después de Madero, y especialmente tras su muerte, Revolución ya no hará referencia a una deposición de un gobierno por otro, sino a la transformación misma de todo el sistema, a la puesta patas arriba de la estructura de dominación. El reflejo de esto se verá, especialmente, tras la derrota de Victoriano Huerta y la eliminación de las rémoras del Antiguo Régimen, que va a cristalizar con los constituyentes de Querétaro en febrero de 1917.
Sin embargo, desde la publicación del Plan de la Empacadora y el Plan de Ayala, en 1911-1912, el concepto empieza a ser rebatido, y a ser objeto de una lucha por su apropiación por parte de sectores revolucionarios que buscaban adjudicarse a la “verdadera revolución”. El rompimiento de Orozco, pero especialmente el de Zapata, con el maderismo será el inicio de un proceso de luchan por el significado que va a perdurar durante toda la vida activa del concepto Revolución durante el siglo XX, pero que será especialmente álgida entre la década de los veinte y los cincuenta.
El Zapata del Plan de Ayala considera a Madero como traidor a la Revolución iniciada por el mismo, al incumplir con lo prometido tanto en el Plan de San Luis como en los Tratados de Ciudad Juárez. La guerra semántica comienza, pues, con la escisión zapatista del maderismo. La Revolución de 1910, gloriosa y dignificada por Dios, ha sido traicionada, y quienes buscarán defenderla y reivindicarla serán los zapatistas, según su propia interpretación. El zapatismo atraerá a algunos intelectuales, especialmente movidos por el ideal agrarista y el indigenismo.
La de 1910 seguía siendo una Revolución política; el objetivo de Madero era derrocar al dictador, implantar la legalidad y la normalidad democrática en México. Madero era un reformador antes que un revolucionario; estaba más cercano a los hombres de 1857 que a Francisco Villa o Emiliano Zapata. Lo que el zapatismo, el villismo y el carrancismo llevarán a cabo es una Revolución social, que busca destruir el sistema existente y construir sobre sus escombros. Los últimos son quienes lo llevarán a la realidad.
El proceso de construcción semántica del concepto Revolución va a ser complejo, multifacético, expresión de la naturaleza misma del fenómeno revolucionario en México. Este proceso va a caracterizarse por una disputa abierta, tanto en el campo de batalla como en el de las letras. Esto último lo explica así el historiador Rafael Rojas: “Dado que la Revolución es, primero, la lucha armada contra el ejército del antiguo régimen y, luego, la guerra civil entre distintas agrupaciones revolucionarias, el fenómeno se manifiesta como batalla por la hegemonía del campo semántico del término”. El resultado final fue tanto el producto de un enfrentamiento como de un consenso semántico entre las distintas facciones de una Revolución marcadamente heterogénea. Así lo hace ver de nuevo Rojas:
Dada la irreductible heterogeneidad de actores y programas, y la relación a veces —no siempre— contradictoria entre los mismos, la construcción de ese sentido [el de Revolución] debió ser pactada y, a la vez, incompleta. En ese desarrollo intervinieron múltiples eventos y procesos, desde la Convención de Aguascalientes y el Congreso Constituyente de Querétaro hasta la política cultural y educativa de los gobiernos posrevolucionarios, especialmente entre Álvaro Obregón y Lázaro Cárdenas, pasando por la evolución de la esfera pública y el debate historiográfico.
La pluralización del término, que inició con el rompimiento entre Zapata y Madero, y que luego llegará al extremo cuando la revolución se convierta en una lucha de facciones, solo va a resolverse —y no en su totalidad— cuando el régimen institucionalizado de la Revolución mexicana haya logrado la hegemonía del concepto, reivindicando en él su legitimidad, su razón de existir. Este concepto no va a ser rebatido seriamente —más allá de algunos ejemplos en la academia, como el caso de Daniel Cosío Villegas—, hasta que los aires de la Revolución cubana impacten sobre las nuevas generaciones de mexicanos.
Esta guerra semántica encontrará terreno fértil en la historiografía de la Revolución mexicana, desde el momento mismo en que los propios protagonistas de esta empiezan a escribir, hasta que los nuevos historiadores posrevolucionarios se sientan a narrar la monumental guerra de 1910. Como lo menciona Luis Barrón: “El proceso que hasta hoy hemos conocido como ‘la Revolución mexicana’ fue sujeto de interpretación histórica desde sus propios inicios”.[1] Pero no nada más fue eso, pues el concepto fue aprehendido, hecho propio por grupos revolucionarios y, posteriormente, intelectuales.
La historiografía de la Revolución, especialmente la que se desarrolló a partir de mediados del siglo pasado, tuvo distintas visiones de acercamiento al fenómeno. Sin duda, el tema clave en la mayoría de ellas viene en determinar lo que es Revolución, y hacerse la pregunta clave: ¿fue la Revolución mexicana una verdadera Revolución? ¿no fue, más bien, una revuelta? No eran estas preguntas vanas, pues el régimen mexicano dependía de la legitimidad que le daba la idea de haber sido el resultado de un levantamiento armado en contra de una dictadura. La conceptualización de Revolución era una cuestión de política nacional, y la razón de ser el régimen priísta del siglo pasado.

[1] Luis Barrón, Historias de la Revolución mexicana, México, CIDE/FCE, 2004, p. 27.
[1] Elisa Cárdenas Ayala, Roma: el descubrimiento de América, México, El Colegio de México, 2018, edición electrónica
[2] Reinhart Koselleck, Historias de conceptos, Madrid, Editorial Trotta, 2012.
[3] Guillermo Zermeño, Historias conceptuales, México, El Colegio de México, 2017, p. 173.
[4] Ibid., p. 177.
[5] Gloria Maritza Gómez Revuelta, El agotamiento de una utopía. Historia del concepto de Revolución en México, 1876-1949, Universidad de Guadalajara,p. 23.
[6] Esto lo apunta muy bien Gloria Maritza Gómez Revuelta: “Las tensiones semánticas y argumentales, sumadas a las pugnas políticas constantes, derivarían en la adquisición de una connotación negativa del término, por considerar a las revoluciones un proceso sin fin”. Ibid.,pp. 23-24. De ahí que Porfirio Díaz se lanzara a la última revolución de este tipo; la que lo derrocaría sería una totalmente distinta.
[7] “El concepto de revolución comenzaría a tomar un tinte indiscutiblemente negativo a la vez que desaparecía abruptamente del discurso del [gobierno de Díaz]”. Gloria Maritza Gómez Revuelta, op. cit., p. 51.
[8] Enrique Krauze, Octavio Paz: el poeta y la Revolución, México, Debolsillo, 2014, p. 21.






