Crítica al liberalismo: el mercado (I)

Por Alonso Vázquez Moyers

Parecía un mal sketch: un personaje despeinado, gritón, y que se había presentado en algunos actos de campaña con una motosierra, arrancaba papelitos de una cartulina que simulaba el organigrama del Estado: ministerio de turismo y deporte, ¡Afuera!, Ministerio de Cultura, ¡Afuera! ¡Ministerio de ambiente y desarrollo sostenible, ¡Afuera! (…). Era Javier Milei, quien se convertiría en presidente de Argentina y que ha llevado lejos la premisa central que planteaba al inicio de su intervención: el Estado no es la solución sino es el verdadero problema: por ineficiente, robusto y oneroso. No necesitaba mayor justificación, como casi no lo necesitan quienes, convencidos, suelen repetir las ideas con la misma convicción que un niño canta el jingle de un comercial: taxation is theft, -cobrar impuestos es robar- y algunas similares.

Cuando Donald Trump tomó posesión como presidente en su segundo mandato, Elon Musk recibió en manos de Milei una motosierra, y ya como titular del “Departamento de Eficiencia Gubernamental” se dedicó a despedir funcionarios públicos cuyo trabajo, según él mismo, no se justificaba. Su tarea fue reducir la burocracia federal mediante despidos o renuncias voluntarias (vamos a hacer su vida tan miserable que odiarán cada segundo de su trabajo, fueron más o menos las palabras que utilizó el magnate sudafricano) para rehacer el Estado y eficientizarlo. Desde luego la idea no proviene de un diagnóstico sino de una lógica mercantil y tiene sentido: No sólo se trata de hacer más con menos, sino de convertir en ganancias los servicios públicos.

Javier Milei con una motosierra en la Conferencia de Acción Política Conservadora en Estados Unidos. Foto: Jose Luis Magana / Associated Press

En México no es tan declarada la privatización de los servicios, porque contrastaría -al menos- con el discurso e ideología fundantes de la autodenominada cuarta transformación. Sin embargo, la lógica de precarizar funciones estatales que terminen beneficiando a privados no difiere gran cosa. La precarización de servicios de salud, por poner un ejemplo, ha llevado a que las personas tengan que acudir a los consultorios de bajo costo que las farmacias colocan afuera de sus establecimientos. Así, ¿por qué debería encargarse el Estado de subvencionar la cultura, las artes, otorgar becas al extranjero o en general, apoyar proyectos poco o nada redituables? Los gobiernos de la nueva ultra derecha y sus replicantes suelen declararlo de manera bastante diáfana.

En el perfil de Instagram de uno de los hombres más ricos de México, aparece el fragmento de un video: Un hombre relativamente joven, en un programa argentino del canal Carajo –que propaga las ideas más extravagantes de la ultra derecha y las hace pasar por obvias- se pregunta por qué quienes estudian filosofía, ciencias políticas o se dedican al arte, la música o la literatura, suelen ser de izquierdas. No cede a la tentación de llamarles zurdos, fiel a la estridencia retórica que comienza a apoderarse del discurso neo conservador. La respuesta es una retahíla de falacias que, sin embargo, son también fieles representativas de su ideología.

No tienen buena salida de mercado, asegura. Entonces, al darse cuenta que un carnicero o un verdulero gana más que ellos, grandes pensadores necesitados de reconocimiento social, al mismo tiempo que consideran al mercado como una porquería, acuden al Estado para obtener recursos a expensas del carnicero y verdulero, ignorantes, que además, no reparan en sus condiciones de explotación, a diferencia del genio filósofo, que ha leído a Marx.

Nicolás Márquez, y Agustín Laje. (2024). El libro negro de la nueva izquierda: ideología de género o subversión cultural. Buenos Aires: Hojas del Sur.

Desde luego la explicación es bastante precaria pero prácticamente pedagógica: por lo general, el antiestatismo suele caminar bien con posiciones antiintelectuales. Pero para no caer en la declaración simplona que asegura que la derecha -o en todo caso, los gobiernos totalitarios- detesta el pensamiento, conviene problematizar un poco; porque es una característica de nuestro arreglo social.

 Sin ahondar demasiado en el concepto, una de las definiciones que Antonio Gramsci elaboró sobre la hegemonía, se refiere al sentido común compartido, es decir, la manera en cómo pensamos que funcionan las cosas en el mundo social, dando por hecho que simplemente así son, como algo natural y dado de antemano.

El arreglo social del denominado neoliberalismo tuvo como una de sus características la construcción de los gobiernos técnicos (la tecnocracia): expertos en políticas públicas que, con hojas de cálculo, fórmulas matemáticas y regresiones lineales, pretenden explicar y diseñar las comunidades políticas dando por sentado al mercado, el egoísmo y la ineficiencia estatal.

Como respuesta a los gobiernos técnicos, los nuevos populismos[1] desconfían no sólo del diseño de políticas públicas, sino en general, del conocimiento experto. Andrés Manuel López Obrador lo sintetizó bien cuando en una mañanera, provocador como siempre, lanzó el dardo: “No tiene mucha ciencia gobernar”.

La cuestión con la tecnocracia es que buscó despolitizar la toma de decisiones, para dejarla en manos de economistas o politólogos adscritos a la teoría economicista. Desde luego los gobiernos de expertos mostraron rápido sus carencias, su falta de contacto con la realidad y su proclividad a favoreces intereses privados. Por eso, como dije, es problemático hablar del antiintelectualismo como si fuera una sola cosa y para todos los casos igual de pernicioso.

Sin embargo, adelgazar al Estado y desdeñar el conocimiento altamente especializado suele tener altos costos sociales. Quizás el ejemplo paradigmático sea Robert Kennedy Jr., un antivacunas declarado, como Secretario de Salud en los Estados Unidos. Es verdad, la tecnocracia abusó de las gráficas, mediciones y ecuaciones para tratar de explicar (sin antes detenerse a entender). Paradójicamente, es una faceta similar de antiintelectualismo.

Robert Kennedy Jr. Secretario de Salud en los Estados Unidos.

Aunque la economía suele calificarse como parte de las ciencias sociales y es una profesión bastante bien apreciada, no sucede lo mismo con la sociología no economicista (a la que me adscribo, debo decir), antropología o, peor aún, las humanidades, de la filosofía a la filología. Nuestro sentido común es mercantilista: si un objeto no se transforma en algo útil, en el sentido más estricto, es bastante inservible. En otros términos, si no produce una ganancia material, económica, no tiene caso dedicarle tiempo, esfuerzo y mucho menos, recursos. Casi cualquiera pensaría que lo que acabo de escribir es obvio. Entonces, ¿para qué las disciplinas sociales y las humanidades?                  

Una de las tareas más interesantes y, me atrevo a decir, fundamentales de las disciplinas humanas (sociológico, filosófico, literario o artístico) está en observar las contradicciones en que se mueven nuestros arreglos sociales. Es curioso, a pesar del paradójico desdén por la especulación filosófica o la imaginación sociológica, y los intentos por reducir ambas o a la rigurosidad metodológica y empírica, o a justificar los brutales recortes que sufren a sus ya de por sí menguados recursos, porque no tienen buena salida en el mercado, ante las catástrofes cotidianas, la incertidumbre, el miedo y el resurgimiento de autoritarismos de derecha y sus malos disfraces izquierdistas, la pregunta que casi todo mundo se hace es: ¿qué hacemos? No hay una fórmula matemática que responda, aunque se pueda modelar el calentamiento global y advertir los efectos de los gases invernadero. Porque detrás de los modelos que nos alertan, está una pregunta existencial y, desde luego, moral.

No está demás si insisto en lo problemático del antiintelectualismo, porque me pregunto si es adecuado hablar de disciplinas humanas como si la física, la ingeniería o la robótica no lo fueran. Sirven para orientarnos en el mundo y darle una explicación según nuestras posibilidades y limitaciones. Sin embargo, no estoy cierto si hay dentro de ellas una reflexión sobre sí mismas y su papel como constructoras de lo social. En ocasiones, el privilegio técnico, por impresionante que resulta, oblitera las consecuencias sociales.

Donald Trump y Benjamin Netanyahu. Derechos de autor Alex Brandon/Copyright 2025 The AP

No me parece una discusión baladí. Lo expuso bien José María Pérez Gay en su ensayo sobre Hiroshima y el proyecto Manhattan: un hito científico que congregó a varias de las mentes más brillantes del siglo sólo sirvió para derretir la piel de millones de japoneses y condenarlos a generaciones de sufrimiento y, de paso, constituir la hegemonía estadounidense. Habrá quien diga que fue al revés: la hecatombe nuclear fue antes que nada una consecuencia política. Justamente me posiciono del otro lado para exponer mis argumentos.

Decía pues que la ciencia no necesariamente reflexiona sobre sí misma desde un punto de vista humano; es decir, sobre su acción en la construcción de órdenes, las consecuencias éticas de ciertas acciones, sea la experimentación animal, el uso de la inteligencia artificial y el desarrollo de tecnologías de control y guerra. El punto, pues, es que poco reflexionamos sobre la acción y sus sentidos. Incluso, pareciera que el proyecto hegemónico consiste en no hacernos esa pregunta. Creo que el argumento está en varias obras literarias y alguna que otra película porque sé que peco de poco original.

La economía de mercado, o debo decir, los economistas adscritos al paradigma de mercado, poco reflexionan, si algo, sobre las consecuencias devastadoras -y bastante obvias a estas alturas- del modelo de crecimiento sostenido. Los productores de armas o financieros que se benefician con los bombardeos en Gaza, no tienen reparos en encontrar alguna justificación para otra masacre; incluso, beneficiarse del reparto de alimentos en la Franja y aducir que, simplemente, las personas somos así, egoístas.

Por eso resulta atractivo, y más de uno está de acuerdo con la declaración, afirmar que los filósofos buscan al Estado para encontrar en éste al ente que justifique su prestigio social y, más importante, les garantice la subsistencia económica.

Sin embargo, reducir lo humano al egoísmo mercantil nos ha dejado sin horizontes morales. No es sólo Gaza. Perder la tradición, dejar la lectura de Shakespeare o del Popol Vuh o cerrar una librería para poner un Starbucks, es parte de la construcción de la uniformidad del espacio, que incluye a los cuerpos. Reducidos todos a la lógica del algoritmo, renunciamos a la solidaridad, a la empatía y desde luego a la ética.

Es verdad, escuchar los conciertos de Boccherini no hará de nosotros mejores personas. Pero dejar de producir poetas, pintores o filósofas para perder horizontes morales y no preguntarnos si está bien -que no está- consumir animales criados en condiciones brutales nos aleja de la esencia, quizás, que define a la humanidad: pensar sobre sí, representarse y reflexionar sobre la existencia y su entorno.

Lynn Hunt, profesora de Historia Europea Moderna de la UCLA, analiza la génesis de los derechos humanos, un concepto que cobró relevancia durante el siglo XVIII.

En su maravilloso libro, Inventing human rights, Lynn Hunt sostiene que son las interacciones y relaciones con el entorno el telón de fondo para los cambios sociales. Es así que, hipotetiza como muy probable, la relación entre el nacimiento de los derechos humanos y la lectura de novelas en el siglo XVIII.  Las novelas Pamela y Clarisa de Samuel Richardson y Julie de Rousseau, lograron construir un puente para que las clases altas vieran en las mujeres de clases bajas a personas con sentimientos iguales a los suyos. Ello logró conformar sentimientos compartidos de humanidad y fundar la empatía.

Así, los códigos y las reivindicaciones políticas han caminado junto a las representaciones literarias y artísticas. Nuestra producción artística, menos que abdicar a la lógica gananciosa del redituable éxito de ventas, debería exponer nuestras contradicciones, angustias y carencias morales para generar o regenerar los lazos de afecto recíprocos.

Por eso la cultura palestina no morirá nunca, a pesar de las bombas y el genocidio: su legado literario, artístico y cultural es para siempre. No hay humanidad sin cultura. Tampoco sin empatía. Y por eso, tal vez, resultan tan incómodas para las reducciones mercantilistas.

Para finalizar, vale la pena la siguiente cita, del espléndido libro La utilidad de lo inútil de Nuccio Ordine (p.28-29):

En este contexto basado exclusivamente de pesar y medir con arreglo a criterios que privilegian la quantitas, la literatura (pero el mismo discurso, como veremos enseguida podría valer para los saberes científicos son un propósito utilitarista inmediato) puede por el contrario asumir una función fundamental importantísima: precisamente el hecho de ser inmune a toda aspiración al beneficio podría constituir, por sí mismo, una forma de resistencia a los egoísmos del presente, un antídoto contra la barbarie de lo útil que ha llegado incluso a corromper nuestras relaciones sociales y nuestros afectos más íntimos. Su existencia misma, en efecto, llama la atención sobre la gratuidad y el desinterés, valores que hoy se consideran contracorriente y pasados de moda.

Un mercado con un hombre cargando cubetas de leche, una mujer vendiendo verduras a un sapeur-pompier (bombero), y otra mujer vendiendo pescado a un hombre mientras un soldado observa. Wellcome Collection.

[1] Confieso que me resulta difícil escribir populismos porque a mi parecer, se ha convertido, como el caso del neoliberalismo en un concepto cuyo uso común lo despoja de significado. Pero uso el término con reservas para indicar la respuesta de los gobiernos, sean de derecha o izquierda a los arreglos tecnócratas.


Alonso Vázquez Moyers (@alonsomoyers) es doctor en Investigación en Ciencias Sociales por Flacsco-México

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