Entre el castillo y los aldeanos no hay ninguna diferencia
F. Kafka
Mientras estoy sentada en la oficina durante horas y horas, atrapada incluso en mi propia cabeza, sin permitirme pensar más que en cosas que no me importan demasiado, regresan a mí con frecuencia los esquivos pasajes de Franz Kafka: un aforismo, una voz, una cierta luz, incluso, la imagen de una situación torcida, un hombre precipitándose directamente hacia el piso tras lanzarse de un puente.
Medito con la mirada perdida en la pantalla de la computadora, mirada que muy a menudo pasa por un gesto de completa concentración, y vienen a mí los dichos de esas voces que me encomian una y otra vez a dejar el trabajo de oficina, a abandonar estas engorrosas responsabilidades y a “perseguir eso otro que te hace feliz”. Entonces, Kafka se presenta ante mí en todo su esplendor y pienso en la vida paralela que con él comparto —o creo compartir, en un margen de capacidad infinitamente inferior al suyo, por supuesto—, en la rutina que yo misma llevo como él la llevó, por las noches, a codazos, entre el tedio de la vida y la necesidad de encontrar siempre, y aunque sea, un resquicio para escribir, para leer… sobre todo leer.
Los consejos —no solicitados, pero quiero creer, “bienintencionados”— encubren el sentido de una aparente necesidad de profesionalizarse para cumplir a cabalidad ahora con otros estándares, digamos en este caso, los que al mundo de la literatura competen. Justificar de alguna manera la necesidad de la escritura con su contraparte, la publicación y, en ese sentido, la legitimidad que emana de esta —porque no tiene sentido escribir con el fin de simplemente escribir, ¿no?—. Se trata de un exhorto para unirse al gremio. Para formar parte de este y de lo que supone hacerlo.

No es difícil notar la variedad que lo habita, de todos los géneros y de todos los estilos: los literatos, los poetas, los ensayistas, los teatreros; los poetas en extinción, los poetas pacianos[1] los naïve, los neo-naïve, los críticos del sistema, los becarios de la Fundación, los becarios del Fonca y de otros estímulos o, en oposición, los autodidactas; los que trabajan con archivo, los realistas, los neo-románticos, los rulfianos —su población goza de buena salud y va en aumento—, los diletantes, los escritores políticos —los que tienen espíritu de columnistas que siempre tienen algo qué decir—, los tiktokeros, los polemistas de Twitter y, entre otros, los que en verdad no escriben pero son parte, de alguna manera, del centro de la actividad de todos ellos.
Pero esta gran diversidad en la fauna literaria ha sido sólo posible a partir de la diferenciación plena entre disciplinas, su continuidad y trascendencia, incluso, la tutela que recibió de parte del Estado en el largo camino a su profesionalización, a su independencia de otras labores que no se trataban o, de la ciencia o bien, de la literatura y nada más. Potestad que ejercitan y desarrollan presumiblemente nuestros escritores de hoy.
Entre el siglo XVIII y el XIX, en México, comenzaron a consolidarse las primeras sociedades científicas profesionales. La más destacada, la Sociedad Científica Antonio Alzate, fundada en 1884,[2] se transformó finalmente en la Academia Mexicana de Ciencias en 1930;[3] posiblemente, la sociedad científica más prestigiosa en nuestro país. La lógica detrás de organizaciones como estas partía de la necesidad de formar individuos que pudieran dedicarse plenamente a la labor científica, recibir réditos y salarios derivados de dicha actividad, así como de tener comunidades de pares.[4] Es decir, de profesionalizar este ámbito. Profesionalización que, así expresada, permitió a los científicos mantenerse lejos de los conflictos y de la inestabilidad política que caracterizaron esos siglos y los que vinieron, particularmente, en lo que se refiere al periodo de la reforma liberal, las guerras internas e intervenciones extranjeras.[5] Condición que aseguró la continuidad de la labor científica en el país.
Hasta nuestros días, esta fase de protoacademicismo[6] ha marcado sustantivamente la especialización tanto de la ciencia como de otras disciplinas, a saber, las ciencias sociales, la literatura, el arte. Y, de manera sustantiva, ha promovido la organización gremial de cada una de ellas.
Otro tanto ocurrió en términos de estabilidad e independencia con la sociedad de escritores que, ya hasta entrado el siglo XX, pudieron dedicarse en términos gremiales al mero ejercicio de la escritura. El mecanismo por el que la literatura se profesionaliza es aún más reciente: consiste en una serie de estímulos provenientes del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes creado por el gobierno del entonces presidente Carlos Salinas de Gortari, en colaboración con el estímulo emanado de la raquítica partida del presupuesto anual federal destinado a la promoción de la cultura en los estados. Sin mencionar el puñado de academias y fundaciones para la literatura.

Proclamarse escritor cuando excede el propósito de la escritura sigue así una sencilla fórmula de sumatoria: hace falta reunir totémicamente una serie de becas, premios, estímulos, publicaciones y un buen agente —el orden no altera al producto—. Situación que, si bien engrosa la fila de títulos de grandes editoriales, lo hace también a costa de una presumible intelectualidad orgánica de la que que hoy no disfrutamos —si lo que queremos es echar al mismo saco a la indudable enfermedad de un grupo raquítico en vías de desaparecer o bien, al grupo de opinólogos de escaso entendimiento que se codea con el régimen gobernante, o de los que escriben empeñados en una rabiosa ingenuidad impostada. No importa. Todas estas cosas serán finalmente vendidas—.
Pero basta con recordar que Kafka nunca fue miembro de una parafernalia como las que he mencionado. El caso de Kafka es más bien opuesto, situado en las antípodas del siglo XIX y del Océano Atlántico, en las vísperas de la caída del Imperio Astro-húngaro. Dedicó su vida a dos frentes paralelos. Aunque obsesionado con la escritura, mantuvo hasta el fin de sus días su trabajo en tribunales, bufetes jurídicos y agencias de seguros, actividades que desempeñó en continuidad con su formación de abogado.[7] En suma, se trataba de un técnico de su propia clase.
Aunque perteneció durante su época más prolífica al grupo de Oscar Baum, Max Brod y Felix Weltsch, entre otros,[8] sería difícil situarlo en las actividades de una sociedad plenamente literaria profesional en los términos antes expuestos, y sí, más bien, en el espectro amateur que caracterizó a los que fueran los primeros científicos mexicanos, quienes no desempeñaron nunca una labor en diferencia completa entre sus otras actividades y la ciencia o la escritura —cabe decir, nunca en detrimento de la calidad de esta.
El modus operandi kafkiano era, en cambio, escribir in promptu a pesar de la rutina laboral, a codazos con la vida cotidiana que, en esencia, resultan dos espectros de la misma cosa. Encontrar bajo la luz de un escritorio tenuemente iluminado la consecución de su escritura por las noches, atrapada entre la (ir)racionalidad de los días y de su tedio.
Las personas que han leído a Franz Kafka con frecuencia se refieren a su literatura como inquietante, extraña, ominosa. Supongo que es natural calificar de esta forma a esos relatos que hablan de un hombre que se transforma de la noche a la mañana en un gran insecto, o bien, de largas travesías que conducen a sus viajeros al sinsentido, a la repetición laberíntica, o, de las más absurdas razones para condenar a un presunto inocente. En general, casos inverosímiles propios del mundo de los sueños. No obstante, pareciera que a nadie le resulta especialmente ominoso, en cambio, la infinidad de condenas injustas de otros, de la absurda iteración burocrática y su tumulto de requisitos incomprensibles, de la sumisión de unos poderosos frente a otros que no lo son o, lo son de a poco y gradualmente y que, con el limitado espectro de un pequeñísimo poder conferido, subsumen a otros sucesivamente. Un círculo de subsunción y arbitrariedad constante. Nada de esto parecen atipicidades en el orden de la vida ordinaria. Nada de esto horroriza.
No obstante, una condena arbitraria es tan fundamental y grave como la metamorfosis de un hombre a bicho. Kafka entiende estos elementos cabalmente. Entiende que la división entre la vigilia del día y el sueño es más que una puerta endeble, es un falso dilema. Todo es la misma cosa, incluso para atreverse a decir que “la vida es sueño”[9]y que no hay fantasía ni sueño sin vida. Se trata exactamente de lo mismo.
Por ejemplo, El castillo, resultado de la prefiguración que Kafka ya hacía desde la escritura de Ante la ley y El proceso, narra el simple evento de un forastero en búsqueda del acceso al gran recinto. En aquel mundo nadie puede realmente acceder al castillo, se habla en torno al acontecimiento del castillo pero, de hecho, el castillo no es siquiera uno. Se trata de un montón de ruinas encimadas y, sin embargo, éste se encuentra al centro de todo. Los aldeanos claramente son tan sólo súbditos, están situados en el exterior. Pero la asociación por contigüidad a la institución es suficiente para sentirse parte de la comunidad del castillo. Kafka logra sublimar a la manera en que suelen hacer los sueños, los eventos que acontecían en su vida, particularmente, las relaciones de Estado, burocracia, trabajo. A pesar de la aparente dificultad en su escritura, ésta termina por ser transparente. Una sobredeterminación[10] de los elementos del sueño, de la vida.
Él es el ejemplo que se opone al escritor que contrae múltiples obligaciones de publicación derivadas de sus también incontables becas —no estoy pretendiendo con ello caer en una anacronía sino resaltar la virtud del amateurismo casi secreto que caracterizó en vida a su escritura—. En cambio, su perfil de escritor orgánico es más interesante. Se trata de uno que se sitúa contra la literatura y no contra la escritura. Es porque se asume parte del entramado y no externo a la sociedad (del mundo de escritores para el mundo de escritores) que no puede sino escribir y buscar resquicios de salida en la escritura. Esta última no aparece como fetichización que apertura un mercado posible, sino como una actitud frente a la vida.
Se trata de un escritor que lee a contrapelo. Uno que escribe sin ser escritor. Tanto como Karl Marx, que decía de sí mismo “je ne suis pas marxiste”,[11] Kafka diría, en consecuencia, “je ne suis pas écrivain”.[12] Su escritura es una que no necesita de los ojos de nadie más. Esto es, en realidad, la escritura y nada más. A pesar del cubículo, esto es la vida.

[1] Me refiero a los seguidores cercanos o periféricos del poeta Octavio Paz.
[2] Juan José Saldaña y Luz Fernanda Azuela, “De amateurs a profesionales”, Revista Quipu, vol. 11, nº. 2, 1994, p. 164.
[3] Ídem. p. 171.
[4] Ídem
[5] Ídem.
[6] Ídem.
[7] Sergio Guillén, La condena y otros relatos, Akal, 2015, pp. 5-12
[8] Ídem.
[9] Hago referencia al título de la obra de Pedro Calderón de la Barca escrita en el siglo XVII.
[10] En los términos de Freud en su Interpretación de los sueños.
[11] La traducción se lee “Yo no soy marxista”, célebre respuesta de Karl Marx a uno de sus seguidores, Jules Guesde. Heinrich Michael, “Je ne suis pas marxiste”, Marxismo crítico, 2016, en https://marxismocritico.com/2016/09/06/je-ne-suis-pas-marxiste-mh/ (consultado el 11 de junio de 2025).
[12] “Yo no soy escritor”, la traducción es mía.







