“Milagro es la magia y la fuerza, el querer”.
A.N.I.M.A.L.
“¿Pa´ qué más milagros?”
Karol G
Mi papá me cuenta que a sus seis años no le tocó ver este mundial, sino más bien escucharlo, en formato deferido, mediante una enorme radio de bulbos marca Philco propiedad de mi abuelo. Así fue como él siguió las transmisiones del primer mundial en Europa después de la Segunda Guerra Mundial. La sede: nada más ni nada menos que Suiza, un país neutral, en un continente que se reconstruía en los albores de la Guerra Fría. Suiza, el país de los relojes exactos, de las sofisticadas y afiladas navajas, de los suculentos chocolates, de las vaquitas que pastan en el paisaje alpino al ritmo de sus cencerros y del secretismo bancario. Suiza, la sede del Comité Olímpico Internacional (COI) y la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA). Precisamente, 1954 marcaba el 50° aniversario del surgimiento de FIFA.
La neutralidad y la capacidad organizativa de Suiza aparecían con la precisión y elegancia de un reloj, nueve años después de concluida la Guerra, en medio de un continente con heridas todavía visibles y cicatrices difíciles de arrancar. Ese país sirvió como espacio ideal para proyectar un ideario continental y global acorde con los discursos que hablaban sobre sana convivencia diplomática. La Suiza multilingüística y multicultural apareció como ejemplo de fortaleza financiera e integración social. Europa Occidental manejaba una narrativa precisamente de integración, que se enfocó en aspectos económicos y militares como la creación en 1949 de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y, en 1952, de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA). Era la Europa Occidental de las naciones en reconstrucción, que se llenaba la boca de la palabra democracia, de acciones que se encaminaban a la modernización económica y se alineaba cada vez más con Estados Unidos.
El bloque socialista europeo no tendría al denominado “Ejército Rojo” como su representante en el megaevento de 1954; un año después de la muerte de Stalin, en 1953, este país renunció a jugar las eliminatorias mundialistas.
Del otro lado del continente estaba la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), que afilaba como navaja suiza su esfera de influencia en el este de Europa. El bloque socialista europeo no tendría al denominado “Ejército Rojo” como su representante en el megaevento de 1954; un año después de la muerte de Stalin, en 1953, este país renunció a jugar las eliminatorias mundialistas. Sin embargo, hubo dos equipos de ese bloque que alzaron la mano al salir victoriosos en sus procesos eliminatorios: Yugoslavia y Hungría, “el Equipo de Oro”, una selección de época con Puskás, Kocsis, Czibor, Lantos, Hidegkuti, por mencionar algunos.

Suiza 1954 significó un ejercicio de diplomacia global, global como se entendía al mundo en ese momento, bajo una lógica eurocéntrica. El fútbol daba la oportunidad de poner en juego rivalidades que en otros ámbitos resultaban inimaginables. Ya no había tanques, kamikazes, balas ni bombas. El estadio con las tribunas a reventar se convertía en el espacio que ofrecía canales de interacción y competencia entre las naciones. Además de Suiza, Hungría y Yugoslavia, completaron la lista de países europeos: Alemania Occidental, Austria, Inglaterra, Escocia, Bélgica, Francia, Checoslovaquia, Turquía e Italia. Corea del Sur representó a Asia, tras vencer a Japón en el proceso eliminatorio.
El fútbol, ese deporte inglés, europeo, recibía también a los dos países iberoamericanos que cuatro años antes disputaron la final: la subcampeona Brasil y Uruguay, que llegaba para defender su título tras el “Maracanazo”. Ambos países arribaron dispuestos a competir contra las rimbombantes potencias industriales europeas, para encontrar reconocimiento global y reforzar sus identidades nacionales mediante el fútbol. Y no, no me olvido de México, que participó más bien como comparsa. A pesar de eso, mi padre siguió con entusiasmo, a través de la enorme radio de bulbos, los partidos diferidos contra Brasil y Francia que acabaron en sendas derrotas.
Desde antes de la celebración de este megaevento deportivo, el terreno ya era álgido. Una de esas asperezas fue la presencia de la Selección de Sarre en el proceso eliminatorio. Sarre, espacio geográfico ambiguo, con recursos minerales y una pujante industria, que al concluir la Segunda Guerra Mundial, se designó entre 1947 y 1956, como un protectorado francés; un territorio entre los umbrales de Francia y Alemania Occidental. Esa territorialidad hizo eco en el fútbol.
Sarre carecía de un asiento en la Organización de Naciones Unidas (ONU) pero la FIFA le concedió la oportunidad de jugar las eliminatorias. FIFA mostraba así su capacidad política de fabricar reconocimiento global para algunos territorios, por encima del sistema diplomático formal que se conformó durante la posguerra. Sarre servía a los intereses de Francia para mermar económica y políticamente a Alemania Occidental. El banderazo de FIFA para permitir la representación de Sarre representaba la separación simbólica con respecto a Alemania.
Los caprichos de la vida llevan a terrenos inusitados. En el Grupo Uno de las eliminatorias mundialistas europeas, además de Noruega, se encontraron la selección de Sarre y Alemania Occidental, representativo que derrotó en los dos partidos al entonces protectorado francés, con lo cual se clasificó al certamen en Suiza. Así empezó el largo y sinuoso camino de Alemania Occidental en busca de un milagro.
El sistema de competición de Suiza 1954 colocaba a cuatro equipos en cuatro grupos. Cada equipo jugaba en su grupo dos partidos y de ser necesario un partido de desempate. Alemania Occidental goleó 4-1 a Turquía; en su segundo enfrentamiento, cayó por una estrepitosa goleada de 8-3 ante la poderosa Hungría. Turquía que venció 7-0 a Corea del Sur, sumaba la misma cantidad de puntos que Alemania Occidental. El sistema, en estos casos, invitaba a un partido de desempate, del cual resultó ganador Alemania por marcador de 7-2.
Los cuartos de final arrojaron el partido con más goles en un certamen mundialista masculino: Austria venció a la anfitriona Suiza 7-5. La campeona Uruguay dejó fuera a Inglaterra por marcador de 4-2, mismo marcador por el que Hungría despidió de la copa a Brasil. Mientras, Alemania Occidental se abría paso al derrotar por marcador de 2-0 a Yugoslavia. Las semifinales arrojaron a Hungría como vencedora en tiempo extra contra Uruguay; Alemania pasó por encima de Austria por una escandalosa goleada de 6-1.
A los ocho minutos de juego, Hungría ya ganaba el cotejo 2-0; a los 18 minutos Alemania empató el partido. Al minuto 84, Helmut Rahn sentenció el partido a favor de Alemania Occidental. Una voltereta histórica. Así se gestó el “Milagro de Berna”.
Hungría llegaba a la final como la entonces campeona olímpica y con el antecedente de golear a Alemania Occidental en fase de grupos. A los ocho minutos de juego, Hungría ya ganaba el cotejo 2-0; a los 18 minutos Alemania empató el partido. Al minuto 84, Helmut Rahn sentenció el partido a favor de Alemania Occidental. Una voltereta histórica. Así se gestó el “Milagro de Berna”. A nueve años del fin de la Segunda Guerra Mundial, que concluyó con la derrota del Tercer Reich, Alemania Occidental intentaba cambiar el guión para trascender de otra manera en el mapa europeo y global.

La Alemania que se señalaba con el dedo índice, a la que se culpaba de genocidio, se acusaba de ocupaciones militares y se inculpaba de atrocidades en los campos de concentración, encontraba un respiro, un suceso para cicatrizar sus heridas; todo esto bajo el ideario del esfuerzo colectivo y de salir avante ante la adversidad. En la película del año 2003, “El Milagro de Berna”, el director Sönke Wortmann retrata de forma maravillosa la inesperada victoria alemana que alimentó el discurso de un nuevo espíritu nacional (y nacionalista).
La gloria alemana contrastaba con la otra cara de la moneda. El portero de la Selección de Hungría, Gyula Grosics, “La Pantera Negra”, años después de la final, declaró que la derrota desató manifestaciones contra el régimen en su país, y que desde su perspectiva, ese descalabro deportivo marcó la pauta para la movilización social que se desató en territorio magiar en 1956. Cosa curiosa, o quizás no tanto, Hungría se quedaba con el subcampeonato y Austria con el tercer lugar, como una remembranza involuntaria al Imperio Austrohúngaro.
Cabe añadir que el segundo subcampeonato de Hungría en una copa del mundo marcaba un declive futbolístico paulatino. A pesar de las medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Tokio 1964 y México 1968, en los certámenes mundialistas, el protagonismo húngaro se diluyó. Si bien en España 1982 propinó la mayor goleada en la historia de los mundiales, al sacudir 10-1 a la selección de El Salvador, esa victoria no le bastó para acceder siquiera a la fase de cuartos de final; su última participación ocurrió en México 1986, con una actuación más bien gris.
El 20 de junio de 1954, Hungría goleaba a Alemania Occidental. Un día después, el 21 de junio, Jules Rimet dejó la presidencia de FIFA, aunque se le nombró Presidente Honorífico. El 4 de julio, tras culminar la final, el propio Rimet entregó al capitán de Alemania Occidental, Fritz Walter, el trofeo que los acreditaba como campeones del mundo. Precisamente Rimet abogó años antes por incluir nuevamente a Italia y Alemania Occidental en las competencias de FIFA. Esta era otra estrategia que demostraba la capacidad política, estratégica y de gestión de la FIFA. En 1955 Jules Rimet estuvo entre los candidatos para recibir el Premio Nobel de la Paz y murió en 1956, dos años después de entregar la copa a Alemania Occidental, tras el “Milagro de Berna” que se escuchó en México a través de los enormes radios de bulbos.
Textos de Jonathan Montero Oropeza en la Revista Presente

Ilustración del balón «Swiss World Champion» utilizado en el Mundial de Suiza 1954. Autor: Pablo Toussaint







