Esfera pública: entrevista a Adriana Buentello

Por Hugo Garciamarín y Jacques Coste

Revista Presente (RP): ¿Qué cambios y continuidades notas de cuando comenzaste a ejercer el periodismo a hoy día?

Adriana Buentello (AB): Estudié periodismo en la escuela de periodismo Carlos Septién García. Ya desde ahí lo que me llamaba la atención eran las empresas de medios. Un tema que pienso que debería estudiarse más en las escuelas de periodismo. Pues uno de los temas más dolorosos para las y los periodistas es enfrentarse a una dinámica de intereses, líneas editoriales que también pues… de forma, digamos, antiética, obligan a los periodistas a trabajar en condiciones precarizadas e intelectualmente infravaloradas.

Comencé en la radio; incluso trabajé como editora vial. En ese espacio me enfrenté de manera directa a la nota roja y a la violencia, incluida la violencia ejercida contra quienes trabajamos en esa área. Los editores de nota roja, por ejemplo, suelen desarrollar —y transmitir— cierta insensibilidad que termina afectando también a las personas que colaboran en esos ámbitos. 

Después, como locutora vial, esa etapa también me dio la oportunidad de estudiar la maestría en Periodismo Político en la Escuela Carlos Septién García; formé parte de la primera generación. Más adelante trabajé como productora de noticieros. En ese proceso fui afinando mi enfoque profesional, porque justo en esa época —hablo alrededor de 2009— comenzó el auge de las redes sociales y me di cuenta de que ahí había una oportunidad clara de especialización. Por ello me concentré en el desarrollo de estrategias digitales.

Colaboré en MVS en un momento particularmente complejo, cuando Carmen Aristegui y su equipo fueron despedidos. Eso implicó enfrentar de manera directa dilemas éticos muy claros: saber que algo estaba ocurriendo y observar cómo la mayoría de las y los periodistas optaban por callar, por miedo a perder el trabajo, al desprestigio o a quedar en listas negras dentro del gremio.

Considero que gran parte de mi trayectoria ha estado marcada por la denuncia. Creo que esa es una responsabilidad que nos corresponde no sólo como trabajadoras y trabajadores de los medios de comunicación, sino como personas que formamos parte de una sociedad atravesada por una pugna constante de intereses entre las empresas mediáticas y el poder político.

Posteriormente trabajé en Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad, donde pude observar cómo se fue gestando una organización con fines muy específicos. Aunque en un inicio abordé áreas y temas relevantes, con el tiempo resultó evidente que el objetivo político era otro. Ante ello, también decidí denunciar esos hechos, porque considero que la sociedad debe tener claridad sobre el origen de los proyectos, quiénes están detrás de ellos y qué intereses los mueven.

En ese sentido, creo que uno de los problemas centrales que enfrentamos hoy en materia de información es que el periodismo ha pasado a un segundo plano y ha dejado de ser relevante en la discusión pública frente al peso de las redes sociales, lo cual me parece incluso un riesgo para la democracia.

RP: ¿Cómo lidia con el hecho de que se trata de un oficio que, además de una vocación, implica recibir un salario y, por tanto, convivir con los intereses de quienes le pagan por su trabajo?

AB: Ese es el gran dilema que señalas. Por un lado, existe la convicción profesional: el deseo de investigar, de denunciar, de ejercer el periodismo con rigor. Por otro, están los medios con intereses específicos, personajes con poder, líneas editoriales que se deben respetar y que, en muchos casos, no admiten cuestionamientos. Negarse, denunciar o intentar modificar esas líneas suele implicar perder un ingreso que, además, ya de por sí, es precario. Entonces surge la pregunta inevitable: ¿cómo se lidia con eso?, ¿es posible un equilibrio?, ¿se trata de elegir entre la convicción y la responsabilidad material?

Creo que esta es una discusión permanente dentro del gremio periodístico. Cuando uno estudia periodismo, suele formarse a partir de referentes que encarnan ciertos ideales: figuras como Vicente Leñero o Julio Scherer, que representan una forma ética y crítica de ejercer el oficio. Sin embargo, el problema es que para llegar a ocupar ese lugar muchas veces se requiere hacer pactos, aceptar que las empresas de medios tienen intereses propios y aprender a navegar en esas aguas. Muy pocas personas logran hacerlo, y aún menos consiguen hacerlo con dignidad.

La mayoría se queda en el camino o termina vendiendo por completo su pluma y su trabajo. La línea editorial, al final, la impone el medio de comunicación, y muchos periodistas acatan esas directrices con la esperanza de que esa lealtad sea recompensada algún día con mejores posiciones o con un mayor margen de libertad. Pero en ese proceso también se van construyendo otros intereses, a menudo alineados con los del propio medio.

Ahí es donde aparece un problema más profundo: una forma de corrupción. No siempre explícita, pero sí gradual. Periodistas que, con el tiempo, se amoldan a los intereses de los gobernantes, de los políticos o de las empresas mediáticas, que suelen ir de la mano. Esa es, quizá, la parte más triste del panorama.

Adriana Buentello es periodista especializada en política y redes sociales.
Estudió la maestría en Periodismo Político en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García.
Ha trabajado como productora de noticieros, conductora, locutora, y estratega de redes sociales en diversos medios.

Con la llegada de las redes sociales, lejos de resolverse, muchas de estas tensiones se han agravado. La precarización se profundiza y, pese a la creciente profesionalización, el trabajador —o la trabajadora— de la información sigue recibiendo un trato que no corresponde a la importancia social de su labor.

RP: ¿Nos puedes platicar cómo ha sido tu tránsito por los distintos momentos del ecosistema mediático? Has trabajado en medios tradicionales, como la radio; luego en plataformas digitales y en medios digitales —a veces bajo el nombre de otras personas—, hasta llegar a tener tu propio espacio. ¿Cómo has vivido ese proceso?

AB: Creo que, lamentablemente, el tema de los egos sigue siendo un problema muy fuerte en los medios de comunicación, no sólo en los corporativos o corporativistas. También en los medios independientes existe una precarización incluso mayor. En muchos casos, se aprovechan del amor que algunas personas sentimos por el periodismo para precarizar sueldos, ampliar funciones, delegar más trabajo del que corresponde y exigir prácticas laborales propias de grandes redacciones, sin ofrecer las condiciones necesarias. Es una forma de violencia de la que pocas veces se habla, en parte porque atraviesa cuestiones ideológicas.

Todas las personas tenemos ideología, y los periodistas no somos la excepción. Durante mucho tiempo se nos hizo creer en una supuesta objetividad que, en realidad, favorece los intereses de las empresas mediáticas y de los poderes económicos y políticos. La objetividad no existe; lo que sí existe es la responsabilidad ética. Cuando asumimos nuestras propias posiciones, también se abre la posibilidad de construir espacios propios.

Lo que observo hoy, especialmente con el auge de las redes sociales, es una tendencia a enaltecer al individuo por encima de lo colectivo, incluso bajo discursos libertarios que colocan el éxito personal como valor central. Eso me parece preocupante, porque arrastra a muchos medios independientes a sostenerse sobre el trabajo precarizado de muchas personas, no sólo en lo salarial, sino también en la organización, las exigencias y los modos de trato.

Por eso decidí optar por construir un espacio propio. En parte, porque quienes hemos vivido distintas formas de violencia en el periodismo no solemos buscar el reflector a toda costa. Nos interesa más el trabajo colectivo y servir al oficio sin poner el nombre propio por delante. Después de salir de algunos espacios, me sugirieron crear un proyecto personal. Al inicio hubo inseguridad —algo que creo que muchas mujeres compartimos, sobre todo frente a la cámara—, en un entorno históricamente dominado por hombres. Aun así, decidí intentarlo.

El proyecto no es todavía autosustentable, pero ha logrado construir una comunidad crítica y participativa. Buscamos hacerlo de manera colectiva, abrir espacios para audiencias y colaboradoras y colaboradores que no los tienen en otros medios, incluso en los digitales alternativos. También ha sido un aprendizaje sobre qué prácticas no se deben repetir, especialmente en lo laboral y en las formas de colaboración. No quiero reproducir esquemas donde un proyecto se sostiene en la exaltación de una figura a costa del trabajo de otros.

El problema es que mucha gente sigue confiando más en una persona que en una colectividad, sobre todo en un mar de desinformación. Las figuras individuales se convierten en anclas de confianza, y eso tiene efectos claros en la conversación pública actual. Hoy esa conversación está profundamente marcada por las redes sociales y por los algoritmos, controlados por empresas supranacionales que influyen directamente en lo que circula y en cómo se discute. En este contexto, el periodismo ha sido desplazado de manera brutal. Muchos medios han optado por crear o contratar influencers, y el periodismo ha perdido centralidad en la disputa de narrativas.

La precarización se ha profundizado: no sólo en los salarios, sino en la multiplicación de funciones que se le exigen a una sola persona. La aparición de contenidos generados con inteligencia artificial responde, en buena medida, a estas condiciones laborales. El periodista sigue siendo tratado como un obrero de la información, mientras que influencers —muchas veces sin formación periodística— ocupan espacios de análisis y debate, priorizando lo emocional por encima de la información rigurosa.

La conversación pública actual está dominada por la ira, el enojo, el reclamo y la confrontación. Gana quien grita más fuerte, porque eso es lo que los algoritmos premian y amplifican. Esa lógica es capitalizada por influencers con intereses políticos y económicos muy concretos, en detrimento del periodismo.

Estamos frente a una crisis profunda del oficio. Son pocos los espacios que buscan resistir y sostener el rigor periodístico. Hoy, la discusión pública está dominada por emociones llevadas al extremo, diseñadas para mantenernos enganchados en dinámicas de confrontación permanente.

RP: Dado el contexto que describes, ¿cómo crees que debería insertarse hoy el ejercicio periodístico en esta nueva conversación pública? ¿Qué hacer?

AB: No creo que haya una respuesta clara, sobre todo porque el tema del financiamiento del periodismo sigue siendo una discusión abierta. Cuando se abre o se cierra la llave del financiamiento —ya sea privado, o gubernamental, a nivel estatal o federal—, eso tiende a limitar directamente la operación del periodismo.

Cada vez me parece más necesario pensar en lo colectivo y en la suma de esfuerzos, aunque eso también implica retos importantes: la organización, la recaudación de fondos y la sostenibilidad. No tengo del todo claro hacia dónde habría que avanzar, más allá de construir colectividades en las que la gente pueda sentirse parte del ejercicio periodístico, cercana al desarrollo y al trabajo cotidiano del periodismo.

Estamos acostumbrados a que las empresas de medios funcionen como intermediarias entre las audiencias y el quehacer periodístico. En esa intermediación, muchas veces se pierde información y se distorsiona la realidad: las notas se editan, se “cabecean” de otra manera, se recortan o se modifican. Esa mediación constante termina mutilando el trabajo periodístico.

El camino, aunque complejo, pasa por buscar formas de contacto directo con las audiencias y por utilizar las redes sociales de manera más creativa, no sólo siguiendo la lógica de los algoritmos —aunque, en cierto sentido, sea inevitable para ganar visibilidad—. Incluso los mecanismos de financiamiento que ofrecen las propias plataformas son mínimos frente al trabajo que exigen.

Imagino un escenario ideal en el que exista una interacción directa entre audiencias y periodistas, una convivencia más cercana, en la que la sociedad entienda que el periodismo necesita ser apoyado para poder sostenerse. Pensar el periodismo como un ejercicio compartido, en el que audiencias y periodistas se reconozcan mutuamente como parte de un mismo esfuerzo colectivo.

Grupo de personas visitando la morgue. Wellcome Collection.

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