Emiliano Sócrates fue llamado a comparecer ante el tribunal de la Cuarta Transformación por señalar el uso del nepotismo por parte de una servidora pública. La funcionaria aludida acusó a Sócrates de impiedad por no suscribir los principios del glorioso movimiento, y, además, de ejercer violencia política de género. Así, con estas imputaciones, lo condujeron a una audiencia cuyo propósito no era esclarecer la verdad, sino doblegar al hombre que se atrevió a decirla.
Sócrates
Dicen que he cometido el peor de los crímenes: pensar en voz alta.
Que al nombrar el nepotismo he violentado la serenidad del reino, y que mis palabras han sacudido la virtud que juran resguardar.
Me llaman impío por no inclinarme ante ustedes. Y, aun así, aquí estoy: para advertirles que la verdad no desaparece por mucho que la intenten callar.
He escuchado que soy peligroso, que mis argumentos corrompen la fe de la nación.
Que señalar un parentesco conveniente es una afrenta, una infamia contra la causa mayor.
Me acusan de herir lo que llaman dignidad, mientras ignoran la herida profunda de la traición; de la traición a la lucha contra el amiguismo, el influyentismo, el nepotismo, lacras de la política, elementos centrales de la corrupción.
Creen que basta con señalar al ciudadano para silenciarlo, como si el dedo que acusa pudiera tapar la boca que pregunta.
Olvidan que mi oficio es interpelar a quien dice representarme, a quien presume cargar mis causas sin cargar con mis verdades.
Afirman que soy un escándalo, pero permítame aclarar: lo que escuchan es el estruendo que causa la mentira cuando las palabras exponen sus calamidades.
Soy sincero cuando les digo que me acusan sólo porque voy preguntando, como siempre lo he hecho.
Si antes señalaron de mal gobierno a quien volcaba las instituciones contra el pueblo y juraron que jamás repetirían ese extravío, entonces respondan:
¿en qué los convierte cuando sus instituciones hacen lo mismo sólo que envueltas de un plebeyo brío?
También dijeron que la corrupción se barría de arriba hacia abajo, como quien limpia la casa para que nadie tropiece.
Hoy, sin embargo, la barredora es una estructura para coordinar la rapiña de unos pocos en nombre de la gente.
Si organizar la ambición bajo la máscara de la virtud beneficia a los mismos de siempre, ¿entonces qué tan profunda es la transformación de este régimen?
Y dijeron, con solemnidad y mano en el corazón, que el nepotismo era una herida profunda, una forma de corrupción que debía desterrarse sin titubeo.
Pero hoy los apellidos se repiten en cada cargo público, las mismas familias dictan el rumbo del partido.
Si antes llamaban a eso corrupción, si antes exigían expulsarlo como traición a la causa, entonces contesten sin miedo:
¿cómo se les llama a los que obtienen grandes beneficios olvidando su credo?
Me acusan de impiedad, pero lo único que hago es repetir las palabras de la iglesia: no mentir.
Me acusan porque mis palabras les recuerda de dónde venían, cuando se distinguían de los de antes.
Quizás, por tanto, los extraviados son aquellos que hace un tiempo gritaban:
¡la honestidad es para los valientes!
Me acusan de blasfemia, pero yo sólo repito lo que está escrito desde tiempos antiguos: no robar.
Es curioso que citar las enseñanzas se convierta en motivo de castigo.
Tal vez no es que mis palabras ardan, sino que señalan hacia el fuego que ya está encendido.
Incendiaron la república, saquearon la ciudad, pero a mí me acusan de ya no ser de Dios su amigo.
Me acusan de violencia política porque señalo los pecados que todos debemos evitar: traicionar al pueblo.
Ya no discutimos los hechos, sino las palabras que los describen. Y no sólo buscan castigo, sino que además exigen consuelo.
Pero si nombrar un hecho que ocurre ante los ojos de todos se considera agresión, entonces no les preocupan mis palabras, sino lo que evidencian.
Porque los de antes y los de ahora temen que la verdad tome vuelo.
Me piden que, para no juzgarme, debo humillarme; que incline la cabeza, que renuncie a mi propia voz, que entregue la dignidad a cambio de su absolución.
Pero eso sería traicionar la ley más alta, esa que repiten con pasión:
prohibido prohibir; que viva la libertad, que viva la democracia.
Humillarme sería firmar un pacto con la mentira, sería aceptar que la lealtad se le debe al poder y no a la gente.
Y esa renuncia, aunque algunos la ofrezcan como salvación, es en realidad una condena:
Quien traiciona pierde su alma en manos del demonio, ya lo dijo Dante.
Por eso, yo que soy arrogantemente libre les digo: pueden juzgarme hoy, si así lo desean, pero aún falta el juicio que importa.
Un día, cuando esta tormenta se convierta en anécdota, ustedes y yo seremos evaluados por la historia.
Y la historia no premia la obediencia, premia la verdad; no reconoce a quien acusa, sino a quien sostiene su palabra;
quien ve en sus principios la verdadera gloria.
Y cuando llegue ese día, porque siempre llega, sabremos quién vivió en el extravío,
quien traicionó a quién,
y quién de nosotros fue el impío.
Jueza Melania Batris
Mire usted, lo que aquí parece valentía, pero que si uno lo piensa bien no lo es tanto, resulta más que todo insolencia, y la insolencia, como bien se sabe, no se queda así nomás. Porque no es que haya incurrido solamente en una cosa, sino que en varias a la vez, y todas muy serias: por un lado, violencia política de género, y por el otro, traición a la patria, que no es cualquier traición, sino una traición grandota. Delitos hay, y las sanciones, pues claras, aunque algunos se hagan los desentendidos.
Aquí no estamos para oír discursos que se dicen modernos pero huelen a conservadores, ni para andar jugando a las palabras como si esto fuera un concurso de oratoria. Aquí no se viene a filosofar ni a marear al pueblo. Su palabrería, muy fina y muy de arriba, muy neoliberal, no lo pone por encima del movimiento del pueblo, porque el pueblo, cuando se mueve, no pide permiso.
Habla usted del juicio de la historia como si pudiera esconderse ahí. Pero no. Porque la historia no lo puede salvar; la historia somos nosotros aquí y ahora, haciéndola mientras hablamos. Este proceso, para que quede claro sin rodeos aunque con vueltas, no gira en torno a su voz, ni a su tono, ni a sus palabras bonitas. Gira en torno a lo que representamos, que es otra cosa más grande. Y ese orden, no se discute: se acata. El pueblo ya eligió, el tribunal actúa, y la sentencia, como todo lo que se sentencia, se acatará.









