Habitar escuelas cuidadoras como antídoto contra las soledades de adolescencias y juventudes del siglo XXI. Un horizonte de esperanza para reaprender a “resonar

Por Estela Roselló

En años recientes, muchos científicos, teóricos políticos y humanistas han concentrado su interés en estudiar la epidemia de soledades cada día más presente en prácticamente todas las sociedades de nuestros tiempos. De acuerdo con Jill Lepore, esta epidemia actual es tan grave como la de obesidad, depresión y adicciones que afectan a millones de personas de toda nuestra aldea global. En efecto, son muchos los sentimientos de abandono, desamparo y tristeza que aquejan a hombres y mujeres de todas las edades y condiciones sociales, económicas y culturales de muy distintas latitudes, si bien actualmente, dichas emociones tienen su origen en diferentes circunstancias y generan efectos diversos en cada sector de la población mundial. 

Las guerras y los múltiples tipos de violencias cada día más normalizadas en todas las regiones del planeta, el hambre, la xenofobia, el odio hacia las otredades, las migraciones y movimientos de población forzosos, las catástrofes generadas por el cambio climático y el deterioro medioambiental, la pobreza y la desigualdad social generadoras de injusticias incesantes, así como la aceleración del ritmo de la vida capitalista que origina expresiones de competencia salvaje, individualismo egoísta y cansancio crónico son sólo algunos de los fenómenos actuales que sumen a gran parte de la población mundial en fuertes sentimientos de impotencia, incertidumbre, desolación, alienación y soledad. 

Frente a esta realidad, en el año 2024, la Organización Mundial de la Salud (OMS) hizo un llamado internacional a los gobiernos de todos los países a quienes pidió con firmeza tomarse en serio el tema de las soledades contemporáneas e invertir en políticas de salud pública para atender una epidemia que es urgente reconocer, visibilizar, estudiar y comprender de manera estructural en todo el planeta.  

Enseñando costumbres. The British Museum.

Mientras los neurocientíficos se concentran en explicar la manera en que la soledad destapa reacciones de agresión y violencia en los cerebros que detectan peligros y amenazas a los que hay que enfrentarse solos —y recuerdan cómo estas experiencias estuvieron presentes entre la humanidad, desde tiempos muy remotos, en aquellas situaciones de desamparo que generaron alerta e hipervigilancia entre nuestros ancestros cazadores recolectores para sobrevivir —, los antropólogos centran sus estudios en recordar cómo frente a esas emociones, los primates buscaron relacionarse entre sí para crear vínculos de apoyo y ayuda mutua, para acompañarse y resguardarse a partir de acciones de contención comunitaria, que paliaron el dolor de la soledad y que en su lugar, produjeron sensaciones de pertenencia, alivio y seguridad. 

Curiosamente, si bien durante mucho tiempo, en muchas partes del mundo, la soledad fue una experiencia emocional que parecía estar más presente en la cotidianidad de personas mayores, hoy, muchos especialistas han detectado que esta experiencia emocional afecta, principalmente, a las poblaciones de jóvenes y de adolescentes de prácticamente todo el mundo. Los estudios que han señalado este hecho arrojan que del 21% de población mundial que declaró sentirse sola entre 2013 y 2023, la mayor parte de ella oscilaba entre los 13 y los 29 años de edad y vivía en las regiones más pobres y desiguales del planeta. Evidentemente, estos datos han generado alarma entre muchas comunidades de científicos, humanistas, politólogos y funcionarios de organismos internacionales que coinciden en que la presencia de estas soledades entre las juventudes del mundo es un factor con importantes repercusiones presentes y futuras en la salud física, mental y emocional de cada una de las personas que las experimentan, así como en la paz comunitaria, en la fractura de los tejidos sociales y en el deterioro del bienestar colectivo y el bien común. 

Son muchos los factores que provocan soledad entre las generaciones más jóvenes de nuestra modernidad tardía. Estos factores varían, además, según la región del planeta donde se experimente dicha emoción, así como en función de las condiciones socioeconómicas, políticas y culturales que enmarcan las vivencias de aislamiento, desconexión, tristeza, angustia, enojo, desesperanza, dolor y cansancio que suelen formar parte de las soledades contemporáneas. Sin embargo, en toda experiencia de soledad involuntaria hay ausencia de vínculos significativos, amables y cálidos entre uno mismo y los demás seres sintientes o no sintientes que nos rodean, ya sean personas, entes de otras especies o el planeta y sus elementos, lo cual genera fuertes sensaciones de desamparo, alienación, falta de energía vital, vacío y sufrimiento cotidianos. 

Más allá de los diferentes orígenes de las soledades que les aquejan, en un mundo incierto y convulso como el nuestro, las personas más jóvenes del mismo atestiguan— ya sea de manera presencial o mediante los medios de comunicación masiva que difunden imágenes y noticias de manera vertiginosa e incesante— realidades violentas, caóticas, confusas y amenazantes en las que sobresalen la muerte, la desesperanza y la destrucción. Por lo demás, para muchos, los bombardeos, los desplazamientos forzosos, los crímenes, las inundaciones, el hambre, la falta de recursos económicos o de oportunidades laborales para sus padres y madres, entre muchas otras situaciones hostiles, les han afectado directamente y muchas veces, las han tenido que enfrentar de manera solitaria, sin apoyo ni compañía de nadie más.  Frente a todo lo anterior, no es difícil comprender que, para estas nuevas generaciones, a veces, el mundo resulte ser un lugar profundamente abrumador y se materialice como una realidad con la que es difícil lidiar de manera cotidiana; mucho más, que, para las generaciones de adolescentes y jóvenes, la realidad triste en ocasiones parezca prácticamente imposible de cambiar y transformar, en soledad.

Bajo esas circunstancias, las y los adolescentes, así como las juventudes de todo el mundo, prefieren aislarse en sus redes sociales, en ese nuevo espacio vital sin cuerpos y sin presencias tangibles, pero en apariencia más controlables y falsamente más domesticables, que ofrece la virtualidad. También son muchos los estudios que advierten sobre los efectos nocivos del uso excesivo de estas redes, entre los que se encuentran, sin duda, la sensación de una enorme desconexión, la falta de vínculos emocionales significativos, la imposibilidad de tocar, oler y sentir la presencia de personas reales, de carne y hueso y, en consecuencia, la experiencia de fuertes sentimientos de incompletud, inseguridad, baja autoestima, competencia, fracaso, depresión, angustia y soledad. 

Asukayama durante la temporada de los cerezos en flor; a la izquierda, la hija de un daimyō es guiada por sus niñeras; a la derecha, dependientas y otras mujeres de la ciudad.. The British Museum

Es evidente que entre las más grandes preocupaciones que deberían aquejar a las generaciones adultas de nuestras sociedades actuales la epidemia de soledades que viven las personas más jóvenes del planeta tendría que estar en los primeros lugares. Esto porque, para empezar, este mal pone en peligro la salud mental y emocional de aquellas personas de las que dependerán no sólo la continuidad de la vida misma en su conjunto, sino también, la posibilidad de generar condiciones para el florecimiento de la buena vida entre las personas, las otras especies y los elementos de la Tierra en el presente y en el futuro.

Pero, además, esta epidemia de soledades también tendría que constituir un llamado a la responsabilidad moral de los adultos que tendrían que sentirse obligados a brindar a las nuevas generaciones herramientas para construir un universo de esperanza activa, es decir, un universo de emociones alegres y luminosas que permitieran que las personas más jóvenes del planeta fueran movidas a la acción y al deseo de levantar los cimientos necesarios para generar condiciones de dignidad y bienestar, en aras de construir un mundo más justo, más incluyente, pacífico, sostenible y saludable para todas y todos los que habitan en él. 

De acuerdo con el filósofo y teórico político alemán Hartmut Rosa, “la buena vida es aquella donde hay vínculos bien logrados con el mundo”. En su sociología crítica de la aceleración de la vida en las sociedades de la modernidad tardía, Rosa insiste en la necesidad de pensar “que otro modo de ser en el mundo es posible”. En efecto, frente a la epidemia de soledades que aqueja de manera específica a las adolescencias y juventudes de nuestras sociedades contemporáneas, es urgente encontrar alternativas y horizontes de esperanza que devuelvan la posibilidad de imaginar que “otras formas de habitar el mundo son posibles” . Es allí, precisamente, que la cultura de los cuidados se presenta como una forma distinta de estar,. Por otro lado, es importante señalar que la cultura de los cuidados no niega la existencia de los conflictos, los problemas, las diferencias y las violencias que constituyen parte inherente de la vida, sino por el contrario, les reconoce y propone otras formas de enfrentarles y darles respuesta.

Como bien se sabe, a lo largo de los siglos, el cuidado ha sido el principio más importante para garantizar la reproducción y la sostenibilidad de la vida. En palabras de Joan Tronto, su primer principio es no hacer daño a nada ni a nadie, pero, además, significa la posibilidad de mantener, reparar, restaurar aquello que ha sido roto, herido o vulnerado. Cuidar es una forma de relación, pero también puede ser una disposición moral y una actitud emocional; el cuidado, además, puede referirse a la existencia de servicios e instituciones, y siempre requiere de trabajo y acciones concretas, individuales, es decir, de esfuerzo, tiempo y energía humanas. 

Aunque es difícil dar una sola definición del cuidado, considerando lo anteriores posible afirmar que cuidar es, sobre todas las cosas, acompañar al otro en su vulnerabilidad, en esa que lo une con la mía propia.  Cuidar es una experiencia emocional, corporal, física, mental y espiritual a veces placentera y satisfactoria, pero otras, difícil, agotadora e incómoda. Es por ello que todas las personas que habitamos en nuestra sociedad tendríamos que recibir una educación que nos brindara herramientas teóricas, prácticas, emocionales y sensibles para auto cuidarnos, cuidar de otros y recibir cuidados de una manera digna, saludable y buena. En ese sentido, las nuevas escuelas del siglo XXI tendrían que convertirse en espacios en donde las niñas y niños, adolescentes y jóvenes de todos los niveles de educación aprendieran a habitar el mundo desde una cultura cotidiana, vivida y encarnada que promoviera la colaboración, la escucha, el diálogo y la compasión como fundamento de una nueva forma de construir relaciones cuidadoras, significativas y buenas con uno mismo y con el mundo. 

Esto, porque tal como señala la filósofa italiana Luigina Mortari, cuidar es buscar lo bueno y el bien; aspirar a lo bueno y al bien para mí mismo, así como para mi entorno y para quienes me rodean y forman parte de mi comunidad y de mi entorno. De acuerdo con este precepto, los cuidados tendrían que constituir, entonces, el puente entre la ética y la política, es decir, entre los valores que orientan y guían nuestra vida personal para alcanzar lo bueno y las acciones y toma de decisiones que hacen posible gobernar en beneficio del bien común. La cultura de los cuidados propone la necesidad de construir nuevos pactos políticos y de gobernanza que den nuevos significados a las relaciones de poder y de autoridad no desde el abuso ni las jerarquías autoritarias, sino desde la redistribución democrática de responsabilidades ciudadanas y políticas más equitativas, más incluyentes, compasivas y justas. 

Baile cerca de un río. The British Museum.

Por tanto, frente a la epidemia de soledades que aqueja a las adolescencias y juventudes de nuestro mundo contemporáneo, educar en la cultura de los cuidados, vivirla, experimentarla y encarnarla se convierte en una alternativa política y pedagógica que debería ser prioridad para los gobiernos e instancias educativas de todo el mundo. Pensar la escuela como espacio privilegiado de cuidados y no sólo como una institución de transmisión de conocimientos disciplinarios y competencias académicas requeriría reconocer la importancia de las dimensiones afectivas, morales y emocionales en el desarrollo humano. 

En efecto, en años recientes, muchas personas especialistas en educación, psicología, antropología y filosofía comenzaron a impulsar esta nueva mirada para educar y formar a las nuevas generaciones no sólo en función de la competitividad, la productividad o el objetivo de encontrar trabajo en la edad adulta. El propósito de esta nueva pedagogía cuidadora ha sido que las nuevas generaciones aprendan —a partir de la experiencia cotidiana y vivida — a cuidar de sí, a cuidar de las demás personas, de su entorno y de las demás especies con las que habitan el mundo. Para la pedagogía de los cuidados, “educar es cuidar y cuidar es educar”.

Construir escuelas cuidadoras y promover la pedagogía de los cuidados serán condiciones indispensables en la formación de nuevas ciudadanías globales capaces de llevar a cabo la transición hacia las sociedades de cuidados a la que instan la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) en muchos de sus documentos más recientes. Esto porque al menos en teoría, las y los adolescentes y juventudes de nuestros tiempos, pasan muchas horas a la semana en recintos escolares en donde comparten la cotidianidad con pares y adultos con los que aprenden conocimientos disciplinares, pero, además con quienes conviven e influyen en la conformación de sus futuras subjetividades y maneras de ejercer sus ciudadanías. Por ello, más allá de cuidar la transmisión de conocimientos académicos, las escuelas cuidadoras deberán poner énfasis en la práctica y promoción de proyectos y experiencias cotidianas que promuevan el bienestar y prioricen el aprendizaje de la importancia que tiene para la vida digna y buena cultivar la cultura relacional de los cuidados. 

De esta manera, habitar la escuela de cuidados requiere de programas institucionales que hagan de la educación un proceso de crecimiento y desarrollo holístico de la persona. Así, las y los adolescentes y juventudes que habiten este tipo de comunidades escolares tendrían que aprender a convivir desde la confianza mutua, la sensación de pertenencia comunitaria, la posibilidad de ser quien se quiere ser, sin culpa ni temor a equivocarse, porque rectificar siempre sería posible, sin necesidad de juicios, castigos ni burlas. Habitar escuelas cuidadoras partiría de la premisa de que todas las personas y seres que forman parte de dicha comunidad tendrían la oportunidad de ser vistas, reconocidas, escuchadas y tomadas en cuenta. 

En las escuelas cuidadoras, los patios serían espacios de juego, diversión, convivencia y gestión pacífica de conflictos y diferencias; las cafeterías serían el sitio de reunión en donde se respetaría la diversidad, en donde se consumirían y compartirían alimentos ricos y nutritivos y donde se podría descansar en un ambiente de cordialidad y amabilidad. En estas nuevas escuelas, los baños se habitarían con respeto, seguridad e inclusión; las aulas serían lugares de intercambio de ideas, enriquecimiento personal, discusión y debate incluyentes; mientras que las áreas verdes- siempre indispensables para habitar en bienestar- serían el sitio en donde convivir con otras especies, cuidar de ellas y recibir los cuidados y bienes que éstas brindan a la salud física y emocional y a la experiencia estética generadora de paz. Pero, sobre todo, habitar las escuelas desde una nueva cultura de los cuidados ofrecería un antídoto contra las soledades de nuestros tiempos, a partir de la oportunidad de recuperar eso que Hartmut Rosa ha descrito como la experiencia de resonar. Para el filósofo alemán, la resonancia no es otra cosa que “esa forma de relación en la que el otro se siente tocado, movido, interpelado por aquellos seres con quienes uno se encuentra”.

Resonar es la reacción que se siente en nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestro espíritu al conectar con otro ser y sentirse transformado internamente por su mirada, por el sonido de su voz o su abrazo. Al mismo tiempo, explica Rosa, cuando uno resuena con los otros, éstos también son transformados y tocados por nosotros. Pero resonar, continúa el filósofo alemán, no es una experiencia biológica ni natural, sino una experiencia aprendida cultural e históricamente. Por ello, una educación con perspectiva en cuidados sería indispensable para volver a aprender a resonar y en ese sentido, sería una educación transformadora, innovadora y revolucionaria, que nos recordaría que no estamos solos, y que sólo en compañía y cuidados mutuos podemos sobrevivir y conectarnos de manera vibrante y trascendente con nosotros mismos y con el mundo que nos rodea.

Una joven canta acompañada por otra joven en el piano. The British Museum.

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