Revista Presente (RP): ¿Cómo es el día a día de un periodista local en Veracruz y en Puebla?
Édgar Ávila (EA): La verdad es que no se puede hablar en términos generales del día a día de los periodistas en los estados, porque depende de muchos factores: de cada persona, de sus intereses, de la forma en que ha decidido ejercer el periodismo, del medio en el que trabaja y del tipo de información que debe producir. Por eso, si yo describiera únicamente mi rutina, no sería posible generalizar cómo es el ejercicio periodístico a nivel estatal.
Lo que sí puedo hacer, si me lo permites, es ofrecer un panorama más amplio a partir de los distintos “días a día” que viven otros compañeros —incluido el mío—, para dar una idea más diversa de cómo se trabaja.
Por ejemplo, están los reporteros que diariamente cubren conferencias de prensa, muchas veces organizadas en cafés u hoteles, a las que convocan actores políticos. También acuden a eventos públicos de gobernadores, secretarios, partidos políticos o instituciones. Además, cuando hay manifestaciones frente a palacios de gobierno o dependencias oficiales, son ellos quienes salen a la calle a cubrir esos hechos. Se trata de periodistas cuya labor cotidiana está marcada por la cobertura constante de la agenda pública inmediata.
Hay otra modalidad de trabajo, por ejemplo, la de los corresponsales —que es mi caso y el de otros compañeros—. Nosotros ya no acudimos a este tipo de conferencias, a eventos de la gobernadora o a ruedas de prensa rutinarias, porque muchos de esos materiales no resultan relevantes para medios nacionales o para agencias internacionales. En mi caso, trabajo para una agencia internacional como EFE, y una conferencia de un partido político local, de un líder de taxistas que denuncia abusos o de una manifestación de cafetaleros a quienes no les han pagado —sin restarles importancia— no siempre tiene el alcance o el interés que requiere ese tipo de cobertura internacional.
Por ello, nuestra dinámica es distinta. En lugar de acudir diariamente a eventos públicos, solemos sostener reuniones, desayunos, comidas o cafés con funcionarios, líderes políticos, sociales o económicos. Es en esos espacios donde vamos construyendo redes y nutriéndonos de información relevante. Esa es una parte central del trabajo de los corresponsales.
Algo similar ocurre con los columnistas. Ellos tampoco suelen hacer coberturas diarias de este tipo, porque no les resultan útiles para su trabajo. Su labor se basa, en buena medida, en reuniones privadas con distintos actores políticos, sociales y económicos, a partir de las cuales obtienen información, interpretan contextos y elaboran sus análisis.
Todo esto muestra que el ejercicio del periodismo es cada vez más diverso y también responde a decisiones personales. Hay colegas con muchos años de experiencia que deciden dejar de cubrir conferencias y prefieren enfocarse en la búsqueda de documentos, el análisis de información disponible en plataformas digitales, la realización de entrevistas telefónicas o el trabajo de investigación a distancia.
En ese sentido, la idea romántica —y ya superada— de que todos los periodistas se reúnen en una redacción para salir juntos a cubrir los mismos eventos dejó de existir hace tiempo. Las dinámicas han cambiado profundamente y hoy el trabajo periodístico depende del medio en el que se colabora, del tipo de audiencia a la que se dirige, de los temas que se cubren y, también, de las decisiones personales de cada periodista.
RP: ¿Esto ha sido así siempre o ha ido cambiando?
EA: Estamos atravesando una etapa de crisis profunda en el periodismo. Hoy muchos periódicos ya no cubren viáticos, no envían recursos para traslados ni pagan adecuadamente fotografías o colaboraciones. Para agencias internacionales o medios nacionales resulta cada vez más difícil financiar coberturas en campo, y eso ha provocado que muy pocos periodistas puedan realizar coberturas físicas de ciertos eventos: inundaciones, desastres naturales, conflictos locales o situaciones que requieren presencia directa.
La precariedad económica limita seriamente la movilidad. Si un periodista sabe que su medio no le va a comprar ese material, lo más probable es que decida no desplazarse. En muchos casos, se opta por producir textos desde el escritorio o la oficina. Es lamentable y va claramente en detrimento del periodismo, pero es una realidad con la que se trabaja hoy.
Por eso, resulta imposible trazar un “día a día” homogéneo del periodismo en los estados. Hay múltiples variables en juego: condiciones económicas, tipo de medio, experiencia profesional, decisiones personales. Hay quienes ya no salen a reportear, otros que sí, y otros que combinan ambas formas. Son escenarios muy distintos.
A todo esto se suma otro factor decisivo: las redes sociales modificaron por completo la estructura del trabajo periodístico. Antes, para cubrir una historia, había que estar físicamente en el lugar, aunque implicara viajes largos. Hoy, en muchos casos, esa presencia ya no es considerada indispensable, lo que transforma radicalmente la forma de reportear.

RP: Tú has sido corresponsal de diarios nacionales a nivel local y actualmente trabajas como corresponsal de una agencia internacional. Desde tu experiencia personal, ¿cómo identificas —cómo “olfateas”— aquellas noticias locales que tienen relevancia nacional en un primer momento y, en un segundo nivel, las que pueden interesar a la prensa internacional?
EA: Son muchas las variables que influyen en la decisión de enviar o no un texto. La primera es la variable periodística básica: el impacto. ¿A cuánta gente afecta un hecho?, ¿qué tan profundo es su efecto social?, ¿puede un sólo caso ilustrar un problema más amplio? Esa es la primera línea para determinar si algo tiene valor noticioso.
La segunda variable, hoy inevitable, son las redes sociales. En muchas redacciones nacionales, quienes marcan la agenda ya no son necesariamente los criterios periodísticos, sino las métricas digitales: qué se viraliza, qué tiene más vistas, qué se comparte más. A veces, sin importar si el hecho es periodísticamente relevante o no. Si algo se vuelve viral, se pide cubrirlo, aunque se trate de un suceso trivial.
Muchos corresponsales vivimos una tensión constante con las redacciones centrales por el peso de las redes sociales. A veces te piden cubrir temas francamente banales sólo porque funcionan bien en internet. Ahí hay una negociación diaria: o te niegas, o decides abordar el tema inevitable, pero dándole contexto, profundidad y explicación, para que no se quede en lo superficial.
La tercera variable es el medio para el que trabajas. Cada periódico, agencia o estación tiene intereses editoriales distintos. Algunos priorizan lo social o sindical, otros lo político, otros la violencia. Con el tiempo, uno aprende a reconocer qué temas le interesan a su medio y cuáles no, y eso también pesa al decidir qué proponer.
Aquí entra una cuarta variable fundamental: “las localías”. Explicar los contextos locales a editores que están en la capital y que no conocen las dinámicas culturales de otras regiones. Lo que en una comunidad rural es completamente normal —por ejemplo, una quinceañera que recibe como regalo un animal o se sube a un toro en una fiesta—, cuando se presenta sin contexto en un medio nacional, puede convertirse en motivo de burla o bullying. Esa mirada exotizante desconoce que se trata de prácticas cotidianas en entornos rurales.
Parte del trabajo del corresponsal es frenar esa visión, explicar el contexto y evitar que la vida local sea retratada como algo pintoresco o ridículo. No es lo mismo una celebración en una colonia urbana de la Ciudad de México que en un rancho ganadero del sur de Veracruz, Tabasco o Chiapas. Las costumbres son distintas y merecen ser entendidas antes de ser juzgadas.
Desde mi experiencia, estas cuatro variables —impacto periodístico, presión de las redes sociales, línea editorial del medio y explicación de los contextos locales— son las que determinan qué se manda y qué no. Y navegar entre ellas es una de las tareas más complejas del periodismo local hoy.
RP: ¿Cómo se vive, desde la experiencia cotidiana, la doble crisis del periodismo local en México —la precariedad laboral y las amenazas derivadas tanto del crimen organizado como de actores políticos—, y cómo impacta este contexto en la vida diaria de periodistas como tú y de tus colegas en estados como Veracruz y Puebla?
EA: Las amenazas que todos conocemos siguen ahí: el narcotráfico, los cacicazgos regionales, líderes locales —políticos, económicos o sociales— y, más recientemente, una nueva clase política vinculada a Morena, que en muchos casos no comprende —o deja de comprender cuando no le conviene— el papel de los medios de comunicación. Cuando eran oposición, sí lo entendían; cuando el escrutinio les resulta incómodo, ya no.
Ese es el contexto general de riesgo en los estados, pero incluso dentro de él hay diferencias importantes. Mucho depende de cómo se hace periodismo. Y esto es algo que hay que decir con claridad: en las variables del riesgo también influye la ética profesional.
Un periodista que publica investigaciones sólidas —sobre corrupción o violencia— sustentadas en documentos, entrevistas verificables y una redacción cuidadosa, sin adjetivos ni descalificaciones, incomoda, sí, pero rara vez recibe amenazas directas. Hay presiones, por supuesto; intentos de desgaste, campañas de desprestigio, “guerra sucia”: pasquines, rumores sobre supuestos pagos, ataques personales o familiares. Eso existe. Pero el riesgo disminuye cuando el trabajo es pulcro y profesional.
Un grave problema es que en los estados también existe —y es más frecuente de lo que se suele admitir— un periodismo que se ejerce sin controles éticos mínimos. Columnistas y reporteros que publican acusaciones sin pruebas: funcionarios “vinculados al narco”, mujeres señaladas como “amantes” de políticos para explicar su ascenso, nombres de supuestos líderes criminales sin respaldo documental. Se escribe así, se publica así.
Cuando ese tipo de contenidos circula, las reacciones son previsibles: denuncias penales, amenazas directas, respuestas violentas. No es lo mismo investigar y documentar que lanzar imputaciones sin sustento. Y ese es un problema estructural del periodismo local: existe un sector amplio que opina, califica y acusa sin pruebas.
Se publican columnas donde se llama “corrupto”, “inepto” o “imbécil” a un funcionario, sin explicar por qué, sin datos, sin contexto. Está bien denunciar la corrupción, pero hay que demostrarla. Si no, se cruza una línea muy delicada. Por eso, cuando se pregunta cómo se vive el periodismo en los estados, la única respuesta honesta es que se vive de muchas maneras. No se puede generalizar. Y esto es algo que también he señalado a organizaciones internacionales de defensa de periodistas: no todo puede explicarse con el mismo diagnóstico.
No se trata de justificar la violencia ni de minimizar los riesgos reales —que existen y son graves—, sino de entender que el periodismo local en México es un campo profundamente heterogéneo, atravesado por precariedad, amenazas, pero también por decisiones éticas que influyen directamente en cómo se vive y se enfrenta ese riesgo.
RP: ¿Cómo evalúas hoy el fenómeno de la autocensura en el periodismo local, en un contexto marcado por amenazas del poder político y del crimen organizado, y hasta qué punto crees que el público local percibe —o pasa por alto— estas limitaciones a la libertad de expresión? En otras palabras, ¿cómo se conectan la autocensura derivada de la violencia y las presiones con la forma en que las audiencias locales reaccionan (o no) ante ella, en comparación con lo que ocurría hace una década?
EA: Hablar de autocensura hace diez años era referirse a una realidad mucho más palpable. Era común escuchar: “me amenazó el gobierno, mejor me retraigo y ya no publico”, o “me advirtieron desde una organización criminal, así que dejo de tocar temas de seguridad”. Hoy, sin embargo, el escenario es distinto, y para explicarlo sí necesito dar un poco de contexto.
En los estados se ha instalado una polarización muy fuerte que también se reproduce dentro del gremio periodístico. Por un lado, hay un sector de periodistas que se ha convertido, de manera abierta, en vocero de la Cuarta Transformación y de los gobiernos estatales: no como simpatizante, sino como portavoz. Por el otro, hay un sector igualmente radicalizado, profundamente enojado con la 4T y con el sistema político actual, que opera desde el extremo opuesto. Y cuando el periodismo se mueve en los extremos, el resultado suele ser devastador: desaparecen los matices, se abandona la ética y se sustituye la investigación por la consigna.
Ese es el problema: hoy en muchos estados conviven dos extremos muy agresivos. Unos defienden a capa y espada cualquier decisión del gobierno, incluso cuando no hay manera razonable de justificarla. Otros atacan con furia permanente, sin contemplaciones y, con frecuencia, sin rigor. En medio de esos polos queda un grupo mucho más pequeño de periodistas que intenta no entrar en esa lógica binaria. Pero mantenerse en el centro es extremadamente complicado, porque ambos lados te etiquetan: los oficialistas te acusan de estar “contra la 4T”, y los opositores radicales te señalan como “cómplice” por no amplificar ciertas narrativas.
En ese contexto, cuando preguntas si hay autocensura, mi impresión es que hoy hay menos autocensura entendida como “dejo de publicar por miedo”. Los extremos no se autocensuran: publican lo que quieren, y a veces llegan a niveles de descalificación sin sustento (“son corruptos”, “son ratas”, “es una ladrona”), sin documentos, sin pruebas, sin investigación. Y del otro lado, se defiende todo, también sin matices.
En cambio, quienes intentamos mantenernos en una posición más profesional —yo me cuento ahí— no necesariamente dejamos de publicar, pero sí incrementamos radicalmente la revisión. Se analiza más lo que se va a sacar, se verifica con más cuidado, se revisan documentos varias veces, se cotejan cifras, se confirma el contexto completo de una declaración. Esto es clave porque, en la dinámica actual, es muy frecuente que se saquen frases de contexto para convertirlas en tendencia y alimentar la indignación. Cuando uno revisa la conferencia completa, a veces descubre que el sentido era otro.
RP: ¿Qué te motiva a seguir ejerciendo el periodismo y a continuar informando sobre hechos locales para medios nacionales e internacionales, pese a todas estas dificultades, y qué aspectos del oficio son los que todavía te resultan gratificantes o significativos?
EA: A veces no me motiva nada. Hay momentos en los que uno quisiera tirar la toalla y se pregunta, con toda honestidad, qué sigue haciendo aquí. Te sientes solo, lidiando con políticos que atacan y descalifican, con lectores que critican cada texto y, además, con una precariedad económica constante. Hay meses en los que no llegas a fin de mes y te preguntas cómo vas a pagar las cuentas. Es una sensación real y recurrente.
En mi caso, lo que me ha permitido seguir es buscar salidas paralelas. Abrí medios de comunicación propios, lo cual implica una lucha permanente y muy desgastante: conseguir acuerdos comerciales, generar ingresos, sostener el proyecto. No es sencillo, pero de algún modo compensa, al menos parcialmente, la parte económica. Muchos compañeros han hecho algo similar: tienen otros trabajos, han abierto negocios y, al mismo tiempo, continúan ejerciendo el periodismo. Ese doble ingreso es, para muchos, lo que les ha permitido seguir haciendo lo que les gusta. De otro modo, ya se habrían retirado. Y, de hecho, muchos lo han hecho: dejaron el periodismo y se dedican a otra cosa.
En lo personal, la razón por la que sigo es difícil de explicar sin que suene ingenua o poco sofisticada. Tiene que ver con una historia familiar y con algo que siento muy arraigado: el periodismo forma parte de mi vida desde siempre. Vengo de una familia vinculada a este oficio; tengo un tío que fue fundador de La Jornada y que cubrió conflictos armados en Centroamérica. Crecí escuchando esas historias, viendo cómo se vivía el periodismo desde dentro. En ese sentido, más allá de todas las dificultades, sigo aquí porque, de alguna manera, lo traigo en la sangre.








