Identidad de género: ¿Alguien por favor quiere pensar en los niños?

Por Alonso Vázquez Moyers

En el capítulo de los Simpson, ¿Dónde está el inmigrante?, el alcalde Diamante debe encarar a la ciudadanía que, afuera de su oficina, reclama el alza a los impuestos para financiar la recién creada patrulla anti-osos. Esto requiere liderazgo de verdad, dice Diamante, antes de salir a escuchar a los inconformes springfildeanos. Los impuestos, explica, son culpa de los inmigrantes. ¡Deshagámonos de ellos!, propone. Moe, el cantinero, asombrado por la obviedad del asunto, exclama: inmigrantes, ¡sabía que eran ellos! Inmediatamente después y sin aparente relación con el contexto, la esposa del reverendo Alegría grita, fuera de sí:

¡¿Alguien por favor quiere pensar en los niños?!

No es una casualidad que en el episodio sea la esposa de un pastor de iglesia quien busque reivindicar una idea abstracta que simboliza al menos, inocencia y pureza. La niñez o debo más bien, su elaboración simbólica, suele ser un vehículo muy utilizado por los discursos conservadores. Es una elaboración fantasiosa como cualquiera, imprecisa y problemática pero justamente por eso mismo, útil. Todo lo que se le oponga o contamine, debe ser desechado.

No busco ahorrarme explicaciones mediante adjetivos. Aclaro que tampoco es siempre muy claro qué significa conservadurismo ni quiénes son conservadores, en todo caso. Es un problema derivado del uso político del concepto. Pero considero que sí conviene una definición más o menos clara.

Desde luego se trata de una posición política, una serie de actitudes que buscan preservar un orden. Pero no cualquier orden. Los ordenes sociales suelen suponer arreglos, instituciones e interacciones entre personas; también tienden a excluir ciertas prácticas, condenarlas y establecer jerarquías entre quienes son parte de éste. No siempre queda muy claro porqué, pero a final de cuentas se trata de relaciones de poder que ordenan cómo se vinculan las personas en un momento y lugar dados.

Un orden conservador tiene jerarquías y prácticas en donde prevalecen tradiciones históricas y jerarquías más bien opresivas: hay poco espacio para la diferencia, para la igualdad en el acceso a derechos y una serie de sujetos cuyas ventajas estructurales son tenidas por naturales y racionales, por lo que deben preservarse. Por lo general, se funda en valores de corte religioso y apela a formas sociales rígidas.  

El cine de Luis Buñuel es particularmente crítico de estas formas. En Los Olvidados, el cineasta destrozó la elaboración simbólica del orden conservador mexicano del siglo XX y dos de sus pilares: la pobreza e infancia, ambas idealizadas como sinónimos de felicidad inocente.

El eslogan “con los niños no”, así como la protección judicial del interés superior del menor, suele establecer límites respecto al uso político y comercial de los niños. Justamemnte, busca que productos políticos o comerciales no se aprovechen de la imagen de la niñez para sus fines.

Sin embargo, el lenguaje jurídico también puede y suele usarse para mantener un  orden social deseado y deseable. Así, hablar de la niñez en ciertos contextos busca preservar los ideales sobre quiénes son y cómo deben ser, como deben comportarse las niñas y niños y, muy importante, cómo mantener su pureza. Desde luego, y es importante el paréntesis, en ese imaginario no existe, a riesgo de contaminarla, otra posibilidad que la binaria. El término “niñes” queda desterrado.

También, dicho orden se ve trastocado, por ejemplo, si una niña o niño ven a dos hombres besarse en público porque pierden la inocencia. Su pureza se ve comprometida si un compañerito tiene dos mamás o quiere, siendo niño, portar arracadas, vestidos o pintarse los labios. Por eso se condena a quienes trasgreden esas “normas”, porque corrompen a la infancia. Sería cómico si no fuera porque mucha gente ha sido enjuiciada y hasta asesinada por eso.

A fin de cuentas, el orden social de la niñez (conste, en esa elaboración), lleva aparejadas categorías distintivas e ideas sobre lo que pueden o no pueden ver, sobre todo si aquello que ven les causa algún tipo de confusión. Se me ocurre, disculpen que me adelante, que quizás las confusiones son producto de los intentos por condenar ciertas prácticas, en vez de considerarlas parte del plural panorama; llegaré a eso.

Cuando la semana pasada, el gobernador de Querétaro Mauricio Kuri, se esforzó por explicar su veto a la ley de identidad de género que recientemente había aprobado el Congreso del estado, a propuesta del ombudsman local, recordé los gritos de la Sra. Alegría. Básicamente, para el gobernador queretano, la legislación no estaba pensando en los niños. Tildó a la ley de confusa, pero al final fue claro en su posición: lo aprobado por el legislativo contraría los valores, educación e integridad de las familias queretanas, al tratarse de “un tema ideológico que se quiere imponer a nuestra sociedad”

Otro de los pilares básicos de la ideología conservadora es la familia. Desde luego, un tipo de familia específico: inexistente, problemático, pero impoluto: con roles sociales muy delineados y dentro de un orden (social) también muy claro y posiciones muy definidas. Una mujer ama de casa que cuida de sus hijos y un hombre proveedor. Es una imagen simplona, pero creo que se entiende la idea (curiosamente es un constructo al que con mucha similitud se refiere Andrés Manuel López Obrador).

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Cualquier ley encierra una expectativa de orden social. No necesariamente lo crea, pero aspira a hacerlo. En ese sentido, la ley, su redacción abstracta, tiene también una parte imaginaria. Por eso luego su operación suele ser problemática. Pero quedémonos con su aspiración: establecer relaciones e interacciones y, desde luego, posiciones sociales en un espacio y tiempo específicos.

Si soy reiterativo me disculpo, pero prefiero ser claro. Aunque no hay nada obvio, ni mucho menos natural, la constitución de un orden social suele también ser reflejo de las relaciones de poder. Por lo general, el orden social deseado y deseable reafirma posiciones políticas, económicas y sociales. Esto implica que la expectativa de orden social en una ley reflejo de la expectativa de quienes la proponen.

Sin embargo y por suerte, los órdenes sociales no son estáticos, se encuentran constantemente en disputa y, muchas veces, cambian.

Sobre la identidad de género -y sobre el género- hay muchos malentendidos, naturalizaciones ad hoc y discursos confusos. Pero la cuestión más elemental, no necesariamente la más obvia, es que desafía el orden social establecido. Y es que difícilmente un grupo social perteneciente al orden hegemónico es consciente de la posición que ocupa; simplemente considera que el mundo es así. Por lo mismo, es más o menos esperado que haya resistencias. En todo caso, lo interesante es cómo se expresan.

Aunque los órdenes sociales son más bien contingentes, todos tienen sus propios mecanismos para legitimarse y subsistir. De diferentes maneras, las personas que lo conforman generan prácticas normalizadoras, por medio de las cuales colocan a cada persona en la posición que le corresponde; inclusive, expulsa o arrincona a quienes representan un desafío o una desviación al orden.

La historia de personas perseguidas, torturadas y asesinadas por diferir del orden establecido es gigante. Y las prácticas pueden estar institucionalizadas o no, puede suponer la participación de agencias estatales (la policía, el Ejército, los jueces) o simplemente manifestarse como discursos, actitudes y violencias. Ni falta hace particularizar en la ingente cantidad de prácticas normalizadoras de las preferencias sexuales u orientación de género.

En el programa The Newyorker Radio hour[1] del 30 de septiembre de 2022, el comediante Billy Eichner se cuestiona sobre la televisión que le tocó presenciar cuando era niño. En varios momentos de su infancia, comenta, llegó a preguntarse qué había de malo en él, puesto que nunca vio personajes como él ni en películas, caricaturas o series televisivas. Como niño afrodescendiente y poco masculino, decididamente homosexual, a los doce años no era consciente del problema de representación pública que padecían personas como él; minoritarias (cuantitativamente). En todo caso, dice, cuando sí eran representados en los medios de comunicación, aparecían reproduciendo estereotipos y prejuicios.

De tal manera, el orden social hegemónico (binario y masculino) no sólo impone una manera de pensar cómo deben verse y actuar las personas, sino que vuelca la culpa de quienes no encuadran en el problemático ideal en ellos mismos. Por eso durante tantos años, las preferencias sexuales no binarias fueron definidas como enfermedades.

Una preocupación que manifestó el gobernador era que las niñas y niños no son todavía conscientes de las preferencias sexuales (aunque se cuidó de no usar el prosaico sustantivo), por lo que no tenemos el derecho de imponérselas. Me pregunto si establecer un mundo binario no será más impositivo que pensar que las posibilidades de relacionarnos y de ser, se deben limitar a solamente dos, porque son las que le gustan a él.

Volviendo a prácticas normalizadoras más evidentes, no es infrecuente, porque está bien documentado, que entre niños existan en forma de burlas, apodos y golpes. Me pregunto, nuevamente, si con un poco más de información habría menos violencia hacia lo distinto. Lo importante es que la existencia de esas violencias normalizadas (y normalizadoras) indica, por lo menos, que incluso a temprana edad sí hay ideas precisas, prejuiciadas, por lo demás, de qué son y cómo funcionan los roles de género. Los crímenes de odio, que se pueden documentar por cientos de miles, son sólo la versión más violenta de las formas en que los grupos sociales dominantes procuran mantener el orden social del que son parte. También las reticencias de las autoridades para investigar los crímenes como tales, así como los atajos periciales para reclasificarlos bajo la infalible y revictimizante égida del crimen pasional.

El gobernador afirmó que la ideología de género confunde a la niñez. Más allá de lo problemático de tildar de ideología a una preferencia sexual no binaria, la realidad es que las infancias se confunden al pensar que sólo hay dos formas posibles de presentarse como persona en la vida cotidiana (pido perdón a Erwin Goffman por el burdo plagio): niño o niña. Tales ideas les vuelven intolerantes y, en algunos casos, violentos. Y, por otro lado, genera angustia, cuando menos, en las personas que, fuera del orden social hegemónico, piensan que el problema radica en ellas mismas.

No es un asunto legal, porque casi nunca es realmente ese el problema, sino una forma de pensar a la sociedad. No se trata de la niñez, sino de la forma en que el gobernador queretano la concibe. Habrá que decir, finalmente, que la ley en cuestión no estaba pensada para la infancia, lo que asemeja aún más las declaraciones del gobernador con los gritos de la señora Alegría. Gritó “niñez” como recurso retórico, cuando lo que le aterra es que una persona no se identifique como mujer (ni hombre) y entre a Antea vestido con falda.

Identidad de género: Save the children

[1] Disponible en: https://www.newyorker.com/podcast/the-new-yorker-radio-hour/billy-eichners-queer-rom-com

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