Francia 1998

Por César Martínez

Subiendo de 24 a 32 los equipos participantes en su Copa Mundial, la FIFA hizo de Francia 1998 el gran símbolo de contradicción entre negocio y cultura alrededor del fútbol. Por un lado, aumentando sus ganancias al multiplicar los partidos y con ello el número de espectadores pasivos en estadios o ante una pantalla; y, por otro, realizando dicho torneo en el país donde surgió la modernidad bajo el revolucionario lema de “Libertad, Igualdad y Fraternidad”. Para México, concretamente, fue el dilema entre el fútbol como producto chatarra de una globalización impuesta desde arriba; o el fútbol como espacio de modernidad desde abajo: de crítica de lo cotidiano, donde cada cuatro años cuestionamos por qué nuestro país casi nunca destaca en nada bueno a nivel mundial.

Fue el finado intelectual de izquierdas Carlos Monsiváis quien acuñó el concepto modernidad desde abajo, de modo que vale rescatar las críticas que hizo desde una butaca del Estadio Azteca viendo jugar a El Tri: “A un desconocedor del fútbol (y yo presumo de serlo), no le es fácil seguir los vuelcos anímicos de una multitud deseosa de una victoria rápida…”.[1] Para él, el final del siglo pasado abrigaba la esperanza de encauzar por fin a México en el rumbo de la democracia mediante todo tipo de movimientos populares y contestatarios del poder, tales como el estudiantil de la UNAM o el magisterial en Oaxaca. Y, sin embargo, veía preocupado al fútbol como un terrible caso de sociedad de masas, donde las personas extravían su individualidad y se vuelven, de nuevo, espectadores pasivos de la realidad. Las expresiones populares en la grada del Coloso de Santa Úrsula, sostenía, son “reacciones de integración del público mexicano en un espíritu internacional normado por la pasión deportiva, los medios masivos y el comercio.”[2]

Quizá la mejor ilustración de modernidad clásica la proporcionó la selección campeona de Francia ‘98: Les Bleus de Zinedine Zidane, Liliam Thuram, Marcel Desailly, Laurent Blanc, Emmanuel Petit o Thierry Henry representaban con éxito a una sociedad francesa en movimiento, desahogando fuertes problemáticas sociales, políticas, religiosas y hasta raciales por vía de la cultura del deporte y de instituciones garantes de eso que en derecho se conoce como el “libre desarrollo de la personalidad”. Si uno ojea la autobiografía de un famoso entrenador francés de la época, Arsene Wenger, la Francia de los 90s comprendía la virtud de la justicia como un imperativo ético consistente en brindar oportunidades a jóvenes humildes de familias migrantes, como Patrick Vieira o Nicolás Anelka, para premiar el talento, el esfuerzo y la perseverancia. Aquella escuadra francesa ciertamente puede verse como ejemplo de modernidad clásica: la simple pero poderosa idea de la Revolución de 1789, según la cual toda institución tiene por base y meta el ejercicio cotidiano de los derechos de las personas.

Ahora bien, un Mundial es en realidad un fenómeno de masas, no por lo sugerido en el párrafo anterior, sino porque explota el nacionalismo o patriotismo que cada país siente con su peculiar idiosincrasia o sistema de valores. De ahí que el Mundial del ‘98 significó cosas diametralmente opuestas tanto para el equipo que se hizo con el título, como para la selección mexicana dirigida por Manolo Lapuente y liderada sobre el césped por Claudio Suárez, Cuauhtémoc Blanco, Luis Hernández y Jorge Campos, alias “El Inmortal”.  Si la selección anfitriona exhibía su diversidad en 11 jugadores movidos por una voluntad general y causa común, El Tri, por su parte, impresionó a los aficionados del resto del mundo exhibiendo en la camiseta verde la majestuosa reproducción del Calendario Azteca o Piedra del Sol, exitoso diseño que para 2026 motivaría a la transnacional Adidas a pagar casi 50 mil pesos al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) a cambio de reproducir de nuevo con fines de lucro el símbolo azteca junto a un modificado Nahui Ollin.[3] Si en 1998, Francia entendía lo nacional como tiempo presente para un país en la dura marcha de la renovación, en México lo nacional era (y es) pasado monolítico: una psicología sólidamente atávica, diría Monsiváis, donde lo tradicional mexicano se ostenta sin arriesgarse nunca a darle plenitud ni actualizar su contenido.

“El nacionalismo es resultado orgánico del aislamiento cultural y el autoritarismo omnipresente en México”, pensaba un Monsiváis abrumado por el éxtasis triunfalista que una victoria de El Tri sobre un rival débil suele encender en su afición. Aclarando que no se trata de ser aguafiestas, este pensador advertía que el triunfalismo fabricado desde arriba con televisión, medios y tecnología, no modifica la condición pasiva o estática del público. “La mayor ganancia [del triunfalismo], la metamorfosis: espectador sumiso, convertido en triunfador.” Ese vuelco anímico de multitudes pasando instantáneamente de la duda al júbilo, y después a la frustración para terminar en la apatía, con México en Francia ‘98 devendría en narrativa repetida aún varios mundiales después: triunfo ante Corea, empates épicos con Bélgica y Holanda acabando eliminados por Alemania, (pues a Raúl Rodrigo Lara del América se le enredó el balón delante de Oliver Bierhoff en el momento más inoportuno). Futbolísticamente hablando, es el réquiem por el famoso quinto partido.

Francia ‘98 visto como paradoja entre modernidad desde arriba y modernidad desde abajo recuerda asimismo al pensador francés Alexis de Tocqueville, quien profetizaba la aparición de dos clases de nacionalismos, distintos y contrapuestos. Un nacionalismo bruto, definido como pasión irracional que excita fuertes descargas de energía fugaz, que salva al país en tiempo de crisis, pero que permite su decadencia en la normalidad; y su contrario: un nacionalismo racional, fruto maduro de una ciudadanía cuya voz es consultada logrando que el esfuerzo individual de cada persona cuente en el desempeño del todo. Por eso, la parafernalia económica y política alrededor de El Tri horrorizaba a Monsiváis, pues veía ese nacionalismo bruto que elimina toda posibilidad de vida democrática a cambio de un vaivén emocional disfrazado con propaganda y publicidad.En conclusión, Francia ‘98 fue un parteaguas para la cultura en México, pues marcó las formas tan contradictorias en que sentimos y pensamos el tiempo destinado a seguir a un equipo de fútbol que dice representar a toda la nación. Si ese mundial, ampliado entonces a 32 equipos, demostró el afán de lucro de la FIFA bajo el discurso de democratizar al balompié, poco después se inauguró para El Tri la era de los amistosos en Estados Unidos o “mole tour”[4] (donde los paisanos pagan en dólares) y de la concesión que una televisora privada le hizo a otra televisora privada para ser la supuesta “opción crítica” en transmisiones y cobertura del equipo tricolor desde un palco del Azteca. En efecto, mientras la imagen de Zidane y de Deschamps levantando la Copa Mundial vaticinó para Francia una modernidad desde abajo, donde el migrante humilde, el musulmán y el afrodescendiente se dan a la tarea de conquistar la libertad, la igualdad y la fraternidad, para México fue ese terrible símbolo de contraste visto por Monsiváis: el desafío de transformar un producto chatarra fabricado desde arriba, en un espacio de crítica popular en el marco de la disidencia y de la configuración de la alternativa.


[1] Carlos Monsiváis, Entrada Libre: Crónicas de una Sociedad que se organiza, Era, Ciudad de México, 2013  pp. 202-236.

[2] Idem.

[3] Sebastián Faed, “La historia detrás del jersey de México: el papeleo y pago que hizo adidas para usar el Calendario Azteca”, Mediotiempo, 4 de diciembre de 2025, en https://www.mediotiempo.com/futbol/seleccion-mayor/historia-jersey-mexico-papeleo-pago-adidas-calendario-azteca

[4] Ignacio Bocchio, “¿Qué es el Moletour y por qué se conocen así los amistosos de la Selección mexicana?”, BolaVIP, 21 de abril de 2022, en https://bolavip.com/mx/seleccionmexicana/Que-es-el-Moletour-y-por-que-se-conocen-asi-los-amistosos-de-la-Seleccion-mexicana-hasta-cuando-se-va-a-desarrollar-este-formato-F22-20220421-0032.html (consultado el 12 de abril de 2026).

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