“Cuando tengas ganas de criticar a alguien, recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas ventajas que tú”, nos dice la primera página de El Gran Gatsby. Ciertamente, el drama de una sociedad esclavizada por la desigualdad que narra Francis Scott Fitzgerald parte del mismo anhelo por una sociedad libre y equitativa, proyectada en el caso mexicano por el cura Morelos y Pavón cuando convocó el Congreso de Chilpancingo: “que se modere la indigencia y la opulencia; que se eduque al hijo del labrador y al del barretero como a los del más rico hacendado.”
Y, sin embargo, huelga aceptar que a ojos de un vasto sector del México de clase media, la desigualdad y la pobreza no son en absoluto cuestiones de debate político y social al estilo de Morelos o Fitzgerald, sino más bien fatalidades de la culpa personal, de los vicios de los pobres y, quizá también, de un destino inescapable entre la cuna y la tumba. Así se evidenció a través de la oleada de manifestaciones opositoras tras el primer año del sexenio de la presidenta Claudia Sheinbaum, cuyo punto común es rechazar los programas sociales que el antecesor de la mandataria convirtió en derechos promulgados en la Constitución.
Desde los bloqueos carreteros en el Bajío y Chihuahua por líderes de asociaciones campesinas blandiendo pancartas exigiendo, Claudia, quítale las becas a los NiNis y páganos a 7200 la tonelada de maíz, hasta la tardía sinceridad de un dirigente partidista reconociendo haber errado en la elección de 2024 por no aceptar públicamente su aversión a las pensiones, apoyos y ayudas “de la 4T”, lo cierto es que en el sentir de esta parte de nuestra sociedad no hay ánimo de procurar un país menos desigual. Finalmente, en la “Generación Z” del 15 de noviembre de 2025 el lenguaje usado fue inequívoco: “a los pobres les regalan el dinero a lo p*ndejo.”
“Hay un problema de una coalición que reduce al Estado a un cajero automático”, declaró en un programa de una hora de opinar un intelectual, elaborando un discurso tecnocrático a partir de eso que en redes sociales es visceralidad y pasión exacerbada. El Estado visto como cajero automático, según esta elaboración, exhibe una relación clientelar hacia la gente pobre haciendo fila en el Banco del Bienestar cada bimestre. En la metáfora del cajero, el dinero en efectivo vendría a compensar, ante las mayorías empobrecidas, la incapacidad (o nula voluntad, según la clase media) del Estado para solucionar por vía de la mano dura y la fuerza bruta nuestros añejos problemas de violencia e inseguridad.
Ahora bien, la metáfora del cajero, definida como crítica desde una presunta neutralidad de clase media hacia el clientelismo entre Estado y clases populares es contradictoria en dos aspectos. Uno, ignora que la clase media en México históricamente también ha sostenido su propia relación clientelar o rentista con el Estado; y segundo, supone posible solucionar la inseguridad conservando el carácter autoritario de las relaciones de las personas de clase media entre sí y hacia la mayoría humilde de la población. En otras palabras, la metáfora del “cajero de la 4T” esconde la solución incómoda denunciada por Fitzgerald al exhortar a sus lectores a recordar que hay quienes tenemos más “ventajas” desde la primera página del relato social. De modo que racionalizar el prejuicio clasista mediante las imágenes del cajero sacando billetes impide reconocer que estas marcadas diferencias sociales estorban el ejercicio de la libertad civil y de la igualdad jurídica entre ricos y pobres. Disminuir la desigualdad, pues, empareja el piso sobre el que se eleva aquello que Aristóteles llamaba “gobierno de leyes” o Estado de Derecho. La paz, fruto de la justicia.

Buenas ideas para enderezar entuertos surgen hojeando el clásico ensayo Mitos y Fantasías de la Clase Media en México, del sociólogo Gabriel Careaga. Se trata de una lectura imprescindible considerando los dos puntos anteriores: Careaga aborda la relación clientelar de la clase media con el Estado, por un lado; y por el otro, el uso de relaciones personales como falsificación del bien jurídico expresado como relaciones sociales armonizadas por razón y derecho. Primeramente, él esgrime partiendo de la sociología marxista: “Se llaman clases a vastos grupos diferenciados por su posición en un sistema histórico de producción social (cuyos puestos frecuentemente se fijan y consagran en la ley) y por tantopor la cantidad de riqueza pública de que disponen: pertenecer a una clase determina cuán factible es apropiarse del trabajo ajeno.”[1]
Ahora bien, yendo de la sociología a la historia política y cultural de México, lo mejor del estudio de Careaga aparece en el segundo punto: si desde el materialismo dialéctico se concibe al “derecho burgués” como expresión de lucha de clases en relación al Estado, quien fuera profesor de la UNAM sugiere que en nuestro país la monstruosa desigualdad no ha sido obra sancionada por derecho, sino obra de la vulneración y corrupción del derecho a través de las generaciones. Esto es, la desigualdad obedece a situaciones extralegales, obra de la cultura, la ideología y hasta la despersonalización de quienes integran distintas clases. Citando a Enrique Semo y Luis Villoro, Careaga sitúa el cisma histórico en la clase media mexicana alrededor de la vida y muerte de la Constitución liberal de 1857:
En 1850, los criollos o la clase media tenían ya una visión profundamente contradictoria del mundo social en que vivían. Esto los obligaba a ser cínicos y antipatriotas, y por sus ansias de poder y riqueza se reunían alrededor de Santa Anna. Y estaba la clase media ilustrada, que empieza a soñar con una sociedad más rica, más libre, en función del modelo industrial de los países europeos o en relación a la organización política norteamericana. Eran Francisco Zarco, Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez, José María Luis Mora, quienes se oponían a la corrupción, al poder dictatorial, a la anarquía y a la explotación en el país…
Posteriormente, Careaga menciona El Discurso sobre la empleomanía de Mora para documentar el clientelismo por parte de profesionistas, comerciantes y burócratas en busca de rentas, prebendas, privilegios o tratos de excepción: “Eterno y constante adulador de aquel de quien espera su colocación; jamás tiene opinión propia, pues acostumbrado a mentirse a sí mismo y a los demás, y a tener en perpetua contradicción sus ideas con sus palabras, calcula y cambia de opiniones y de conducta con la misma facilidad que el camaleón cambia de colores». Líneas adelante, Mora usa el término aspiración para contar vicios de los miembros del sector medio en sus relaciones mutuas: “Enemigo por necesidad de todos los que le hacen sombra, está siempre poseído del odio y de la aversión, no omitiendo diligencias para desacreditar a sus contrincantes, alterando por mil caminos la buena armonía que debe reinar entre los ciudadanos y perturbando el reposo y el orden de las familias.”
Esta crítica al rentismo, al oportunismo y al influyentismo como corruptores de la ciudadanía acaban situando a Mora en el mismo pensamiento liberal que el cura Morelos: ambos siguen la línea aristotélica según la cual las relaciones personales son vulnerables al dinero, a la molicie y al temor, por lo que resulta más justo el gobierno de leyes propuesto en la Ética Nicomaquea: “el bien de la justicia solo existe entre personas cuyas relaciones entre sí se gobiernan por orden de derecho.” Nuevamente, es el exhorto de Morelos en Chilpancingo pidiendo que haya tribunales que escuchen, amparen y defiendan al débil contra los abusos del fuerte y del arbitrario.
Ya para concluir, la igualdad como el moderar la opulencia y la indigencia forma el carácter de un pueblo de personas libres, según asentó también quien fuera inspiración de Morelos: Jean-Jacques Rousseau. “Si queréis dar consistencia al Estado, acercad los extremos lo más posible; no toleréis ni individuos opulentos ni pordioseros”, escribía el ginebrino; “que nadie sea tan opulento como para comprar a otros, ni nadie tan pobre como para verse forzado a venderse.” Así pues, la esclavitud, para Rousseau, para Mora y para Morelos, parte de la voluntad personal de enajenar o vender la libertad a cambio de la subsistencia: es un acto moral aberrante de funestas consecuencias políticas, pues es la renuncia al ejercicio del derecho y engendra clases sociales como grupos de interés particular, a expensas de la voluntad general o bien común.
Sí, la metáfora del “cajero de la 4T” nos dice más sobre la contradictoria relación entre el México de clase media y el Estado, que entre el Estado y la gente humilde. Aquel favor que tradicionalmente se logra adulando a la persona correcta o a Don Fulano, tras 2018 coexiste con derechos universales fijados por norma y Constitución: el aparato impersonal que no discrimina ricos o pobres. Paradójicamente, y a pesar de la visceralidad brotando en marchas y redes sociales, no es infrecuente ver también a gente de clase media cobrando de incógnito en el cajero del Banco de Bienestar.

[1] Gabriel Careaga, Mitos y Fantasías de la Clase Media en México, Joaquín Mortiz, México, 1975. p. 18.







