La cabeza y el acero

Por Arturo Gómez

Hace poco hojeé una biografía de Mishima. Aunque ya conocía el final, me sigue impactando el desenlace. La manera como se sucede la secuencia de hechos me recuerda al modo como la mantis lleva a cabo la cópula. Creo que hay hechos que apoyan mi sospecha: la mantis macho suele perder la cabeza durante el apareamiento. El arte de la cópula en la mantis puede durar desde varios minutos hasta horas y en ese transcurso la hembra, más grande y poderosa, suele decapitar al macho. El cuerpo acéfalo vive por algunos minutos más y sigue copulando. Una vez terminado el apareamiento la hembra devora el cadáver y las entrañas, él, habiendo cumplido su propósito, se convierte en la primera fuente de alimento para ella, que ayudará a nutrir la ooteca, la espuma endurecida donde descansarán los cientos de huevecillos.

Una pausa: la mantis es un animal de una eficacia brutal en el acto de apareamiento. Hay razones para pensar que este acto de creación, el apareamiento, tiene paralelismos con la escritura, y, sobre todo, con la escritura de una obra: el sacrificio del macho adquiere su valor por la capacidad que tiene de fundirse con su obra creativa, es decir, la fecundación de los huevecillos. El cuerpo se ve limitado por el acto creativo, en el sentido de que le supone un límite vital, y la creación se ve limitada en la medida que requiere del cuerpo para la nutrición, sin la nutrición la ooteca es estéril.

Mantis. Wellcome Collection.

No es que se trate de una oposición fertilidad-esterilidad, vida-muerte, sino de la manifestación prolongada de un mismo sujeto, de una misma voluntad, la mantis-autora. Sin duda todo este proceso necesita de un mediador o mediadora que sea capaz de cumplir la prolongación de esa voluntad: la hembra oficia la decapitación como un ofrecimiento voluntarioso, más bien sacrificial del macho para nutrir la obra conjunta. No es un asesinato, es un sacrificio, una transmigración del cuerpo. La mantis hembra es la sacerdotisa que oficia el rito. Sin ella no hay propósito, no hay sentido. Es ella quien posibilita la trascendencia, la prolongación o la permanencia de un propósito antiguo e ignoto. Desde la primera mantis mítica hasta la última mantis mítica, el orden de sucesión de este rito oscila entre los dos polos de creación y destrucción. En el medio se encuentra la pareja en cópula. Se me dirá que no se aparea una sola mantis, sino varias, y que no sólo de una especie, sino de todas las conocidas hasta ahora. Quiero recalcar que no hablo de una mantis en particular, una mantis histórica, historiada por la biología o la entomología, sino que me refiero a una mantis digámoslo así: topológica, que en cierto modo representa a todas, por eso la llamo mítica.

Lo inicia una mantis primogénita, entendida como una mantis absoluta en su creación, y lo termina una mantis decapitada última, que no ha logrado fecundar la última ooteca, planteando un límite absoluto en su destrucción, es decir la destrucción absoluta. Son necesarias estas dos mantis míticas e inmanentes, presentes en toda la sucesión de las generaciones de mantis pasadas y por venir, para que el propósito de la decapitación, del rito sacrificial de la decapitación, adquiera sentido.

Otra pausa: la naturaleza ha dotado a la mantis de una variedad de vestidos bellamente teñidos y decorados, desde la hierba verdemente viva hasta la seca hojarasca del suelo del bosque. La mimesis con su entorno es perfecta, la hermosa mantis de la orquídea lo demuestra, es quizá el ejemplar más delicadamente adornado. Causa extrañeza la simultaneidad del acto creativo de la cópula con el acto destructivo de la decapitación. Hay una asimilación de la muerte en vida y de la vida en muerte condensada en ese acto. Quizá por ello los egipcios embalsamaron cuerpos de mantis y los depositaron en pequeños sarcófagos como símbolo de este círculo de vida–muerte–vida.

El acto de escritura, específicamente el de Mishima, su autosacrificio y el apareamiento de la mantis, comparten un paralelismo estrecho en la medida en que la obra de Mishima se despliega entre el momento en que garabatea los primeros kanjis de Confesiones de una máscara y el punto en que su cabeza es cercenada por el acero de una katana. Esta línea, tensada entre estos dos polos, se pliega hasta que se curvan lo suficiente para cerrarse en un círculo. En ese círculo se mueve su creación y la katana es en realidad el principio que mueve toda la rueda. La cabeza está en suspenso, en un equilibrio muy precario y sólo se sostiene por un acto ético, una propuesta ética y como toda ética, una política y como toda política, una metafísica, y como toda metafísica, un principio iniciático. En este caso la cabeza cercenada es la simiente que fecunda la ooteca Mishimiana, su inicio y prolongación.

Dibujo de una Mantis. The British Museum.

Un argumento a favor es la novela póstuma que Mishima dejó sobre su escritorio con instrucciones precisas para su manejo y publicación: La corrupción de un ángel. Ésta cierra su tetralogía de El mar de la fertilidad, como el mar espumoso donde descansa la hueva de la mantis. Toda la tetralogía es una meditación sobre la muerte, la identidad, la reencarnación y la decadencia espiritual, por lo que se interpreta a menudo como su testamento literario y filosófico. Por eso podríamos decir que, en realidad, no es una tetralogía sino una pentagonía a la cual el seppuku pone su punto final. Más precisamente: la cabeza cercenada pone este punto último y primogénito.

Aquí se tocan la creación y la destrucción. Acá la cabeza no es símbolo de fecundación y permanencia, sino figura de una obsesión destructiva. En El pabellón de oro, Mishima imagina un joven consumido por la belleza, poseído por ella hasta tener que destruirla para soportar su existencia. La mantis también destruye aquello que la hace posible: devora al macho que le permitió crear. No hay descendencia sin ese acto de aniquilación. No hay trascendencia sin combustión. Mizoguchi no puede soportar la perfección del templo: su belleza lo aplasta, lo vuelve miserable. Sólo quemándolo logra afirmarse ante la abyección que le supone la imponente belleza del pabellón. El fuego le permite fundirse con esa imagen —como se funden los aceros blandos y duros en la fragua—; destruirla —como elimina el herrero la escoria del preciado objeto—; y al mismo tiempo volverla eterna —como cuando por fin se arranca de la violencia del fuego su forma definitiva de katana—. He caído quizá en platonismos, pero creo que es casi como si la única manera de habitar la belleza fuera con una violencia abyecta.

La mantis y el monje se encuentran, ambos ejercen un sacrificio para posibilitar algo más alto. En uno, el cuerpo cae para nutrir una ooteca; en el otro, el templo cae para que algo en el espíritu pueda al fin respirar. Mishima lo intuyó: la creación auténtica exige un corte, un exceso, una forma de entrega que no se puede sostener eternamente sino sólo por medio de la destrucción. Implica la desmesura, el desborde, la idea de que escribir no es acumular sentido, sino preparar el instante de su quema: el cuerpo del autor y del texto debe volverse ceniza para que algo más arda.

Si no es así, ¿entonces por qué Mishima era un cultista del cuerpo tan formidable y dedicado? Vivió con la convicción de que el cuerpo debía fundirse en la obra. Vivió con una convicción de katana: ¿cuál era el acero blando y cuál el duro que construyeron su carisma? La fragua era la escritura. Ese primer gesto (escribir su confesión, en Confesiones de una máscara, como quien entrega el cuerpo) es ya un ofrecimiento sacrificial. Mishima se convierte en la mantis macho: tenso, frágil, esperando el filo que habrá de venir. Escribe desde una conciencia aguda de que ese gesto lo compromete por completo. El cuerpo se empieza a doblar sobre sí mismo, como la línea que se curva hacia el círculo. Se reabsorbe en su obra como la mantis que al ser devorada se disuelve en los cuerpos futuros. La confesión es la semilla que anuncia la necesidad del sacrificio. El yo revelado es también el yo condenado. Y en ese gesto se encuentra la dimensión verdaderamente mítica del acto escritural y del acto seminal: encarnar un destino.

Figura de una mantis rezando. The British Museum

No es gratuito que Mishima haya sido un fervoroso lector de Nietzsche. Abrazar el destino propio es sin duda alguna la práctica ética a la que obliga la doctrina del eterno retorno. Amor fatí le llamaban Marco Aurelio y los latinos antiguos, que no es otra cosa que aceptar de buena manera lo que de otro modo es obligado. Mishima lo asume de maravilla, supera con creces los suicidios ejemplares. Ostenta el título de la evisceración más larga y profunda registrada.

Encogió los hombros y vació por completo el aire de sus pulmones. Luego inhaló hondo y, con la fuerza del último grito, se clavó la espada en el abdomen. Las manos comenzaron a temblarle. El rostro palideció. Las contracciones de su espalda empujaban el acero hacia afuera, como si el cuerpo quisiera vomitar el hierro que lo penetraba. Mishima empezó a cortar horizontalmente, guiando la hoja de izquierda a derecha. Todo su cuerpo se estremecía. Sin sacar la espada, trazó un segundo corte, ahora hacia arriba, y luego descendió con todo el peso de su cuerpo. El fundoshi, única prenda que portaba parecida a un taparrabos, se empapó de sangre y sobre el tatami empezó a formarse un charco espeso que tiñó la esterilla. Con el último esfuerzo de su mano, Mishima empujó el acero aún más abajo, luego agachó la cabeza y expuso el cuello, ofreciendo con ese gesto la línea final. Quiso que los veinte centímetros de hoja completaran el trayecto. “No me dejes mucho tiempo en agonía”, le había dicho a Morita, líder estudiantil de la Tate no Kai.

Pausa: la Tate no Kai era la “Sociedad del Escudo”, grupo paramilitar que formó Mishima con alumnos de varias universidades prestigiosas del Japón de los setenta. Morita era un alumno brillante y su líder.

Morita alzó la katana y descargó el primer tajo. Falló. En lugar de cortar el cuello, hirió profundamente la espalda de Mishima. “¡Nuevamente!”, gritó uno de los estudiantes que presenciaban el rito. Mishima se balanceaba en silencio incapaz de articular sonido por la sangre rebosante en su garganta. Morita levantó de nuevo la espada, pero volvió a fallar: había golpeado un costado, provocando una herida profunda. En el tercer intento alcanzó el cuello, pero la fuerza fue insuficiente. Apenas logró un corte profundo. El cuerpo de Mishima, esculpido como ofrenda, se deshacía en tajos torpes. Aquí cabe decir que Morita a todas luces era un hombre de ideas y no de armas, pero Furu-Koga, otro miembro del Tate no Kai, sí estaba hecho para la faena. Furu-Koga era espadachín experto en kendō. Alzó la katana y con un único movimiento decapitó a Mishima. Después se supo que Morita intentó completar el mismo rito, pero no tuvo el valor ni la fuerza para abrirse el vientre. Pidió, en su lugar, el filo de Furu-Koga sobre su cuello.

El sacrificio tuvo el carácter del shinjū, el doble suicidio escrito con los kanjis del corazón abierto (心) (开) de los amantes: morir por amor a un ideal en compañía del ser amado. No fue un gesto reaccionario: Mishima no quería volver al pasado, sino darle al presente la forma de la eternidad. Su vida terminó el día en que concluyó su obra. Los que miran en él los restos del fascismo se equivocan. Lo único radical es su muerte, que equivale a decir su vida, su obra.

Como en los ritos de amor y muerte del shinjū, el dolor se vuelve indistinguible del placer. Lo mismo que la vida de la escritura. Entre los pétalos de la orquídea, entre la hojarasca seca del bosque, la mantis hembra, como el acero, oficia su rito en el vaivén del viento. Decapita al macho no por crueldad, sino por obligación. No había razón objetiva para que Morita muriera junto a Mishima. Tampoco para que él —sin experiencia en la katana— fuera quien ejecutara la decapitación. Pero la tradición del seppuku dicta: aquel que porta el tajo final debe ser el más cercano, un amante dispuesto a complementar el rito. La mantis también escoge a su consorte. Lo decapita no por odio, sino por destino. El rito, animal o humano, retorna siempre a sí mismo. Mishima se hinca de nuevo y extiende el cuello para recibir la hoja en una repetición circular. En los ritos de amor y muerte lo que se oficia se hace más allá del placer y el dolor. Se devana el sable. La cabeza rueda sobre la estera nuevamente. Afuera una mantis se balancea en la hoja. El sol siempre saldrá por el oriente y mañana volverá a ser el 25 de noviembre de 1970. PUNTO.


Nota del editor: Texto elaborado a propósito del aniversario luctuoso de Mishima.

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