Arqueólogos del INAH documentan nueva variante de enterramiento para la cultura lajollana, en Baja California. INAH

¿Quién custodia a los ancestros?

Por Isabel Garibay Toussaint

Hace algunas semanas se anunció el “salvamento arqueológico que permitió la recuperación de 20 contextos mortuorios” (1) en Ensenada, Baja California; los cuales dan nueva información sobre las personas que habitaron la península en un período que va de 8,000 a 1,300 años atrás. Lo anunciado no sólo es uno de los hallazgos arqueológicos más importantes en Baja California y en el país, sino que da nuevas pistas sobre el poblamiento del continente. Este “hallazgo” se anunció a finales del mes de marzo de este año, sin embargo, no a toda la población le pareció algo que celebrar.

Algunos y algunas integrantes de las comunidades nativas de Baja California manifestaron su inconformidad, apelando a que estos restos no deben considerarse “objetos de estudio” ni deben ser llevados a laboratorios para hacer “experimentos” con ellos, mucho menos exhibirlos en museos. Es sabido que el territorio que solían habitar los grupos yumanos antes del contacto con los españoles ocupaba el norte de lo que hoy conocemos como Baja California, y el sur de California (Estados Unidos) hasta llegar al desierto de Colorado. Específicamente, los kumiai ya a finales del s. XVIII habitaban desde “Escondido (California) hasta Santo Tomás (Baja California)” (2), por lo que el lugar donde se llevó a cabo el salvamento arqueológico queda dentro de este gran territorio, del que poco a poco se ha ido desplazando no sólo a los kumiai sino a los pueblos cucapá, pa’ipai, kiliwa, ku’alh y cochimí; orillándolos a la sedentarización y dejándolos con menos del 5% del territorio en el que solían moverse (3).

El INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia) apunta que dos de estos contextos mortuorios, al presentar evidencias de cremaciones, indican la posibilidad de “confirmar su liga con la tradición funeraria de la cultura yumana, introducida hace 1,300 años antes del presente en esta región de Baja California” (4). Mientras en las instituciones se celebra este importante hallazgo, una vez más la arqueología se vuelve algo que “devora a los ancestros” (5), ya que “se exhuman o se extraen restos humanos en nombre de la ciencia” (6), son llevados a laboratorios para su estudio, para luego ser trasladados y depositados en museos o bodegas, priorizando (de manera violenta) el derecho de la ciencia sobre el de las personas o culturas a quienes pertenecen estos restos.

Por el tiempo que llevo trabajando y conviviendo con personas pertenecientes a las comunidades nativas de Baja California, y por las pláticas que hemos sostenido, me atrevo a afirmar que la relación que tienen con los ancestros representa una parte fundamental de su cultura y modos de vida: se trata de un ámbito muy privado y que cuidan con bastante recelo. Así, constantemente mantienen “conversaciones” con sus ancestros y, cuando caminamos en lugares que alguna vez les pertenecieron (como la Sierra Juárez y otras zonas de la Península), suelen emocionarse al mínimo indicio de presencia de sus antepasados (como tepalcates, puntas de flecha o morteros).

No es algo nuevo argumentar que los ancestros están presentes de dos maneras: a) de una manera no física, es decir, cuando se les recuerda o se realizan ceremonias específicas; y b) como restos físicos, enterrados en el suelo (7). Esta última forma juega un papel fundamental en la garantía de permanencia y reproducción de la cultura y en los derechos de los pueblos sobre el territorio en el que viven (8). La exhumación de estos 20 restos mortuorios despoja una vez más a las personas de su territorio y de la capacidad de decidir sobre su pasado, su presente, su futuro, su cultura y hasta sobre sus muertos.

Asumimos que la arqueología extrae estos restos en pro de la ciencia, pero aún no sabemos lo que se hará con ellos una vez finalicen las pruebas y estudios que llevarán a nuevas teorías, hipótesis y afirmaciones sobre el poblamiento de la península o el pasado de los yumanos. Esta no es la primera ni única vez que se ha hecho algo similar: sitios como Vallecitos en Tecate (donde se continúan realizando ceremonias) han presenciado un arduo reclamo por parte de las poblaciones nativas ya que hoy es un sitio cercado y controlado por personas ajenas a las comunidades. Además de este caso, existe un sinfín de panteones y sitios importantes que hoy en día se encuentran privatizados y a los que las personas ya no pueden acceder. Esto es algo que sucede en todo el país, no sólo en Baja California.

Lo que está sucediendo con el presente hallazgo en Costa-Azul es, una vez más, tomar los muertos ancestrales que fueron colocados ahí por personas, con una intención, en un paisaje cultural, para ser trasladados, en el mejor de los casos, a un laboratorio y más frecuentemente a una bodega. Todo esto, sin preguntar o involucrar a quienes hoy en día son los descendientes directos de las personas que fueron exhumadas. 

Cuando la noticia salió a la luz, se informó que esta excavación había comenzado en 2021; es decir, se lleva trabajando aproximadamente dos años bajo un acuerdo realizado entre dos instituciones de poder, una del ámbito gubernamental y otra del ámbito empresarial-privado. En este acuerdo no se tomó en cuenta a las poblaciones nativas para consultarles sobre la pertinencia de realizar el trabajo arqueológico y la naturaleza extractiva del mismo, o por lo menos informarles sobre este y explicarles la relevancia de hacerlo. No se les tomó en cuenta para nada.

Resulta sorprendente que, dentro de los cientos de protocolos y requisitos que son necesarios para realizar una excavación, no sea uno el involucramiento de las poblaciones nativas sobre la toma de decisiones o sobre la información que se genera o se espera generar sobre los restos de sus antepasados. Sorprende sobre todo bajo la mirada de una administración que aspira a construir una buena relación con los pueblos indígenas, y que promueve una ciencia “para el pueblo”. No es de asombrarse que la mentalidad y estructuras jerárquicas coloniales sigan operando día con día sobre las personas que menos tienen; perpetuando así que tengan menos acceso a educación, menos poder y menos control territorial… pero no menos entendimiento de las constantes violencias e injusticias que son realizadas contra ellos.

Agradecimientos a: Dr. Nemer E. Narchi y Dra. Laura Romero

Arqueólogos del INAH documentan nueva variante de enterramiento para la cultura lajollana, en Baja California. INAH

  1. INAH, “Arqueólogos del INAH documentan nueva variante de enterramiento para la cultura lajollana, en Baja California”, 30 de marzo, 2023. Disponible en https://inah.gob.mx/boletines/arqueologos-del-inah-documentan-nueva-variante-de-enterramiento-para-la-cultura-lajollana-en-baja-california
  2.  Isabel Garibay Toussaint, Pérdida del paisaje kumiai, una mirada etnoecológica a la recolección y explotación de salvia blanca (Salvia apiana Jeps. 1908) en San José de la Zorra, Baja California. Tesis de Maestría. La Piedad, El Colegio de Michoacán, 2023, p. 22.
  3.  Ibid.
  4.  INAH, op. cit.
  5.  “Arqueología que devora a los ancestros” es un término formulado por Alejandro Haber y Nick Shepherd.
  6.  N. Shepherd, C. Gnecco, & A. Haber, Arqueología y decolonialidad, Buenos Aires, Ediciones del Signo, 2016.
  7.  Ibid.
  8.  Idem.
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