Hacia una historia de la ciencia en Sinaloa: notas sobre un estudio de Eustaquio Buelna

Por Ricardo Arredondo Yucupicio

Eustaquio Buelna, Constitución de la atmósfera, edición facsimilar, estudio introductorio preliminar de Leonel Rodríguez Benítez, Culiacán, Instituto Sinaloense de Cultura, 2025, 284 pp

Si bien considero un acierto que el estudio de Leonel Rodríguez Benítez acompañe a la edición facsimilar de Constitución de la atmósfera, es difícil no aceptar que es, en sí mismo, un libro. Leonel insiste en la existencia del que podríamos llamar el Buelna clásico en la historiografía sinaloense: gobernador, fundador del Liceo Rosales, ministro de la Suprema Corte, historiador, etcétera. Acá no nos encontramos a ese Buelna clásico, sino al, incluso para aquel momento, Buelna sui géneris: ese que escribió, como una muestra de obstinación, ego y osadía, Constitución de la atmósfera. Leonel lo dice: con esta obra, Buelna “rompió con la línea temática que había marcado en sus obras anteriores”.

Lo que Leonel hace en su estudio es reconstruir las condiciones de posibilidad de Constitución de la atmósfera. Condiciones materiales, intelectuales y hasta políticas que posibilitaron que el ministro mocoritense se aventurara en la escritura de una obra científica (aunque, hay que decirlo, especulativa), y que la pusiera en la palestra pública en uno de los eventos más importantes del siglo: la Exposición Universal de París de 1889.

Al autor le interesa rastrear el origen de la curiosidad de Buelna, así como determinar si contaba con las capacidades intelectuales para llevar a cabo una tarea que trascendía aquellas a las que se había dedicado a lo largo de su carrera. Es decir, cómo fue posible que un abogado, aficionado de la historia y de la lengua, haya podido aventurarse a escribir una obra puramente científica. Y hacerlo, además, mientras mantiene una vida política y profesional activa; muy activa, habría que decir: de 1872 a 1875 gobernador de Sinaloa; senador y magistrado estatal entre 1876 y 1877; en este último año escribió el Compendio histórico, geográfico y estadístico, que podríamos considerar como uno de los inauguradores de la disciplina histórica en Sinaloa; en 1884 publicó los Breves apuntes para la historia de la guerra de intervención en Sinaloa, escribiendo casi al tiempo que era tesorero general del estado de Sinaloa.

Habría que especularlo, y es algo que Leonel no delinea en el libro (tal vez porque no existen indicios): pero una vida tan productiva intelectualmente, a la vez que tan implicada en el ámbito político, pudo haberse visto ayudada por un equipo de personas a su alrededor. Y no me refiero a colegas con los que compartiera sugerencias, libros o notas; me refiero a un equipo de investigadores que lo auxiliaran en su trabajo.

El recuento de la producción bibliográfica de Buelna vuelve a Constitución, pues, en un más que pertinente problema de investigación. No nada más atendiendo al propio contexto biográfico, sino al de la historia del conocimiento científico en México, un área que ha sido del interés de Leonel desde hace muchos años.

Los tópicos que el polímata mocoritense había atendido, pues, habían destacado especialmente por los dedicados a la historia de Sinaloa. Especialmente, como anota Leonel, los del pasado prehispánico. Leyendo el Compendio, por ejemplo, yo pude identificar en el apartado dedicado la Conquista extractos sin referencias a la Crónica Miscelánea de la Santa Provincia de Xalisco de Fray Antonio Tello; la relación de Fray Marcos de Niza; la crónica de Pedro Castañeda de Nájera; y los Triunfos de nuestra Santa Fe entre gentes las más bárbaras y fieras del Nuevo Orbe de Andrés Pérez de Ribas. Todas de los siglos XVI y XVII.

Constitución es, pues, en palabras del propio Leonel, un libro de excepción; ¿podríamos decir excepcional?

Como buen historiador, el autor del estudio introductorio no puede aceptar la aparición ex nihilo de Constitución. Ya atisba estos intereses científicos en la creación del Observatorio del Colegio Rosales. Es importante resaltar que la obtusa separación entre los saberes, especialmente los universitarios, son un fenómeno reciente. La compartimentación del conocimiento, que ha llevado a la hiperespecialización, no era aún tan intensa en tiempos de Buelna como hoy. En el mismo periodo tenías a personajes como Joaquín Casasús, que por la mañana escribía tratados de economía, y por la tarde traducía poetas romanos del latín al español. O a Alfredo Chavero, que combinaba su labor de rescate del pasado prehispánico con su dramaturgia. Ambos, miembros del Estado porfirista y contemporáneos de Buelna. Así, que un abogado escribiera sobre meteorología no resultaría tan extraño como hoy.

El trabajo de Buelna en el Compendio, plantea Leonel, así como su exposición a datos sistematizados en su labor gubernamental, pudo haberlo familiarizado con conceptos físicos que volvieran pensable la composición de la atmósfera.

Para abonar a lo expuesto por Leonel en la obra, habría que hacer ver el contexto intelectual nacional en el que Buelna estaba inserto. Son los años de implantación del positivismo en México, deglutidos con el barredismo, con personajes destacados en la labor de difusión de esta perspectiva filosófica en México como el propio Gabino Barreda, Pedro Contreras Elizalde, los Díaz Covarrubias, entre otros; y que tuvo su impronta en las jóvenes generaciones, y a representantes como los mencionados Casasús y Chavero, pero también Porfirio Parra, Justo Sierra Méndez, Emilio Rabasa, Francisco Bulnes, Pablo Macedo, entre otros. Algunos de ellos cercanos al propio Buelna. Seguramente más de uno frecuentó la Sociedad de Geografía y Estadística, de la que Buelna fue parte.

La valoración del conocimiento positivo como el único útil y el necesario para el progreso y la civilización, colocó al discurso científico como el ideal. ¿Se encontraba Buelna entre ellos? Tal vez habría que releerlo con esa clave y dimensionarlo con propiedad. El extracto que Leonel cita sobre la idea de la ciencia en Buelna, escrito en 1888, nos puede dar pistas sobre el particular. Dice Buelna: “Torno del planeta, [el ser humano] penetrará los misterios de la naturaleza que hoy parecen más recónditos, escudriñará con la ciencia los espacios de la creación, y aun tal vez, nuevo ángel, llegará a escalar los cielos, realizando el sueño profético de Jacob, pues su perfectibilidad le permite aspirar a lo más sublime, y los prodigios, poco ha increíbles, de sus modernos adelantos, responden del atrevimiento asombroso con que ha de conquistar sus adelantos futuros”. Es el espíritu de la época, esa que va, aproximadamente, de 1848 a 1914. Una caracterizada por la fe en la capacidad humana para superarse a sí mismo. Por la fe en el progreso. La “religión del progreso”, decía Stefan Zweig.

Eustaquio Buelna Pérez.

Otro contexto importante en la hechura de Constitución fue su participación en la Exposición Universal de 1889. Tal vez, la exposición más emblemática del siglo XIX. La participación de México se realizó en un contexto que no había tenido antes. El régimen porfirista, ya establecido firmemente, se permitió impulsar la visión del país en la senda del progreso. Esto es innegable, se palpa en el discurso. Lo van a refrendar en la Exposición de 1900.

México buscaba entrar al concierto de las naciones civilizadas, y estar en una Exposición Universal era sentirse parte, aunque la realidad fuera otra. Acá lo curioso es que, además de enviar la obra Constitución de la atmósfera, Leonel nos dice que Buelna también incluyó a Breves Apuntes para la historia de la Guerra de Intervención en Sinaloa. Es decir, envió a la exposición de París un libro sobre la guerra de México contra Francia. Osadía.

Hay que recalcar que las Exposiciones Universales no solo eran un escaparate para los avances tecnológicos de las naciones. Eran verdaderos congresos internacionales donde los especialistas en ciertas áreas del conocimiento podían discutir con colegas de todas partes del mundo. Quien dejó buena nota de eso fue Ireneo Paz en sus memorias. Debió haber sido una oportunidad irrepetible para Buelna. Leonel especula sobre cuáles congresos pudo haber visitado.

Los aportes de Leonel con esta obra trascienden la mera contextualización de Constitución de la atmósfera. Abre al mismo tiempo varios frentes, a saber: a) una historia poco atendida del personaje Eustaquio Buelna, aunque resalta que quienes han estudiado al personaje ya habían mencionado esta obra (ninguno, empero, desde que fue anunciada por Francisco Javier Gaxiola en la Revista de México, la había tenido como objeto de estudio); b) la participación de Sinaloa en las Exposiciones Universales, un tema todavía por atenderse. Es necesario un proyecto que analice en qué medida Sinaloa se involucró en estos magnos eventos, especialmente durante el porfiriato; c) una historia de la producción del conocimiento científico desde Sinaloa; esta está aún en pañales (y necesita de una perspectiva de larga duración); d) una historia del libro, también cuenta pendiente en Sinaloa (si bien esta obra no se escribió ni imprimió en Sinaloa, puede ser un aliciente para comenzar a delinear el proyecto sobre una historia del libro, desde la óptica tanto económica, como de la intelectual); e) y ligado a lo anterior, naturalmente, una historia de la lectura. Aquí Leonel realiza un análisis de la recepción de esta extrañeza buelniana. Habla, por ejemplo, de su poca utilidad para el sistema educativo, pero de cómo circuló por academias y sociedades científicas nacionales y extranjeras. Podemos empezar por ahí. La historia de la lectura puede realizarse ya mismo, pero aun hace falta que se ponga en blanco y negro una forma programática de realizarse en Sinaloa.

Como se menciona en el estudio, Constitucuión de la atmósfera parece no haber captado el interés que Buelna esperaba. Ese análisis de la recepción, creo yo, es uno de los hallazgos más interesantes. Habría que impulsar, pues, una historia de los lectores en Sinaloa, que no puede hacerse sin una historia del libro. Eso rescato de este erudito trabajo. Como me gusta insistir, las mejores obras historiográficas son aquellas que, más que darnos respuestas, nos posibilitan platearnos nuevas preguntas. Esta lo hace.

Exposición Universal de París 1889.

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