Las izquierdas y Cuba

Por Jorge Luis Ordelin Font

Hace unos días, mientras el político británico Jeremy Corbyn hacía un llamado en el Parlamento europeo para no quedarse de brazo cruzados ante el colapso de la “Revolución cubana” y “la democracia en Cuba”[1]; el Tribunal Municipal Popular de Habana del Este, Cuba, condenaba a la joven influencer de 21 años Anna Bensi y a su madre, por el delito de “actos contra la intimidad personal y familiar” (la joven grabó a un oficial de la Policía Nacional Revolucionaria vestido de civil que le notificó una citación de la Seguridad del Estado cubana para comparecer ante este órgano represor). Al día siguiente, la Fiscalía Provincial de Holguín solicitaba a  la Sala Primera de lo Penal del Tribunal de esa provincia la imposición de penas entre ocho y diez años de prisión a los influencers cubanos Ernesto Ricardo Medina y Kamil Zayas Pérez, integrantes del proyecto “El4tico”, por los delitos de propaganda contra el orden constitucional, difamación de las instituciones y organizaciones y de los héroes y mártires, e instigación a delinquir.

El elemento común en los dos últimos casos es utilizar las redes sociales por parte de jóvenes para criticar o exponer las arbitrariedades y errores del gobierno cubano y su aparato represor. Es importante recordar que en Cuba se considera un incidente de ciberseguridad alto, bajo la categoría de daños “éticos y sociales” la “divulgación de noticias falsas, mensajes ofensivos, difamación con impacto en el prestigio del país”. Además, la única empresa de telecomunicaciones y proveedor de acceso de servicios de Internet es una empresa del Estado, no existe claridad sobre qué entender por “prestigio del país”, ni tampoco independencia judicial que defiendan a los ciudadanos ante los actos arbitrarios del propio Estado.

En este contexto, llama sobremanera la atención reclamo del político británico de defender la “democracia cubana”. Pero más allá de lo patético de la expresión nos hace preguntarnos si la izquierda puede bajo estos criterios ofrecer una alternativa viable para resolver “la situación cubana” y, además, ofrecer una  alternativa para un proyecto de país. Todo parece indicar que la respuesta es negativa en cualquiera de los sentidos que se aborde.

Aún cuando no existe una única izquierda ni tampoco claridad sobre qué significa, los sectores más avanzados y progresistas del mundo, aquellos que históricamente plantean alternativas a modelos económicos, sociales y políticos hegémonicos, no han podido, ni han tenido la capacidad de plantear soluciones realistas a lo que ocurre en Cuba más allá de pedir el fin del embargo económico.  Pero no desde el análisis crítico que supone reconocer que el modelo político cubano es inviable en la actualidad desde cualquier sentido y no responde a las necesidades más elementales del pueblo.

La petición del fin del embargo es desde todos los puntos de vista acomodaticio. Un “queda bien”, diríamos los cubanos: no resuelves nada ni te buscas problemas con nadie, tiene un valor simbólico, pero no práctico. Y es que a la mayoría de los movimientos y políticos de izquierdas les cuesta asumir que la Revolución Cubana no existe, fue un proyecto en su momento legítimo pero hoy es un fracaso. Condenar la política genocida de Trump no es antagónico con la petición de respeto de los derechos humanos en Cuba,  y la existencia de garantías materiales, sociales y jurídicas para su pueblo.

En este contexto, la gran mayoría de los cubanos no encuentran alternativas viables para un proyecto de país que sea verdaderamente justo y democrático. Ese proyecto aún hay que construirlo y para nada será fácil.  

Por un lado, una izquierda internacional que ignora las realidades del país y solo lo utiliza cuando sufre los ataques del gobierno norteamericano, para ponerla como ejemplo de “resistencia”, sin ser capaz de vivir bajo las condiciones que supone dicha “resistencia” y; por otro, una derecha que dice “apoyar” las legítimas aspiraciones de libertad de un pueblo, no porque comulgue con estas, sino por el capital político que implica ante la indiferencia de quienes deberían ofrecer alternativas viables. A lo que se suma hoy las posturas de las iglesias y movimientos evangélicos con todo lo que ello supone en materia de derechos humanos. Se abona así a un escenario donde no se resuelven los problemas reales del pueblo cubano, mientras que se cabida a discursos conservadores y retrógrados en materia de derechos humanos.

Lo que sucede con Cuba también es expresión de lo que actualmente acontece con la izquierda a nivel global. El auge de grupos y opiniones de ultraderechas, se debe también, entre otros factores, a una incapacidad de esta de ofrecer alternativas viables y democráticas para los pueblos, en particular, cuando gobiernan. La violación de los derechos humanos, la ausencia de un verdadero proyecto democrático, la desigualdad imperante, la rutpura del tejido social y la concentración del poder en manos de una élite corrupta que hoy permea el gobierno cubano, son diametralmente opuestas a los principios esenciales y básicos de cualquier movimiento que se aprecie de ser alternativo, democrático y social. El compromiso no debería ser político con los gobiernos que dicen ser de izquierdas, sino con los pueblos y con los principios que ello supone. En consecuencia, un político como Corbyn,  también debería estar preocupado por el hecho de que en Cuba no haya libertad de expresión y se violen de forma sistemática los derechos humanos. Deberíamos entonces preguntarle, si esta realidad es parte de su paradigma de democracia.  

Jeremy Corbin

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