«Nadie puede dudar de mi simpatía hacia el pueblo judío», escribió Vicente Lombardo Toledano en 1966, al comienzo de un artículo publicado en Siempre! bajo el título Israel organiza en México una reunión contra la URSS. La aclaración no era gratuita, pues en las páginas siguientes lanzaría una dura crítica contra el Estado de Israel por participar en un encuentro de carácter antisoviético.
Para entonces, su relación con la causa judía tenía casi tres décadas de historia. Lombardo había condenado el antisemitismo, intervenido en favor de los refugiados perseguidos por el nazismo, movilizado al sindicalismo latinoamericano ante las noticias del exterminio y apoyado, después de la guerra, la creación del Estado de Israel, país que también visitaría.
Hay un vínculo familiar que podría parecer una explicación inmediata de esa cercanía: su madre tenía ascendencia judía-española. Sin embargo, no fue por ahí que la cuestión entró en su actividad política, sino a través del antifascismo. Conviene recordarlo frente a ciertas extravagancias retrospectivas de nuestro tiempo, empeñadas en convertir al nazismo en una corriente de izquierda por el nombre de su partido o por algunos rasgos de su economía dirigida. Para los marxistas de los años treinta, Hitler, Mussolini y Franco pertenecían inequívocamente al campo de la reacción. Combatirlos era una obligación política y, conforme avanzó la década, se convirtió también en una cuestión de supervivencia para buena parte de la izquierda europea.

Lombardo hizo del antifascismo una de sus principales líneas de pensamiento y acción política. Futuro, la revista que dirigió entre 1933 y 1946, ofrece un buen registro de ello. Desde su fundación, abordó en diferentes ocasiones el tratamiento del fascismo de «afuera y adentro». En febrero de 1936, en sus páginas se publicó una extensa entrevista de Harry Block con Nicolás Rodríguez, jefe de la Acción Revolucionaria Mexicanista, los llamados Camisas Doradas, la máxima expresión, según los editores de Futuro, del fascismo mexicano. La presentación no dejaba lugar a equívocos: los describía como «una organización fascista mexicana», cuyo nacionalismo se fundaba en el odio contra judíos y comunistas. La entrevista permitía comprobarlo en voz de sus propios dirigentes. Uno resumió su causa sin rodeos: «Luchamos contra los judíos y los comunistas»; otro reconoció que distribuían propaganda antisemita llegada desde Alemania. Rodríguez fue todavía más explícito: acusó a los judíos de haberse apoderado del pequeño comercio y sostuvo que era necesario expulsarlos de México.
El antisemitismo aparecía así, para Lombardo y su entorno, como parte del mismo universo político contra el que dirigían su lucha política. Conforme el fascismo y el nazismo avanzaron en Europa, Lombardo estableció vínculos cada vez más estrechos con la izquierda judía asentada en México y, en particular, con los bundistas. Tuvia Maizel, una de sus figuras centrales, se convirtió en su amigo y colaborador cercano. A través de él, Lombardo entró en contacto con el Jewish Labor Committee, organización socialista con sede en Nueva York, y participó incluso en las gestiones para obtener visas mexicanas para refugiados judíos socialistas y socialdemócratas atrapados en Francia.
El acercamiento a los bundistas tenía cierta lógica. El Bund pertenecía a la tradición socialista judía y concebía la emancipación de los judíos como parte de una lucha más amplia por los derechos de los trabajadores, sin renunciar por ello a su identidad cultural. Su internacionalismo podía convivir con la defensa del yidis y con la exigencia de una autonomía nacional-cultural que permitiera a los judíos preservar y desarrollar su vida colectiva en condiciones de igualdad. Socialismo e identidad judía no constituían, desde esa perspectiva, aspiraciones contrapuestas: la igualdad debía alcanzarse sin exigir la desaparición de las diferencias culturales.
Socialismo, organización obrera y combate contra el antisemitismo ofrecían así un lenguaje común con Lombardo. La cuestión judía, que había entrado en su horizonte político como uno de los frentes de la lucha contra el fascismo, comenzó entonces a adquirir otra dimensión: la de hombres y organizaciones que pertenecían, como él, al universo internacional de las izquierdas y del movimiento obrero. Esos vínculos adquirieron una importancia distinta cuando comenzaron a llegar noticias cada vez más precisas sobre lo que ocurría con los judíos en Europa.
1942 marcó, en ese sentido, un punto de inflexión. Las noticias sobre el asesinato sistemático de judíos comenzaron a circular con mayor precisión a través de las redes transnacionales judías. En junio, el bundista Moyshe Rubinstein habló públicamente en México sobre el exterminio masivo que se desarrollaba en Europa. Dos meses después, el 20 de agosto, el Comité Nacional Antinazifascista, presidido por Lombardo, convocó en el Palacio de Bellas Artes un acto contra la persecución de los judíos. Asistieron alrededor de tres mil personas y el encuentro fue transmitido por radio.
Allí Lombardo introdujo una idea que reaparecería después en su manera de pensar la cuestión judía. Los mexicanos, sostuvo, podían comprender mejor que otros pueblos aquella tragedia porque también descendían de grupos que las doctrinas raciales habían declarado inferiores. Llevada hasta sus últimas consecuencias, la jerarquía racial del nazismo colocaba a judíos y mexicanos de un mismo lado. En el texto surgido de aquella intervención, Judíos y mexicanos, ¿razas inferiores?, Lombardo vinculó la persecución contemporánea con las aportaciones de Marx, Bergson, Freud y Einstein, figuras judías que, a su juicio, habían alterado algunas de las certezas fundamentales de la cultura occidental.
Posteriormente, Tuvia Maizel le pidió a Lombardo ayuda para que los trabajadores mexicanos se sumaran a la protesta que el movimiento obrero estadounidense preparaba contra el exterminio. Maizel ofreció incluso sufragar los gastos de propaganda. La relación tenía ya antecedentes: el Comité Central Israelita había contribuido a publicar textos de Lombardo contra el antisemitismo. Lombardo tomó aquella propuesta y la trasladó a la escala de la organización que encabezaba. Desde la Confederación de Trabajadores de América Latina (CTAL) convocó a sus afiliados a suspender el trabajo durante quince minutos. En el telegrama que envió a las organizaciones obreras del continente habló ya sin ambigüedades: informes confiables señalaban que dos millones de judíos habían sido asesinados y que Hitler había ordenado su exterminio sistemático.
El 11 de diciembre de 1942, trabajadores de México y otros trece países latinoamericanos participaron en el paro. En México se interrumpió el transporte, trabajadores de la electricidad cortaron el suministro y empleados telefónicos abandonaron momentáneamente sus puestos, mientras la radio transmitía discursos sobre el exterminio de los judíos europeos. Una iniciativa nacida de las redes bundistas y del Jewish Labor Committee había terminado convertida, por medio de Lombardo, en una movilización obrera continental.

Sería fácil leer aquel episodio únicamente como un acto de mera solidaridad. Lombardo buscaba también fortalecer a la CTAL, incorporar a los trabajadores latinoamericanos al esfuerzo de guerra y estrechar relaciones con un sector del sindicalismo estadounidense. Durante 1942 había mantenido contactos tanto con Philip Murray, del Congress of Industrial Organizations, como con William Green, de la American Federation of Labor (AFL). La relación con el Jewish Labor Committee y los bundistas ofrecía así un puente particularmente útil hacia sectores socialistas y sindicales no comunistas de Estados Unidos. El antifascismo permitía que la defensa de los judíos perseguidos, la movilización obrera, el fortalecimiento de la CTAL y la alianza internacional contra el Eje formaran parte de una misma causa.
La relación con los bundistas, además, sobrevivió a diferencias que podrían haberla roto. En 1943, tras conocerse el destino de los dirigentes bundistas, Henryk Ehrlich y Victor Alter, encarcelados en suelo soviético (el primero murió en prisión y el segundo fue ejecutado por la Univión Soviética) los comunistas intentaron impedir en México una protesta organizada en su memoria. Lombardo era entonces un decidido aliado de la URSS y aun así no participó en los conflictos de los comunistas en contra de los bundistas y facilitó su protesta. El episodio resulta revelador: su acercamiento al mundo judío había nacido dentro del antifascismo y permanecía atravesado por sus lealtades socialistas, aunque ya no podía reducirse por completo a la disciplina comunista ni a la política soviética. Los propios bundistas continuaron considerándolo un aliado importante y recurrieron después a él como posible mediador en sus conflictos con los comunistas mexicanos.
Conforme se acercaba el final de la guerra, el movimiento sindical internacional comenzó a discutir el futuro de los judíos que habían sobrevivido a la catástrofe europea. Palestina adquirió entonces una presencia creciente en esos debates. Para Lombardo, el asunto llegó por una vía conocida: las mismas redes obreras internacionales a través de las cuales había colaborado con organizaciones judías durante la guerra comenzaron a discutir el derecho de ese pueblo a construir una vida nacional propia.
Hay aquí un desplazamiento importante en el pensamiento de Lombardo, aunque no una ruptura con sus posiciones anteriores: ¿qué futuro podía tener el pueblo judío después de la catástrofe? Lombardo encontró una respuesta dentro de principios que formaban parte desde hacía tiempo de su pensamiento político. Su internacionalismo suponía la solidaridad entre pueblos capaces de decidir su propio destino; su antiimperialismo rechazaba que las grandes potencias dispusieran de ellos; y el principio de autodeterminación permitía reconocer que una colectividad históricamente perseguida podía reclamar también una existencia nacional.
El cambio puede seguirse con claridad desde finales de 1944. En el Segundo Congreso General de la CTAL, celebrado en Cali en diciembre de ese año, la organización aprobó una resolución titulada Por un hogar nacional judío en Palestina. La cuestión pasó después al movimiento obrero internacional. En vísperas de la Conferencia Sindical Mundial de Londres de febrero de 1945, representantes de la Histadrut, la central sindical judía de Palestina, buscaron el respaldo de la delegación mexicana, en la que participaban Vicente Lombardo Toledano y Alejandro Carrillo. La conferencia terminó por pronunciarse favorablemente sobre el establecimiento de un hogar nacional judío. Al explicar aquella resolución, Lombardo hizo una precisión fundamental: esa aspiración debía realizarse con respeto a los derechos de los demás pueblos que habitaban Palestina.
La misma preocupación apareció en los años siguientes. En octubre de 1945, la recién constituida Federación Sindical Mundial se manifestó favorable a la inmigración judía a Palestina y propuso favorecer la cooperación entre trabajadores musulmanes y judíos. Lombardo fue considerado incluso para encabezar una misión que estudiaría las relaciones entre ambas comunidades. En 1946, en una carta al primer ministro británico Clement Attlee, recordó el compromiso de las organizaciones sindicales con el establecimiento de un hogar nacional judío y señaló que éste debía construirse en colaboración con la población musulmana.
Esa lógica permite comprender el siguiente paso en la trayectoria política de Lombardo. En 1947, cuando Gran Bretaña trasladó a las Naciones Unidas el problema de Palestina y se abrió la discusión sobre el orden político que sustituiría al Mandato británico, Lombardo pasó de la defensa de un hogar nacional a la reivindicación explícita de un Estado judío. El 24 de octubre escribió al presidente Miguel Alemán para pedir que México apoyara su creación junto a la de un Estado musulmán tal y como se estaba planteando en la ONU.
El 29 de noviembre de 1947, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la resolución 181, que recomendaba la partición de Palestina en un Estado judío y otro árabe, con Jerusalén bajo un régimen internacional. México se abstuvo. La dirigencia judía aceptó el plan como base para la creación de su Estado, aunque con algunas reservas; los dirigentes árabes palestinos y los Estados árabes lo rechazaron. La partición nunca llegó a aplicarse en los términos previstos y, antes de que concluyera el Mandato británico, comenzó el conflicto armado entre las comunidades árabe y judía.
Gran Bretaña decidió abandonar Palestina y, el 14 de mayo de 1948, horas antes del final del Mandato, la dirigencia judía encabezada por David Ben-Gurión proclamó el Estado de Israel y fue reconocido como tal por el gobierno de los Estados Unidos. El Estado musulmán previsto por la resolución 181 no llegó a constituirse. El conflicto armado se extendió con la intervención de varios países árabes y terminó con Israel en control de un territorio mayor que el asignado por el plan de partición, mientras cientos de miles de palestinos habían huido o habían sido expulsados, en el proceso conocido como la Nakba (catástrofe en árabe).

Lombardo veía en el nuevo Estado de Israel la realización de una aspiración nacional la posibilidad de un Estado socialista. Esa expectativa tenía relación con los interlocutores a través de los cuales se había acercado a Palestina: sindicatos, organizaciones obreras y una izquierda judía que otorgaba un lugar importante al cooperativismo y a la construcción colectiva. Israel podía aparecer, bajo esa mirada, como una sociedad nueva que nacía de la tragedia europea y que tenía ante sí la posibilidad de construir instituciones democráticas y sociales distintas.
La impresión se fortaleció después de conocer el país. En 1951 Lombardo viajó a Israel y, a su regreso, ofreció conferencias en México sobre la historia del pueblo judío y la organización del nuevo Estado. En una concentración celebrada después del viaje llegó a describir a Israel como un «bastión de paz y democracia» para el Medio Oriente. Años más tarde recordaría aquella visita como una prueba de la simpatía que había mantenido hacia el pueblo judío.
No obstante, contraria a la imagen dogmática que se tiene sobre Lombardo, su simpatía no significó un respaldo incondicional al rumbo del gobierno israelí. Apenas dos años después, en octubre de 1953, publicó en Siempre! un artículo cuyo título mostraba ya su desencanto: El Estado de Israel salta hacia atrás. Lombardo explicó entonces que muchos sectores democráticos habían esperado que la nueva república se convirtiera en un país moderno e igualitario, marcado precisamente por la experiencia de quienes habían padecido el nazismo y la discriminación. A su juicio, esa posibilidad comenzaba a cerrarse. Le preocupaban el peso creciente de los grupos religiosos y conservadores, la discriminación contra la población árabe de Israel y, sobre todo, el acercamiento del gobierno a los intereses económicos y políticos de Estados Unidos.
La crítica revela que Lombardo juzgaba al nuevo Estado con los mismos principios que habían contribuido a su respaldo inicial. Había apoyado la existencia nacional judía desde la autodeterminación, el antiimperialismo y la expectativa de convivencia con los árabes. Por eso el problema no era para él la existencia de Israel, sino el camino que comenzaba a seguir ese Estado. En 1953 planteó la alternativa en esos términos: Israel podía desarrollar una política democrática e igualitaria, con independencia exterior, o quedar subordinado a los Estados Unidos y acompañar esa dependencia con un desplazamiento reaccionario en el interior.
La crisis de Suez de 1956 profundizó esa lectura. La participación israelí en la invasión de Egipto junto con Francia y Gran Bretaña resultaba difícil de conciliar con el antiimperialismo de Lombardo y con el principio de autodeterminación que había utilizado para defender la creación del nuevo Estado. Y una década después seguía recurriendo a Suez como prueba de que el gobierno israelí podía actuar contra esos principios y asociado a las antiguas potencias coloniales. Para entonces había introducido una distinción que sería central en sus escritos posteriores: una cosa era el pueblo judío y otra el gobierno de Israel.
En 1966 abrió precisamente con esa distinción su artículo Israel organiza en México una reunión contra la URSS: «Nadie puede dudar de mi simpatía hacia el pueblo judío». Recordó su defensa de los judíos durante el nazismo, sus intervenciones internacionales en favor de un hogar nacional en Palestina «sin perjuicio de los derechos de los pueblos árabes» y su posterior visita a Israel. Todo ello le servía para sostener que la crítica al gobierno israelí no equivalía, desde su perspectiva, a retirar su solidaridad histórica con los judíos.
Lo que había cambiado era su interpretación de la política israelí. Lombardo consideraba que el país se acercaba cada vez más a Estados Unidos y se alejaba de la autonomía internacional que había esperado de él. Criticaba que Israel participara en México en una reunión dirigida contra la Unión Soviética y vinculó esa conducta con la influencia que, según su interpretación, ejercían sobre el gobierno israelí los grandes intereses económicos de Estados Unidos. Su lectura estaba ya plenamente atravesada por la Guerra Fría: el conflicto de Medio Oriente aparecía integrado en la confrontación entre el imperialismo occidental, el mundo socialista y los movimientos nacionales que buscaban liberarse del colonialismo.
Su lectura incorporó además un problema que había quedado en segundo plano en algunos de sus escritos anteriores: la situación de la población árabe de Palestina y de quienes habían sido expulsados o desplazados desde la creación de Israel. En Advertencia: el problema no es local, publicado en Siempre! el 21 de junio de 1967, señaló entre los problemas surgidos con la fundación del nuevo Estado a «la población árabe que habitaba en Palestina» y a «los árabes expulsados de Israel». El conflicto, sostenía, no era esencialmente militar, sino político, y sólo podría resolverse mediante un arreglo de las relaciones entre Israel y las naciones árabes. A ello añadía su convicción de que Israel debía actuar con independencia de Washington, pues consideraba que su creciente dependencia económica y política respecto de Estados Unidos lo había convertido en una pieza de la estrategia occidental en Medio Oriente.
La crítica adquirió un tono mucho más severo una semana después. El 28 de junio publicó en Siempre! un artículo cuyo título condensaba hasta dónde había llegado su distanciamiento: Israel entra al neonazismo. Lombardo acusaba al gobierno israelí de pretender convertir la conquista militar en fuente de derechos territoriales y calificaba las anexiones como anacrónicas e injustas. El título respondía a una comparación deliberadamente extrema: a su juicio, un pueblo que había padecido la persecución nazi corría el riesgo de reproducir, desde el poder estatal, principios que habían servido para perseguirlo. Su argumento se extendía al terreno económico. Sostenía que el proyecto inicial de un Israel apoyado en el trabajo, el cooperativismo y ciertas aspiraciones socialistas había cedido ante la concentración del capital, la inversión extranjera y una creciente dependencia de Estados Unidos.
Lombardo no llevó ese razonamiento hasta negar la existencia de Israel. En El alineamiento de fuerzas alrededor del conflicto árabe-judío, publicado el 5 de julio, también en Siempre! lo describió todavía como un Estado «en vías de consolidación». Lo que rechazaba era que pudiera ampliar sus fronteras a costa de los países árabes: debía retirarse de los territorios ocupados hasta que una negociación fijara límites definitivos y estables con sus vecinos.
Vista en conjunto, la trayectoria conserva una continuidad que las críticas finales pueden ocultar. Lombardo no pasó simplemente de apoyar a Israel a oponerse a él. Primero defendió a los judíos frente al antisemitismo; después apoyó su derecho a una existencia nacional, bajo la condición de respetar los derechos de los árabes; recibió con esperanza al Estado fundado en 1948 y vio en sus primeras instituciones sociales la posibilidad de una experiencia progresista. Lo que posteriormente cuestionó fue la distancia creciente entre aquella expectativa y el Israel que observaba. Desde su perspectiva, el acercamiento a Estados Unidos, el conflicto con los países árabes y, finalmente, la ocupación territorial de 1967 contradecían los principios de autodeterminación, convivencia y antiimperialismo desde los cuales había respaldado originalmente la causa judía.

Nota del autor. Los textos de Vicente Lombardo Toledano citados o referidos en este ensayo se consultaron principalmente en dos colecciones editadas por el Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales Vicente Lombardo Toledano: la Obra histórico-cronológica de Vicente Lombardo Toledano y Escritos en Siempre!. Para facilitar su consulta, se presentan a continuación las referencias correspondientes.
Obra histórico-cronológica de Vicente Lombardo Toledano
Lombardo Toledano, Vicente. “Judíos y mexicanos, ¿razas inferiores?” En Obra histórico-cronológica de Vicente Lombardo Toledano, tomo IV, vol. 9, 35–64. México: Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales Vicente Lombardo Toledano, 1998.
———. “Mensaje al primer ministro británico, en respaldo a la demanda de un hogar judío en Palestina.” En Obra histórico-cronológica de Vicente Lombardo Toledano, tomo IV, vol. 19, 149–150. México: Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales Vicente Lombardo Toledano, 2000.
———. “Misiva al presidente Miguel Alemán a propósito de la creación del Estado de Israel.” En Obra histórico-cronológica de Vicente Lombardo Toledano, tomo V, vol. 2, 221–224. México: Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales Vicente Lombardo Toledano, 2001.
———. “El gran drama histórico del pueblo judío.” En Obra histórico-cronológica de Vicente Lombardo Toledano, tomo V, vol. 10, 95–114. México: Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales Vicente Lombardo Toledano, 2003.
———. “El Estado de Israel y sus problemas.” En Obra histórico-cronológica de Vicente Lombardo Toledano, tomo V, vol. 10, 115–146. México: Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales Vicente Lombardo Toledano, 2003.
———. “Banquete de la Liga Israelita de México ofrecido a Lombardo Toledano.” En Obra histórico-cronológica de Vicente Lombardo Toledano, tomo V, vol. 10, 151–152. México: Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales Vicente Lombardo Toledano, 2003.
———. “Israel organiza en México una reunión contra la URSS.” En Obra histórico-cronológica de Vicente Lombardo Toledano, tomo VI, vol. 19, 263–270. México: Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales Vicente Lombardo Toledano, 2014.
Escritos en Siempre!
Lombardo Toledano, Vicente. “El Estado de Israel salta hacia atrás.” En Escritos en Siempre!, tomo II, Problemas internacionales. México: Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales Vicente Lombardo Toledano.
———. “Israel entra al neonazismo.” En Escritos en Siempre!, tomo II, Problemas internacionales. México: Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales Vicente Lombardo Toledano.
———. “El alineamiento de fuerzas alrededor del conflicto árabe-judío.” En Escritos en Siempre!, tomo II, Problemas internacionales. México: Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales Vicente Lombardo Toledano.




