Todos contra Argentina: anatomía de un anti-fandom global

Por Rafael Robles-Gil Cozzi

Durante el Mundial de Qatar 2022, buena parte de América Latina terminó acompañando a Argentina.  Excepto claro, las y los mexicanos que vivimos las gradas del Estadio Lusail en aquel partido del 26 de noviembre donde  los dos goles de la Albiceleste y cero anotaciones nuestras, nos condenaba a morir en fase de grupos. En aquella fascinante Copa Mundial en el Golfo Pérsico, Lionel Messi representaba una causa sentimental difícil de resistir: el futbolista extraordinario que, después de cuatro intentos y una larga historia de frustraciones con su selección, buscaba el único título que le faltaba.

Argentina era favorita, pero aún podía presentarse como el gigante herido. Era una potencia histórica que llevaba 36 años sin ganar una Copa del Mundo; una selección obsesionada con un pasado glorioso que no conseguía reproducir; un equipo que, tras comenzar el torneo perdiendo contra Arabia Saudí, parecía obligado a caminar sobre el borde de la eliminación.

Cuatro años después, en América el Norte, la situación es distinta.

Argentina ya no es la causa romántica ni el campeón sentimental. Es la potencia dominante, la defensora del título, la selección que vuelve a instalarse en las últimas rondas y el centro de una poderosa maquinaria narrativa, comercial y afectiva organizada alrededor de Messi.

La transformación ha producido un efecto previsible: cada vez más aficionados quieren verla perder.

No se trata únicamente de la acumulación de rivalidades tradicionales. Tampoco existe, en sentido estricto, una rivalidad mundial contra Argentina. Lo que estamos observando es algo distinto: la formación de una coalición afectiva de anti-fandom.

No hay una única causa compartida ni una memoria histórica común. Lo que existe es una agregación de agravios independientes. Las redes permiten que el resentimiento mexicano, la memoria inglesa, la rivalidad brasileña, el enojo francés y las controversias más recientes con aficionados egipcios o caboverdianos sean traducidos a un mismo lenguaje: cualquiera menos Argentina.

Ésa es la novedad de la coyuntura.

El aficionado mexicano recuerda las eliminaciones de 2006 y 2010, así como la derrota decisiva de 2022. El inglés conserva la memoria de 1966, la Mano de Dios, el conflicto de las Malvinas y una rivalidad cargada de significados políticos. El carioca interpreta a Argentina desde la competencia histórica por la supremacía sudamericana. El francés recuerda las finales recientes y los cánticos racistas contra jugadores de ascendencia africana. El neerlandés conserva el resentimiento de los enfrentamientos mundialistas, particularmente el de Qatar 2022.

A esos antagonismos históricos se suman ahora experiencias nuevas. Durante este Mundial, episodios denunciados por aficionados y periodistas de Egipto y Cabo Verde han añadido otros agravios a la conversación global sobre Argentina y su hinchada.

Nada de esto produce una rivalidad homogénea. Produce una alianza emocional circunstancial; sabroso insumo para quienes navegamos la mar de los fan studies.

Los aficionados no necesitan compartir la misma historia para coincidir en el mismo deseo. Cada comunidad aporta su propio expediente de agravios y hoy las plataformas digitales los reúnen en una identidad negativa común. El resultado es un anti-fandom global que no necesariamente apoya al mismo equipo, pero sí encuentra placer en la posibilidad de una derrota argentina.

La consigna “América Latina menos Argentina”, difundida en redes durante este Mundial, sintetiza esa ruptura. No describe un programa político ni una identidad regional coherente. Funciona como un meme, una provocación y una declaración de independencia respecto de la expectativa de que los latinoamericanos deben apoyar automáticamente a la última selección regional que permanece en competencia.

Desde los estudios sobre fandom, no hay nada anormal en este fenómeno. Ser aficionado no consiste únicamente en amar y desvivirse por un equipo. También supone construir antagonistas, establecer fronteras simbólicas y definir aquello que uno rechaza.

Las comunidades deportivas pueden organizarse alrededor de una aversión compartida. La oposición hacia otro equipo refuerza identidades, genera conversaciones y crea alianzas temporales entre aficionados que, en cualquier otro contexto, probablemente serían rivales.

Uno sabe quién es por la camiseta que lleva, pero también por aquella que jamás estaría dispuesto a ponerse.

Argentina reúne hoy varias características clásicas del antagonista deportivo. En primer lugar, es el campeón que se ha vuelto demasiado poderoso. Los equipos dominantes generan admiración, pero también agotamiento, rechazo e incluso odio. La victoria reiterada destruye progresivamente la narrativa del desfavorecido y convierte al antiguo héroe en parte del orden establecido.

En 2022, Messi podía ser presentado como el genio que aún tenía una deuda con la historia. En 2026, esa deuda ya fue saldada. Lo que antes era una campaña de reparación se ha convertido en una tentativa de repetición, amén de una mercadotecnia multimillonaria que pareciera querer intervenir en la cancha.

Argentina conserva, sin embargo, el lenguaje cultural de la rebeldía. Su mitología sigue hablando del pibe, de la calle, del potrero, de la picardía y de la lucha contra un sistema adverso. Pero resulta ya muy difícil presentarse como víctima cuando se es campeón mundial, centro de la atención mediática y vehículo de la última gran campaña internacional del futbolista más venerado y comercialmente poderoso de su generación.

Aquí es cuando aparece una contradicción fundamental: Argentina continúa narrándose como una selección que pelea contra el mundo mientras una parte creciente del mundo comienza a percibirla como integrante privilegiada del poder futbolístico.

No es necesario demostrar la existencia de una conspiración arbitral para comprender el efecto de esa percepción. En el deporte, la sospecha de privilegio puede ser casi tan eficaz como el privilegio comprobado para generar animadversión.

Cada decisión polémica a favor de Argentina es incorporada a una narrativa acumulativa. Los errores contrarios se olvidan; los favorables se convierten en pruebas. El anti-fandom selecciona, archiva y reorganiza los acontecimientos para confirmar una interpretación previa: Argentina no solamente gana, sino que gana promovida y protegida.

Esa percepción puede ser exagerada o injusta, pero sociológicamente es real porque organiza comportamientos, conversaciones y afinidades.

El segundo componente del antagonismo es la ambigüedad moral de la llamada viveza. Dentro de la narrativa argentina, la picardía representa inteligencia popular, astucia y capacidad para derrotar a poderes más rígidos. Desde afuera, las mismas prácticas pueden ser interpretadas como simulación, provocación, manipulación o falta de deportividad.

La Mano de Dios, en nuestro inolvidable México 86, permanece como el ejemplo definitivo. Para la mitología argentina, el gol de Maradona contra Inglaterra formó parte del relato de justicia popular, revancha histórica y rebeldía ante el poder. Para los ingleses sigue siendo una trampa que decidió un partido de Copa del Mundo.

Ningún fandom está obligado a aceptar la interpretación heroica que otro hace de sus propias transgresiones.

Argentina dice: picardía.
El rival responde: trampa.

Argentina dice: personalidad.
El rival responde: arrogancia.

Argentina dice: aguante.
El rival responde: agresividad.

Argentina dice: folclor.
El rival responde: racismo.

El anti-fandom surge precisamente en esa distancia entre la autonarración de una comunidad y la manera en que esa narrativa es recibida desde fuera.

Los repertorios del fútbol argentino —el aguante, la masculinidad desafiante, la humillación verbal del adversario y la glorificación de la viveza— poseen una extraordinaria potencia cultural. Han producido estadios incomparables, fidelidades intensas y algunas de las identidades deportivas más militantes del mundo.

Pero esa misma intensidad puede amplificar sus patologías: violencia simbólica, machismo, homofobia, xenofobia y racismo.

Las controversias raciales recientes han sido especialmente dañinas para la pretensión de que Argentina represente naturalmente a América Latina. Después de la Copa América de 2024, integrantes de la selección fueron grabados cantando contra los jugadores franceses con referencias a su ascendencia africana. Durante este Mundial, nuevos episodios asociados con sectores de la hinchada argentina reactivaron el escrutinio internacional, además de una reacción intensiva en redes sociales.

Es indispensable, no obstante, evitar una generalización nacional. Es absurdo y xenófobo declarar racista a todo un pueblo. Pero también sería intelectualmente deshonesto reducir cada episodio a una anomalía aislada o excusarlo indefinidamente como simple folclor futbolístico.

La discusión toca una tensión histórica más profunda: la construcción de Argentina como una nación excepcionalmente europea y blanca dentro de América Latina. Esa autoimagen no define a todos los argentinos, pero sigue apareciendo en ciertos discursos, bromas y jerarquías culturales. Cuando se traslada al fútbol, erosiona la expectativa de solidaridad regional.

¿Por qué tendría un mexicano, un colombiano, un brasileño o un ecuatoriano la obligación de apoyar a Argentina sólo porque ambos países se encuentran en América Latina?

La cercanía geográfica no elimina las rivalidades nacionales. La identidad latinoamericana tampoco es una familia futbolística sin conflictos. Mucho menos cuando algunos sectores del fandom argentino parecen reivindicar la pertenencia regional durante la competencia contra Europa, pero recurren a discursos de excepcionalidad cuando se comparan con sus vecinos.

Para México, la animadversión tiene además una historia específica. Argentina ha funcionado reiteradamente como verdugo mundialista. En 2006, eliminó a México con el gol extraordinario de Maxi Rodríguez. En 2010 volvió a expulsarlo del torneo en un partido marcado por un gol en fuera de juego. En 2022 derrotó al equipo mexicano en un encuentro que terminó siendo decisivo para el destino de ambos.

Pero la rivalidad es profundamente asimétrica.

México recuerda esos partidos como heridas centrales de su historia mundialista. Para buena parte de la conversación futbolística argentina, México ni siquiera merece ser considerado un verdadero rival.

Ése es quizá el agravio más potente: no solamente perder ante el mismo adversario, sino descubrir que el adversario considera irrelevantes tus derrotas. La animadversión mexicana hacia Argentina se alimenta de una asimetría de reconocimiento. Argentina ocupa un espacio enorme en la memoria mexicana; México apenas ocupa un espacio secundario en la memoria argentina.

La ironía es que Argentina comprende perfectamente la necesidad de construir antagonistas. Su identidad futbolística se alimenta de ellos. Brasil representa al rival continental. Inglaterra concentra la guerra, Maradona y la Mano de Dios. Alemania y Países Bajos aparecen como adversarios recurrentes de los grandes escenarios mundialistas.

Argentina reclama el derecho de interpretar esas rivalidades desde su propia memoria nacional. Sin embargo, puede mostrarse menos dispuesta a reconocer que otros pueblos también han acumulado razones para construirla como antagonista.

La coalición afectiva que hoy se forma contra Argentina no nació en un solo partido. Es el resultado de memorias que antes circulaban por separado y que ahora las plataformas digitales han logrado conectar. Lo que aquí hemos llamado “acumulación de agravios”.

Las redes no solamente transmiten emociones futbolísticas: las agregan, las intensifican y las exportan. Un video de una provocación, una decisión arbitral discutible o un cántico ofensivo puede viajar en pocas horas entre comunidades que no comparten idioma, historia ni rivalidad directa.

Cada una interpreta el episodio desde su propio archivo emocional y lo incorpora a una conclusión común: otra razón para ir contra Argentina.

Así se fabrica el villano deportivo global.

No es necesario que todos acusen a Argentina de lo mismo. Basta con que todos encuentren una razón diferente para querer verla caer.

Para unos, representa arrogancia. Para otros, favoritismo arbitral. Para algunos, racismo. Para otros más, viejas derrotas, disputas políticas o cansancio ante la hegemonía. La heterogeneidad de los agravios no debilita el anti-fandom; lo fortalece, porque permite que comunidades muy distintas ingresen a él desde puertas diferentes.

Ir contra Argentina puede ser, por tanto, una posición deportiva perfectamente coherente. Se puede rechazar al campeón dominante, al verdugo histórico, a la mitología que transforma la transgresión en virtud y a la maquinaria mediática que parece organizada alrededor de una nueva coronación de Messi.

Lo que no puede justificarse es convertir esa oposición en desprecio hacia los argentinos como pueblo.

La distinción es esencial. Una cosa es desear la derrota de una selección nacional. Otra es degradar a las personas por su nacionalidad, su acento o su origen. El anti-fandom pertenece a la dramaturgia del deporte mientras conserve como objeto al equipo, sus símbolos y sus narrativas. Cuando abandona la cancha y se convierte en hostilidad contra una comunidad nacional, deja de ser rivalidad y se vuelve xenofobia.

La consigna “todos contra Argentina” sólo puede defenderse dentro de esos límites.

No significa que el mundo odie a los argentinos. Significa que la Albiceleste concentra hoy varias figuras clásicas del antagonista: es campeona hegemónica, verdugo histórico, potencia mediática, portadora de una mitología desafiante y rival que con frecuencia se niega a reconocer como tales a quienes la consideran su adversaria.

Argentina tiene derecho a construir sus enemigos deportivos.

La novedad del Mundial de 2026 es que sus enemigos han comenzado a reconocerse entre sí.

Y aunque no compartan bandera, historia ni camiseta, las redes les han proporcionado una tribuna común, una emoción compartida y un mismo grito:

Cualquiera menos Argentina.

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