Es día de fortalecer la fe, de buscarla. Aquellos adultos que suman más de cinco ediciones mundialistas como aficionados saben que, en partidos de rondas decisivas, es urgente solicitar la intercesión divina para que no se repita la historia de siempre. Por eso acuden temprano a la primera misa matutina en la parroquia de San Agustín de las Cuevas en Tlalpan. Confían en el equipo, pero no del todo, porque la vida les ha enseñado que muchas veces el futbol no alcanza para competir contra los favoritos.
Hay feligreses que habitualmente se olvidan de Dios; sin embargo, ahora se acuerdan de él y juran mantenerse más cercanos a su palabra si les cumple el milagro de vencer a Inglaterra. Son los más jóvenes quienes proponen ese acuerdo que, según ellos, les conviene a ambas partes: “La Iglesia necesita gente joven”.
Los creyentes de las vibras y las energías consideran que es momento de unir fuerzas con una dinámica que conecte con los seleccionados nacionales y que sean receptores de efectos positivos. Se dan a la tarea de vestir playeras con el lema ‘¿Y si sí?’ para regalar abrazos a unos metros de la explanada de la Alcaldía Tlalpan. De paso, aprovechan para vender cursos de coaching que, supuestamente, te ayudarán a ser el mejor en tu profesión.

En el tianguis de Peña Pobre, los marchantes acordaron usar la playera verde para que “se sienta el poder” e invitan a su clientela a hacer lo propio, porque “hoy México somos todos” y porque intuyen la victoria más trascendente para nuestro país en las Copas del Mundo. Apenas son las 10:00 horas y el vendedor de mixiotes está muriéndose de los nervios al imaginar los goles de Julián Quiñones, el referente ofensivo de la gente. Una vendedora de verduras augura un triunfo 1-0 con gol de Raúl Jiménez. Advierte que será sufrido, que va a costar sangre, sudor y lágrimas.
Su deseo de ver a los demás vestidos de verde se les cumple. O al menos así se deja ver en la vía pública con transeúntes que van y vienen con sus camisetas de ese color, convirtiendo la calle en un set de Alfonso Cuarón o en una atmósfera fotografiada por Bruno Delbonnel, cinefotógrafo de Amélie (Jean-Pierre Jeunet, 2001). Esa paleta colorida también se aprecia en restaurantes y cafeterías cuyos empleados y comensales se asemejan a guisantes en movimiento. Bueno, nunca falta un Grinch enojándose porque lleva prisa y ni siquiera sabe qué café quiere tomar.
A las 13:00 horas, sobre Calzada de Tlalpan, a la altura de Huipulco, aficionados ingleses se toman fotos con sus contrapartes mexicanas. Se abrazan, se echan porras entre sí y bromean. Los anfitriones apelan a un sello distintivo de la cultura social nacional: enseñarles a decir groserías en español. “Chinguen a su madre, pendejos”, inculca uno de los maestros emergentes. Desobediente a la instrucción de su profesor, el alumno inglés pronuncia lo que ya domina: “¡Viva México, cabrones!”. Reafirman lo que desconocen quienes viven sumergidos en las redes sociales: en la realidad sobresale la camaradería.
Los “hijos de James Bond” se dividen en grupos para comer en los distintos comercios de la zona. Un pelotón elige los pollos rostizados de El Kar. Otro se inclina por El Naranjito. Quienes quieren continuar recorriendo el perímetro para saciar su curiosidad sobre lo que comemos en la capital, preguntan y graban sobre los elotes, los esquites y la variedad de tortas callejeras que no tiene una dedicada a su nacionalidad. Hay rusa, española, alemana y cubana, pero no inglesa, lo que les hace pensar que no son del todo bienvenidos.
En el otro extremo, a escasos metros del Hotel Boston, justo donde se colocaron las vallas para cerrar la circulación, hay más ingleses que arriban al Estadio Azteca. En el trayecto se detienen para cantar ‘Cielito lindo’ junto a los mexicanos y los mariachis instalados en esa zona. También bailan ‘El sol no regresa’ y ‘Dos hojas sin rumbo’ al ritmo de banda. Como ya es costumbre en este Mundial, el Dr. Simi se une a la fiesta con cuatro de sus botargas disfrazadas de albañil, bombero, almirante y médico.
Las personas que cruzan de polo a polo por el carril habilitado para transeúntes se detienen a tomar fotos con sus celulares. Gritan “Welcome” a los europeos, entre los cuales algunos tienen la gentileza de voltear para expresarles “gracias” en perfecto castellano y posar para sus cámaras. Un señor exclama “Bitles, Bitles” para hacerles notar que está al tanto de su música. Asimismo, los ingleses que son cuestionados sobre el Estadio Azteca presumen su conocimiento del templo sagrado y expresan sentirse honrados de pisar no una cancha, sino una catedral del balón. No por nada, a la distancia, un reportero acreditado entrevista a un inglés adulto mayor que está por cumplir el sueño de estar en el Coloso de Santa Úrsula.

El cielo truena; se avecina el aguacero. El anuncio de Tláloc a las 15:00 horas es tan intempestivo que no da tiempo de tomar precauciones, así que hay que correr para encontrar refugio. Estacionamientos y gasolineras aledañas fungen como guaridas momentáneas que se transforman en pequeños recintos festivos donde compatriotas y extranjeros cantan en coro ‘Hey Jude’ y ‘Let It Be’. Atrapados en el camellón central para resguardarse bajo un enorme árbol que funciona de paraguas, un repartidor de Uber y un ciclista intercambian opiniones sobre el futbol y las bicicletas.
Con la disminución de la tromba, antes de partir al Fan Fest de Deportivo Vivanco, se elabora una encuesta banquetera para escuchar sus pronósticos. Los vaticinios son equilibrados; no obstante, un británico rompe con la narrativa de precisar marcadores para comentar que, independientemente del resultado, todos ya ganaron. Amplía su explicación diciendo que las noticias internacionales ubican a México como un país violento y sangriento, tan lleno de horror que da a entender que sus habitantes somos una raza regida por la maldad. Agradecido por el trato que ha recibido, precisa que nuestra nación y su población han sido tratadas injustamente en el exterior. Coincide con los videos que sus connacionales publican para mostrarle al planeta que, detrás de la película de terror, hay un pueblo que sabe querer y apapachar, que también pide ser querido y apapachado.
En un tono similar, minutos más tarde en el Fan Fest, una madre que acude con su hija veinteañera “para ver ganar a la Selección” respalda la idea de que este Mundial ha sido “una maravillosa oportunidad” para ser lo que también somos y podemos ser, lo que hemos olvidado de nosotros por las desgracias y los miedos. Está convencida de que el conjunto tricolor avanzará a la siguiente ronda. ¿De dónde viene ese convencimiento? De la actitud que han mostrado los futbolistas en la cancha, de los triunfos y del ánimo colectivo que ha convertido los días malos en una esperanzadora opción de cambio. Afirma que “hemos ganado más de lo que creímos y podemos ganar más”. Con “hemos” y “podemos” se refiere a la sociedad capaz de sacar la mejor versión de sí para revertir males cotidianos que nos aquejan y que pueden erradicarse si hubiera voluntad: “Si a diario fuéramos amables como cuando juega México, nos ahorraríamos muchos problemas”.
Nadie posee tanta ilusión y seguridad en una victoria como los menores de edad. Niños y adolescentes que van acompañados por sus papás, mamás, abuelos, abuelas y hermanos mayores sellan con los ojos cerrados el boleto para medirnos contra Noruega. Su entusiasmo se fundamenta en un presente que ha sorprendido a sus antecesores, es decir, a esos adultos que crecieron viendo selecciones sin carácter como la actual. Claro, ante la mirada infantil, la alegría que les causan Gilberto Mora y compañía es el carácter.
Son sus progenitores y familiares quienes más ruegan que pierda Inglaterra. Si bien son futboleros, su anhelo es que los pequeños y los más chavitos de su hogar vivan uno de los pasajes más inolvidables, porque esta generación “necesita motivaciones”. Entonces se les muestran los reels de los británicos en México. Las reacciones son placenteras. Por supuesto, y como era de esperarse, las lágrimas aparecen en los cuerpos dominados por la sensibilidad. Contenta por verlos y escucharlos, una señora manifiesta que no se sentiría mal si la derrota hace de las suyas: “Que los de afuera nos quieran, así como nos quieren… Deben tener hijos de la misma edad que el mío y tampoco quiero que sus niños la pasen mal”.
Falta menos para el silbatazo inicial. Los nervios y las expectativas están a flor de piel. No hay manera de contradecir al aire triunfalista que recorre las calles de Tlalpan desde el amanecer. El reconocimiento de los visitantes estimuló el orgullo de ser mexicanos y aumentó el optimismo en las predicciones. A su vez, el entorno es un mar de sentimentalismos que impiden dilucidar un panorama distinto. Salvo por la parroquia, que decidió cerrar sus puertas para que las plegarias por un milagro se asfixien en las gargantas de los feligreses de último minuto, y por el conductor de un automóvil que puso ‘Sympathy For the Devil’ de los Rolling Stones a todo volumen, no hay indicios para visualizar un posible triunfo de Inglaterra. Claro, si acaso existe esa posibilidad en medio de este fervor tricolor.







