Cuba: entre el reestablecimiento de la doctrina Monroe, el reduccionismo ideológico y una Revolución que no existe.

Por Jorge Luis Ordelin Font

El bloqueo petrolero la administración del presidente Donald Trump a Cuba promueve los más enconados debates tanto desde sectores ideológicamente identificados con la izquierda como de la derecha. Desde ambos extremos se analiza un tema que es complejo, y por lo general, solo se aborda desde una sola perspectiva, desconociéndose otras, y sin verdaderas propuestas de solución o alternativas para el pueblo cubano. 

La situación actual de Cuba no es sólo resultado del embargo ni del bloqueo energético que actualmente existe, es también fruto de años de desidia por parte de la clase gobernante cubana, y por un sistema que ha resultado ser un fracaso en lo económico, lo político y lo social. Desde esta perspectiva, creemos que cualquier análsis debe tomar en cuenta no sólo la complejidad del contexto internacional, sino también, la existencia de absurdas prohibiciones en el país, la falta de libertades elementales, la corrupción, el reordenamiento de la economía, la venta del país a intereses extranjeros, la desmantelación del sistema de salud, del educativo, entre otros. Sin llegar a agotar todas las aristas de este análisis, creemos que es importante presentar algunas de ellas.

Una revolución que no existe

El colapso del país del que se habla de manera reiterada no es algo imprevisto, es fruto de un paulatino proceso de desgaste al que la sociedad cubana se ha visto inmersa, al menos en los últimos 35 años. Ningún país queda en total colapso como el que ha quedado Cuba de la noche a la mañana, incluso, ni la propia Cuba quedó así cuando se extinguió el Campo Socialista y se declaró, años después, el inicio del Período Especial.

Los apagones existen desde antes del bloqueo energético, y ocurrían de manera significativa con la desconexión del Sistema Nacional de Electricidad en varias oportunidades desde el año 2024. La carestía de comida y de insumos básicos tampoco es nueva, en el año 2024 Cuba solicitó apoyo al Programa Mundial de Alimentos para poder comprar leche en polvo para los menores de edad y, hasta hace unos pocos meses la población cubana enfrentaba una pandemia causada por tres arbovirus, transmitidos por mosquitos, dengue, chikungunya y oropouche y agravadas por las condiciones de insalubridad a la que los cubanos nos enfrentábamos con un sistema de salud decadente, sin medicamentos e infraestructura, resultado de la pandemia de la Covid-19, así como de años de desinversión en el sector y malas decisiones económicas.

Pese a las condiciones del país, el gobierno cubano apostó por la construcción de hoteles cinco estrellas, incluso en el medio de la pandemia, y siendo un país tradicionalmente agrícola, su agricultura no está desarrollada; de hecho el gobierno vende los insumos a los agricultores en divisas extranjeras o sus equivalentes, lo que por lógica incrementa el costo de los alimentos de primera necesidad. Cuba es una isla rodeada de mar, pero no es posible comprar pescado, tenemos agua salada pero no hay sal, somos un país tropical pero no tenemos ni azúcar ni frutas.

Insignia circular estampada y esmaltada, hecha de metal. British

Cuando el pueblo sobrevivía la pandemia, el gobierno cubano decidió “reordenar” la economía, eliminó la conocida moneda convertible (CUC) y dio la última estocada al sistema de bienestar que había en el país, pues eliminó los subsidios que garantizaban o, al menos, amortizaban un conjunto de condiciones mínimas de supervivencia a los que menos tenían, al tiempo que se abrieron tiendas en divisas extranjeras sólo para un sector de la población que podía pagarlas, sin brindar alternativas al resto. Todo ello desconociendo las voces de economistas y otros expertos que preveían que el país no tenía las capacidades económicas necesarias para tomar una medida de tal magnitud, y que conllevaría un costo social muy elevado.

También llama sobremanera la atención que el país posea cuatro refinerías, haya tenido una relación económica fructífera de más de 25 años con Venezuela y no existan reservas de petróleo. Además, ¿cuál fue el destino de un crédito ruso de mas de 1.360 millones de dólares para rehabilitar las cuatro principales centrales termoeléctricas del país y duplicar la producción de electricidad? Tampoco es explicable por qué se continuaron construyendo hoteles cuando se sabía que el turismo mantenía una tendencia decreciente desde antes de la pandemia, y se invirtió 4.6 veces más en la construcción de habitaciones de hoteles que en educación, salud y agricultura.

A esta situación se agrava, la represión de las protestas de julio de 2021, en las cuales alrededor de 700 cubanos fueron sancionados por delitos de sedición, vandalismo, robo y desorden público, con penas entre 4 y 30 años según organizaciones independientes y de la sociedad civil. El recrudecimiento de la censura, la persecución de cualquier forma de disenso, incluyendo redes sociales, se institucionalizó con la adopción del Decreto Ley 35/2021, que sanciona cualquier difusión de información calificada “contraria al interés social”, y el Decreto Ley 370/2019, que endurece la vigilancia sobre periodistas y activistas críticos, a los que cataloga como ciberterroristas. Todo al unísono marca un complejo panorama social que detonó en una de las crisis migratorias más importantes del país en los últimos sesenta años.

En menos de cuatro años Cuba perdió el 24% de su población según un estudio demográfico independiente. Jóvenes y manos de obra calificada encontraron en la migración la única oportunidad de vida en un país que no ofrece nada a cambio, con el costo social y económico que eso conlleva. El gobierno cubano en ningún momento cambió el rumbo, no modificó ni ofreció ninguna alternativa, siguió con el mismo discurso de los años sesenta, no ofreció opciones reales de vida y adoptó a la migración como política de Estado. Hoy las familias cubanas se reconfiguran y replantean desde la migración. El gobierno cubano apostó a la migración como válvula de escape para el conflicto social y también, como una entrada de recursos económicos. 

De esta forma, con una economía endeble y una sociedad fracturada, tenemos un Estado cada vez más inoperante, incapaz de resolver las necesidades básicas de su población. Un país sin proyecto, con una casta militar y de burócratas que no tiene nada que ofrecer, excepto limitarse a pedir sacrificios. Cuba es, desde hace mucho un Estado fallido, al borde del colapso, quien no lo quiera ver es más que todo por una cuestión de fe, no de hechos. “Con todos y para el bien de todos”, dijera el Apóstol José Martí, hace muchos años que Cuba es solo para el bien de algunos.

Cuba en la era de Trump

La relación con los Estados Unidos no es nueva; siempre ha sido compleja y llena de matices, incluso desde antes de enero de 1959. Tuvimos la primera guerra imperialista del mundo, la Guerra Hispano-Cubano-Norteamericana, y durante muchos años fuimos un satélite; con la Revolución, pasamos a ser satélite de otros países. El embargo es histórico, existe y provoca pérdidas irreparables para el pueblo cubano. Lo que cambia, en el contexto actual, es el uso del bloqueo energético como forma de disuadir y presionar la salida de un gobierno fallido. Sin duda, el acto es condenable y deleznable en todos los sentidos, y la víctima es el pueblo.

Insignia rectangular de plástico, con sujeción metálica (conjunto completo).
Fondo blanco; ilustración de tres cabezas masculinas (Julio Antonio Mella, Camilo Cienfuegos y Che Guevara); ilustración de una estrella roja y una flecha roja, con inscripción en dorado, y formas en blanco, azul y verde, que contienen inscripciones en dorado, blanco y blanco, respectivamente (anverso). The British Museum

Los buques petroleros no pueden llegar al país, pero la crisis energética, social y económica es anterior y se remonta a muchos años atrás. Como no tenemos petróleo ni minerales de interés estratégico, el presidente Trump nos condena al exterminio: no somos “rentables” y aspira a la asfixia de un país moribundo. Lo que hace el presidente norteamericano es un crimen, pero lo que hace el gobierno cubano también lo es. Los cubanos no podemos exigir a Estados Unidos que cambie su nefasta política, pero sí deberíamos ser capaces de exigirle al gobierno cubano que renuncie por su manifiesta incapacidad.

El embargo económico es culpable de muchas cosas, pero no ha impedido los negocios del régimen con otros países, la exportación de servicios de salud ni la inversión extranjera. De hecho, existe una Zona Económica Exclusiva; el níquel es explotado por empresas canadienses, y hay una infraestructura desarrollada durante más de sesenta años para evadir el embargo y evitar las sanciones.

Algunos investigadores, en su papel de comentaristas públicos, han señalado que el bloqueo debe condenarse y que no tiene relevancia opinar sobre el gobierno, como si ambas posturas fueran excluyentes entre sí. El análisis del caso cubano es una expresión más de la aplicación contemporánea de la Doctrina Monroe en la región, aunque posee sus propias particularidades. No es posible hablar de Cuba sin analizar el papel que ha desempeñado el gobierno cubano durante todos estos años, y a los cubanos sí nos importa que se examinen ambas caras de esta relación. Tanto el gobierno cubano como el norteamericano coexisten y afectan con la misma intensidad al país y a su pueblo. Este enfrenta con la misma resistencia un bloqueo externo que uno interno; ambos se condicionan y nos condenan de formas diversas, pero siempre con el mismo resultado: la asfixia de quienes menos tienen.

Pareciera, entonces, que no tenemos alternativas ni esperanza. Los cubanos simplemente agonizamos entre dos posiciones que no se mueven, porque solo tienen intereses, y ninguno de ellos es salvar al pueblo.

El reduccionismo ideológico

El tema de Cuba se presenta, de hecho, desde dos realidades opuestas: un enfrentamiento entre el “socialismo” y el “capitalismo”, típico de los años de la Guerra Fría, en el que no existen opciones ni alternativas. La disyuntiva, para algunos, es que el país “resista” o vuelva al capitalismo de 1959. Esta disyuntiva no solo es ficticia, sino que constituye la mejor justificación para no encontrar una solución al dilema del pueblo cubano. Un pueblo al que no se le ha preguntado, en un verdadero ejercicio democrático, si quiere resistir, ni se le ha dado la opción de construir un país próspero, con bases económicas sólidas y bienestar.

Históricamente, han sido los gobernantes cubanos —primero Fidel Castro, luego Raúl Castro y, por último, Díaz-Canel— quienes se han investido como intérpretes de la voluntad popular y, en consecuencia, han dado la orden de “resistir”. Sin embargo, en un país donde estos gobernantes no se eligen de forma directa, donde un solo partido decide quién gobierna y cómo, donde el Parlamento ratifica o vota unánimemente las decisiones del propio gobierno, donde no existen mecanismos efectivos de control ni transparencia, y donde los espacios de decisión y participación son simulados, es imposible saber con certeza si esa interpretación es real o supuesta.

La resistencia de los cubanos no es voluntaria; nunca lo ha sido. Es un mero acto de supervivencia. Resistimos y seguiremos resistiendo no para legitimar la voluntad de los gobernantes, sino porque no tenemos otra opción. Cualquier disenso o protesta es fuertemente reprimido, y sobrevivir es un acto inherente a la condición humana. Los cubanos no queremos resistir; no somos el pueblo “elegido” para salvar al mundo ni demostrar que otro modo de vida es posible.

Bajo la lógica del reduccionismo ideológico —socialismo contra capitalismo—, la construcción de un régimen alternativo parece no existir para el pueblo cubano. Tampoco se plantea desde la lógica de la comunidad internacional que aparentemente nos apoya. Siempre nos hemos preguntado por qué, si todos los países piden al gobierno norteamericano que elimine el embargo —lo que es justo y necesario—, no le piden también al gobierno cubano que libere a los presos políticos, que impulse una apertura económica y política real, que establezca un verdadero Estado de derecho y que configure una alternativa auténtica de bienestar y progreso económico y social para su pueblo.

Los actos y ayudas humanitarias se agradecen, pero lo cierto es que ningún país puede vivir eternamente de ellas. Increíblemente, aunque suele pensarse lo contrario, Cuba tiene las capacidades y potencialidades necesarias para sostener un modelo de vida digno para sus ciudadanos. Sin embargo, el modelo económico socialista de los últimos sesenta años no ha sido capaz de garantizarlo en ningún sentido. Siempre hemos dependido de otros países. Entonces, surge una pregunta inevitable: ¿por qué los cubanos no podemos decidir y construir nuestro propio bienestar, e incluso probar otros modelos de desarrollo y prosperidad? ¿Por qué, si todos los países de América Latina han oscilado entre distintos modelos y alternancias durante el siglo XX y lo que va del XXI, los cubanos no tenemos esa opción? No planteo cuál es la mejor opción, sino simplemente que tengamos la posibilidad de escoger una.

Fondo azul con borde plateado; ilustración en blanco y dorado de un mapa de Cuba, con una brújula, un barco y una criatura en blanco; inscripciones en blanco; inscripción en dorado. British Museum.
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