Argentina reestructurada: tres puntos sobre la sorpresa de octubre

Por Patricio Gómez Talavera

Con casi el 41% de los votos en las elecciones de medio término, La Libertad Avanza y Javier Milei procederán a capitalizar con bastante seguridad un centenar de diputados disciplinadamente oficialistas, en conjunto con alrededor de 25 senadores. No garantizará por sí mismo la aprobación de reformas estructurales que el gobierno se dispone a buscar, pero sí conformará un bloque mayoritario, que sostendrá al oficialismo y le evitará un año legislativo como el ocurrido este 2025 antes del ciclo electoral. En ese sentido, la victoria de Javier Milei y La Libertad Avanza puede ser observada bajo la óptica de tres puntos que consideramos fundamentales.

De abajo hacia arriba

El resultado de la elección ubicó a toda la franja de indecisos masivamente de un lado de la competencia, en favor de La Libertad Avanza, generando un desenlace imprevisto incluso para los estrategas gubernamentales. Como siempre, el discurso de muchos analistas buscará reacomodar el cuerpo luego de la sorpresa, pero al momento de producirse, en la magnitud que se produjo, la victoria del partido de Javier Milei (una organización en construcción) fue imprevista hasta para el mismo gobierno.

Presidente Javier Milei.

“Estamos todos sorprendidos” declaró el presidente Milei llegando a la sede del comando de campaña. “Si perdemos por 9 puntos, cantamos victoria” declaró el candidato Diego Santilli, que terminó ganando por 0,5% en la estratégica provincia de Buenos Aires. En este sentido, se trató de la movilización del votante ideológicamente más integrista de la extinta coalición Juntos por el Cambio, que ante la volatilidad dio un paso al frente en apoyo de un gobierno que aún en gran medida siente ajeno.

Ese depósito de confianza es nominalmente inferior al porcentaje obtenido por Mauricio Macri en su fallido intento de reelección en 2019, pero porcentualmente casi idéntico: 40,7 contra 40,3 de Macri. Es la base del votante no-peronista, uno de los dos polos que ordenan la vida política argentina desde 1945, con raíces rastreables hasta la consagración del voto universal, secreto y obligatorio de 1912. En este sentido, las campañas estuvieron mas signadas por silencios y autocontención esperando no repeler a demasiados votantes o interrumpirlos recordándoles fracasos pasados (la campaña del nuevo branding peronista, Fuerza Patria, ex Frente de Todos).

Y otra campaña basada en reforzar ese recuerdo, a la vez que, en un cambio significativo, compaginaba con reconocimientos al esfuerzo colectivo con respecto al ajuste económico de estos años, pidiendo una confianza para que ese esfuerzo no se perdiera. En ambos, la elección aparecía como un punto fijo y ciego: si el resultado era negativo para el gobierno, tanto oposición como gobierno coincidían en que la gobernabilidad se volvía aún mas problemática, y la estabilidad del gobierno estaría comprometida. Para una elección legislativa donde se evalúa al gobierno por arriba de toda consideración, el cambio no era una palabra portadora de esperanza: era un “freno” para la oposición, y una perspectiva de crisis gubernamental implícita en el discurso general. El futuro sigue siendo antónimo de ilusión.

El largo adiós al voto económico

Ante un escenario de un mercado cambiario inestable y un rescate activo del tesoro norteamericano comprando pesos para contener la cotización oficial de la moneda argentina, las semanas previas estaban lejos de ser halagadoras. La crisis y renuncia del candidato José Luis Espert en la Provincia de Buenos Aires balizaba un contexto económico adverso para la capacidad adquisitiva por lo menos desde abril, que había tenido impacto en la aprobación presidencial. La misma pasaba de más de 50% a caer abajo del 40%, mientras los dólares financieros rozaban el techo de la banda cambiaria, en la proximidad de los 1500 pesos por dólar. El riesgo país trepaba, como en todo ciclo electoral en los últimos 10 años, a nuevas alturas. Las reservas internacionales eran y son negativas, encontrándose al nivel que dejó la administración de Alberto Fernández en 2023, 9 mil millones de dólares debajo de la meta negociada con el Fondo Monetario, con pagos de 2mil millones solo en noviembre. Mientras que la actividad económica en las elecciones de medio termino de 2013 estaban en terreno positivo en 2,2%, la de 2017 en 2,7% y la de 2021 en 3%, la de 2025 estaba abajo 1%, comparando octubre contra enero del año electoral.

Javier Miler

Entonces, ¿cómo puede ser que el gobierno haya obtenido una victoria tan contundente? El votante percibió dos elementos: la fragilidad y la regresión. En ese sentido, se extendió para una gran proporción de votantes no peronistas desmotivados que si el gobierno perdía, su situación material (-4% de retroceso del salario real de enero a junio) se iba a deteriorar por la crisis postelectoral. Argentina no se encuentra en 2015, tampoco en 2019 o 2021. El votante no tiene margen para seguir rascando al fondo de su bolsillo. Comprende la novedad de Milei, y extendió un depósito de confianza: dar mas tiempo para ver resultados, porque la regresión a 2023 y al régimen de alta inflación es inaceptable, y porque no hay una alternativa real hacia adelante.

Una crisis que culmine con un cambio de gobierno no podía producirse sin graves perjuicios económicos, que podían transformar una recesión en una depresión con graves consecuencias sociales y de salida muy lenta. Un gobierno emanado del arco no oficialista difícilmente tendría condiciones de gobernabilidad mejores para las ineludibles reformas estructurales que Argentina necesita. El voto prospectivo, en toda su potencia creadora.  El voto económico, ya golpeado por el inesperado rendimiento de Sergio Massa en la primera vuelta de 2023, pierde capacidad explicativa.

Trump, coalition building y un país sin sistema

La condición de la asistencia que el gobierno de Donald Trump se encuentra aun negociando con Argentina parece relacionada con la capacidad del gobierno de construir un oficialismo con agenda, y no un entorno de resistencia a embates parlamentarios cuando la coyuntura se vuelve adversa. Desde diciembre de 2023 a marzo de 2025, con el presidente con el 50% de aprobación, el gobierno venció en 14 de 17 votaciones en el Congreso. Desde abril hasta hoy, perdió 29 sobre 33. Paradójicamente, la principal víctima de la elección fue el espacio peronista negociador, Provincias Unidas, que apuntaló todo este tiempo la reforma de un ejecutivo con menos del 15% de las bancas en ambas cámaras.

La polarización reforzó al gobierno a costa de los grupos intermedios, aumentando el musculo propio a costa de reducir el horizonte de aliados. Esto explicaría también porque Fuerza Patria, en su derrota, casi no perdió diputados. La polarización refuerza a dos polos que trabajan su propia consolidación en la negación de la legitimidad del otro, haciendo que la democracia sea un juego de suma cero. La obtención del gobierno es un compensador de las puniciones suministradas por el nivel cuando se estuvo en la oposición, material y simbólicamente hablando.

La continuidad no solo se ve imposibilitada: no se vuelve deseable para los actores y carece de incentivos en su favor. De revolución compensadora a revolución compensadora, las políticas públicas carecen de estabilidad, sus instrumentos, de eficacia, y con ello, las reglas de juego son débiles y temporales. 2026 será, en ese contexto el año de las reformas que el mileismo plantea para sacar de 15 años de estancamiento a Argentina: laboral, impositiva, previsional.

Pero sí es posible un sistema con un mínimo de horizonte común entre las dos almas de la personalidad argentina expresadas en sus dos polos, la continuidad institucional que construye eficacia y sobre todo, ancla expectativas, no será posible. Y Argentina puede seguir siendo el anacrónico inestable, en una región que entendió lo que es la comunidad que da sentido. Te guste o no te guste lo que dijo en redes el presidente hoy, ayer o mañana.

Javier Milei en concierto.


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