En las últimas décadas, la crisis ecológica ha dejado de ser una amenaza distante para convertirse en una realidad tangible que atraviesa todos los ámbitos de la existencia. El calentamiento global, la pérdida acelerada de biodiversidad, la degradación de los suelos y la contaminación de las aguas no se presentan como episodios aislados, sino como expresiones interdependientes de un modelo civilizatorio que ha subordinado la sostenibilidad de la vida a la lógica de acumulación ilimitada y consumo compulsivo.
Como advierte Moore (2015), la visión hegemónica de la naturaleza —heredera de la modernidad eurocéntrica— la ha reducido a un mero objeto de explotación, despojándola de agencia y valor intrínseco. Desde su propuesta de la “ecología-mundo”, el autor revela la imbricación entre capitalismo y naturaleza, señalando que el capital no solo se apropia de trabajo humano sino también de las energías y ciclos vitales del planeta.
Desde una mirada ecofeminista, estas limitaciones adquieren especial relevancia. La lógica de dominación —que articula capitalismo, colonialismo, y patriarcado— no solo ha devastado ecosistemas, sino que también ha perpetuado desigualdades estructurales en torno al trabajo de cuidados, mayoritariamente no remunerado, sostenido por mujeres y comunidades feminizadas. Autoras como Shiva y Puleo han mostrado que la degradación ambiental y la precarización de la vida no son procesos paralelos, sino mutuamente constitutivos: allí donde la naturaleza es explotada como recurso inerte, también los cuerpos que cuidan y reproducen la vida son desvalorizados y precarizados.
En este contexto, repensar la naturaleza como sujeto de cuidados —y no únicamente como recurso— se convierte en un desafío central para construir un modelo de vida digna y sostenible. Esto implica superar las dicotomías modernas entre “naturaleza” y “cultura” o entre “producción” y “reproducción”, reconociendo que los sistemas ecológicos y los sistemas sociales son co-dependientes.

El presente ensayo explora el concepto de naturaleza desde una perspectiva ecofeminista de los cuidados, partiendo de la premisa de que la degradación ambiental está profundamente vinculada a estructuras de dominación patriarcales y capitalistas. A lo largo del texto se revisan los orígenes históricos y filosóficos del término “naturaleza” para comprender cómo ha sido configurado como categoría política, y se examinan las principales corrientes ecofeministas —desde las críticas esencialistas hasta las posiciones constructivistas— a fin de situar el debate en su complejidad. Asimismo, se ofrece una reflexión crítica sobre la bibliografía utilizada, reconociendo la relevancia de autoras y autores que han contribuido a vincular ecología y justicia social, pero también señalando sus límites, especialmente cuando las propuestas no incorporan la diversidad epistémica de los feminismos del Sur ni las experiencias de comunidades indígenas y campesinas. Finalmente, se propone una visión que articule justicia ambiental, equidad social y sostenibilidad desde una ética de los cuidados que sea, al mismo tiempo, anticapitalista, antipatriarcal y anticolonial.
El término “naturaleza” proviene del latín natura, derivado de natus, participio pasado de nasci (“nacer”). En su origen, hacía referencia a la cualidad innata de los seres vivos y al curso de los acontecimientos según su propia esencia.
En la filosofía griega es posible ratrear una visión análoga bajo el término physis que designaba el principio fundamental de la vida y el orden natural del universo. Aristóteles la entendía como un sistema jerárquico donde cada ser tenía un propósito inherente, idea que influiría en la teología cristiana medieval.
Durante la Edad Media, el cristianismo reforzó esta jerarquización al definir la naturaleza como creación divina puesta al servicio del ser humano. Con el advenimiento de la Ilustración, se consolidó una concepción racionalista que interpretaba el mundo natural como un sistema regido por leyes universales susceptibles de ser conocidas y dominadas por la razón, lo que profundizó su instrumentalización. La Revolución Científica de los siglos XVI y XVII, con el paradigma mecanicista de René Descartes y Isaac Newton transformó el mundo natural en una máquina inerte, justificando su manipulación sin restricciones éticas.
Históriacamente, la naturaleza ha sido entendida como un ente autónomo o una extensión del dominio humano. Raymond Williams (1983) señala que el término ha servido para referirse a la esencia inherente de los seres, pero también para categorizar el mundo material como algo separado de la humanidad, legitimando así su subordinación.
En el pensamiento filosófico, Ernst Cassirer (1944) la definió como un conjunto de leyes y principios universales susceptibles de ser estudiados científicamente, mientras que Bruno Latour (2004) rechazó la dicotomía entre naturaleza y sociedad, proponiendo entenderlas como redes de relaciones interdependientes. Por su parte, Corbin, Courtine y Vigarello (2005) han mostrado cómo la noción de naturaleza ha sido instrumentalizada para sostener jerarquías sociales y de género, asociándola a lo instintivo y lo irracional.
En suma, la historia del concepto de naturaleza revela un tránsito desde visiones que la concebían como principio vital y orden cósmico, hacia enfoques que la redujeron a recurso disponible para el dominio humano. Este recorrido, marcado por jerarquías, dicotomías y relaciones de poder, ha legitimado su instrumentalización y mercantilización. Frente a ello, enfoques críticos como el ecofeminismo proponen repensar la relación entre naturaleza y cultura desde la interdependencia, el cuidado y la justicia, cuestionando las estructuras que han sostenido su explotación.
Por su parte el ecofeminismo, surgido en los años setenta, sostiene que la subordinación de la naturaleza en las sociedades capitalistas y patriarcales está vinculada a la opresión de las mujeres y del trabajo de cuidados. Sus primeras corrientes, de carácter esencialista, asociaban a las mujeres con una conexión innata con la naturaleza, visión que ha sido ampliamente criticada por reforzar estereotipos de género.
Posteriormente, los llamados ecofeminismos constructivistas plantearon que la manera en que nos relacionamos con la naturaleza es una construcción sociocultural impuesta por el patriarcado. Corrientes decoloniales, como las impulsadas por Vandana Shiva, han vinculado la justicia ambiental con la defensa de territorios indígenas y la crítica al “mal desarrollo” impuesto por modelos occidentales.
En sus diversas vertientes, el ecofeminismo ha problematizado la dicotomía cultura/naturaleza heredada de la filosofía occidental para proponer una ética del cuidado que reconozca la interdependencia y la vulnerabilidad como principios centrales para la sostenibilidad de la vida. En su relación con el medioambiente, esta ética invita a reconocer el valor intrínseco de los ecosistemas y su derecho a existir, lo que ofrece un marco conceptual propicio a la hora de articular justicia ambiental, bienestar humano y sostenibilidad.
En la práctica, esta visión se materializa en experiencias concretas: la agroecología como modelo productivo compatible con la regeneración de suelos y biodiversidad, los movimientos comunitarios de defensa del territorio frente al extractivismo, o la revitalización de saberes ancestrales que integran espiritualidad y gestión sostenible de los recursos. Estas iniciativas muestran que el cuidado no es solo una actitud individual, sino una estrategia colectiva de resistencia y transformación frente a la lógica extractivista.
En definitiva, los enfoques ecofeministas abren la posibilidad de imaginar nuevas formas de habitar el planeta, basadas en interdependencia y reciprocidad. La cultura de los cuidados ofrece una alternativa al modelo de explotación, promoviendo una ética del respeto, la corresponsabilidad y la justicia ecológica. Reconfigurar nuestra relación con la naturaleza desde esta perspectiva no es únicamente un imperativo ético, sino una condición para la sostenibilidad de la vida.
Repensar la naturaleza desde la perspectiva ecofeminista de los cuidados implica desmontar siglos de jerarquización y explotación del mundo vivo. Este enfoque visibiliza la profunda interdependencia entre seres humanos y ecosistemas, situando el cuidado en el centro de cualquier modelo de sostenibilidad. Frente a la lógica extractivista, la ética del cuidado plantea un paradigma en el que la vida —toda la vida— posee valor intrínseco, más allá de su utilidad económica o funcional.
En este sentido, articular justicia ambiental con la equidad social no es una opción, sino una necesidad histórica. El reto reside en traducir estos principios en políticas públicas y estructuras económicas que reconozcan la vulnerabilidad y la interdependencia como fuerzas de transformación. Solo así podrá construirse un futuro donde el cuidado deje de ser una excepción y se convierta en la base de nuestra relación con el planeta.
Esta breve revisión histórica del concepto de naturaleza muestra que su actual instrumentalización no es un fenómeno aislado, sino el resultado de siglos de construcción cultural atravesada por jerarquías y desigualdades. El ecofeminismo de los cuidados permite entender que la degradación ambiental y la precarización de la vida están unidas por la misma lógica de dominación, en la que los ecosistemas y quienes sostienen el cuidado de la vida son igualmente desvalorizados. Al recuperar las prácticas comunitarias y los saberes ancestrales, se evidencian alternativas concretas que, lejos de ser meras nostalgias, constituyen estrategias viables para un futuro sostenible.
No obstante, quedan abiertas preguntas que el ecofeminismo debe seguir abordando. Entre ellas, cómo evitar la romantización de prácticas tradicionales sin desconocer su potencial emancipador, cómo integrar voces y experiencias diversas (especialmente las provenientes de comunidades indígenas, afrodescendientes y campesinas), y cómo generar marcos teóricos y políticos capaces de incidir en contextos profundamente marcados por la desigualdad global. Estas reflexiones no son secundarias: de su resolución dependerá que la ética de los cuidados pueda trascender el plano discursivo y convertirse en una fuerza transformadora real.
Finalmente, es imprescindible profundizar en el diálogo entre justicia ambiental, justicia social y justicia epistémica. Esto implica no solo repensar nuestras categorías conceptuales, sino también transformar las estructuras económicas, jurídicas y culturales que hoy sostienen la crisis ecológica. La tarea es compleja y de largo aliento, pero ineludible: si queremos habitar un planeta vivo, el cuidado debe dejar de ser una práctica marginal para convertirse en el principio organizador de nuestras sociedades.







