La experiencia creativa en el arte como una forma de cuidado

Por Asunción Pineda

Antes de caminar, bailamos
Antes de hablar, cantamos
Antes de escribir, dibujamos

Percibimos y construimos la realidad a través de nuestros sentidos, de la imaginación y los referentes que nos presentan y representan, el arte es uno de los ejercicios humanos que hemos encontrado como especie para comunicarnos más allá de las diferencias culturales para reconocernos en nuestros sentires, alegrías y pesares.  

En mi niñez jugaba con mi hermano al circo, en ese entonces a un circo con animales, yo era una foca, mis aletas un par de guantes que encontramos y mi hermano era mi entrenador, mamá nuestro público, mi acto era aplaudir y hacer como foca “ou, ou”, ejercicios infantiles de representación que de alguna manera me dirigieron felizmente a elegir la formación artística como una opción de vida. 

La creatividad nos acompaña como un ejercicio cotidiano, aunque la pensemos como extraordinaria o privativa para cierto tipo de actividades, la creatividad, entendida desde su aspecto benévolo, nos permite encontrar soluciones a todo tipo de retos, se sirve de lo existente para proponer nuevas opciones, miradas, alternativas y para ello, la imaginación y el ejercicio artístico son los mejores aliados. La creatividad en el arte parece un requisito indispensable y lo es en gran medida, lo cual no quiere decir que quienes no se desempeñen de manera profesional en alguna disciplina artística, no tengan derecho a explorar y manifestarse a través del arte. 

Un hombre bailando. Wellcome Collection.

Dentro de las múltiples dimensiones a explorar sobre el ejercicio artístico, me interesa la indagación y reflexión de algunas para redimensionar su importancia en nuestras comunidades y sociedades, poniendo al centro la figura de agente creativo como un elemento más en el ejercicio ciudadano y de derechos culturales y por ende del cuidado comunitario. 

La primera dimensión que propongo explorar es la de la educación artística en la vertiente de formación de profesionales para el arte, esto es, personas que buscan desempeñarse como artistas y para ello se aproximan a las escuelas profesionales de arte. Desde mi experiencia como estudiante en Literatura Dramática y Teatro parecía que lo más importante era la disciplina, la “formación”, no recuerdo que hayamos discutido sobre el gozo de reconocernos y compartirnos desde la escena, o de nuestro bienestar como la base del proceso creativo, más bien se aspiraba a la veracidad en la interpretación, en la proyección de la voz o en la postura corporal, si bien se nos compartía el mensaje de que era importante cuidar nuestra salud, sobre todo física, a través de una buena alimentación y ejercicio, difícilmente se hablaba de la salud mental, lo cual resulta fundamental para el trabajo interpretativo y las relaciones que se deben entablar en las artes escénicas. 

Existe un lugar común al momento de pensar en la personalidad creadora: almas atormentadas o vidas difíciles suman a la idea de que para crear hay que sufrir. Eduardo Monteverde aborda el tema en su obra “Los fantasmas de la mente” en donde expone que situaciones adversas, como enfermedad, adicción o condición mental no son precisamente el origen o detonador de la creación artística. Pero, ¿qué clase de sociedad seríamos si pudiéramos solo presenciar o peor aún propiciar la inestabilidad emocional y el sufrimiento con tal de reconocer a algunxs de nuestra especie como geniales? Es un hecho que distintas disciplinas artísticas son atractores de espíritus consternados o conflictuados, en busca tal vez, de un remanso o salida para su sufrimiento a través de la expresión artística. Entonces, el cuidado se vuelve necesario al procurar las mejores condiciones para crear y no que las peores condiciones o las más adversas sean el motivo de la creación, quizá como advertencia o como algo admirable, pero es un hecho que la obra artística se redimensiona morbosamente al conocer la trágica historia de alguien que, a pesar de si mismx, crea. Las vidas deben procurarse mediante una red de cuidados, ninguna obra de arte debería valer el bienestar de la vida que la crea. 

Una mujer bailando. Wellcome Collection.

Creatividad proviene de creare que significa producir, crear, engendrar y cuidado tiene su raíz en cogitatus que significa pensamiento, reflexión, atención, diligencia y solicitud. De estas nociones es posible relacionar los procesos creativos con el enfoque en el cuidado, es decir, en los procesos creativos se requiere de un nivel de consciencia plena en el que podamos concentrarnos para crear, en este caso expresiones artísticas, lo cual solo podrá ocurrir de conocer contextos y poner atención en lo que comúnmente no se pone atención, nuestros cerebros tienen la capacidad de almacenar cantidades extraordinarias de información y sin embargo, cada día, descartamos la mayor parte de estímulos para no caer en la locura pero, la creatividad echa mano de eso que pareciera trascendente, afilar la mirada es necesario para quien los sentidos le obsequian un acervo inagotable de experiencias que le permiten compartir otras formas de entender y configurar la realidad, que es básicamente lo que hace el arte. Como al respecto señala Monteverde: 

  …las personas creativas están en una relación constante, con un mayor flujo de información que reciben del ambiente…de manera ordinaria, la gente recibe los estímulos de un objeto, los conceptualiza vagamente y elimina lo que considera inútil. A este proceso se le llama inhibición latente. El umbral de este mecanismo es bajo en las personas creativas, quienes de esta forma aceptan mayor cantidad de información y le dan una nueva utilidad en los diversos campos de la creatividad, abanico que abarca de las ciencias exactas a las representaciones de la danza. Es un umbral abierto a los nuevos estímulos.

Cuando presenciamos una manifestación artística ya sea plástica, escénica, sonora o literaria se nos muestra una forma de percibir la realidad desde perspectivas que tal vez no habíamos tomado en cuenta y tratamos de “dialogar” con ella a través de nuestros sentidos, es importante que en este proceso intentemos que el juicio quede al margen, al menos en primera instancia, pues nos disponemos a sentir,  emocionarnos y entender otra forma de existir y expresarse, en el ejercicio del cuidado ocurre algo similar con esta disposición a la “escucha”, en donde nuestra visión y experiencia, tendría que atender las necesidades de la otredad y no anteponer las propias.

La segunda dimensión a la que busco aproximarme en este breve texto es a la de los cuidados desde el arte, lo más inmediato es identificarlos en prácticas como la arteterapia en donde se utilizan recursos artísticos para la comunicación de emociones en la práctica psicoterapéutica o en las actividades artísticas reconocidas como terapia ocupacional en apoyo a distintas condiciones y etapas de la vida o las distintas actividades artísticas que practican las personas privadas de la libertad y que pueden coadyuvar a la reinserción social. Contemplar el ejercicio artístico en sus distintas vertientes como una práctica del cuidado resulta coherente según la definición de Berenice Fisher y Joan Tronto

En el nivel más general, el cuidado es una actividad de nuestra especie que comprende todo lo que hacemos para mantener, continuar y reparar nuestro mundo de forma que podamos vivir en él de la mejor manera posible. Ese mundo incluye nuestros cuerpos, a nosotros mismos y nuestro entorno, todo lo cual intentamos entrelazar en una compleja red que sustenta la vida.

En la misma línea el doctor Francisco Mora, habla de la importancia del ambiente en el que nos desarrollamos para generar una base de circuitos cerebrales que permitan el mayor bienestar posible:

… en las manos de cada ser humano, el uso de una verdadera regla de oro: vive y exponte a un medio ambiente moral, social e intelectual que enriquezca tus conexiones cerebrales en la dirección de futuras referencias inconscientes a tu futura conducta consciente. Haz el esfuerzo por encontrar el medio ambiente
social y moral de referentes sólidos y bien cimentados que construyan tu propio cerebro y con ello sí alcanzarás el pleno desarrollo de ti mismo.

Siempre es posible regresar al bienestar, a la diversión y el placer que puede producir el ejercicio creativo a través de las artes, en nuestra primera infancia, la mayor parte de niñxs logramos experimentar de una u otra forma el gozo de crear sin el juicio de lo bien o mal hecho, nos relacionamos desde la fantasía y la imaginación mientras creamos mundos para habitar de otras formas, generamos lazos a través del juego que también nos prepara para otras etapas de la vida.

Cuando la práctica artística se da en las mejores condiciones permite, como enuncia Elliot Eisner, refinar nuestro sistema sensorial y profundizar en la experiencia cualitativa a través de la concentración e imaginación, siendo que esta última permite probar, experimentar creando una red de seguridad mediante imágenes de lo posible. La imaginación es pues, una forma de ensayo que previene lo que pudiera ocurrir, como una advertencia, otra acepción del cuidado.

Para reconocernos en la otredad es necesario que nos relacionemos en igualdad sustantiva, pero desde el reconocimiento de las diferencias y las distintas necesidades, una de las formas de relacionarnos para entendernos y acompañarnos en la experiencia vital, es a través de la experiencia estética que puede sensibilizarnos de tal manera que podamos empatizar con distintas circunstancias y problemáticas que requieran de nuestro accionar. 

Es importante visibilizar a la experiencia estética como un efecto del ejercicio artístico basado, como dice Maxine Greene, en atributos perceptibles de objetos y sujetos, no hay mirada pasiva, lo que se activa es una disposición que va más allá de la mera recepción ya sea como creadorxs o espectadorxs del arte, superando  juicios de valor o de belleza, la experiencia estética dota de sentido al arte porque es lo que finalmente interpela con la otredad y nos permite integrarnos desde la acción y/o la contemplación activa al sabernos en unidad y como parte de algo más grande y complejo que nosotrxs, desde la cualidad subjetiva de la experiencia nos reconocemos semejantes, de la misma especie, con las mismas necesidades y a su vez en la certeza de que lo que experimentamos no lo podría sentir de la misma manera nadie más, hay un momento en la experiencia estética que rebasa la comprensión y nos sensibiliza como humanxs, lo cual nos permite ejercitar la empatía y ser más conscientes del valor de la vida porque la experiencia estética también nos toca para recordar nuestra finitud ante la constatación del instante en donde parece que el tiempo se detiene para vivir y testificar lo que estamos sintiendo, experimentando, nos entendemos y conectamos a partir de lo que sentimos, el diálogo atraviesa tiempos y espacios para posicionarnos en el aquí y ahora. 

Greene habla de fases en la consciencia imaginativa que van de prestar atención en el hecho que se atiende, enfocando y notando con cuidado, permitiendo que las cualidades se develen, otra de las fases que enuncia poéticamente Greene, es la de “saborear internamente” elaborando lo que se ha experimentado y haciéndolo propio, convirtiendo el suceso en consciencia personal. Se trata de conectar y resignificar, de ampliar la percepción para comprendernos mejor a nosotrxs mismxs y lxs demás. 

La experiencia artística-estética no es accesoria, es vital, requerimos de habilitar ambientes, abrir espacios, permitir la exploración y la experimentación desde las formas más básicas de la expresión humana para reconectar a través de lo sensorial. En una época en que nuestros sentidos están absortos en una pantalla móvil resulta vital para priorizar lo que en verdad importa, la vida importa, importa lo que nos permite seguir respirando y encontrando sentido a la existencia, el arte ha sido un gran aliado en ello, volver a la representación, al ritual que crea identidad y comunidad porque en el ejercicio del cuidado y el arte nos reconocemos igualmente vulnerables e interdependientes de la mirada y la acción relacional, procurar los espacios de libre expresión y exploración artística, garantiza que los universos personales se comuniquen, que los “qualia” cobren sentido en el compartir, porque mi “rojo” jamás será el de alguien más, así mi dolor y necesidad tampoco lo serán pero puedo compartirlo y acompañarme y acompañar para que la experiencia vital sea lo más gozosa y placentera posible.

Tres gatos cantando. Wellcome Collection.


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