Me propusieron leer el libro de Joan C. Tronto, y realizar esta reseña, al poco tiempo de que un rayo fulgurante al corazón atravesara y reordenara el trabajo de cuidados en mi núcleo familiar; lo cual me hace pensar que, a veces, son las lecturas las que nos encuentran en el momento indicado para trastocar nuestras vivencias cotidianas. Leí este libro en los tiempos libres que me dejaban las medicinas prescritas y las citas médicas de mi abuelita en el cardiólogo, los viajes de fines de semana de mi vocación, la preparación de mis exámenes para ingresar al posgrado, los trastes sucios del fregadero en una cocina pueblerina con el radio de fondo, las verduras cocidas sobre la estufa para el mole de olla, y la expresión de amor inefable de la que habla Tronto al definir la palabra “cuidado”.
Desde el comedor y la cocina pueblerina, luego de servir todos los días la comida y de lavar los platos de las/os demás, incluso con incomodidad cuando se trataba de “servirle” a los hombres “trabajadores y proveedores” del hogar, volvía a la obra de Tronto, y pensaba y re-pensaba, una y otra vez, la pregunta central de su libro: ¿cómo entender de manera diferente la democracia y la responsabilidad para crear sociedades más solidarias y más justas? Para la autora, la respuesta a esta cuestión toral reside en la ciudadanía y en su práctica democrática de “cuidar con”. En otras palabras, para Tronto, somos las/es/os ciudadanas/es/os quienes, al participar activamente en la política (contemplando a esta última no solamente en términos electorales o de partidos políticos, sino en tanto un accionar colectivo que guía a la nación hacia un mejor futuro), podemos participar en la articulación de una democracia del cuidado que piense a las responsabilidades de cuidado de manera extendida, es decir, tanto hacia nosotras/es/os mismas/es/os, como hacia las personas, seres y naturaleza que nos rodean, ya sea en el espacio privado o público.

Con el fin de llegar a esta idea central, Joan C. Tronto construye teóricamente la idea de democracia del cuidado a lo largo de su obra compuesta por un prefacio y una introducción, y tres partes conformadas por dos, tres y dos capítulos, respectivamente. Por su parte, en la introducción, la autora plantea críticamente al cuidado dentro del espacio privado, analizando cómo específicamente en las familias estadounidenses, el hogar ha devenido en un espacio de inversión y especulación neoliberal, de forma que sus integrantes responsables de cuidados han caído en: 1) El círculo vicioso de trabajar para luego consumir “recuerdos” como una forma de sustituir o recompensar la falta de cuidados en el hogar, sobre todo, hacia las infancias, juventudes y personas de la tercera edad; y/o, 2) La mercantilización de los cuidados a través del trabajo, principalmente, de mujeres y personas racializadas contratadas como “sirvientas/es” o “niñeras/os”. En este sentido, Tronto llega a la conclusión de que las personas no somos únicamente trabajadoras y consumidoras, sino que nuestras vidas se sostienen de los cuidados que nos proveen nuestras familias y personas cercanas, así como de políticas mediante las cuales el Estado democrático debería otorgar las condiciones necesarias de vida digna, para llevar a cabo nuestras prácticas de cuidado sin distinción alguna de género, clase, color de piel, descendencia y/o religión, etcétera.
No obstante, de acuerdo con la autora, el gran desafío que enfrenta la democracia contemporánea en nuestros Estados nacionales es que se centra en un modo de producción económico que (re)produce desigualdades e injusticias sociales constantes e interminables (a saber, el capitalismo en su fase neoliberal), a la par de que reconoce jurídicamente que toda su ciudadanía es igual ante la ley. Es por ello que, dadas estas desiguales e injustas condiciones materiales de vida, en la primera parte de su obra, la autora se dedica a teorizar su propuesta de democracia del cuidado, analizando la relación entre el “déficit de cuidado” y el “déficit democrático” en nuestras sociedades contemporáneas y llegando a la conclusión de que la democracia del cuidado debe centrarse en la práctica del “cuidar con”, lo que implica asignar responsabilidades de cuidado a todas/es/os sus ciudadanas/es/os sin ningún tipo de privilegio por cuestiones raciales o de género y clase.
El problema consecuente es que, como lo expone la autora partiendo desde una perspectiva feminista en la segunda parte de su texto, la práctica de cuidados ha quedado supeditada al mandato de una masculinidad hegemónica que (re)produce una ideología de género en particular. Esta ideología de género no sólo devalúa y naturaliza las tareas de cuidado como femeninas, sino que, además, no reconoce como cuidado las prácticas de cuidado masculinas, o realizadas comúnmente por hombres, al ocultarlas bajo la figura del “hombre protector y proveedor”. Al privilegio que tienen algunas personas, específicamente los hombres, de eludir ciertas responsabilidades de cuidado “menos importantes” en el hogar (como levantar sus platos sucios de la mesa y lavarlos, u ocuparse de las tareas del hogar en general, o de la crianza de las infancias), Tronto lo nombra como pases de protección y producción. De esta forma, la autora denuncia los mandatos hegemónicos de género y de clase que delinean la desigualdad en la distribución de las responsabilidades de cuidado, teórica y prácticamente, en nuestras sociedades. Por lo que termina agregando a la lista de pases o privilegios que nos permiten a las/es/os ciudadanas/es/os eludir nuestras responsabilidades de cuidado dentro de la democracia: el pase de cuidar de los míos, el pase “de cada uno por sí mismo” y el pase de caridad.
Por mi parte, desde el comedor y la cocina pueblerina en donde pasaba la mayor parte del día realizando mis tareas de cuidados y leyendo el libro de Tronto, comencé a ser aún más consciente, teórica y prácticamente, de la desigualdad en la distribución de las responsabilidades de cuidado por cuestiones de género, raza y/o clase social de la que habla Tronto. Ello, gracias al privilegio que tuve de estudiar una carrera universitaria en Ciencias Sociales, pero, sobre todo, porque el re-pensar nuestras experiencias de injusticia en el reparto de las responsabilidades de cuidado en el hogar, ya sea cocinando o lavando los trastes, se expresan y sienten a través de nuestros cuerpos como amor y, a la vez, como cansancio e incomodidad. Bien dicen que, desde el hogar, entre la ropa sucia puesta en la lavadora y el comal donde se hacen las tortillas, las mujeres y las personas cuidadoras re-piensan y teorizan constantemente sus vivencias de opresión.

A decir verdad, esperaba que, en la tercera y última parte del libro, Tronto nos brindara algún tipo de alternativa acabada de cómo reflejar en la praxis política el cuidado en tanto una práctica relacional no paternalista que trastoca interseccionalmente las estructuras de dominación patriarcal, racial, capitalista y extractivista que nos atraviesan vivencial y corporalmente a todas/es/os. Sin embargo, como lo menciona la autora, eso resultaría ser bastante antidemocrático de su parte, pues la elección democrática de articular políticamente un sistema de distribución de responsabilidades de cuidado justo y equitativo nos corresponde a nosotras/es/os como ciudadanas/es/os. Aun así, Tronto sí traza una línea inclusiva de lo que una democracia del cuidado podría contemplar en su sendero hacia el horizonte de la utopía, como: 1) La formación de un modelo de atención y de cuidados basado en los deseos y necesidades reales que cada persona tiene para sí misma; 2) Dicha atención debería ser gratificante personal y económicamente, tanto para la persona receptora de cuidados, como para quien los provee; y, 3) Además, sería necesario construir espacios donde la persona receptora de cuidados pueda compartir los placeres y las frustraciones derivadas de la atención que recibe.Si bien, con frecuencia se dice que la utopía es inalcanzable, al igual que Tronto creo que es un punto de inicio para maquinar la transformación de nuestra realidad imperante. A tempranas horas de la madrugada, mientras termino de redactar esta reseña luego de mi jornada de cuidados, comparto con Tronto la esperanza de crear otras posibilidades políticas, que vayan más allá de los marcos estrechos de la teoría política democrática contemporánea que sigue encapsulando el cuidado al espacio privado y a la desigual e injusta labor que recae, principalmente, en nosotras las mujeres.
La búsqueda de la justicia social hacia quienes han sido históricamente oprimidas/es/os debería partir, contrario al discurso de acumulación de nuestras democracias de mercado, de la convicción democrática de que el cuidado del bien común es lo más importante. Como lo sostiene la autora, parte de la justicia sólo podrá llegar a nuestras sociedades democráticas cuando como ciudadanas/es/os nos responsabilicemos políticamente de la práctica de cuidados hacia nuestras propias vidas, de quienes nos rodean, de la democracia y de nuestro futuro.

Mirely Gómez Vargas. De nacionalidad mexicana y con 28 años cumplidos, soy licenciada en Relaciones Internacionales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (FCPyS-UNAM). Actualmente, soy maestrante en Antropología Social por el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), unidad Ciudad de México. Contacto al correo: [email protected]






