Una ética del cuidado

Por Emmanuel Rosas

Históricamente, las mujeres han sido relegadas al punto de que hemos contado un relato del mundo que excluye su voz y su mirada. Con esa premisa, en La moral y la teoría. Psicología del desarrollo femenino (1982), Carol Gilligan cuestiona las teorías tradicionales del desarrollo moral. Argumenta que, tanto en la psicología como en la filosofía moral, los grandes teóricos han construido —desde una perspectiva masculina— un modelo universalista y abstracto de la justicia que omite la experiencia ética de las mujeres. En otras palabras, durante siglos hemos reflexionado sobre la moralidad a partir de una sola mitad de la humanidad: la masculina. O, dicho de otro modo, hemos visto el mundo con un solo ojo.

La tesis de Gilligan es sencilla, pero poderosa: existe una voz moral propia de las mujeres, una forma distinta de relacionarse con el mundo. Antes de profundizar en esa voz, vale la pena una aclaración necesaria. Su propuesta no parte de una oposición binaria ni esencialista entre hombres y mujeres, sino de la observación empírica de cómo las experiencias sociales y culturales de cada sexo influyen en el desarrollo moral. En palabras de la propia autora, la voz que describe “no se caracteriza por el sexo sino por el tema” (p. 14).

Los giros del cerebro del pensador como un laberinto de decisiones en la ética biomédica. Dibujo en técnica de grabado sobre cartón (scraperboard) de Bill Sanderson, 1997. Wellcome Collection.

Con este punto de partida, Gilligan critica las etapas del desarrollo cognitivo propuestas por Lawrence Kohlberg —su antiguo mentor— quien sostiene que el juicio moral se desarrolla en tres niveles: preconvencional, convencional y posconvencional. En el primero, las personas toman decisiones morales guiadas por el interés propio. En el segundo, por las normas y expectativas de su comunidad. Y en el tercero, por principios éticos universales. Según Kohlberg, las mujeres tienden a quedarse en el segundo nivel, sin alcanzar el razonamiento posconvencional, considerado el más alto. Gilligan discute esta conclusión, y señala que el problema no está en las mujeres, sino en una teoría que parte de una idea de autonomía desligada de las relaciones, y que toma como norma un patrón masculino que pretende ser universal. Como afirma en el libro, durante mucho tiempo se ha intentado “crear mujeres a base de un patrón masculino” (p. 21).

La crítica de Gilligan no sugiere que hombres y mujeres razonen de forma distinta por naturaleza, sino que sus experiencias divergentes influyen en cómo abordan los dilemas éticos. Para sustentar su hipótesis, retoma los estudios de Nancy Chodorow, Janet Lever y Jean Piaget sobre el desarrollo de la identidad. Según Chodorow, la identidad se forma a partir de los vínculos tempranos con la figura materna, quien suele ser la principal cuidadora. Como resultado, los niños construyen su identidad separándose de la madre, mientras que las niñas desarrollan la suya a partir de una continuidad afectiva con ella. Esta diferencia en el proceso de individuación explica por qué las mujeres tienden a priorizar lo relacional, mientras que los hombres privilegian la separación y la autonomía. Otros estudios, como los de Lever y Piaget, encontraron que los niños se inclinan más por juegos competitivos y estructurados por reglas, mientras que las niñas prefieren actividades centradas en el vínculo y la cooperación.

Carol Gilligan, La moral y la teoría psicológica del desarrollo femenina, Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica, 1986.

La alternativa que ofrece Gilligan es lo que llama una ética del cuidado, sustentada en entrevistas con mujeres enfrentadas a decisiones éticamente complejas, como el aborto. A partir de sus hallazgos, propone un modelo moral no jerárquico que también consta de tres etapas, acompañadas por dos transiciones. En la primera, el cuidado se orienta hacia uno mismo, con el fin de asegurar la supervivencia. La primera transición se da cuando esta preocupación se reconoce como egoísta. La segunda etapa implica una identificación con los otros, donde lo moralmente correcto se asocia al sacrificio y al cuidado de los demás. Sin embargo, esto desemboca en una segunda transición, cuando la mujer se percata de que la atención exclusiva a los otros genera descuido de sí misma. La etapa final integra ambos polos: el cuidado del otro y el de sí misma, en una moralidad que ya no se funda en la abnegación, sino en la responsabilidad relacional.

Lo más revelador del enfoque de Gilligan no es únicamente la articulación de una voz moral distinta, sino su crítica a la manera en que los dilemas éticos han sido construidos en los estudios clásicos. Frente a situaciones como el dilema de Heinz —donde se pregunta si un hombre debería robar una medicina para salvar a su esposa—, muchas de las mujeres entrevistadas por Gilligan no rechazan responder, pero sí cuestionan los términos del problema. Piden más contexto, quieren saber quiénes son los personajes, qué relación tienen, cómo viven, qué otras alternativas hay. Para ellas, lo moral no es una deducción lógica en abstracto, sino una forma de responsabilizarse frente a personas concretas, en situaciones concretas. La moral y la teoría es un libro que incomoda porque desplaza el centro. Ya no basta con pensar lo justo desde la abstracción: es necesario considerar también lo encarnado. Su lectura me llevó a repensar cuántas veces he juzgado decisiones ajenas sin atender a las relaciones y emociones implicadas. No se trata de renunciar al juicio, sino reconocer que lo moral no siempre se define por la coherencia lógica, sino por la disposición a escuchar una voz distinta: una voz que no pretende imponerse ni ganar una discusión, sino hacerse responsable del otro.

El buen samaritano ayuda a un desconocido al borde del camino vertiendo aceite y vino sobre sus heridas. Xilografía. Wellcome Collection.

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