En el contexto internacional actual, y en particular en el continente americano, la extrema derecha parece haber tomado una amplia ventaja sobre la izquierda en aquello que más cuenta: ganar elecciones. Por irónico que resulte, políticos con escaso aprecio por la democracia —Jair Bolsonaro en Brasil, Javier Milei en Argentina, José Antonio Kast en Chile, Nayib Bukele en El Salvador, Keiko Fujimori en Perú— lograron imponerse justamente en el corazón del régimen representativo: las urnas. Ese avance acaba de sufrir un golpe en Brasil. El 25 de octubre, Flávio Bolsonaro —hijo del expresidente de extrema derecha Jair Bolsonaro, que compitió en lugar de su padre porque este fue inhabilitado por la justicia electoral— perdió la segunda vuelta presidencial ante Luiz Inácio Lula da Silva, el histórico líder obrero y sindical que gobierna el país desde 2023. ¿Cómo explicar esta victoria sorprendente de Lula en una elección que ya parecía perdida?
Antes incluso de que se contaran los últimos votos de ese resultado inesperado, los comentaristas de turno y los politólogos se apresuraban a proponer explicaciones. Noto, sin embargo, un desajuste parcial entre esas explicaciones y los datos que ya tenemos de la elección. Vamos a los hechos.
Conviene recordar cómo funciona el sistema, porque de ello depende todo el argumento: Brasil elige a su presidente por mayoría absoluta en dos vueltas; si en la primera nadie supera la mitad de los votos válidos, los dos más votados se enfrentan tres semanas después en una segunda ronda —un mecanismo que México no contempla—. Pues bien: Lula perdió la primera vuelta, con 45,2% de los votos válidos frente al 47,0% de Flávio Bolsonaro, del Partido Liberal (PL, la sigla que, pese al nombre, hoy cobija a la derecha bolsonarista). Tres semanas más tarde, no obstante, venció en la segunda por 51,8% a 48,2%. El margen final, de 3,6 puntos, fue mayor que el de 2022 —1,8 puntos, cuando derrotó al propio Jair Bolsonaro—, aunque su desempeño de primera vuelta fue peor que el de aquel año (45,2% contra 48,4%). Primera vuelta más débil, segunda vuelta más fuerte: la elección se decidió en ese intervalo, y es justamente ahí donde tropiezan las interpretaciones en circulación.
La primera explicación atribuye el resultado más a la base social del PT —el Partido de los Trabajadores, la fuerza de centroizquierda fundada por Lula— que al marketing, o mejor dicho a las estrategias de comunicación de la segunda vuelta. Esa base (sindicatos, movimientos sociales y, ahora, la juventud en las calles) es real y sigue siendo formidable. Nuestros análisis de los datos de la votación muestran, además, que el voto por Lula todavía crece de forma nítida con la proporción de negros y pardos —así se designa en Brasil a la población afrodescendiente— en el entorno de cada sección electoral, y con los bajos ingresos de esa misma área, llegando a dos tercios en los lugares más pobres. Sólo que esa base amplia ya la tenía en 2022, cuando hizo una primera vuelta mejor. La juventud en las calles, por lo demás, es un dato de la coyuntura, no de las actas: el agregado por sección no permite aislarla, y conviene no confundir una imagen de campaña con una causa del resultado. Lo mismo vale para los ancianos acudiendo a votar, otra estampa marcada de la segunda vuelta. Si la estructura explica el piso, no explica la ganancia. Lo que cambió de 2022 a 2026 fue la operación de comunicación montada para la segunda vuelta, centrada en el «Ejército de Lula», una comunidad de WhatsApp conducida por el diputado André Janones que el día de la segunda vuelta reunía a 11 millones de usuarios. Mi lectura es que ese fue el factor decisivo. Había una disposición previa de la base a frenar a la extrema derecha, pero hacía falta organizarla.
Una tesis rival sostiene que las enormes manifestaciones a favor de la candidatura de Lula, sobre todo en las grandes ciudades, fueron la chispa que precipitó la movilización. Es innegable que esos actos —pese a haber sido escasamente cubiertos por la prensa— tuvieron un peso simbólico y motivacional importante. Pero el aumento de la votación de Lula se dio en todo el territorio brasileño, no sólo en las grandes ciudades, sino también en el interior de Goiás, Minas Gerais y São Paulo, e incluso en Brasilia y Río de Janeiro, lugares donde el PL y la derecha habían obtenido grandes victorias en la primera vuelta. El fenómeno recorrió prácticamente todo el país, lo que lleva a sospechar que su causa principal no fueron eventos localizados, sino algo de amplio alcance, capaz de llegar a todo el territorio nacional: las telecomunicaciones e internet y, más precisamente, las redes sociales Instagram y WhatsApp.
Una segunda explicación atribuye la victoria a la solidez del programa de Lula. El SUS —el sistema único de salud, pública y universal, de Brasil—, el salario mínimo real, Bolsa Família —el programa de transferencia de renta a las familias pobres— y una educación pública inclusiva: el presidente, en efecto, tenía qué mostrar, mientras que Flávio apostó al antipetismo —el rechazo al PT que estructura al bolsonarismo— sumado a la defensa de un improvisado «tesouraço», un vago anuncio de un gran desembolso del Tesoro, nunca bien explicado, que sonó amenazante, si no directamente falso. El programa de la centroizquierda ganó, es cierto, pero, permítase el énfasis, ganó esta vez. En muchas otras ocasiones, tanto a nivel federal como en los estados, la agenda concreta perdió frente a la mímica, y la defensa de la democracia anclada en beneficios materiales no movilizó a una mayoría. La creencia deliberativa —de raíz habermasiana— de que el mejor argumento, respaldado por un beneficio palpable, prevalece en el debate público, hace tiempo que dejó de funcionar de manera confiable. En tiempos de predominio de las redes sociales en la comunicación política, el éxito electoral depende cada vez menos de la calidad pública del argumento y más de la capacidad de hacerlo circular: gana quien logra el mayor alcance del mensaje, no quien tiene la mejor razón. Tomar la agenda como el mecanismo de la victoria es confundir lo que ocurrió con lo que nos gustaría que fuera la regla.
La tercera explicación —que el frente amplio vino «desde abajo»— es la más acertada, aunque merece correcciones. En efecto, los partidos tradicionales, salvo el PT, fueron poco relevantes en la segunda vuelta. No hubo una gran coalición partidaria en defensa de la democracia en torno a la candidatura de Lula, y hasta el propio PT tuvo que operar, en la segunda vuelta, fuera de sus esquemas habituales. La movilización no la produjo el equipo oficial de campaña, sino un actor venido de fuera del partido.
Ahora bien, no hay que confundir esto con un movimiento espontáneo o autoorganizado de las masas. Al contrario: el «Ejército», como su nombre indica, fue una organización extremadamente vertical y jerárquica, con las órdenes saliendo directamente del «general» Janones hacia la tropa. Esas órdenes se recibían y se cumplían con un entusiasmo inédito en la historia electoral brasileña, por soldados decididos a ganar la elección, ya fuera porque simpatizaban con el PT o porque veían en Flávio Bolsonaro una amenaza intolerable para la democracia del país.
Esta última lectura es tributaria de la primera, pues recae en el mismo error: tomar la organización espontánea de las masas, en particular de la juventud, como el factor explicativo más importante. Si algo fue espontáneo en esta elección, fue la apatía que se abatió sobre el electorado —en uno y otro campo— hasta el final de la primera vuelta. En nuestras investigaciones cualitativas con grupos focales, integrados por participantes de distintas orientaciones ideológicas, recogimos hasta el cansancio señales de enorme desinterés y desaliento con la política y las elecciones. (Vale aclarar, para el lector no brasileño, que en Brasil el voto es obligatorio: por eso el desaliento se traduce menos en abstención que en falta de entusiasmo y en votos en blanco o nulos.) Esos sentimientos perjudican mucho más a los candidatos oficialistas que a los opositores: si todo está tan mal, cualquier cambio puede ser mejor. Es decir, todo ese desaliento trabajaba contra la reelección de Lula. Lo que cambió en la segunda vuelta fue precisamente la ruptura de esa apatía, sobre todo por parte de la campaña petista y, principalmente, por obra del Ejército de Lula.
La pregunta que surge es si esta exitosa experiencia de campaña contra la extrema derecha puede replicarse por otras fuerzas democráticas en el mundo. A mi juicio, la réplica es posible, pero el caso brasileño combina factores difíciles de encontrar juntos en otro contexto. El primero es el propio candidato: Lula posee un carisma inusual entre los líderes políticos de hoy; su origen humilde y popular, su enorme habilidad retórica y su gran capacidad política lo convierten en una figura única. El segundo es el Partido de los Trabajadores. Esa agrupación ha sido el centro gravitacional en torno al cual se ordena todo el sistema de partidos brasileño a lo largo de la Nueva República —el período democrático abierto en 1985, tras el fin de la dictadura militar—. Incluso el bolsonarismo se compone, en buena medida, de la aglutinación del sentimiento antipetista. En términos prácticos, el Ejército de Lula ya existía en estado latente: lo forman los millones de brasileños cuya identidad política está históricamente asociada al PT. Y, por último, está el factor André Janones. Este diputado federal de Rede Sustentabilidade —un pequeño partido ambientalista de centroizquierda— es un campeón de las redes sociales desde 2018, cuando la extrema derecha bolsonarista dominaba la comunicación en Facebook e Instagram, dentro y fuera de los períodos electorales. Janones conoce a fondo la lógica algorítmica de las redes y condujo, con su estilo frenético e histriónico, a millones de ciudadanos convertidos en militantes digitales, con órdenes precisas, como un general en el campo de batalla.
Lula, Janones y su ejército de militantes digitales obtuvieron una victoria mayúscula sobre el clan cleptócrata de los Bolsonaro, el conservadurismo cristiano, el agronegocio, el mercado financiero, Meta —la empresa dueña de Facebook, Instagram y WhatsApp— y sus algoritmos sesgados, y los intereses del Estados Unidos trumpista. Y, pese a las condiciones excepcionales en que se produjo, esa victoria le muestra al mundo que, como gritan los hinchas hispanohablantes: ¡sí, se puede!








