¿El último baile de Lula?

Por Letícia Baron

La elección presidencial brasileña sigue sin definirse, aunque, puede afirmarse, sin mucho margen de cuestionamiento, que el bolsonarismo ya acumula el mayor número de victorias. El Partido Liberal (PL) del candidato Flávio Bolsonaro ­–hijo de Jair Bolsonaro, presidente de Brasil de 2019 a 2022– conquistó 19 de los 54 escaños en disputa en el Senado Federal y deberá iniciar la próxima legislatura con la bancada más numerosa de esa cámara desde 1988, con un total de 28 senadores. Por sí solo, el partido cuenta con el número de votos necesario para crear una comisión parlamentaria de investigación y proponer reformas a la Constitución.

En el ámbito de la contienda por la titularidad del Poder Ejecutivo, el desempeño del partido también es satisfactorio. Con el 100% de las casillas computadas, Flávio Bolsonaro sumó 56,104,503 votos (47.03% de los votos válidos) y Lula obtuvo 53,879,538 votos (45.16%), una diferencia de 2,224,965 votos. Los demás quedaron muy atrás: Augusto Cury (Avante), con 2.89%; Renan Santos (Missão), con 2.24%; Ronaldo Caiado (PSD), con 2.18%; Romeu Zema (Novo), con 0.27%, y otros seis candidatos, que en conjunto obtuvieron 0.21%.

Pese a los esfuerzos de Lula por revertir el escenario desfavorable, se espera que Flávio resulte vencedor del proceso electoral y consolide el nuevo momento de la democracia brasileña. Con tres semanas de campaña entre la primera y la segunda vuelta, la izquierda brasileña lidia con la dificultad de comprender cómo su apoyo se desmoronó de manera tan circunstancial, al tiempo que suma fuerzas para convencer a los electores indecisos y persuadir a los ausentes de que manifiesten su apoyo el próximo 25 de octubre.

En comparación con la elección de 2022, Lula perdió 3.4 millones de votos, pese a un ligero aumento en el número de electores (158.7 millones en 2026, frente a 156.4 millones en 2022). Hace cuatro años, Lula encabezaba la votación en 3,378 de los 5,569 municipios y en 14 estados. Este año, ganó solamente en 2,663 municipios y 12 estados. El diario O Globo mostró que el candidato del PT perdió apoyo en el 98.2% de los municipios. En el mismo sentido, un estudio del diario Folha de São Paulo, que compara los resultados de la primera vuelta con el último censo, realizado en 2022, concluyó que Lula sigue gozando de una alta popularidad entre los brasileños más pobres, pero que Flávio Bolsonaro obtuvo más votos en todas las demás clases. Entre los votantes de la clase C, el actual presidente brasileño perdió 5.1 puntos porcentuales, mientras que el hijo de Bolsonaro aumentó su apoyo en 4.9 puntos con respecto a la elección que su padre perdió en 2022.

¿Cómo explicar un resultado tan desfavorable si, en términos macroeconómicos, a Brasil le iba bien? Desde 2023, Brasil registró una caída del desempleo (que exhibía con orgullo una tasa de 5.3% en el trimestre de junio a agosto de 2026), mantuvo niveles de inflación controlados y redujo en 20% la pobreza extrema entre 2023 y 2024.

Sucede que las urnas revelaron una realidad que no fue efectivamente captada por la dirigencia del gobierno. Los brasileños enfrentan pérdidas acumuladas en su poder adquisitivo, y muchas familias buscan medios alternativos para complementar su ingreso y asegurar su sustento mensual. Los datos gubernamentales indican que, en agosto de 2026, el 81.7% de las familias estaban endeudadas y destinaban cerca de una tercera parte de su ingreso al pago de deudas; aun así, el 30% de ellas tiene pagos atrasados y enfrenta restricciones de crédito.

Existe una acumulación de demandas insatisfechas que el gobierno federal no percibió debidamente. Las condiciones de vida de la mayoría del electorado no reflejan la perspectiva optimista de los datos oficiales, y la política progresista no logró dar respuesta a las necesidades, deseos y aspiraciones de una sociedad que ha cambiado mucho respecto del contexto de 2002, cuando Lula fue electo presidente por primera vez. A las circunstancias económicas se suman cambios culturales en curso: naturalmente inclinados a la religiosidad, muchos brasileños comenzaron a asistir a iglesias neopentecostales, que vinculan la fe con la teología de la prosperidad —una forma de acumular recompensas terrenales mediante la fe y el esfuerzo—. La mayoría de estos fieles vota por la derecha y conforma la base del movimiento bolsonarista.

La campaña lulista buscó mostrar los posibles retrocesos sociales que traería una victoria del bolsonarismo, reactivando algunos sentidos constitutivos de su discurso en el campo político brasileño. Se formaron amplias coaliciones de movimientos sociales, liderazgos políticos y, sobre todo, brasileños temerosos de un gobierno de extrema derecha, que tomaron las redes sociales y las calles con el fin de reducir la distancia entre Lula y Flávio. A tres días de la elección, las encuestas todavía muestran la ventaja del bolsonarismo, pero se ha registrado un crecimiento significativo en el número de votantes de Lula.

Si se confirma la tendencia brasileña de que el candidato más votado en la primera vuelta resulte electo en la segunda —característica que se ha mantenido en todas las elecciones desde la redemocratización—, la rearticulación de los movimientos callejeros de oposición al gobierno será la mayor victoria del progresismo en este contexto electoral: será mediante la movilización constante y la participación crítica de la población como podrá contenerse la hegemonía de la derecha en Brasil, que ya es una certeza en el Poder Legislativo y una gran probabilidad en el Poder Ejecutivo.

Lula Da Silva. Getty Images.
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