La nostalgia del instante: Joseph Roth lee a Humberto Beck

Por Hugo Garciamarín

En Fuga sin fin, Joseph Roth presenta a Franz Tunda, un soldado austriaco capturado por los rusos en agosto de 1916 que más tarde se incorpora a la Revolución. La razón no fue una convicción política ni la promesa de un nuevo orden social, sino una mujer: Natasha Alexandrowna, integrante del ejército revolucionario. A Tunda le resultaban indiferentes las proclamas sobre la revolución mundial que ella defendía. Tampoco le inquietaba la acusación de traicionar a la burguesía al dejar de servir como instrumento de muerte de la clase dominante para combatir en nombre de la clase obrera, como ella le explicaba. Lo único que le importaba era Natasha. “Yo sólo lo hago por ti”, le repetía después de escuchar las justificaciones ideológicas de la joven soldado.

La Revolución triunfó y, con ella, comenzó a extinguirse el enamoramiento. La rutina burocrática del nuevo régimen, las largas horas de separación, la monotonía de una vida sometida a nuevas obligaciones y la pérdida de la intensidad que había acompañado los días de la insurrección erosionaron el vínculo. Natasha sostenía que la revolución había entrado en una etapa distinta, la de su consolidación, y que aún era necesario luchar por un propósito superior. Tunda respondía con escepticismo: “¿Tenemos que sacrificarnos ahora también por la revolución? Me parece que ahora llega ya la época en que no hay que sacrificarse […] No somos ningún sacrificio ni tampoco tenemos que ofrecer sacrificios a la revolución. Nosotros mismos somos la revolución”. Natasha sólo contestaba: “Ideología burguesa”. Así terminó su historia de amor.

Humberto Beck, Insurrección, Anarquía, Revolución: una anatomía política del instante, México: El Colegio de México, 2025.

El comienzo de Fuga sin fin ilustra uno de los temas centrales que Humberto Beck explora en Insurrección, Anarquía, Revolución: una anatomía del instante (El Colegio de México, 2025). Su libro indaga las condiciones intelectuales, políticas y sociales que hacen posible experimentar un momento específico como una apertura radical a la transformación; aquello que define como “el momento de una ruptura repentina e inesperada en oposición al transcurso de una continuidad ininterrumpida” (p. 11). ¿Cómo alguien como Tunda, un soldado austriaco sin grandes convicciones, terminó absorbido por la sensación de que todo podía cambiar? ¿En qué punto quedó atrapado por ese instante que Beck describe como “un ahora aislado e intenso, una suerte de cesura temporal que marca una discontinuidad abrupta y rompe la expectativa del tiempo” (p. 18)?

A través de la historia de Roth es posible sugerir una afinidad profunda entre el enamoramiento y la insurrección. Ambos irrumpen de forma inesperada, suspenden la continuidad de la experiencia y alteran la relación con el tiempo. Quien se enamora, como quien participa en una insurrección, deja de habitar el mundo desde la lógica de la previsión. El pasado pierde relevancia; el futuro se vuelve secundario. Lo decisivo es la intensidad del presente. En ese sentido, el enamoramiento constituye una experiencia del instante. No espera una promesa futura porque vive la transformación como algo que ya está ocurriendo.

Tunda encarna esa disposición. Olvida por completo de dónde viene y tampoco sabe con precisión hacia dónde se dirige. Sólo tiene una certeza: Natasha y el momento que comparte con ella. El cambio no pertenece al mañana; acontece en el presente. La Revolución, para él, carece de significado propio. Es apenas el escenario de una experiencia más inmediata y absorbente. Natasha percibe esa actitud con inquietud porque concibe la Revolución de una manera distinta. Mientras Tunda habita el instante, ella piensa en una obra histórica que debe construirse y preservarse: el momento revolucionario sólo adquiere sentido en función de un futuro que todavía no existe. Por eso el enamoramiento aparece ante ella como una amenaza. Cada vez que advierte la fuerza de ese vínculo, repite: “me voy a liberar de ti”. No intenta escapar únicamente de un hombre, sino de una experiencia que la arrastra hacia el presente y la aparta del horizonte histórico al que ha consagrado su vida.

Quizá en esa tensión entre Tunda y Natasha puede encontrarse una clave para comprender la distinción que Beck establece entre insurrección y revolución. La Insurrección representa la afirmación del presente. Nadie puede imponer una imagen definitiva del futuro y apenas es posible imaginar algunos de sus contornos (p. 92). De ahí que Beck concentre su atención en el momento mismo de la ruptura. ¿Qué ocurre al día siguiente? La pregunta permanece abierta. Lo que importa es la experiencia de la interrupción, la suspensión de las certezas y la aparición de posibilidades antes impensables. La Insurrección es, en este sentido, una celebración del ahora, de lo espontáneo y de la apertura que surge cuando el orden existente deja de parecer inevitable.

La Revolución mantiene una relación distinta con el tiempo. También nace de una conciencia aguda de la urgencia del presente; Beck recuerda, por ejemplo, la insistencia de Lenin de la importancia del momento. Sin embargo, ese presente se encuentra subordinado a una finalidad futura. La discusión gira en torno a los medios para alcanzar una transformación duradera: si los cambios llegarán de manera gradual o si será necesaria una ruptura violenta. El instante revolucionario vale porque permite construir algo que vendrá después. La Insurrección, en cambio, no encuentra su justificación fuera de sí misma. Su significado se concentra en la experiencia de apertura que produce. Si la Revolución proyecta una promesa hacia el futuro, la Insurrección condensa toda su fuerza en el ahora. Por eso el enamoramiento de Tunda se parece más a la primera que a la Revolución: no busca fundar un nuevo orden, sólo prolongar la intensidad de un momento que parece contener, por sí solo, todas las posibilidades del mundo.

Cuando Tunda descubre que aquel instante ya no puede prolongarse, entra en una suerte de estado anárquico. No se trata únicamente de una ruptura sentimental, sino del rechazo de todo aquello que conserva algún vínculo con el orden que acaba de dejar atrás. Ya no quiere permanecer en territorio soviético ni mantener relación alguna con Natasha. Busca desprenderse de ese mundo con la misma intensidad con la que antes se había entregado a él. Primero se casa con otra mujer; después inicia una aventura con una extranjera que se acuesta con él porque cree que forma parte de los servicios de inteligencia del Estado. Ninguna de esas relaciones posee profundidad o permanencia. Son episodios aislados, intentos de habitar un presente sin ataduras.

En cierto sentido, Tunda parece aproximarse a la sensibilidad que Beck identifica en el pensamiento anarquista. Si la Revolución organiza el presente en función de un futuro por construir, el anarquismo deposita su esperanza en una transformación inmediata de la existencia. Beck recuerda que, para muchos anarquistas, bastaba un instante para que los seres humanos recuperaran la posesión de sí mismos. La emancipación no dependía de una etapa posterior ni de un proceso de consolidación histórica; debía realizarse aquí y ahora. Lo paradójico es que Tunda persigue precisamente esa experiencia después de haber participado en una Revolución que prometía alcanzarla. El instante insurreccional, que parecía abrir todas las posibilidades, terminó absorbido por nuevas estructuras, nuevas obligaciones y una nueva disciplina. Aquello que había comenzado como una irrupción de libertad se convirtió en otro orden.

La huida de Tunda puede leerse entonces como la búsqueda de ese instante perdido. No pretende construir una sociedad distinta ni contribuir a una causa histórica. Sólo quiere escapar de las formas que han cristalizado alrededor de una experiencia que alguna vez pareció absoluta. Con ese impulso abandona el mundo soviético y llega a París. El viaje no representa la conquista de un destino, sino la prolongación de una fuga. Como si, una vez extinguida la intensidad de la Insurrección, sólo quedara el movimiento mismo, la tentativa permanente de encontrar un lugar donde el presente vuelva a abrirse como posibilidad.

Desde luego, Insurrección, anarquía, revolución aborda muchos otros problemas que exceden esta lectura. Beck reconstruye tradiciones intelectuales, debates políticos y experiencias históricas que van desde la Revolución francesa hasta las discusiones contemporáneas sobre la acción colectiva. Examina las distintas formas en que la modernidad ha pensado la ruptura, la emancipación y el cambio social. Sin embargo, una de las virtudes más notables del libro consiste en que sus categorías permiten iluminar situaciones que trascienden el terreno estrictamente político.

Quizá por eso el libro resulta tan sugerente. No sólo ayuda a comprender por qué algunas sociedades llegan a experimentar la sensación de que todo puede cambiar. También permite pensar qué ocurre cuando esa sensación desaparece, cuando el instante se institucionaliza, cuando la promesa se convierte en rutina o cuando la búsqueda de libertad termina cristalizada en nuevas formas de orden. En ese sentido, la travesía de Tunda parece menos lejana de lo que podría suponerse. Después de todo, la pregunta que recorre tanto la novela de Roth como el ensayo de Beck es la misma: qué hacemos cuando descubrimos que el instante que parecía contener todas las posibilidades del mundo no puede durar para siempre.

La muerte mira al pueblo desde una barricada. Wellcome Collection

Más artículos
La cabeza de mi padre