México-EE.UU.-Canadá 2026: Lado B

Por Alejandro Moreno Hernández

El mundo y el mundial de fútbol ya no son lo que eran. Hoy parecen estar en transición hacia un sitio desconocido. La inédita organización de tres países para el máximo evento futbolístico traía consigo la intención de presentar la globalización y la integración regional como elementos fundamentales e incontrovertibles de nuestra época. Después de 1990, a nivel mundial, se nos vendió la idea del “fin de la historia” como la característica primordial de nuestros tiempos. Así, ya no había dos ideologías enfrentadas, sino que todos debíamos abrazar al mercado, a la globalización y al neoliberalismo como banderas. Sobra decir que esa integración siempre ha sido desigual y ha beneficiado al más poderoso. Bastaría ver la cantidad y la calidad de partidos que recibe Estados Unidos en esta edición del Mundial, en comparación con México o Canadá; o ver la calidad de las exportaciones que recibe EE.UU. y los salarios que percibe México. 

Sin embargo, en nuestros días, el más beneficiado de dicha integración, el más privilegiado de la globalización, se autopercibe víctima de esos procesos. Así, el credo neoliberal se resquebrajó. Donald Trump (un tipo hecho en el mercado) ha puesto en tela de juicio ese orden. Estados Unidos ya no abraza más la libre competencia a nivel mundial, sino que fomenta su industria nacional; ya no ve a México y Canadá como importantes socios comerciales, sino como dos naciones que han “abusado” de ellos, aprovechándose de todos los beneficios que les dio el Tratado de Libre Comercio (TMEC, antes TLCAN); ya no considera a Europa un aliado, sino que todo el tiempo crítica a sus líderes y amenaza con tomar Groenlandia; ya no fomenta la democracia liberal, sino que basta con que regímenes autoritarios les entreguen sus recursos para que ellos mantengan a la misma élite (que hasta cinco minutos juraban derrocar) en el poder. 

Por si fuera poco, el principal anfitrión del Mundial decidió invadir a uno de sus invitados (Irán) en aras de apropiarse de sus recursos, cuando —paradójicamente—, unos meses atrás, el invasor recibió el Premio de la Paz de la FIFA, quizás pensado como una compensación del Nobel y con el mismo prestigio que este último; de cualquier modo, después recibiría la medalla del Nobel de la Paz —aunque no el premio, intransferible según la Academia Sueca— de manos de la venezolana María Corina Machado. 

Así, este Mundial contiene al menos dos imbricaciones evidentes con la política: a) la organización conjunta de tres países prometía enseñar al mundo la globalización y la integración regional como un destino inevitable. No obstante, la hostilidad de EE.UU. con sus aliados y sus cuestionamientos a la integración regional y a la creación de mercados globales parecen mostrar el agotamiento de dicho modelo. De acuerdo con Hugo Garciamarín,[1] la desaceleración del crecimiento, la creciente migración hacia los países centrales y el debilitamiento del Estado frente al crimen socavaron dicho orden. Dicho agotamiento encuentra un cauce hacia “algo nuevo” a través de la guerra (las invasiones a Venezuela e Irán). La guerra restablece posiciones en el escenario internacional; promete la creación de nuevos modelos económicos; y destruye y crea nuevas instituciones.[2] De este modo, es posible que un invitado sufra una invasión en su propio territorio mientras les pide a sus futbolistas que pateen una pelota en el país invasor, pues el juego es “lo más importante de lo menos importante”. La batalla se libra en otro sitio. 

Pero el juego también parece estar en transición. Pasar de 32 a 48 equipos fomenta la expansión del deporte a nivel mundial, aunque menoscaba su calidad. El cuestionamiento —cada vez mayor— a las antiguas reglas, y la intención de americanizarlo (con las pausas de hidratación predeterminadas sin importar si estamos a -2 ºC o a 40 ºC) son otras muestras del paso a una nueva fase. La añadidura tecnológica al fútbol —con el VAR y la ciencia de datos— ya nos había colocado en otra etapa de entendimiento del juego. Se nos decía que esto reduciría la subjetividad y colocaría al árbitro en un plano plenamente objetivo, pues la tecnología no distingue colores. Sin embargo, el juego, como la vida, nos muestra que es irremediablemente subjetivo. Italia no asistirá al Mundial por tercera vez consecutiva, pero la jugada que define el partido es irreductiblemente subjetiva: Edin Dzeko (futbolista de culto de la Serie A) remata un balón con la mano, este es atajado por el arquero Donnarumma que deja el rebote para que un bosnio empuje la pelota y finalmente sea gol. Dicha situación es interpretada como una “nueva jugada”, por lo que es imposible sancionar la mano de Dzeko.  Es decir, si Donnarumma no atajaba el balón, hubiera sido gol de Dzeko, pero este hubiese sido anulado. Este ejemplo inmediato nos ilustra la distancia entre la promesa de la objetividad y la eliminación de la subjetividad, ¿de qué manera se puede afirmar que ocurre una nueva jugada si el portero nunca tuvo control total del balón? ¿En qué momento inicia una nueva jugada? Pues, con una interpretación subjetiva del árbitro. Tal parece que la justicia no puede ser definida por un aparato tecnológico, sino por el sujeto que se encuentra detrás de la pantalla y los criterios con los que utiliza la herramienta. 

A su vez, las formas en las que juegan los equipos también parecen estar en transición hacia “algo nuevo”. Brasil tiene un entrenador italiano, que prioriza el orden defensivo por sobre la gambeta y la estética brasileña, el “jogo bonito”. No tiene laterales, ni jugadores que conecten líneas, ni muchos jugadores con gambeta, todos ellos elementos característicos de Brasil. La diversidad que tenía Francia en 1998 o en 2018 parece hoy una homogeneización que hace apología del juego físico. En Francia, ya no existe un tipo que pare la pelota y le dé pausa al juego como Zizou, Pogba, Platini o Griezmann. Alemania hoy parece no tener un estilo bien definido, más allá de la competitividad de siempre. Uruguay tiene a un entrenador (Marcelo Bielsa) que prioriza el juego ofensivo cuando ellos siempre se han sentido más identificados con “la garra” y el mantenimiento del orden defensivo. Además, hasta ahora, Bielsa no parece brindar resultados positivos a la celeste, ni siquiera en la adaptación al nuevo estilo.  Inglaterra tiene a un entrenador alemán que busca una salida controlada desde abajo, a diferencia de la intención tradicional inglesa de saltar líneas. España ya no prioriza tanto el tiki taka con mil pases laterales (si bien no lo ha eliminado), sino una presión alta con transiciones rápidas. 

Argentina parece ser el único que conservó su estilo y lo adaptó a los nuevos tiempos. Los mediocampistas sin posición fija tuvieron su punto máximo en aquel 4-0 que le propinó a Brasil en el Monumental, emulando el estilo conocido como “la nuestra”. Italia (como ya dijimos) no asistirá, pero vale la pena mencionar que desde hace años se encuentra en una fase de exploración: no sabe si cambiar su estilo o mantenerlo; no sabe si priorizar la táctica en la formación de jóvenes o la técnica. No sabe qué hacer. Italia parece no entender de qué va este “nuevo mundo”. En este Mundial, no hay equipos que deslumbren o que ilusionen. Estamos ante el ocaso de las grandes figuras que marcaron los últimos años: Cristiano Ronaldo y Lionel Messi, al parecer, sin nadie al nivel para reemplazarlos. Finalmente, el Mundial de 2030 será albergado por tres continentes y cinco naciones. Infantino continuará saludando al destructor del viejo orden (Donald Trump) mientras intenta mostrar al mundo los beneficios del modelo agotado (el globalizador). El panorama es tan desolador como paradójico, pero la ilusión de que la pelota ruede y nos regale —tan solo— algunos momentos mágicos y/o polémicos hace que valga la pena pausar la vida por 90 minutos. 


[1] Hugo Garciamarín, “La guerra y el agotamiento del orden neoliberal”, Revista Presente, 4 de marzo de 2026, en https://revistapresente.com/contextos/pensar-la-guerra/la-guerra-y-el-agotamiento-del-orden-neoliberal/ (consultado el 6 de abril de 2026).

[2] Vale mencionar que las instituciones internacionales que aseguraron el orden neoliberal son constantemente atacadas por el presidente estadunidense: la OTAN, la ONU, la OMS, la Unión Europea, la OMC, etc. 

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