En el Museo del Apartheid en Johannesburgo se erigen —firmes— siete columnas que anuncian los pilares de la nueva Sudáfrica: democracia, igualdad, reconciliación, diversidad, responsabilidad, respeto y libertad. A los visitantes se les asigna al azar la categoría de “blanco” o “no blanco” en su boleto de entrada y deben ingresar por la puerta correspondiente, ya que serán tratados de manera distinta. El objetivo es simular brevemente los mecanismos del apartheid para transmitir una lección contundente sobre un sistema de segregación racial que —se entiende— ha quedado en el pasado. El museo simboliza lo que, en 2010, el gobierno sudafricano quería mostrar durante la Copa del Mundo: una “nación arcoíris” que había superado sus divisiones y ahora se proyectaba como líder moderno dentro de “la familia africana de naciones”. Al ritmo de Waka Waka, Shakira nos lo recordaba una y otra vez: era el momento de África.

No muy lejos del museo, se erige —también firme— un muro de concreto que rodea uno de los muchos fraccionamientos cerrados en los cuales se encapsula buena parte de la élite, mayoritariamente blanca. Mientras un grupo de jóvenes juega una cascarita en la magnífica cancha de pasto natural del fraccionamiento, del otro lado del muro se extiende un vasto y denso asentamiento informal con condiciones más que precarias para sus habitantes, primordialmente negros. Desde el fin del apartheid, las expectativas de mejora material en comunidades pobres como ésta habían estado latentes y, en los años previos al Mundial, se intensificaron con las promesas de una derrama económica sin precedentes para toda la población.
Para sorpresa de nadie, ninguna de las dos promesas se materializó. El discurso nacionalista de unidad —“un equipo, una nación”— se quedó en eso: discurso. La cohesión social que surgió en torno a los Bafana Bafana, sobre todo tras el golazo que le metió Siphiwe Tshabalala al Conejo Pérez en el partido inaugural con las ensordecedoras vuvuzelas de fondo, fue de carácter transitorio. Como dice Tikam Liese Sall, “hoy, la nación arcoíris es más bien un símbolo idealista” que sigue sin atender las disparidades arraigadas bajo el apartheid. Por ello, explica, los jóvenes viven “en una sociedad en la que se les dice que tienen igualdad de derechos, aunque su vida les muestra claramente que no son iguales”. De igual forma, más allá del apoyo generalizado a Ghana, el único representante del continente en cuartos de final, el discurso de unidad africanista no evitó que continuara la violencia xenófoba contra migrantes africanos negros debido a la percepción de que compiten por trabajos y recursos escasos.
En el ámbito económico, hay un consenso amplio de que los megaeventos deportivos suelen transferir fondos públicos hacia organizaciones que priorizan sus intereses sobre los de los países anfitriones y las comunidades locales. Para el gobierno sudafricano, “el verdadero legado” del Mundial consistía en “cambiar de una vez por todas la percepción de nuestro país y nuestro continente” y, para ello, aseguraba, “no hay precio”. Sí lo hubo. Como muestra Patrick Bond, el gasto excesivo en estadios e infraestructura —y la organización del torneo en general— dejó enormes déficits financieros con consecuencias a largo plazo.[1] Por si fuera poco, después del Mundial, muchos estadios se convirtieron en “elefantes blancos” que ni siquiera eran capaces de cubrir sus costos operativos.
Mientras que las ganancias de la FIFA respecto a la Copa del Mundo de Alemania 2006 aumentaron al menos 50 %, las políticas del organismo rector para proteger sus intereses —de acuerdo con Annsilla Nyar[2]— frustraron las expectativas de pequeños comerciantes que esperaban beneficiarse del torneo. También marginaron a muchos de ellos a ubicaciones periféricas donde no pudieron comerciar eficazmente con turistas y aficionados locales. No corrieron mejor suerte grupos vulnerables (niños en situación de calle, trabajadoras sexuales, personas sin hogar), quienes sufrieron las consecuencias de la reconfiguración del espacio público para “limpiar” la imagen de las ciudades que atraen la atención de todo el mundo durante la competencia.
Esta limpia no se limitó al espacio físico; llegó también al campo cultural. El éxito Wavin’ Flag, del músico somalí-canadiense K’naan, hablaba originalmente sobre la resistencia y la lucha por sobrevivir entre hambre, guerras, pobreza y engaños. En el remix que adaptó para Coca-Cola, ese tono combativo se transformó, en sintonía con el discurso oficial, en un mensaje celebratorio de unidad, orgullo y fiesta futbolística internacional. Bond juzga este episodio, creo que con razón, como un proceso trágico de comercialización y despolitización.[3]
Los despojos, las injusticias, la falta de rendición de cuentas y las falsas promesas que mancharon el Mundial de Sudáfrica se han vuelto tan comunes cada cuatro años que escribir al respecto se siente casi como un cliché. No obstante, pese a todo, el balón no deja de ejercer esa atracción irresistible que muchos experimentamos. La explosión de júbilo después de que el Chicharito Hernández se llevara a Hugo Lloris para anotar el primer gol contra Francia; el gol fantasma de Frank Lampard contra Alemania antes de que la tecnología zanjara el debate; la mano salvadora de Luis Suárez y el penal fallado de Gyan que privó a Ghana de la semifinal; el 4-0 de Alemania a la Argentina dirigida por Maradona; el triunfo español en la final contra Países Bajos con ese gol agónico de Andrés Iniesta: ¿cómo puede un aficionado ser indiferente a todo eso? Para Bond, “la especulación empresarial y la alegría genuina asociada al deporte más querido del mundo son mutuamente incompatibles”.[4] Comparto su preocupación, pero difiero ligeramente: la paradoja es que, pese a la comercialización y todo lo que implica, el juego en sí (todavía) conserva su esencia y coexiste con intereses ajenos. El gran reto consiste en encontrar formas de defenderlo, antes de que sea demasiado tarde.
[1] Patrick Bond, “South Africa Was Not a FIFA Success Story”, Fundação Rosa Luxemburgo, 28 de septiembre de 2014, en https://rosalux.org.br/south-africa-was-not-a-fifa-success-story/ (consultado el 12 de abril de 2026)
[2] Annsilla Nyar, “Nation-Building, Africanism and the 2010 Fifa World Cup: what did they do for social cohesion in post-apartheid South Africa”, Transformation, vol. 85, 2014, pp. 21-42.
[3] Patrick Bond, “Lessons for Brazil from South Africa”, Pambazuka News, 24 de julio de 2013, en https://www.pambazuka.org/lessons-brazil-south-africa (consultado el 12 de abril de 2026).
[4] Patrick Bond, “South Africa: Will World Cup party be worth it?”, green left, vol. 839, 29 de mayo de 2010, en https://www.greenleft.org.au/2010/839/world/south-africa-will-world-cup-party-be-worth-it (consultado el 12 de abril de 2026).






