“No quiero dramatizar, pero créeme que me cortaron las piernas”. Con esa frase, el 27 de junio de 1994, el jugador con más épica de la historia del fútbol cerraba su ciclo como futbolista de la Selección Argentina de Fútbol. Ese dios con pies de barro, o el “más humano de los dioses” como lo supo definir tan bien Eduardo Galeano,[1] daba positivo de efedrina en un antidopingque pasaría a la historia de la infamia para el pueblo argentino.
Es raro cómo opera la memoria, porque de ese Mundial recuerdo muchísimo menos que de los previos y los posteriores. Efectivamente, si pienso en EE.UU. ‘94 me vienen a la cabeza sobre todo tres imágenes: la de Diego gritando su gol a cámara en el triunfo argentino contra Grecia por 4-0 en el debut mundialista[2], su paseo de la mano por el campo de juego con la enfermera Sue Ellen Carpenter, camino a realizarse el test antidoping luego de finalizar el segundo partido de la fase de grupos, que Argentina le ganó a Nigeria 2-1, y sus ojos vidriosos en la nota con Adrián Paenza donde le juraba al pueblo argentino que él no se había drogado y lanzaba como una daga la frase arriba citada.[3] No recuerdo nada del partido contra Bulgaria que Argentina perdió 0-2, ni de la eliminación en octavos contra Rumania con un marcador 2-3. La expulsión de Diego del Mundial había instalado días antes un clima de duelo generalizado en el país que no daba margen para mucho más.
En un país tan exitista como Argentina, y siendo una persona tan atravesada por el mito maradoniano, no es de extrañar que mi memoria elija eludir ese mundial. Pero creo que no es tan simple ni subjetivo. Argentina llevaba un equipo que, si bien venía golpeado,[4] no dejaba de despertar cierta expectativa, al menos por los nombres que incluía: delanteros consagrados en las grandes ligas europeas como Batistuta, Caniggia y Diego, pero también una joya riverplatense como Ariel Ortega; mediocampistas con estilos bien distintos pero que hicieron época, como Simeone o un jovencísimo Redondo, e incluso Goycochea en el arco (sí, incluso luego de la derrota por goleada en el Monumental contra Colombia en la clasificación previa al Mundial). En el resto de los equipos tampoco es que faltasen nombres para ilusionarse con ver un torneo impresionante: hablamos del Brasil de Romário y Bebeto, la Italia de Baggio y Maldini, la Rumanía de Hagi, la Bulgaria de Stoichkov y Balakov, entre otras figuras.
Sin embargo, creo que la mayor parte de los argentinos nunca “conectamos” con ese Mundial, si se me permite la expresión (y el localismo). Porque no se trata solo de los protagonistas, también cuentan el contexto general y el escenario particular de ese Mundial. Si en la Argentina la primavera democrática había demostrado ampliamente sus límites para garantizar tanto el proceso de memoria, verdad y justicia como para, parafraseando la celebérrima frase de Raúl Alfonsín, educar, alimentar y curar al pueblo, el resto del mundo occidental, donde el fútbol era pasión de multitudes, tampoco vivía un momento particularmente brillante en términos de pluralidad política y equidad social. Así, por ejemplo, la expectativa que había suscitado en los sectores progresistas la caída del Muro de Berlín y el fin del mundo bipolar a fines de los ‘80s se desdibujaba con el avance de las medidas aperturistas y privatizadoras que caracterizaron el consenso neoliberal que se impuso en la primera mitad de los ‘90 en buena parte de Europa Central y del Este, al igual que en Latinoamérica, con su correlato de desindustrialización, polarización social y altísimas cotas de corrupción. Aunque con otros márgenes de maniobra, la propia Unión Europea, que albergaba las todopoderosas ligas italiana, española e inglesa de fútbol, a las que los sudamericanos aspiraban a dar el salto, atravesaba una lenta pero cada vez más visible crisis del Estado de Bienestar.
Ese contexto no era ajeno al mundo del fútbol. Si Italia ‘90 fue el primer mundial “globalmente espectacularizado”[5], EE.UU. ‘94 significó el intento desembozado de la FIFA de Havelange y Blatter por globalizar el negocio del fútbol, instalándolo en el corazón de la por entonces primera potencia mundial.[6] Ello se tradujo en la organización de un Mundial marcado por las grandes distancias entre sedes para potenciar el impacto en el territorio, cifras abultadas de asistencia, que promediaron casi 70 mil almas por encuentro, y una elevada cuota de corrupción, como demostraría inequívocamente primero el caso FIFA-ISL y más tarde el FIFA-gate.[7]
No obstante, la contracara de la apuesta económica fue una marcada indiferencia de la sociedad anfitriona, que tuvo su expresión cabal en el hecho de que ninguna cadena nacional transmitiera el partido de apertura, y que se quebró solo parcialmente cuando los locales lograron un histórico pase a octavos de final gracias a su triunfo frente Colombia por 2-1. Contra el entusiasmo de la prensa local conspiró la simultánea preparación para los Juegos Olímpicos de Atlanta ‘96 y el carácter relativamente marginal del fútbol en tierras estadounidenses. Para el resto del planeta fútbol, sin embargo, había mucho de desangelado en jugar un Mundial en un país que hasta 1993 no tenía liga profesional de fútbol masculino (sí femenino), y se empeñaba en seguir diciéndole soccer a lo que el resto del mundo conoce como fútbol. En estas circunstancias, hasta la canción oficial del mundial, la correcta y olvidable Gloryland,[8] se sentía una impostura épica en comparación con el recuerdo aún a flor de piel de la visceral Un’estate italiana que había musicalizado Italia ‘90.[9]
La final entre Italia y Brasil estuvo a la altura del clima general del torneo, siendo el primer encuentro de este tipo en definirse por penales 3-2 a favor de Brasil, gracias a los dos disparos desviados de Baresi y Baggio. El Brasil de Parreira volvía así a lo más alto del fútbol mundial luego de 20 años, y se convertía en tetracampeón con un equipo que también había sido muy cuestionado en la previa por desarrollar un planteo táctico con fuerte énfasis en lo defensivo, considerado por la prensa brasilera poco acorde con su idiosincrasia futbolística. Pese a estas controversias por el estilo de juego desplegado por el equipo, paradójicamente, el título obtenido terminó por imponer globalmente la marca Brasil como sinónimo del jogo bonito asociado, ya desde las épocas de O Rei, a la habilidad técnica, la creatividad, la belleza estética y la alegría.
Así, en este escenario donde la globalización se imponía como el destino ineludible del negocio del fútbol, la consagración del Brasil de Parreira (pero también de Havelange y Texeira) y la caída de Diego anunciaban las nuevas condiciones del estrellato futbolístico que prometía a los jóvenes talentos latinoamericanos ingresos millonarios a cambio de la renuncia a evocar las marcas de origen humilde para algo más que abrillantar la distancia a la que su talento individual les había permitido llegar. Ya no había espacio para un símbolo de la complejidad que había encarnado Diego, como tan bien describió Pablo Alabarces: ídolo local-regional para el Sur de Italia, ídolo nacional para los argentinos, primera figura global del fútbol-espectáculo, y además portador de “una serie de marcas del ídolo popular […]: el origen pobre y la fidelidad a ese origen, el modelo de llegada, la picardía, la rebeldía, la denuncia, la persecución, la solidaridad con los suyos”.[10] La alegría podía ser global, pero ya no contestataria.
[1] Tranquilo tv (@tranquilovideos), “Maradona por Eduardo Galeano”, YouTube, 17 de junio de 2014, en https://www.youtube.com/watch?v=s-xQ0ssKiVc (consultado el 1 de abril de 2026).
[2] Pepexe Neize (@pepexe1O), “USA 1994 – Gol de Maradona a Grecia relatado por Victor Hugo Morales”, YouTube, 11 de junio de 2010, en https://www.youtube.com/watch?v=jyekACZBMeU (consultado el 1 de abril de 2026).
[3] El Gráfico (@elgraficoweb), “«ME CORTARON LAS PIERNAS»”, YouTube, 26 de junio de 2021, en https://www.youtube.com/watch?v=_UZVBUa8P5A (consultado el 1 de abril de 2026).
[4] La clasificación se había definido en un repechaje complejo contra Australia para el que, justamente, Diego volvió a ser convocado a la Selección luego del periodo de suspensiones por doping y marcado declive futbolístico que siguió al mundial de Italia ‘90.
[5] Pablo Alabarces, “El mito de Maradona o la superación del peronismo por otros medios”, deSignis, nº. 9, 2006, p. 214.
[6] A la distancia, ello se presenta casi como un reverso de la estrategia de fuerte internacionalización de la NBA, que potenciaron el fenómeno de los Chicago Bulls de Jordan, la actuación del Dream Team de Magic, Bird y Jordan en las Olimpiadas de Barcelona ’92, y la llegada de jugadores europeos provenientes en su mayor parte de países del antiguo bloque soviético, como los croatas Dražen Petrović y Toni Kukoč por esos mismos años.
[7] “FIFA, una historia empañada por escándalos”, BBC, 12 de julio de 2012, en https://www.bbc.com/mundo/noticias/2012/07/120711_deportes_fifa_acusaciones_tsb (consultado el 1 de abril de 2026).
[8] La canción, interpretada por Daryl Hall y Sounds of Blackness, se puede escuchar en https://www.youtube.com/watch?v=KMuLePslBs4&list=RDKMuLePslBs4&start_radio=1
[9] https://www.youtube.com/watch?v=cgQmyNUeEfI&list=RDcgQmyNUeEfI&start_radio=1
[10] Alabarces, 2006, p. 217.






