Estado de vigilia

Por Claudia Colosio

Los discursos de la enfermedad se centran —con razón— en la resiliencia del paciente, pero suele olvidarse, u obviarse, al herrero que forja la armadura y renueva el filo de la espada mientras funge de escudero. ¿Quién es el cuidador, depósito de citas médicas, bodega de suministros? Es quien se ata otras vidas al cinturón. Y, aunque se cuidan los niños, los enfermos, la naturaleza y el patrimonio, en asociación y por oficio, dedico estas líneas al cuidado sin retorno a la vejez. Mi madre, como muchos, vive la experiencia bajando la mirada para abrir los ojos de lechuza que protegerán al otro a mis abuelos, de sus respectivos diagnósticos degenerativos. Luego, se ata las vidas al cinturón. Migra. Paga con carne diferentes códigos postales y embala por tiempo indefinido una parte de sí. Vive del amor y el compromiso con la ilusión de ser invulnerable. Me hace preguntarme cuándo empieza la batalla cuerpo a cuerpo. Si en la primera cita médica irregular, frente a cierta cantidad de cumpleaños o en el cotejo de datos personales en el banco porque, según el sistema, mi abuelo ya no tiene edad para un préstamo. Así falten o sobren, ahora los años inundan la casa que ella navega a diario.  El que cuida siembra un árbol sobre su voluntad.

Las manos de mi madre se agrietan en silencio, a veces sin motivo. El cuidador normalmente desoye la indicación aérea de ponerse primero la mascarilla en caso de pérdida de presión en la cabina. El cuidador pelea, hace arma y herramienta la fuerza para limpiar con mayor pericia el excremento y la sangre.

Guerra Franco-Prusiana: una familia vela alrededor de la cama de un paciente mientras otros soldados convalecen en otra habitación. Aguafuerte de A. Lançon, 1871. Wellcome Collection.

La conversión en cuidador provoca el cambio progresivo del cuerpo hacia un sistema automatizado; ni mujer ni hombre: máquina. Se toman las leyes de la vida en los brazos; como franelas de pocos hilos para limpiar los residuos de comida que tiró una mano temblorosa. Mi madre incluso ha desarrollado la pericia felina del sueño ligero y la espalda flexible. Lo suma a la memorización de horarios, cantidades y precios. En casa los relojes anuncian tareas distintas para unos y otros.

Entre hospital y hospital, mi madre está camuflada con el grano en la polvareda humana. Es migrante llegada a la sala de espera. El cuidado también se sostiene en las piernas. Cruza la invisibilidad con un expediente buscando las firmas para tramitar el subrogado, la solicitud del medicamento y los boletos para el autobús de regreso. Le preocupa que sus costuras no abarquen todos los hilos cuando ausculta el pasado ante un nuevo médico. Mientras hace su papel de caja de memoria retoma la conversación que mi abuelo desvía varias veces para contar anécdotas de caballos. En cada regreso me dice que movilidad dignifica porque la vida se mantiene andando. 

El cuidador finge que olvida el diagnóstico y recrea un collar de palabras de consuelo para el otro y para sí mismo. La vigilia se vuelve un acto comunicativo de la zozobra. Se refugia en páginas de literatura y notas musicales que mezclan el anhelo punzante, la incertidumbre fría y la sorpresa sudorosa, pero entre sus pliegos siempre huele a sábanas limpias. El cuidador sabe que su vida se compone de capítulos independientes que transcurren en territorios físicos y emocionales de pasado y futuro. 

Sin importar la contundencia del paso, el enfermo congénito nunca vuelve a casa, sino al espacio de contención que se le provee. Mi madre, como otras tantas personas cuidadoras, comprueban que los dolores y la inmovilidad terminan cercando un país en cuatro paredes.

Sin embargo, mientras el abuelo duerme mi madre sonríe en la cocina cuando reflexiona que realmente no hay demasiadas diferencias entre quien se acuesta y quien vigila el sueño. Dice que detrás de la lengua y bajo la piel hay entrañas, que compartimos la misma tormenta interna del miedo a la imposibilidad de volver a levantarnos sin ayuda por la mañana, que habitamos momentos diferentes de un ciclo en común que terminará igual, con la exigencia desértica al arbusto para desprender las raíces y regar las semillas a vuelta de rueda. 

Cuidar hace un ritual el movimiento de las manos sobre el otro. Quien lo ejecuta es una planta que resiste mucho, mucho sol. El cuidador lleva sus raíces siempre frescas al viento.

Una chica lee a otra chica convaleciente. Wellcome Collection.
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