En septiembre de 1810 las hostilidades iniciaron. Las ligas se rompieron ante un estiramiento insostenible después de la crisis de legitimidad de 1808. Desde su inicio, la guerra en el campo de batalla se vio reflejada también en las palabras. La barbarización del otro abrió un abanico de posibilidades, todas las cuales conducían al exterminio del enemigo. Nombrar bárbaros a los insurgentes, y estos a su vez a los realistas, creó las condiciones de posibilidad de la aniquilación; su animalización en el discurso posibilitó su exterminio como plagas en la realidad.
Tan pronto como en octubre de 1810, apenas unos días de iniciado el levantamiento de Hidalgo, ya se estaba describiendo al ejército insurgente como monstruoso y bárbaro:
Declamamos, viva voz, contra todos ellos, y pedimos al cielo descargue el brazo de su justicia en venganza y castigo de tan horrorosos sacrilegios y atentados. Quisiéramos que aún la memoria que tales monstruos han existido, quedara abolida: tal es el odio a que se han hecho acreedores por sus horrorosos crímenes.[1]
Esto se publicaba apenas una semana después del ataque a Guanajuato por parte de las huestes de Hidalgo, que trajo consigo el sangriento episodio de la toma de la alhóndiga de Granaditas.
Manuel de Flon Tejada, Conde de la Cadena, decía por esas mismas fechas sobre el ejército de Hidalgo que eran una “gavilla de ladrones, que han reunido los dos monstruos americanos cura de Dolores y Allende”.[2] Bárbaro, salvaje o monstruo se convirtieron en adjetivos que acompañaron a los insurgentes, especialmente después del episodio de Guanajuato, descrito por la prensa primero, y por Lucas Alamán después (testigo ocular del episodio).
Una nota por demás interesante es la escrita por el militar realista Félix María Calleja. Es a él a quien le toca retomar Guanajuato después de la violenta acción insurgente. En el parte militar, que fue publicado en la prensa, Calleja describía las acciones de Hidalgo y Allende en Guanajuato de la siguiente forma: “horrible atentado de que se estremece la humanidad y que carece de ejemplo aun entre las naciones más bárbaras”, acusando del asesinato de más de doscientas personas a sangre fría. A su vez, indicaba que se hacía necesaria la “más atroz y ejemplar venganza”.[3]
El cura Hidalgo, como cabecilla del movimiento, fue el objeto de las críticas más despiadadas, especialmente por su carácter religioso. El virrey Venegas se refería a Miguel Hidalgo en términos contundentes en un bando publicado en enero de 1811, apenas unos días de la batalla del Puente de Calderón, donde los insurgentes serían derrotados a manos de Félix María Calleja. En el bando, decía el virrey:
Entre los infames medios de que se ha valido el pérfido cura Hidalgo para corromper la imperturbable fidelidad de los naturales de este reino, que consecuentes a sus principios de religión, lealtad y vínculos indisolubles de sangre y adhesión a sus hermanos de la península, no han dado oídos a la alarmadora voz de la insurrección más irracional e inicua, que ha hecho resonar aquel monstruoso rebelde en todo este piadoso y pacífico país.[4]
La satanización, barbarización y animalización no terminó con las muertes de Hidalgo y Allende; continuó con Morelos y Vicente Guerrero. A este último describía en 1817 Ciriaco del Llano en un parte dirigido al virrey Juan Ruiz de Apodaca, donde bestializa a Vicente Guerrero y Juan del Carmen: “A consecuencia he prevenido a dichos dos jefes que es indispensable que sin pérdida de tiempo traten de perseguir y atacar a los rebeldes Guerrero y Juan del Carmen […], pues en el día son aquellas las únicas polillas que infestan aquel rumbo”.[5]

El mismo discurso era usado por el bando insurgente para describir a los realistas. Los mismos adjetivos aparecían en los documentos y partes insurgentes para hablar de las acciones de guerra hechas por el ejército de la Nueva España. Por ejemplo, en El Despertador Americano de fines de 1810 se decía de los soldados realistas: “Abominamos la conducta bárbara y atroz de nuestros feroces enemigos que, a sangre fría, y fuera del campo de batalla, cometen los más crueles asesinatos”.[6] Las acciones descritas como bárbaras por insurgentes y realistas eran las mismas: acciones de guerra, asesinatos de civiles, el tratamiento de prisioneros, etcétera. Lo que cambiaba era el lugar del bárbaro y el del civilizado; siempre el otro.
En el mismo Despertador Americano se describía a Calleja en los mismos términos en que este había descrito a Hidalgo y Allende:
“Americanos, las almas de los Gachupines no son de este temple. Apenas se apodera aquel Monstruo [Calleja] de la desventurada y opulenta Guanajuato, todo lo lleva a fuego y sangre, no se respeta edad, ni sexo, ni condición por elevada que sea, ni el mismo carácter Sacerdotal, reverenciado entre las más bárbaras naciones, no se distingue entre el Soldado, y el pacífico morador, entre el que peleó con las armas, y el que se encerró a orar en su casa”.[7]
Después, Rayón se referiría al virrey Venegas, a Agustín de Iturbide y a Anastasio Bustamante como “monstruos de la humanidad”[8]; fray Servando Teresa de Mier, a su vez, decía de Calleja que era un monstruo y un “bárbaro caribe”[9], haciendo referencia a las tribus de las llamadas Antillas que eran descritas como caníbales.
La utilización de un lenguaje de disputa en clave de la barbarie, de lo monstruoso, creó la justificación para la eliminación física del contrincante. Curiosamente, este lenguaje fue compartido por ambos bandos, aunque los insurgentes se encontraban en desventaja frente a la estructura publicitaria del Estado novohispano. La batalla en las palabras siempre acompaña a la batalla con las armas. La Guerra de Independencia no fue la excepción. Un análisis más profundo de este discurso vería que se encontraba inserto en la construcción semántica del Estado novohispano en su proceso de expansión y de sometimiento de distintos grupos indígenas, especialmente en el norte.
La relación entre lenguaje y realidad se vuelve más tensa durante una guerra; la expulsión del enemigo del mundo civilizado vuelve pensable, realizable y necesaria su exterminación. No se pude negociar con el bárbaro; este debe ser eliminado por el bien de la humanidad entera. El camino a su animalización es en este mismo sentido. La guerra iniciada por Hidalgo en 1810 trajo consigo un alud de adjetivos que después tuvieron su materialización en la eliminación en el campo de batalla.
La guerra en las palabras, pues, también puede ser sangrienta.

[1] Gazeta del Gobierno de México, 5 de octubre de 1810, 833.
[2] Gazeta del Gobierno de México, 26 de octubre de 1810, 866.
[3] Gazeta del Gobierno de México, 28 de noviembre de 1810, 997.
[4] Gazeta del Gobierno de México, 22 de enero de 1811, 67.
[5] Gazeta del Gobierno de México, 8 de febrero de 1817, 172.
[6] El Despertador Americano, 20 de diciembre de 1810, 4.
[7] El Despertador Americano, 17 de enero de 1811, 42.
[8] Ignacio López Rayón, «Diario de gobierno y operaciones militares de la secretaría y ejército al mando del excelentísimo señor presidente de la suprema junta y ministro universal de la nación, licenciado don Ignacio López Rayón», 1812, Memoria Política de México, https://www.memoriapoliticademexico.org/Textos/1Independencia/1812-1814-DO-JZ-LR.html.
[9] Fray Servando Teresa de Mier, Historia de la Revolución de Nueva España, Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos, 2019, 340.




