Antes del primer silbatazo de la Copa del Mundo de Rusia 2018, el torneo ya se había disputado miles de veces. No en la cancha, sino en las computadoras. Modelos estadísticos simularon la competición repetidamente, calculando las probabilidades de que cada equipo avanzara de ronda, llegara a la final o levantara el trofeo. Las páginas de internet actualizaban estos números constantemente. Francia tenía una probabilidad determinada de ganar, Brasil otra, Alemania otra. Para muchos aficionados, seguir el Mundial crecientemente significa ver esas probabilidades cambiar de un juego a otro. Por primera vez, el torneo no sólo era visto, ¡sino simulado!
En mi propio caso, este cambio se volvió tangible durante el mismo torneo. En 2018, tenía 23 años y era todavía un estudiante a tiempo completo. Por primera vez en mi vida, el Mundial se jugaba sin Italia, un país donde el fútbol es fe y su participación se da por sentado. Esa ausencia provocó un cambio en la manera en la que veía el torneo. Sin el usual apego al equipo de mi nación, me encontré observando la competición desde una perspectiva más distante y analítica.
Fue durante esas semanas que experimenté algo que sería difícil de imaginar tan solo unos años después: estaban públicamente disponibles las series de datos del torneo. En plataformas como Kaggle, los usuarios comparten información estructurada sobre los partidos, los tiros y los jugadores. Además de estas series de datos, investigadores y entusiastas publicaron modelos, intentando predecir la probabilidad de cada equipo de avanzar o de ganar el Mundial. Lo que alguna vez era pertenencia casi exclusiva de los analistas profesionales, de pronto se volvió accesible para cualquier curioso con ganas de explorarlo. Así, el Mundial apareció no sólo como un deporte y espectáculo global, sino también como una vasta serie de datos, esperando a ser analizados.
Recordando ese tiempo, fue la primera vez que viví el torneo con la conciencia de alguien que comenzaba a ver el fútbol no únicamente como un juego, sino como un fenómeno global masivo. Más allá de los propios partidos, comencé a notar la extraordinaria atención mediática alrededor del evento, las fuerzas económicas que lo envolvían y la inmensa cantidad de información producida alrededor de cada partido. En ediciones anteriores, especialmente en aquellas en las que Italia tuvo un rol central, viví los mundiales casi enteramente a través de la pasión y la identificación nacional. Rusia 2018 fue diferente. Fue la primera vez que la competición se me reveló como algo más grande: un ecosistema complejo de datos, narrativas y atención global.
Este cambio inicial reflejaba una transformación más profunda que ha silenciosamente reconfigurado el fútbol en la última década. Los clubes y los analistas han comenzado a adoptar crecientemente herramientas sofisticadas para interpretar el juego. Conceptos como los goles esperados (xG), las redes de pase, el análisis espacial y el seguimiento de los datos gradualmente han entrado en el vocabulario del análisis del fútbol. Un disparo errado puede ahora ser descrito como una gran oportunidad de marcar; un equipo que pierde un partido puede ser considerado como estadísticamente dominante. El fútbol, tradicionalmente asociado con la intuición y la narración de historias, ha empezado a hablar el lenguaje de la probabilidad.
Rusia 2018 representó el momento en que esta revolución analítica se extendió desde la élite de los clubes profesionales hacia la esfera global. Las interpretaciones del juego basadas en datos se volvieron visibles para millones de observadores. Los medios publicaban los gráficos de goles esperados (xG) en los programas de análisis; los comentaristas debatían probabilidades en los programas y los aficionados compartían tablas estadísticas en las redes sociales. El torneo no era interpretado solamente mediante los goles y los highlights. Cada vez era más entendido con base en modelos, métricas y simulaciones.
Al mismo tiempo, Rusia 2018 introdujo otra transformación tecnológica: el Video Assistant Referee (Árbitro de Asistencia por Video), comúnmente conocido como VAR. El fútbol siempre ha sido entendido a través del juicio humano, pero la inclusión del VAR simbolizó una nueva forma tecnológica de mediación en el juego. Las decisiones que dependían enteramente de la percepción del árbitro ahora podían ser revisadas mediante las cámaras, las repeticiones y las comunicaciones entre todo el equipo arbitral. El árbitro permanecía como la autoridad final, pero el proceso de la decisión viró.
Juntos, estos desarrollos reflejaron una transformación cultural más grande. En muchas áreas de la vida cotidiana (finanzas, transporte, medicina, comunicación) los algoritmos guían cada vez más las decisiones e interpretaciones. El fútbol, uno de los fenómenos culturales más globales y populares de nuestro tiempo, no se ha mostrado inmune a esta transformación. Los datos prometen revelar patrones, reducir la incertidumbre y ayudar a explicar las dinámicas complejas presentadas en el campo.
Aunque Rusia 2018 también evidenció las limitaciones de la ambición analítica. Algunas de las historias más memorables del torneo fueron precisamente aquellas que desafiaron la predicción. Alemania, el campeón defensor y uno de los favoritos según la estadística antes del torneo, fue eliminada en fase de grupos después de una derrota sorpresiva ante Corea del Sur. Croacia, un país de apenas cuatro millones de habitantes, avanzó hacia las rondas de eliminación directa y llegó hasta la final, tras una serie de partidos desgastantes y tiempos extra. Múltiples empates fueron definidos a través de los penales, donde las probabilidades se estrechan y la dimensión psicológica del juego se vuelve más interesante de cuantificar.
Incluso a los modelos más sofisticados se les dificulta concebir esos outcomes. El fútbol contiene muchas variables como para ser totalmente predecible: el cansancio acumulado tras varios partidos, los ajustes tácticos durante el juego, los errores individuales, las decisiones arbitrales y el rol emocional de los equipos y los hinchas. Un desvío de un defensor, una duda del arquero o una súbita pizca de confianza puede alterar el curso de un partido. Los modelos estadísticos pueden estimar tendencias, pero no pueden eliminar el azar.
En la tensión entre el cálculo y la impredecibilidad reside el encanto del fútbol. Los datos y el análisis ofrecen poderosas herramientas para entender el juego de manera más profunda. Éstos revelan estructuras escondidas atrás de los patrones de pase, cuantifican la calidad de las chances de gol y permiten a los analistas comparar desempeños entre partidos y torneos. Sin embargo, el deporte continúa produciendo momentos que escapan de la descripción numérica. El drama y el poder del fútbol emergen precisamente de la distancia entre el resultado y la expectativa.
En este sentido, Rusia 2018 representó un encuentro simbólico entre dos maneras de entender el fútbol. En un lado, se halla la perspectiva analítica con cada vez mayor presencia en los cuerpos técnicos, los comentarios de los medios y las discusiones de los aficionados. En el otro lado, continúa la tradicional experiencia del fútbol como espacio de incertidumbre, donde los “caballos negros” derrumban las predicciones y los momentos singulares reconfiguran los destinos colectivos.
En lugar de reemplazar una por otra, estas perspectivas coexisten. El espectador moderno puede seguir los modelos probabilísticos y, aun así, celebrar un gol improbable que los modelos no tenían registrado. Los analistas pueden simular un partido miles de veces y, aun así, verse sorprendidos cuando la realidad muestra un resultado diferente.
El fútbol ha entrado en la era de los algoritmos. Pero, incluso así, cada cuatro años, el Mundial nos recuerda que el juego pertenece —al menos en parte— al azar y al corazón de los jugadores.






