Corea del Sur y Japón 2002

Por Gastón Souroujon

El Mundial de futbol de 2002, con sede en Japón y Corea del Sur, no sólo fue el primer Mundial del siglo XXI —es decir, el primero celebrado después del atentado a las Torres Gemelas, que es cuando realmente comienza este siglo— sino también el primer Mundial jugado fuera de su tradicional eje euroamericano; el primero con dos países anfitriones, y el primero en el cual regía a nivel internacional la prohibición de fumar en los aviones (quizá ahí comenzó este siglo rastrero).

Esta sede singular generó expectativas en torno a las novedades tecnológicas, expectativas que pronto se disiparon. A pesar de ello, el Mundial regaló momentos gratos al ritmo de la bossa nova. La final ofreció el primer enfrentamiento en la historia de los mundiales entre las dos potencias futbolísticas con más títulos, Brasil y Alemania (los campeonatos de Italia en 1934 y 1938 se disputaron al ritmo de la Giovinezza). En esa instancia, la Verdeamarela logró un triunfo inobjetable sobre el equipo germano. Sin embargo, desde el Tratado de Versalles, sabemos que no conviene dejar resentida a Alemania, y en 2014 llegaría la venganza con el célebre Mineirazo.

Esta fue la última selección brasileña que hizo honor a su tradición, con un tridente ofensivo glorioso: Rivaldo, Ronaldinho y Ronaldo. Este último mereció llevarse el premio al mejor jugador del torneo, pero la distinción la obtuvo el arquero alemán Oliver Kahn, en una votación realizada antes de la final. Un Kahn que en la final tuvo un partido desastroso frente a un Ronaldo que marcó dos goles. A este tridente se sumaban dos laterales legendarios, Cafú y Roberto Carlos; e incluso el Scratch se permitió insinuar el futuro con el debut de un joven Kaká.

En este Mundial también hubo dos grandes decepciones: los dos principales favoritos cayeron en fase de grupo. Francia, vigente campeona del mundo y de la Eurocopa se fue del Mundial con un solo punto y sin marcar goles (en el Mundial siguiente, Zidane reivindicara a Les Bleus llevándolos hasta la final), y Argentina que, dentro del grupo de la muerte, le ganó a Nigeria, perdió con Inglaterra y empató con Suecia. De esta decepción quisiera ocuparme y de cómo repercutió en la economía, la sociedad, la geografía, de una ciudad, de un barrio, de una cuadra. Sirva entonces este escrito para discutir con quienes insisten en que el fútbol es sólo un deporte; que seguramente se sientan en la misma mesa con los que declaran que las ciencias sociales no son ciencias; con aquellos que gritan que el talento y el esfuerzo son los criterios principales que explican las desigualdades y con un etcétera largo.

En diciembre de 2001, Argentina atravesó la peor crisis de su historia reciente. A los crecientes niveles de pobreza y desempleo se sumó el famoso corralito, que impedía a la población retirar sus ahorros de los bancos; la pesificación de los depósitos en dólares; la sucesión de cinco presidentes en menos de quince días; las protestas sociales de sectores populares y medios, reprimidas por las fuerzas de seguridad con un saldo de 38 muertos; la aparición de cuasimonedas provinciales y nacionales; el trueque como nueva forma de intercambio; y, de nuevo, un largo etcétera. Se abrió entonces un limbo en el que las identidades sociales y políticas estallaron por el aire, y cuyas nuevas configuraciones tardarían al menos cinco años en comenzar a asomar.

Este escenario desesperante se combinaba con la certeza de que la Albiceleste ganaría el Mundial 2002 (ya otro equipo albiceleste en el ámbito local, Racing, había sido responsable de la única alegría en ese caótico diciembre de 2001; quizás aquí comenzó el siglo XXI). Esta seguridad se sustentaba en un proceso de eliminatorias impecable, en donde se logró el récord de puntos hasta ese momento, 43, con 13 victorias, 4 empates y una sola derrota (ante Brasil como visitante). Con jugadores que eran estrellas en las distintas ligas: Batistuta y Samuel habían llevado a la Roma a ganar el Scudetto después de casi 20 años; Crespo, capocannonieri del torneo italiano; Ayala y Aimar lideres de un Valencia que, por segunda vez consecutiva, llegaba a la final de la Champions League; Zanetti, capitán del Inter de Milán; Verón, figura del único Manchester que en ese momento contaba, y unos años atrás campeón del Scudetto con la Lazio junto a Simeone y Almeyda. A estas figuras se sumaban, entre otros, el regreso del hijo del viento, Caniggia, ya con 35 años, tras su ostracismo en la Selección durante el ciclo de Pasarella por el affaire del pelo, y Ortega, con la responsabilidad de reemplazar a Maradona. 

Marcelo Bielsa aparecía como un técnico serio que, con un 3-3-1-3, desplegaba un fútbol ofensivo, vertiginoso y vertical. Con el tiempo nos lamentamos por la ausencia de Riquelme en esa Selección, aunque en su momento el cuestionamiento era por la falta de Saviola, que había tenido una temporada soberbia en el Barcelona. Sin embargo, la crítica más importante que ya se le hacía era su rigidez, que no habilitaba la opción de que Crespo y Batistuta jugaran juntos. El reemplazo, en el partido contra Suecia, del ex-River por el ex-Boca, minutos antes de que Suecia marcara el uno a cero, escenificó lo acertado de esas críticas. 

En la ciudad donde habito, gran parte de los comercios, entre ellos los bares, se vieron obligados a cerrar por la crisis; los que quedaron —entre ellos el que yo habitué—, gerenciados por un leproso y un canalla, observaban el Mundial como el pasaje de salvación. Los horarios estrambóticos, de madrugada y a primera hora de la mañana, irónicamente se presentaban como ideales. Se proyectaba abrir los bares toda la noche, previa al encuentro, lo que aumentaría las ganancias. El leproso y el canalla en cuestión sabían que debían invertir para lograr este cometido (nuevos televisores, nuevos baños y otro largo etcétera). Calculaban que para el partido de octavos de final se recuperaría la inversión y el resto sería ganancia.

Obviamente, con el sistema financiero devastado, los únicos préstamos posibles eran en el mercado negro con tasas usureras. Todos los bares de la ciudad se llenaron ese martes 11 de junio por la noche, a la espera del partido definitorio contra Suecia a la madrugada del día siguiente. Después del traspié con Inglaterra surgieron dudas, pero la gente necesitaba una alegría, un tiempo extraordinario que la alejara de la coyuntura. Como sabemos, Argentina tuvo 15 ocasiones de gol, pero sólo logró empatar uno a uno. Caniggia, nuestro ídolo de la infancia, había sido expulsado desde el banco, por lo cual no pudo entrar. Para septiembre de 2002, el canalla y el leproso ya habían vendido lo que quedaba del bar y escapado hacia otros trabajos; esto seguramente también les pasó a otros canallas y leprosos, a millonarios y bosteros, a académicos y diablos, a tatengues y sabaleros, a pincharatas y triperos, a bohemios y quemeros, y otro largo etcétera.

Siguiente
Francia 1998
Más artículos
Cónclave