En la actualidad, concibo la opinión pública como un fenómeno indisociable del internet. Es en este espacio digital en donde se fraguan muchas batallas invisibles. Más invisibles que batallas, pero reales a su manera. Y es que la red, hace un tiempo, resultaba la utopía realizada para la discusión pública antes de su cooptación por los grandes intereses económicos. Un espacio en donde uno esperaba decir lo que pensaba y recibir una respuesta pertinente de los otros. Un intercambio en libertad. Lo mismo que esperar la respuesta de otros.
Pero, para quienes no desistimos de utilizar redes digitales, es notorio que últimamente, y de manera más frecuente, nos encontramos inmersos en conversaciones cada vez más violentas y desprovistas de sentido. Basta con mirar de reojo, por ejemplo, a la red social “X” — Twitter, como nos empeñamos no pocas personas en seguir llamándola—, adquirida por el empresario sudafricano y estadounidense Elon Musk, que se ha convertido, a mi parecer, en el lugar ejemplar de ese clima implacable de la conversación inflada, agresiva, sesgada y plagada de bots.
La noción de que la red no sólo se ha vuelto un espacio cada vez más violento sino poco orgánico, desprovisto de interacción humana real, se ve afianzado por la introducción de sistemas y programas de inteligencia artificial que no sólo sirven para eficientarlo, sino que además introducen sesgos y tendencias en sus algoritmos.
Este nuevo modo de operación, que ya se esbozaba en forma de conspiración paranoica hace menos de una década en foros de Reddit y blogs —la llamada teoría del internet muerto—, hoy resulta una constatación sólida a esta hipótesis.
Dicha teoría sostiene que desde un tiempo atrás, el internet está casi por completo alimentado por contenidos inorgánicamente creados, generados por inteligencia artificial, granjas de bots y sesgos inducidos por las empresas que controlan dichos sistemas; lo mismo ocurre con los mecanismos de amplificación de este contenido —la creación de cámaras de resonancia—. Se trata básicamente de un espacio vacío de personas humanas; o en vías de extinguir su presencia.

La deriva no es gratuita. Ante estas circunstancias, una se pregunta para qué seguir contribuyendo a la generación y aparente participación en redes sociales cuya promesa de conexión e interacción con los otros se desvanece ante el cementerio en ciernes de ecos repetidos de lo que alguna vez fue un estímulo humano —a modo de distopía deleuziana.
La réplica a esta inquietud llega en forma de afirmación y posibilidad: Digo lo que pienso. Esto es lo que reviste obstinarse en participar en la conversación pública. Se trata de la posibilidad de expresarse individualmente, autoafirmarse y dialogar con los otros.
No obstante, esta expectativa muy pronto se debilita en el preciso momento en que se invoca, ¿es posible seguir practicando esta consigna aquí y ahora? A mi parecer, la aparente sencilla afirmación encubre al menos dos problemas: el primero interpela a la posibilidad misma de la discusión pública en el presente; la segunda cuestión, a la posibilidad de la autoafirmación propia, emancipada de su envés o, digamos, de la colectividad uniformizante.
El primero de los obstáculos está vinculado a la típica asociación entre el internet, tal y como se presenta actualmente, y la noción de ágora. Al procedimiento por el que se equipara a ese espacio destinado a la discusión e intercambio de ideas con el otro, un espacio para la política en su sentido moderno más elemental.
De manera que si pensamos en la red en cuanto versión actualizada de plaza pública tendríamos invariablemente que admitir una serie de supuestos que la hacen posible. Por ejemplo, el lugar equidistante que guardan todos sus participantes —una mínima noción de paridad—, la posibilidad real de un diálogo y la discusión colectiva y razonada que dimana de este, la libertad de expresión que excluye la censura, por mencionar algunos.
Aunque se hace patente muy pronto que no sólo el internet no es un espacio en donde esta versión utópica de referencia llega a su consecución, sino que magnifica los vicios preexistentes que de suyo ya se manifestaban en el correlato análogo de los medios de comunicación.
Más aún, no sólo el medio no es idóneo por nuevas y problemáticas expresiones que se han abierto paso a través de este —lo que he enumerado antes muy rápidamente—, sino que en su sentido más radical esta imposibilidad se afinca en una idea bourdiana:[1] la que dice que, en sí misma, la opinión pública no existe y resulta más bien la expresión del sesgo. El sesgo que interesa a algunos amplificar.
El segundo problema, por otro lado, comparte un sentido concomitante con la terminología sociológica. El individuo como un ente completamente original es inviable, pues está determinado por su medio y condiciones materiales. Se trata, en suma, de un viejo debate en torno a la predeterminación social. En general, que somos producto de una estructura estructurante, en palabras de Bourdieu una vez más; una que determina nuestros gustos, preferencias, predisposiciones y comportamientos e, incluso, disputa la posibilidad de la libertad —en sentido positivo, en cuanto autoafirmación y realización.
De manera que el estado de la cuestión se revela más o menos deplorable por ambos frentes: la imposibilidad de la discusión pública real siempre truncada por un vehículo ilusoriamente transparente —ayer el periódico impreso, hoy la red muerta— y, por el otro, la imposibilidad de sobreponerse a la determinación del medio. Es decir, quizás no es cierto que aquello que pienso es realmente un pensamiento autónomo. Y es posible que cada una de estas iteraciones no encuentren jamás un lector orgánico ni reciban mucho menos la invitación a un diálogo. ¿Qué sentido tiene, pues, seguir insistiendo en aquello?
A veces me imagino en el movimiento de una nave solitaria vagando por un mar plagado de sombras y recortes de luz —la metáfora naval del internet no es ociosa en ese sentido—, uno que hoy parece un telón de fondo siempre inmóvil, hasta que deja de serlo. Frecuentado y, cada vez menos, por oasis alimentados por otras personas. Pero cuando ocurre el encuentro, el descubrimiento de una idea confrontativa, de un ápice de crítica, de buenas ideas, entonces tiene sentido empeñarse en seguir creando y publicando. Para una misma y también para los demás. Participar de ese espacio que brilla con un fulgor inasible, sobre todo, porque en su centro no hay tal abstracción, sino personas de carne y hueso, a pesar del clickbait, del rage bait, y de todos los neologismos que nombran a las cada vez más abundantes criaturas de la red digital y sus vicios.
Los espacios que alguien toma aquí y allá son espacios que no han cedido a la fuerza uniformizante del capital automatizado. Sobre todo, cuando provienen de voces que crean desde el margen, en los resquicios. Estos son los espacios contracorrientes realmente valiosos, “originales” hasta determinado punto. Porque no han cedido a la cultura dominante. O porque en esta no existe algo parecido —aún.
Cuando veo, cuando leo, cuando consumo lo que otros hacen y crean en el sentido antes mencionado, pienso que existe un valor inmanente en la mera actividad de continuar escribiendo, creando, publicando, que es ya valioso por sí mismo; pero, con mucha frecuencia, también encuentro que esta respuesta permanece inacabada, inconclusa o es insuficiente.
Yo misma me sorprendo luchando contra la falta de propósito de algo que el resto del tiempo considero importante: escribir, publicar. Muchas veces también, a punto de rendirme, de cerrar para siempre este capítulo y no pensar más en él.
Pero hay una ansiedad mayor en ello que la de simplemente no pertenecer. Esto es, renunciar a una parte inexplicablemente constitutiva de mi persona. Y digo inexplicable porque se trata de aquello que compete a un dominio que rehúye las palabras. En un futuro que se augura perfectamente simétrico, las irregularidades y la falta de respuestas son una provocación. Esto es resistir, continuar disputando aunque sea un pequeño, diminuto e ínfimo espacio al movimiento que coopta con voracidad —incluso dentro de la llamada discusión pública— a las voces que navegan al margen.
Insistir es creer en la posibilidad de la discusión y el diálogo, a pesar de todo. Aunque lo diga desde un lugar poco optimista. Es creer, tener esperanzas sin optimismo —en palabras de Eagleton—, que esto es posible porque estamos armados únicamente con nuestros cerebros y palabras. Patrimonio que debemos, al mismo tiempo, a todas las personas que nos antecedieron o coexisten con nosotros.
Esta respuesta que queda a deber, se alinea también con la naturaleza de la discusión que valoro: al margen, opaca, incompleta, siempre a punto de ser algo más.
Insistir implica aferrarse a seguir explicándonos cosas en un mundo en que todo parece estar superado, cooptado por grandes intereses que no son los nuestros pero se hacen pasar por nuestro gusto, nuestra sensibilidad o los hacen suyos. Sobre todo, obstinarse en encontrar una humanidad que hace falta afirmar una y otra vez porque es siempre distinta, en la medida en que nada nunca está dicho definitivamente.

[1] Pierre Bourdieu, “La opinión pública no existe. Conferencia impartida en Noroit (Arras) en enero de 1972”, Les temps modernes, n.º 318, enero de 1973, pp. 1292-1309. Disponible en: https://sociologiac.net/biblio/Bourdieu_OPE.pdf







