En el verano de 2006, México estuvo cerca de presenciar lo que los comentaristas deportivos denominan un “salto de calidad” del fútbol nacional, en paralelo a lo que muchos consideraban la consolidación de su transición democrática. Sin embargo, en lugar de confirmar ambas promesas, ese momento marcó el inicio de un proceso inverso: el estancamiento del balompié mexicano y el progresivo deterioro del orden político surgido tras la alternancia.
El equipo dirigido por Ricardo La Volpe poseía una característica que la selección mexicana no ha logrado recuperar desde entonces: un estilo de juego claramente definido. Era un equipo que privilegiaba la posesión del balón, la construcción paciente de las jugadas y la iniciativa ofensiva. La salida desde el fondo constituía uno de sus rasgos distintivos. Con una línea de tres defensores técnicamente sólidos y con criterio para distribuir el balón, el equipo evitaba el despeje improvisado y buscaba siempre iniciar el juego desde la base, incluso bajo presión. Esta decisión implicaba asumir riesgos, pero también afirmaba una identidad basada en la confianza en la técnica y en el control del ritmo del partido.
Rafael Márquez, líder indiscutible del equipo, desempeñaba un papel central en esta estructura. Desde la defensa, regulaba los tiempos del juego y decidía si la progresión debía construirse mediante combinaciones cortas o mediante trazos largos que rompieran las líneas rivales. A su lado, Ricardo Osorio y Carlos Salcido aportaban equilibrio y amplitud. Su capacidad para integrarse en la construcción ofensiva permitía que los carrileros avanzaran con mayor libertad, abriendo el campo y generando superioridad en ataque.
Mientras tanto, el mediocampo combinaba despliegue físico, inteligencia táctica y creatividad. La capacidad de recuperación de Gerardo Torrado, la precisión en la distribución de Pável Pardo y la creatividad de Antonio Naelson “Sinha” conformaban una línea capaz tanto de conservar la posesión como de construir jugadas ofensivas y sostener el orden defensivo. En la delantera, la potencia aérea de Jared Borgetti, la movilidad constante de Omar Bravo (quien ahora enfrenta un proceso legal por presunto abuso sexual) y la presencia combativa de Francisco “Kikín” Fonseca ofrecían múltiples variantes de ataque y exigían de forma permanente a las defensas rivales.
A este núcleo se sumaban jóvenes como Andrés Guardado, Francisco Javier “Maza” Rodríguez y Gonzalo Pineda, quienes aportaban dinamismo y velocidad, mientras que jugadores experimentados como Ramón Morales, Oswaldo Sánchez y Jesús “Cabrito” Arellano contribuían con técnica, seguridad y liderazgo dentro del campo. El resultado era un equipo que combinaba renovación y experiencia, disciplina táctica y libertad creativa.
La fase de grupos, sin embargo, resultó menos convincente de lo esperado. México logró una victoria ante Irán y avanzó a la siguiente ronda con cuatro puntos, tras el empate contra Angola y la derrota contra Portugal y un joven Cristiano Ronaldo. No obstante, el partido de octavos de final contra Argentina constituyó uno de los encuentros más memorables en la historia reciente del fútbol mexicano. Durante largos tramos del partido, México logró imponer su ritmo, controlar la posesión del balón y generar múltiples oportunidades frente al arco defendido por Roberto Abbondanzieri. El desenlace, sin embargo, favoreció a Argentina, que se impuso gracias a un autogol desafortunado y, posteriormente, a una destacada anotación de Maxi Rodríguez en el tiempo extra.
A pesar de la eliminación, el ciclo encabezado por Ricardo La Volpe produjo avances significativos para el fútbol mexicano. La Selección Mexicana parecía encaminarse hacia su consolidación como un proyecto deportivo definido por la coherencia táctica, la continuidad de su base de jugadores y la consolidación de un estilo de juego reconocible. Estas condiciones habrían podido posicionar a México como una selección estable y competitiva a nivel mundial. Sin embargo, la Federación Mexicana de Fútbol decidió interrumpir ese proceso al prescindir de La Volpe, nombrar a Hugo Sánchez como su sucesor y cesarlo poco tiempo después. Esta ruptura marcó el inicio de un periodo caracterizado por la discontinuidad institucional y la falta de un proyecto deportivo sostenido.
Desde entonces, los ciclos mundialistas han estado definidos por la rotación constante de entrenadores con concepciones tácticas divergentes, la subordinación de los criterios deportivos a intereses comerciales, y la limitada continuidad en el desarrollo de jugadores jóvenes. Como resultado, la Selección ha perdido la estabilidad que había comenzado a construir y su desempeño ha mostrado signos de estancamiento relativo frente a las principales potencias futbolísticas.
Lo que ocurrió con la democracia mexicana fue parecido. No existió fraude electoral en 2006. No le “robaron” la elección a Andrés Manuel López Obrador. Lo que sí hubo fue una terrible irresponsabilidad de la clase política y las élites económicas mexicanas. Vicente Fox y sus defensores fueron irresponsables al intentar desaforar a López Obrador con pretextos leguleyos y absurdos, que crearon la percepción —justificada— de excesiva intromisión presidencial en las elecciones y de que los actores que había defendido el consenso democrático-liberal ahora estaban dispuestos a romper sus propias normas (escritas y no escritas) para desbancar a un opositor que desafiaba ese consenso.
AMLO fue irresponsable al denunciar fraude sin evidencias contundentes, y al actuar movilizado por el rencor desde 2006 hasta que ejerció la presidencia de la República. El PRD fue irresponsable al respaldar las acusaciones infundadas que López Obrador levantó sobre el sistema electoral mexicano desde antes de las votaciones, sembrando la semilla de la desconfianza en la izquierda mexicana y aplanando el terreno para que las acusaciones de fraude fueran creíbles.
Calderón fue irresponsable al ser un candidato triunfador indigno (cómo olvidar el “haiga sido como haiga sido”), que no supo reconciliar al país ni llamar a la unidad, y que utilizó al Ejército como mecanismo de legitimidad. Lanzó una inútil guerra contra las drogas que aumentó la violencia, destrozó el tejido social mexicano y, con ello, canceló las posibilidades de maduración de una ciudadanía democrática más vibrante y activa.
Las élites económicas fueron irresponsables al sembrar el miedo social a la izquierda con las campañas de “López Obrador es un peligro para México” y “México va a ser como Venezuela”. Fueron aún más irresponsables al presionar a las instituciones electorales y los partidos políticos para frenar a AMLO a toda costa, lo que contribuyó a construir la imagen de una democracia oligárquica y elitista.
Si las decisiones de las élites políticas, económicas y futbolísticas hubieran sido distintas en 2006, el verano de ese año habría podido marcar el inicio de la consolidación del fútbol mexicano como un proyecto competitivo a escala mundial, así como el afianzamiento de una democracia genuinamente plural e incluyente. Aquel verano marcó, en cambio, el inicio de un ciclo de deterioro tanto en el ámbito deportivo como en el político. Desde entonces, el país ha permanecido en una condición marcada por la promesa incumplida. Tanto en el fútbol como en la vida pública, México ha oscilado entre avances parciales y retrocesos estructurales, sin alcanzar plenamente la estabilidad y la consolidación que parecían posibles en ese momento. El “ya merito”, expresión que condensa la cercanía permanente a un logro que nunca termina de concretarse, se convirtió así en la forma simbólica de una transición futbolística y política inconclusa, en la que el horizonte de consolidación permanece visible pero siempre aplazado.






