La izquierda brasileña ante las urnas: el desafío de Lula

Por Letícia Baron

El 4 de octubre de 2026, más de 158 millones de brasileños están convocados a expresar su preferencia para la jefatura del Poder Ejecutivo Federal, según el Tribunal Superior Electoral. Aunque pueden elegir entre trece candidatos, solo dos de ellos superan el 10 % de intención de voto en las principales encuestas de opinión: el candidato a la reelección Luiz Inácio Lula da Silva, por el Partido de los Trabajadores (PT), y el senador Flávio Bolsonaro, por el Partido Liberal (PL). Se estima que ninguno de los dos logrará obtener la mayoría absoluta de los votos válidos, requisito constitucional para ser elegido en primera vuelta. En consecuencia, ambos deberán prolongar la disputa y enfrentarse en la segunda vuelta, prevista para el 25 de octubre del mismo año.

La división del electorado en torno a ambas figuras —Lula con aproximadamente el 39,4 % de los votos y Flávio Bolsonaro con el 38,4 %, según la encuesta electoral realizada por el Instituto Meio/Ideia cinco días antes de las elecciones— reproduce el dilema que marca la política brasileña desde 2018, cuando el padre de Flávio, Jair Bolsonaro, se alzó como inesperado vencedor de los comicios, articulando ideales conservadores, medidas económicas neoliberales y un fuerte antagonismo hacia el Partido de los Trabajadores, que mantuvo una vez elegido. Los constantes ataques a las instituciones, en particular al Poder Judicial, su gestión de la pandemia de COVID-19 y sus reiterados cuestionamientos sobre la integridad del proceso electoral agudizaron la polarización que ya dividía el campo social.

Cuando buscó la reelección, en 2022, Jair perdió frente a Lula. El candidato del PT ganó los comicios con el margen de votos más estrecho desde la redemocratización, gracias a la unificación de sectores muy diversos de la sociedad en torno al ideal democrático y en oposición al autoritarismo bolsonarista. Inspirándonos en la teoría de Ernesto Laclau, puede afirmarse que Lula fue un nombre capaz de reunir demandas que tenían poco o nada en común, salvo el temor de afrontar otros cuatro años de gobierno de Bolsonaro. Más allá de su electorado cautivo, su candidatura era respaldada por economistas liberales, sectores empresariales, juristas y adversarios políticos históricos.

El apoyo a Lula, sin embargo, se produjo mucho más mediante un proceso de identificación negativa, anclado en la oposición al bolsonarismo, que a través de una identificación positiva con la propuesta del PT. Esto resulta significativo para comprender la fluidez de las posiciones que marcaron el juego de incertidumbres de la política brasileña: el significante «Lula» estaba lo suficientemente vacío como para albergar demandas heterogéneas que, en contextos menos polarizados, no convergerían. Una vez elegido el candidato de la democracia y tras el encarcelamiento de Jair Bolsonaro por tentativa de golpe de Estado, el miedo perdió fuerza. Como consecuencia, también se debilitaron los vínculos de quienes sostenían la base lulista: al término de los cuatro años, Lula enfrenta dificultades para establecer una política clara y reconocible en nombre de los grupos más vulnerables. Ciertamente, hubo programas y medidas relevantes, pero existe una dificultad para convertirlos en procesos de identificación política capaces de atraer a una amplia mayoría del electorado.

El desafío de la campaña presidencial de Lula consiste, precisamente, en superar esta brecha, convenciendo a los beneficiarios de las políticas públicas del Gobierno de que confíen en la continuidad de este proyecto, al tiempo que busca aproximarse a nuevos sectores de la sociedad que tradicionalmente apoyaban al bolsonarismo. El caso más evidente es el religioso. Aproximadamente una cuarta parte de la población es evangélica y, entre sus integrantes, una gran mayoría votó por Jair Bolsonaro en las dos últimas elecciones. En busca del apoyo de este segmento, el PT lanzó el Comité Nacional «Evangélicos con Lula». Su objetivo era establecer vínculos con iglesias más pequeñas e independientes y con los llamados desigrejados, es decir, fieles alejados de sus congregaciones. Otra medida orientada a obtener el apoyo de la población es la promulgación de una medida provisional, nueve días antes de las elecciones, que prohíbe las plataformas de apuestas en línea (bets), como gesto hacia las familias brasileñas que han perdido sus ingresos en apuestas deportivas. El endeudamiento es un tema transversal que afecta a brasileños de distintos perfiles sociodemográficos: al mostrarse preocupado por una de las causas de este problema, Lula ocupa un terreno propio del bolsonarismo al defender a la familia, la moral y la necesidad de combatir la adicción. Se trata de una demanda que atraviesa fronteras religiosas e ideológicas y que fue movilizada pocos días antes de las elecciones.

Ciertamente, durante los últimos cuatro años, la identidad bolsonarista no ha desaparecido. Inhabilitado electoralmente y encarcelado, Jair Bolsonaro consolida a su hijo mayor como su principal voz en la política: el discurso de Flávio enfrenta el desafío de presentarse como una continuidad del legado paterno y, al mismo tiempo, adaptarse a la necesidad de una mayor moderación. Articula sentidos vinculados a la seguridad pública, la crisis económica y la defensa de la familia. La prisión de Jair Bolsonaro se presenta como un ejemplo de persecución política, lo que permite a Flávio deconstruir el argumento de que su proyecto constituye una amenaza para la democracia y defender su posición de outsider rechazado por denunciar los vicios de un sistema corrupto y elitista.

En este complejo contexto, el desafío de Lula, si pretende imponerse en las elecciones, será ampliar las cadenas de equivalencias para incluir a electores poco identificados con las políticas de izquierda y ganarse la confianza de quienes, en la primera vuelta, hayan votado contra él o contra su partido. El costo de ello será, posiblemente, renunciar a una parte de su programa que responde a los intereses y demandas de los sectores de izquierda que conforman la base histórica del PT. La operación solo tendrá éxito si logra reconstruir discursivamente la frontera política de 2022, que establece una disputa entre un proyecto democrático (lulista) y uno autoritario (bolsonarista), en un contexto en el que esta narrativa ha perdido fuerza. No son los proyectos, ni la ideología, ni las figuras de los candidatos lo esencial en estas elecciones, sino su capacidad para construir enemigos políticos: quien logre construir mejor el antagonismo tendrá la ventaja decisiva.

Lula Da Silva.

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