El proceso de la memoria puede, con justa razón, llevar el calificativo de inescrutable, lo que, no obstante, no nos limita en nuestra forma de expresarnos al respecto de lo que recordamos, de lo que se mantiene vivo a pesar del paso del tiempo, y del desgaste que transforma la materia gris en espacio en blanco. Sin embargo, hay ciertas cosas que, por sus características o impacto —ya sea motivado o no— pueden permanecer en el imaginario hasta el punto de que les adjudiquemos la característica de “inolvidables”, o como si se tratase de conservas fabricadas especialmente para durar mucho tiempo, de “imperecederas”. Uno de los principales motivos que llevan a que ciertas cosas nunca terminen por abandonar nuestras a la vez frágiles e impresionables memorias es el principio de iconicidad, esto es, la habilidad de ciertas imágenes, palabras, u objetos para erigirse en iconos, es decir, en elementos cuya interpretación no da lugar a dudas, puesto que, como lo define Pierce, un icono no es sino «un signo definido por su relación de semejanza con la «realidad» del mundo exterior».[1]
Si bien, fuera del microcosmos de la teoría semiótica, tendemos a utilizar la expresión “icónico” para hablar de algo que representa una cosa de forma unívoca, o que destaca de alguna forma en alguna disciplina o contexto, ocupando el lugar de ésta en un proceso de sinécdoque (una parte por el todo). Así, aunque lo correcto sería hablar de “símbolo” —o, más específicamente, de “el símbolo”—, solemos decir que el Ché Guevara es un icono de la Revolución Cubana, pues su figura es sinónima con este acontecimiento histórico —de ahí que tanto su nombre como su famosa efigie sean símbolos utilizados hasta nuestros días para reivindicar el movimiento heredero—; de igual manera, podríamos afirmar que una empresa tiene un producto icónico, como es el caso de Apple con sus iPhones y iPods, o que algún deportista es un ícono del deporte que practicaron —nótese la cercanía morfológica entre icono e ídolo—, como es el caso de Roger Federer y Billie Jean King para el tenis, de Usain Bolt para el atletismo en pista, de Nadia Comaneci o de Simone Biles para la gimnasia artística, de Michael Phelps para la natación, o de Maradona y Pelé para el futbol.

La iconicidad que tiene lugar en estos casos es producto del mismo proceso que da nombre a los iconos de las iglesias cristianas ortodoxas o a la disciplina de la iconografía dentro de la historia del arte, es decir, una unión de significados en una figura que se representa de cierta forma codificada a priori o que tiene ya esos valores en sí misma —de ahí la semejanza—, y que, pese a sus capacidades de significación más allá de lo icónico —es decir, para representar otras cosas además de la identidad de lo que representa por ser icono—, no puede separarse de esta característica.
De la misma forma en que las personas o productos pueden serlo, las imágenes —de las que se compone en buena parte nuestra memoria— tienen la capacidad de aglomerar sentidos y representar una empresa, una institución, un producto, un evento, un lugar, un año… Tradicionalmente, a lo textual (el nombre), dada la primacía de lo visual en nuestra cultura, se ha buscado añadir una identificación gráfica representativa. Históricamente, esta forma de identificación ha pasado de los colores —pensemos en las banderas—, los escudos de armas —tan útiles para trazar un linaje—, firmas y sellos —necesarios para asegurar la identidad del que rubrica—, a los imagotipos y logotipos que nos facilitan el identificar el fabricante o comercializador de los productos que adquirimos o utilizamos, la universidad en la que estudiamos, la empresa para la que trabajamos, o el servicio de gobierno al cual hay que dirigirse para llevar a cabo tal o cual trámite administrativo.
Además de los logos —muchos de estos, iconos en sentido estricto—, de los sonidos —pensemos en el “tudum” de Netflix o en el sonido de inicio de Windows—, y de los sabores —por algo existen fórmulas secretas como la de la Coca Cola—, es posible valerse de otros medios para crear una identidad reconocible y diferenciable de todas las demás; entre estos se encuentra el adoptar y crear una mascota. Pensemos en Disney y en el más famoso e icónico de sus personajes, sinónimo tan indisociable de la compañía como el castillo de la Bella Durmiente, hasta el punto de que es común que coloquialmente se haga referencia a este conglomerado mediático como “The Mouse Company” (La compañía del ratón). Este nivel de identificación entre una mascota o producto —pues Mickey Mouse es principalmente un producto comercial— y una corporación, institución o evento, es un objetivo buscado y deseado por los profesionales de la mercadotecnia mundial, pues, como demuestran casos como el de Bing Dwen Dwen, la mascota de los Juegos Olímpicos de Invierno de Beijing 2022, cuyo éxito comercial supuso la venta de más de cien mil ejemplares del peluche en las primeras 24 horas del evento,[2] la popularidad se traduce en visibilidad —tanto del producto como de lo que representa— y en beneficio económico.
La mascota deportiva: una brevísima historia
Fuera del mundo del entretenimiento, tan acostumbrado a convertir productos audiovisuales en juguetes y personajes con los que interactuar en parques temáticos o —pendientes de autorización legal— en sitios turísticos, el caso de los deportes es bastante paradigmático, pues existe una larga tradición en el contexto universitario de los Estados Unidos, donde se originó la utilización de mascotas para animar a los distintos equipos deportivos en sus eventos. Si bien se ha señalado la similitud entre las figuras totémicas de ciertas civilizaciones y las mascotas, el origen de éstas se suele relacionar directamente con la popularización de la opereta del francés Edmond Audrian, La Mascotte,[3] estrenada en 1880. En esta opéra comique, una joven campesina llamada Bettina sirve de mascotte, esto es, de amuleto de buena suerte para el desafortunado campesino Rocco, para el también malhadado príncipe Laurent y, finalmente, para su enemigo, Fritellini. Unos años después del estreno de esta pieza, en 1889, la Universidad de Yale incorporó a sus tradiciones la de la primera mascota deportiva, el bulldog —uno de verdad, no una representación de uno— conocido como “Handsome Dan”, cuyo cuerpo taxidermizado se conserva en las instalaciones de la institución como representante originario de una larga línea de perros que, bajo el mismo nombre, acompaña a los deportistas de esta universidad y les da suerte en sus encuentros competitivos.[4]

Al igual que las universidades y escuelas estadounidenses hicieron en imitación de Yale, los equipos profesionales de diversos deportes —principalmente el futbol americano (f.a.), el baloncesto (bc) y el béisbol (bb)— adoptaron figuras animales, fantásticas, elementos culturales, tribus o figuras de la cosmología nativa americana —no sin la posterior revisión académica de lo inapropiado de mascotizar o caricaturizar una cultura[5]—, así como objetos diversos para conjugarlos con los diversos elementos que los hacían diferenciables del resto de equipos de sus respectivas ligas: la ciudad a la que pertenecían —que en el caso de los EE.UU. no siempre ha sido algo seguro—, los colores de su uniforme, y la historia y jugadores que habían portado su camisa, entre otros. La gran mayoría de equipos adoptaron una mascota no sólo como símbolo, sino también como nombre; por ejemplo, los Philadelphia Eagles (f.a.), los Chicago Bulls (bc) o los Miami Dolphins (f.a.), en el caso de los animales; los Minnesota Vikings (f.a.), los Cleveland Cavaliers (bc), los Golden State Warriors (bc) o los Pittsburg Pirates (bb), en el caso de arquetipos culturales relacionados con la fuerza y la guerra; y los San Antonio Spurs (bc), los Boston Red Sox (bb) o los Denver Nuggets (bc), en el caso de objetos.
Otros equipos separaron la mascota del nombre, como es el caso de la icónica botarga de los Phillies de Philadelphia (bb), el Phillie Phanatic, una criatura peluda y verde con un hocico en forma de trompeta, cuyos bailes y rutinas sirven para provocar a los aficionados del equipo contrincante y entretener a los asistentes a los partidos durante los descansos. Si bien el uso de mascotas para representar equipos deportivos se extendió a otras partes del mundo como México, en donde encontramos equipos como las Águilas del América —aunque el nombre oficial del club no sea éste—, los Pumas de la UNAM, los Tecos (tecolotes) de la UAG, o las Chivas del Guadalajara, la mascota más famosa del país no es deportiva, sino la representación caricaturizada del dueño de una cadena de farmacias de medicamentos genéricos, cuya presencia, en forma de peluche, es ya tan común en los escenarios como la de los grandes artistas que visitan el país.[6]
La primera mascota de una gran competición deportiva internacional fue World Cup Willie, el león antropomorfizado que fungió como símbolo de la Copa Mundial de la FIFA de 1966 celebrada en Inglaterra.
Fuera del continente americano, es en Asia en donde encontramos gran proliferación de mascotas, especialmente en Japón, donde un gran número de ciudades y órganos gubernamentales las usan como embajadoras o representantes para prestar una cara amigable al público en general.[7] Curiosamente, no es ni en Estados Unidos ni en Asia donde tuvo su origen una tradición que sigue hasta nuestros días, la cual es la verdadera excusa del presente texto en este número de la Revista Presente. La primera mascota de una gran competición deportiva internacional fue World Cup Willie, el león antropomorfizado que fungió como símbolo de la Copa Mundial de la FIFA de 1966 celebrada en Inglaterra. La introducción de este personaje diseñado por Reginald Hoye y Richard Culley supuso un parteaguas en la utilización de mascotas para este tipo de eventos, pues ya en 1968 Shuss se convirtió en la primera mascota de unos Juegos Olímpicos para la edición invernal celebrada ese año en Grenoble.
World Cup Willie —que en español de España podría haber sido “Guille Copa del Mundo”, y en el de México, “Memo Mundial”—, tuvo un gran éxito en todos los medios en los que fue implantado, apareciendo en etiquetas de cerveza (Watney Mann), en forma de peluche, cigarrillos (Willem II), dulces (Lovells), joyería y todo tipo de recuerdos como llaveros, estampas, y parches. Simbólicamente, además de llevar la bandera británica, el país anfitrión se ve representado en el león, que forma parte de su escudo[8] y en el apodo con el que se llama a su selección nacional, “The Three Lions”, pues utilizan como emblema los tres leones pasantes guardantes del blasón de Ricardo I de Inglaterra, conocido como “Corazón de León” e inmortalizado en el mundo de los dibujos animados en forma también antropomórfica por la película Robin Hood (1973), sólo unos años posterior a la aparición de World Cup Willie; ¿coincidencia?.


Es probable que en los torneos mundialistas subsecuentes ninguna mascota haya tenido el impacto que tuvo este león inglés —un dibujo de líneas simples y pocos colores que sus creadores realizaron e idearon en unos minutos con el objetivo de tener algo más que el simple trofeo Jules Rimet y un cartel para representar el encuentro—; pero el éxito de éste supuso el inicio de una nueva tradición, apoyada en la creencia firme de que tener una mascota era un método efectivo para la captación y retención de aficionados —lo cual ha sido avalado por varios estudios recientes[9]—, para la creación de un evento único y diferenciado de otras ediciones —ya no sólo como fenómeno deportivo, sino también cultural—, así como una nueva vía de obtención de ingresos para los comités organizadores, teniendo en cuenta la incertidumbre económica que supone ser el país anfitrión de un evento como la Copa del Mundo.
La creación de una tradición
A World Cup Willie lo siguió el representante de México 1970, Juanito, un estereotipado niño mexicano con sombrero de paja de copa puntiaguda y ala ancha con uniforme y balón de futbol. A diferencia de la mascota de la primera edición, Juanito fue el primero en una serie de mascotas humanas, que, aunque poco originales, buscaron representar la unión de ciertos valores universales e identidad nacional, como es el caso de los dos niños alemanes Tip y Tap, del certamen celebrado en la Alemania Federal de 1974; dos niños físicamente distintos, pero unidos por la amistad y su amor al futbol, a pesar de estar en un país todavía separado por el telón de acero y el muro de Berlín. Caso similar es el de Gauchito, de Argentina 1978, el cual, aunque podría haber estado cantando “al compás de la vigüela”, es representado con un pañuelo al cuello y un rebenque o látigo gauchesco, que serviría para azuzar al equipo nacional hasta conseguir su primer título mundial en esta edición, en la que jugaba de local, guiadas las riendas por el quijotesco jinete César Luis Menotti, conocido como “El Flaco”.
Tras el paso de tres ediciones con mascotas antropocéntricas, España 1982 presentaría al carismático y sonriente Naranjito, símbolo imperecedero en el país anfitrión y la primera mascota frutal o vegetal, así como la primera de las mascotas transmedia, pues tendría su propia serie televisiva.[10] Naranjito, además de ser del color resultante de la mezcla de los que componen la bandera española, es símbolo de la región valenciana del país —la que produce la mayor parte de la variedad dulce—, así como de todo el sur de la Península Ibérica, en cuyas ciudades de tradición andalusí, como Sevilla o Córdoba, los naranjos forman parte tan esencial del paisaje urbano como los edificios cuyas calles empedradas engalanan desde la época de Almanzor. Del imaginario y olor a azahar que evocan los patios de los naranjos de las catedrales de las dos ciudades antes mencionadas —por haber sido mezquitas ambas—, pasamos a un nuevo símbolo, igualmente representativo del lugar de celebración del Mundial, y causante, como los árabes que vivieron ocho siglos en la Península Ibérica, del enriquecimiento cultural y culinario de la gastronomía española y mundial, aunque también de algunos males que, no sin razón, han sido considerados por algunos producto de una maldición que lleva el nombre del conquistador de México-Tenochtitlán.
Pique —que no se debe de confundir con el exmarido de la cantante del Waka-Waka, quien también fuera campeón del mundo en 2010— es un chile jalapeño antropomorfo, vestido de blanco y rojo para completar los colores de la bandera mexicana, y con un sombrero como el de Juanito, pero cuyo pico no es sino el del mismo chile. Completan su aspecto un gran bigote que recuerda a los de los famosos generales de la Revolución Mexicana, unos tacos —de calzado, no para comer— y, como todas las mascotas anteriores salvo World Cup Willie, un balón de futbol para que no olvidemos que se trata de la mascota de un evento futbolístico. La importancia cultural y simbólica para México del chile, y de ese pique o picor que deja, se resume bien en la entrada que le dedica a la palabra Luis Jorge Arnau en El mero ditzionario: “Nuestro escudo de guerra, nuestro punto de cohesión, nuestro albur preferido y platillo indispensable. El Santo Patrono de las salsas. Si se lo propone, pica por todos lados”.[11]
A diferencia del efecto del látigo gaucho, ni el dulzor de la naranja ni el picor del jalapeño fueron suficiente aliciente para que los equipos anfitriones de estas ediciones ochenteras consiguieran hacerse con la copa; y, aunque no suponemos que esto haya tenido que ver en el diseño de mascotas posteriores, éstas fueron las únicas dos pertenecientes al reino vegetal. En el mundial de Italia 1990, se optó por un diseño no orgánico, hasta el punto de carecer de rasgos faciales. Ciao —lo que le han dicho al equipo azzurro en las últimas tres clasificatorias del mundial— toma su nombre del ya internacional y ambivalente saludo y despedida en italiano; probablemente, junto a pasta y pizza, la palabra más conocida de este idioma alrededor del mundo. Más allá del nombre, que, como sus significado, evoca el inicio y el fin —de una conversación, por lo menos—, aunque principalmente una bienvenida, su cuerpo humanizado, creado a partir de prismas rectangulares con los colores de la bandera italiana, coronados por una cabeza consistente en un balón de futbol, recuerda a las formas y dinamismo del futurismo, vanguardia de vanguardias artísticas creada por el poeta italiano Marinetti en 1909, en su búsqueda de una visión del porvenir en movimiento, en el que las ágiles máquinas —como los coches italianos— son más bellas que la Victoria de Samotracia.
Si bien hay que admirar la propuesta italiana por intentar, como las vanguardias artísticas, romper con una tradición que privilegiaba las características tradicionales —en el caso de las mascotas mundialistas, lo infantil, caricaturesco y adorable—, el mundial celebrado en 1994 en un país poco futbolero como los Estados Unidos supuso una vuelta al inicio, con un perro llamado Striker y diseñado por los mismos estudios cinematográficos que crearon los Looney Tunes, Warner Bros. Animation. Su nombre, elegido por nimia votación popular,[12] es el mismo que la posición de delantero goleador, pero, además de esta denominación y los colores de su uniforme —que bien podrían haber sido los de Francia—, el perro futbolista no representaba al país anfitrión, sino a la totalidad del mundo futbolístico, si bien, encarnaba de forma amable —y especialmente orientada a los más jóvenes y a nuevos públicos— los valores tradicionalmente asociados a estos animales: lealtad, amistad, energía y movimiento.
Pese a no haber sido ni muy original ni muy identificativo del país anfitrión —un mapache o una zarigüeya, por ejemplo, habrían sido especies autóctonas y más representativas de ciertos valores típicos estadounidenses—, Striker fue una mascota exitosa y versátil, aunque no tanto como su sucesora, Footix, el gallo galo vestido de azul del Mundial de Francia 1998. Pocos símbolos más franceses que un gallo (Le Coq), utilizados en la heráldica y simbología del país galo desde la antigüedad por la homonimia entre el nombre latino del animal gallus y el del pueblo francés —habitante de la provincia de la Galia— durante la época romana. Su simbolismo va más allá, pues se relaciona directamente con la pasión de Cristo —es el que avisa a Pedro que ha negado a su señor, cumpliendo así lo que éste le había dicho— y con la resurrección, al ser el anunciante de la llegada de la mañana —apropiado también para el país que tuvo un Rey Sol—. A esto se debe su utilización como elemento esencial de las veletas de iglesias y torres, lo cual podría dar algo de sentido al buen viento que acompañó a la selección francesa en esta edición, pues resistiría todos los embates, como Ásterix y Óbelix en los cómics —nótese que Footix no es sino el nombre galo de football—, y terminaría por vencer a la gran potencia que amenazaba con triunfar en su territorio.
Nuevo milenio, nuevas mascotas
El nuevo milenio supuso varias novedades, además de la dispersión de las sedes mundialistas en dos países, y por primera vez en Asia, Corea-Japón 2002 decidió optar por tres mascotas: los extraterrestres o fantásticos Ato, Kaz y Nik (Spheriks), diseñados por primera vez en 3D, y en colores vibrantes, pero sin rasgos distintivos que los relacionaran con los países anfitriones o incluso con el futbol, al ser los primeros que no incorporaban un balón de este deporte en su diseño. La agencia de comunicación que los diseñó optó por inventar un mundo imaginario y un deporte similar al balompié, llamado “atmoball”, que los tres practicarían. La falta de referencias reales, que buscaba convertirlos en símbolos universales, supuso lo contario, pues no tuvieron éxito más allá de su inclusión como juguetes en los menús infantiles de la cadena McDonald’s y en la serie animada producida para promover el torneo mundialista.
Al diseño computarizado de las mascotas de Corea-Japón, siguió una dupla alemana con sangre yanki. Goleo VI y Pille, las representantes del Mundial de Alemania 2006. El primero era una marioneta en forma de león antropomorfo diseñado por la Jim Henson Company, creadora de los famosos Muppets o Teleñecos (como se conocen en España); mientras que el segundo, el primer balón personaje y no sólo atributo o cabeza, estaba animado mediante CGI y derivaba su nombre de la palabra coloquial para “pelota” en alemán. La elección del león como símbolo —siendo el águila tradicionalmente el animal heráldico asociado con el país bávaro— no viene, como en el caso inglés, ligado a una representación de identidad nacional, sino a la valentía y fuerza que el personaje transmite, incluso si, apartándose del modelo impuesto por Willie, éste no llevaba pantalones. Esta situación fue motivo de burlas en su momento, lo que, no obstante, no significase que se le viera el willy, sino sólo que la marioneta seguía una tendencia en el diseño de este tipo de personajes que, como el famoso Ken de las Barbies, no necesitaba incluir genitales y, por consiguiente, tampoco hacía falta cubrírselos.
De nuevo animales, aunque descalzos
Volviendo a las líneas más tradicionales, las tres mascotas que siguieron —las de los mundiales de Sudáfrica 2010, Brasil 2014 y Rusia 2018— volvieron a buscar el equilibrio entre un animal representativo del país y un diseño caricaturesco y digital, al que, a diferencia de sus antecesores, no les hacían falta botines o tacos para jugar al futbol. El primero fue Zakumi, el leopardo sudafricano cuyo nombre es una conjunción del nombre del país —“Za” es la abreviatura de Sudáfrica en neerlandés— y el número 10 (kumi), en referencia al año de celebración del torneo. Su antropomorfización supuso que, además del pelaje manchado, llevase una cabellera verde para confundirse con el césped del campo de juego, y añadir a su gran velocidad la capacidad de camuflaje. Aunque fue un elemento omnipresente durante la contienda mundialista, es probable que los símbolos más representativos de ésta sean las famosas vuvuzelas y el himno que unió el camino de Shakira y Piqué antes de que se enchilaran.
Siguiendo al leopardo, vino un nuevo animal, aunque, por segunda vez, un no depredador. Se trata de Fuleco, el armadillo tatu bola, especie en peligro de extinción endémica de Brasil, que buscaba reforzar el carácter ecologista de esta edición, con el que la anfitriona se había comprometido, prometiendo un balance 0 en sus emisiones de CO2 para el torneo. Sin embargo, este balance se consiguió de forma artificial, esto es, mediante la compra de créditos de CO2 para descargarse (offset) de la responsabilidad de llevar a cabo acciones realmente ecológicas.[13] Fuleco es la primera y única mascota en la historia de los mundiales con un mensaje político explícito, en tanto que su propio nombre nace de la unión de “futebol” y “ecología”, y fue protagonista de una campaña educativa a favor del medio ambiente, aunque no se libró de ser acusado de formar parte de una campaña de greenwashing, pues los beneficios económicos de la venta de los recuerdos y juguetes del armadillo no revirtieron en la mejora de su conservación, que sigue siendo amenazada por la reducción de su hábitat a causa de la desprotección legal, la caza y los efectos de la expansión de la industria ganadera.
El tercero de los animales de esta triada mundialista es un nuevo cánido, el lobo antropomórfico con gafas de esquí llamado Zabivaka, cuyo nombre se traduce por “goleador”, y cuya elección se debió a una votación popular que, quizás, debería hacer pensar que en Rusia hay más furries de los que se cree. El lobo, además de un animal tan abundante en Rusia que se considera una plaga (alrededor de 45,000 ejemplares en 2016),[14] es un personaje que aparece frecuentemente en los cuentos y leyendas rusas, como en la composición sinfónica de Pedro y el Lobo, de Prokófiev;[15] aunque su papel en las historias, como el de la mayoría de depredadores, suele ser el de antagonista. Zabivaka, que podría haber encarnado los valores tradicionales de crueldad, glotonería o ira asociados a su figura, así como haber sido símbolo del principio del mal, como en la tradición nórdica (Fenris), o de la guerra, al ser los lobos hijos de Marte en la mitología romana, es, en cambio, una criatura sonriente y amigable —un perro, casi— que gozó de gran popularidad tanto durante el torneo como en los años posteriores. Si bien, las acciones del país anfitrión del mundial a comienzos del año en que se celebraría la siguiente y última edición de los mundiales hasta la fecha, nos dan motivos para pensar que, por más que sonría y tenga ropa, un lobo no deja de ser un lobo.
El fantasma del futuro
La última entrada en el catálogo de mascotas de los mundiales de futbol masculino —de los que se han celebrado hasta el momento— es a la vez la más única y la menos inspirada de todas. La’eeb es el primer objeto o prenda de vestir que funge de mascota mundialista, de lo que se haría eco la organización de los Juegos Olímpicos de París al escoger un par de gorros frigios para ser las mascotas de la justa de 2024. La’eeb significa ‘jugador habilidoso’ en árabe clásico, y representa la kufiya típica —o gutra, como suele conocerse en la península arábiga— que llevan los hombres cataríes en la cabeza —los únicos locales que pudieron asistir a los partidos de la competición— junto con el agal, cordón que la sujeta. Antropomorfizada sólo en lo facial, las primeras impresiones de los fanáticos asociaron la figura caricaturesca con un fantasma de los de la variedad de ensabanados, mientras que otros podrían haber considerado que esta tela, como el mundial mismo, no era sino uno de tantos trapos metafóricos y deportivos que las naciones absolutistas del Golfo Pérsico continúan usando para su constante lavado de cara ante las acusaciones de explotación laboral y esclavitud de trabajadores migrantes, así como ante la disonancia de su posicionamiento contra la igualdad entre hombres y mujeres y contra la libertad sexual ya bien entrado el tercer milenio.
Para concluir, analizaremos la propuesta del Mundial que se celebrará a lo largo de los meses de junio y julio de 2026 en tres países y 16 sedes, que llevarán a jugadores y aficionados en recorridos de hasta 4000 km para ir desde la ciudad más al norte (Vancouver) hasta la que se encuentra más al sur (CDMX), en la que se calcula que será la edición más contaminante de todas las que se han celebrado.[16] Irónicamente —por lo que la contaminación supone para sus hábitats—, las tres mascotas de este mundial representan bien la variedad de fauna que se puede encontrar en un recorrido como éste, desde el jaguar mexicano llamado Zayu, cuya especie se puede encontrar en buena parte de la costa oeste de México y en la península de Yucatán; pasando por el águila calva estadounidense Clutch, con presencia constante de ejemplares en las tres naciones anfitrionas, aunque mayor en las costas noroeste y sudeste de los Estados Unidos, y alrededor de los Grandes Lagos; hasta el alce canadiense Maple, que lleva el nombre de la variedad de arce que produce la exportación más conocida de Canadá —después de Céline Dion y Justin Bieber—, y cuya hoja es su símbolo nacional.

En cuanto a los nombres de los dos depredadores del grupo, Clutch hace referencia a una doble acción, la de poner huevos que llevan a cabo todas las aves, incluidas las águilas, y, coloquialmente, al hecho de tener un desempeño sobresaliente bajo presión, que en el caso de un campeonato mundial es esencial para lograr la victoria. Por su parte, el nombre del jaguar mexicano ha dejado algo patidifusos a los comentadores, que han repetido las palabras promocionales de los organizadores y de traductores amateur sin poder salir de la confusión.[17] A diferencia de ellos, dado mi desconocimiento profundo de las lenguas indígenas de México —algo que merece ser remediado—, la teoría que presento es sólo eso, una teoría: Zayu es la estilización gráfica de la palabra maya “tsaay”, que significa ‘unir’ o ‘embonar’, en la línea de la candidatura mundialista que se presentó bajo el nombre de “United”, y, al mismo tiempo, de “Ts’a’ay”, que significa ‘colmillo’, nombre más que apropiado para un gran félido.

La elección de sendos animales altamente representativos de los tres países anfitriones, cada uno de los cuales juega en una posición distinta —Maple es portero, Clutch, centrocampista, y Zayu, delantero—, mina un poco la idea de un certamen organizado alrededor del concepto de unidad, especialmente cuando la fauna del subcontinente de Norteamérica es lo suficientemente diversa como para encontrar animales que se encuentran en los tres países, como el puma, la serpiente de cascabel, la mariposa monarca, el mapache boreal, diversas variedades de colibrí (de ana, de garganta roja, etc.), el coyote, el lince rojo, el oso negro americano, el berrendo, el borrego cimarrón, el cardenal norteño —de un color que comparten las banderas de los tres países—, el chotacabras cuerporruín —¡vaya nombre!—, la mofeta rallada (un tipo de zorrillo) o el guajolote, entre muchos otros.

No obstante, no debería de sorprendernos tanto que la unión sea sólo una cuestión de slogan, teniendo en cuenta el estado del T-MEC, el de las relaciones bilaterales de los Estados Unidos con sus vecinos inmediatos a golpe de arancel; el hecho de que exclusivamente las poblaciones de animales voladores repartidos a lo largo de la frontera norte de México pueden desplazarse libremente por un territorio artificialmente separado para los que atraviesan el desierto a pata o pie; y la disparidad en cuanto a la repartición de sedes mundialistas, que a cierto hombre naranja —que pese a compartir color no le llega a la punta del TACO a Naranjito— le gustaría que se reflejase en otros aspectos de su país.
Textos de Pablo Toussaint en la Revista Presente
[1] A. J. Greimas & J. Courtés, Semiótica. Diccionario razonado de la teoría del lenguaje, Madrid, Gredos, 1982, p. 211, s.v. “Icono”.
[2] Z. Quan, W. Qian, & J. Mao, “The impact of mascot attributes on sponsorship effectiveness the case of Bing Dwen Dwen at the Beijing winter olympics”, Asia Pac. J. Mark. Logistics. nº. 36 vol. 4, 2024, pp. 1024–1042.
[3] Richard Traubner, Operetta: a theatrical history, Garden City, Doubleday, 1983, p. 91.
[4] Mary C. Daily, “Mascots: Performance and Fetishism in Sport Culture”, Platform, vol. 3, nº. 1, pp. 40-55. Disponible en https://www.royalholloway.ac.uk/media/5258/07_mascots_daily.pdf
[5] Muchos son los estudios que han ocupado el proceso de decolonización de los nombres y símbolos deportivos que habían utilizado a las comunidades nativas americanas y su cultura como mascotas, así como las opiniones vertidas al respecto en las últimas décadas, lo que ha supuesto, no sin opositores, que equipos como los Washington Redskins (Los Pielesrojas de Washington) cambiasen su nombre por el de Washington Commanders (Los Comandantes de Washington) en 2020.
[6] Vicky Reyes, “Dr. Simi: el significado detrás de lanzar el peluche en los conciertos”, Glamour, 22 de septiembre de 2022, en https://www.glamour.mx/articulos/dr-simi-el-significado-detras-de-lanzar-el-peluche-en-los-conciertos
[7] Para ver un ejemplo curioso de la permeabilidad de las mascotas en la cultura y organización política japonesa, es recomendable el visionado del segmento cómico que le dedica John Oliver a Chiitan en su programa de HBO Last Week Tonight. Disponible en https://youtu.be/f4fVdf4pNEc?si=_uTcu-BVcvkZKKij
[8] Para más información sobre la simbología del león, se puede consultar el artículo que dediqué al mismo en el número 100 días de Milei de esta misma revista. Pablo Toussaint, “El león no es como lo pintan”, Revista Presente, nº. 5, 2024, pp. 51-59. Disponible en https://revistapresente.com/wp-content/uploads/2024/03/Presente_977302046500505.pdf
[9] Amanda Palladino, Minkyo Lee, & Xiaochen Zhou, “An Analysis of Olympic Mascot Design Toward Attitude and Purchase Intention”, International Journal of Sport Communication, nº. 15, 2022, pp. 190-196. Yong Jae Ko, et al., “Do humanized team mascots attract new fans? Application and extension of the anthropomorphism theory”, Sport Management Review, 2022. Disponible en https://doi.org/10.1080/14413523.2021.2014184. Aojun Liang, Lin Sun & Hong Wang, “A study of the effect of mascot attractiveness on attitudes toward sporting events”, Scientific Reports, nº. 15, 2025. Disponible en https://doi.org/10.1038/s41598-025-09406-z
[10] En la serie Futbol en acción (1981) orientada a niños y transmitida por Televisión Española (26 episodios), Naranjito convivía con Clementina, su novia, Citronio, su primo, e Imachi, un robot, que luchaban contra el villano Zruspa y sus hijos, los Cocos. Más adelante, otras mascotas seguirían su estela, formando parte de series o campañas educativas, o, como es el caso de las mascotas del Mundial de 2026, también como avatares en videojuegos.
[11] Luis Jorge Arnau, El Mero Ditizionario. A ratos ilustrado, a ratos no, Ciudad de México, Paralelo 21, 2020. p. 79.
[12] Se esperaba la participación telefónica de un alto porcentaje de la población del país que, no obstante, no tuvo a bien involucrarse en el proceso, por lo que el nombre de Striker se eligió con un 33% de los poco más de 25 mil votos recibidos. Eduardo Tarnassi, “La mascota del Mundial 94: Stricker [sic], La Nación, 1 de junio de 2002, en https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/la-mascota-del-mundial-94-stricker-nid400924/
[13] La FIFA reporta que se produjeron directamente 2.7 millones de toneladas de CO2 como resultado del Mundial de 2014, lo cual supone más del doble que en la edición anterior. El informe oficial sobre la cantidad de emisiones, los criterios de inclusión en la medición de las mismas y los métodos se puede consultar en: FIFA, Sustainability Report. 2014 FIFA World Cup Brasil, 2015. Disponible en: https://digitalhub.fifa.com/m/3756a3d1bce5e27a/original/educsd2hgasief3yeoyt-pdf.pdf
[14] Gareth Goldthorpe, The wolf in Eurasia – a regional approach to the conservation and management of a top-predator in Central Asia and the South Caucasus (Report), Fauna & Flora International, 2016, pp. 29-31. Disponible en https://www.researchgate.net/publication/310327160_The_wolf_in_Eurasia_-_a_regional_approach_to_the_conservation_and_management_of_a_top-predator_in_Central_Asia_and_the_South_Caucasus
[15] No es la misma historia que en castellano se conoce como Pedro y el lobo y que tiene su origen en una fábula de Esopo conocida también como “El pastor mentiroso”. Para una audición de esta pieza en español, se puede ver en Youtube la grabación del segundo programa de la segunda temporada de conciertos de 2022 de la OFUNAM bajo la dirección de Luis Manuel Sánchez y con Benito Taibo de narrador. Disponible en https://youtu.be/J-uhFUsHn3Y?t=2232&is=nsD_UHybY1jeIf21
[16] New Weather Institute, FIFA’s Climate Blind Spot. The Men’s World Cup in a Warming World, Julio 2025. Disponible en: https://www.newweather.org/wp-content/uploads/2025/07/FIFAs_climate_blind_spot.pdf
[17] Desde su anuncio, Publimetro anunció que Zayu significaba ‘joven’ en náhuatl —lo cual El Heraldo de México desmentía, al no haber podido encontrar referencia a esta definición en ningún diccionario de esta lengua—, mientras que los organizadores, al anunciar en inglés que representaba los valores de unidad, fortaleza y alegría “a name inspired by unity, strength and joy”, dieron pie a una traducción poco acertada (“suyo nombre significa «unidad», «fortaleza» y «alegría»”) que no causó extrañamiento en los apurados redactores de noticias, tan acostumbrados ya a copiar y pegar comunicados de prensa sin mucha atención, solidificando así un significado de representación en uno lexicográfico.






















