Cuidado con lo que añoras…

Por Celia Corral Cañas

  • Reseña de Begoña Gómez Urzaiz (coord.), Neorrancios. Sobre los peligros de la nostalgia, Editorial Península, Barcelona, 2022.

Hace unos meses encontré en un supermercado un jabón de manos con olor a nostalgia. Entre el jabón de avena, el jabón de leche y miel y el jabón de frutas, el jabón de nostalgia parecía el más poético de todos, el más simbólico y promisorio. Cuando llegué a casa y abrí el bote de jabón líquido me encontré con un aroma bien distinto al que había imaginado: olor a jabón antiguo. Olor al jabón más básico, al jabón de antaño. Adiós a todo el lirismo. Una vez más, la realidad se imponía sobre el deseo y el horizonte de expectativas se veía defraudado. Decepción. El jabón añejo no olía mejor que el jabón —los jabones, en toda su diversidad— de la actualidad. Al menos para mi olfato posposmoderno.

Acerca del riesgo de añorar tiempos pretéritos desde una perspectiva melancólica reflexionan los autores de Neorrancios. Sobre los peligros de la nostalgia, que construyen en este libro una oposición firme y muy argumentada a la tendencia de rememorar y ambicionar un pasado edulcorado, tendencia esta que gana fuerza ante las dificultades del presente y la incertidumbre de un futuro amenazante.

La coordinadora de este ensayo, Begoña Gómez Urzaiz, explica en el capítulo “Contra lo neorrancio. Por qué triunfa el repliegue sentimental” la dicotomía entre una izquierda regresiva, que observa con deseo la vida de sus antecesores y fantasea con el tópico del “cualquier tiempo pasado fue mejor”, y una izquierda identitaria, que apuesta por un futuro mejor, una izquierda que cree en la importancia del feminismo —o los feminismos—, del movimiento LGTBI o la ecología, y que no encuentra conflicto entre lo material y lo ideológico. La dicotomía, en definitiva, entre una izquierda regresiva y una izquierda progresista —aunque no necesariamente progresiva—; entre una izquierda retrógrada que idealiza el pasado y una izquierda, si no revolucionaria, sí, al menos, consciente; entre una izquierda denominada “rojiparda” y una izquierda criticada de “brilli-brilli”, “fucsia” o “arcoíris”, si realizamos un análisis cromático; entre una izquierda “antimoderna”, “antiidentitaria”, “antipijoprogre” y una izquierda etiquetada por la izquierda anterior como “izquierda Netflix”, “izquierda caniche” o “izquierda brócoli”.

Desde el “frente antinostálgico” en el que se incluyen los autores de este ensayo, Gómez Urzaiz advierte “que la nostalgia es, en definitiva, el fracaso de la imaginación política” (p. 18) y que, entre otros efectos secundarios, genera “tortícolis ideológica” (p. 28) para quienes “se encuentran más cómodos en el ensimismamiento nostálgico” (p. 29).

El libro que subyace a este libro y a cuyas reivindicaciones dan respuesta estas reivindicaciones es Feria, de Ana Iris Simón (Círculo de Tiza, 2020). Este superventas parte de una reminiscencia hacia décadas anteriores, desde el comienzo de la novela (“Me da envidia la vida que tenían mis padres a mi edad”[1]), en un relato autobiográfico que juega a aunar distintas nostalgias posibles, evocando el pasado de distintas generaciones que constituye una nostalgia de masas, una nostalgia al por mayor. Ante la problemática a la que nos enfrentamos los “jóvenes” de hoy, ante las dificultades en el ámbito laboral que repercuten en el ámbito social, en el ámbito familiar y, por tanto, en el personal, ante la liquidez que, siguiendo a Zygmunt Bauman[2], caracteriza nuestra época, Simón se retrotrae a otros tiempos aparentemente más sólidos y supuestamente más fáciles y felices. La ideología que se vislumbra es también confusa, una ideología que atrae y distrae a los extremos —y al centro—, según el momento de la narración. La misma autora que fue invitada a la Moncloa para dar un discurso sobre la despoblación (que comenzó con las mismas palabras que inauguran el libro) y cuyo libro acompañó a Santiago Abascal a la tribuna del Congreso ha expresado ideas ambivalentes y contradictorias en distintos medios de comunicación. La narración vivencial de la novela puede interpretarse como un caballo de Troya que aloja ideas no exentas de intenciones políticas —pero eso es otra reseña…—

Los pensamientos anairisianos son revisados en “Dar pena”, de Pau Luque, el segundo capítulo de Neorrancios, en el que señala que el filtro de la ternura hacia nuestra infancia conseguiría hacernos caer en la tentación de olvidar que “No es posible reproducir el modelo del pasado sin eliminar las complejidades del presente. Lo único que crea la nostalgia reaccionaria son ruinas” (p. 51).

En el tercer capítulo, “La trampa de la paisana”, Noelia Ramírez problematiza y desenmascara la vida en el pueblo y analiza el trasfondo del discurso de Ana Iris Simón en la Moncloa. En “«Y en la Arcadia, yo…» La romantización del campo, entre Walden y Puerto Hurraco” Pablo Batalla Cueto incide en los peligros de la idealización de lo rural y también en la inevitable adulteración de la memoria, en su falibilidad, puesto que “La nostalgia recuerda, pero también olvida; es, a la vez, amnesia e hipermnesia” (p. 88). A continuación, en “Autoayuda neorrancia (o cómo conquistar la vida feliz que tus padres nunca tuvieron)”, Eudald Espluga, quien comienza su texto con las palabras: “Empiezo con un apunte autobiográfico para hablar de algo que debería ser obvio: no siento ningún tipo de envidia por la vida que tenían mis padres a mi edad” (p. 93), explica por qué Feria es un “meme ideológico” (p. 105).

Que no es país para nostálgicos defiende Rubén Serrano en “La nostalgia queer no existe”, donde habla del sexilioy asegura que “No tenemos nada, o muy poco, que extrañar de aquellos tiempos” (p. 119), pues si Pau Luque afirmaba que “La nostalgia suele olvidarse de las mujeres” (p. 87), Serrano pone el énfasis en la comunidad LGTBI+: “Para nosotras, las viciosas, los bujarras, las tortilleras, los travelos y cualquier otra persona que se salga de la norma sexual y de género, cualquier tiempo pasado nunca fue mejor. No queremos volver atrás. No lo añoramos. Retroceder significa dolor, silencio, miedo y vergüenza, pero también insultos, golpes, señalamiento por no cumplir con la heterosexualidad y armarios impuestos” (p. 118), y pone de relieve la realidad de las personas LGTBI+ cuando se unen tiempos pretéritos y contexto rural: “Por eso muchas de nosotras no idealizamos el entorno rural: allí vivimos en el silencio, calladas y anuladas, para poder sobrevivir” (pp. 126-127).

El vínculo entre maternidad y nostalgia es abordado por Mar García Puig en “Madonas en sepia: nostalgia y maternidades reaccionarias”, que dialoga también con otras palabras y otros pensamientos de Sylvia Plath. “Los exiliados del parentesco”, de Rocío Lanchares Bardají, cuestiona la mitificación de la familia y de la memoria familiar. “Generación rent”, de Javier Gil, se centra en las relaciones entre juventud, rentas, hipotecas y sector inmobiliario y concluye que “No es que no queramos vivir como nuestros padres, es que estamos obligados a rechazar su modelo”.

La romantización del pasado se olvida también de las personas racializadas, como comparte, también desde la vivencia personal, Desirée Bela-Lobedde, en “No hay nostalgia de un pasado mejor”. En el último capítulo del libro, “La izquierda del siglo XXI: entre el avance y el retroceso”, José Rama expone cómo los extremos se acarician, cómo se han acariciado a lo largo de la historia y por qué.

Desde distintas ópticas y distintas voces Neorrancios. Sobre los peligros de la nostalgia declara que la solución de un presente que exige una actitud crítica no se encuentra en la mirada simplista y simplificadora de épocas anteriores. Que la solución de los problemas del progresismo, que también exigen una actitud crítica, no se encuentran en planteamientos retrógradas.

Si retomamos la premisa con que comienza Feria, la idea de envidiar la vida que tenían nuestros padres a nuestra edad —aunque, como dirían nuestros padres, es muy feo tener envidia—, sería curioso realizar el ejercicio de vislumbrar ese viaje en el tiempo hacia el pasado y descubrir cuánto tiempo tardaría en brotar la nostalgia hacia el presente —que entonces ya sería pasado—. Quizá porque nuestros ojos —y nuestro olfato— no saben y no deben juzgar paisajes de otros tiempos, es posible que, si nos dejáramos llevar por la ilusión de las largas distancias, ese viaje en el tiempo acabara mostrándonos que, aunque sería emocionante conocer a nuestros tataratatarabuelos, poco tendrían en común nuestras cosmovisiones. Ellos tampoco entenderían por qué sus tataratataranietos son como son, por qué viven como viven y toman las decisiones que toman, y que quizá ellos ni siquiera pudieron imaginar. No, no sería fácil ese diálogo entre tataratataras, a pesar de pertenecer a una misma familia, y por eso —y porque no hay evidencia de que existan las máquinas del tiempo— parece más sensato conocer el camino ya transitado y fijar la vista hacia el que queda por transitar para encontrar en el camino las herramientas con que mejorar nuestra vida y nuestro mundo, como asevera Rubén Serrano, “El futuro se hace mirando hacia el futuro, no hacia el pasado” (139).

“La nostalgia es un burdo pasatiempo”, dice el sujeto lírico de “La malcasada”, de Luis Alberto de Cuenca[3], y este burdo pasatiempo nos traslada a un pasado que no siempre es el pasado real, con todas sus esquinas. No podemos crear un futuro innovador y justo anhelando otros tiempos que, por suerte, no volverán. Cuidémonos de las trampas de la memoria, cuidémonos de la nostalgia y sus enredaderas. De todo lo que, pese a su aparente novedad, enrancia. “Di no a la nostalgia”, canta León Benavente (“Cuando las tornas vuelvan a cambiar / Y en el presente no quieras vivir / (Di no a la nostalgia) / Es buen momento para pelear /Y no para dejarse morir”)[4]. Di no a la nostalgia paralizante y engatusadora. Y cuidado con lo que añoras porque puedes conseguirlo y el jabón de nostalgia huele simplemente a jabón viejo.

[1] Ana Iris Simón, Feria, Círculo de Tiza, Madrid, 2020, p. 19.

[2] Zygmunt Bauman, Modernidad líquida, México D.F., Fondo de Cultura Económica, 2003.

[3] Luis Alberto de Cuenca, “La malcasada”, El otro sueño, Renacimiento, Sevilla, 1987.

[4] León Benavente, “Di no a la nostalgia”, Era, Warner Music, 2022.

Más artículos
La voz trágica del pueblo en Cuentos de la Revolución de Mauricio Magdaleno